Las historias jamás contadas, p. 78

¿En qué estaba pensando Wickham?

Por Shannon Winslow

Traducido por Cristina Huelsz

Mayo 18, 1812

Él no estaba en absoluto desanimado. Puede que Mary King se le hubiera escapado de las manos, pero ¿qué importaba? Había muchos más peces en el mar. Y después de todo, habría sido venderse muy barato conformarse con una cara pecosa de sólo diez mil libras. Podría… le iría… mejor al final por haberse librado de ella.

Mientras tanto, podría ser entretenido renovar su coqueteo con la intrigante Elizabeth Bennet. Antes de que la joven se marchara a Kent, la había tenido comiendo de su mano y, con un poco de suerte, la ausencia había hecho que aquel joven e ingenuo corazón se encariñara aún más con él.

Casarse con la señorita Bennet estaba aún fuera de discusión, pero acostarse con ella no. De hecho, seria justo lo que lo animaría. Un poco de halagos, algunas de sus sonrisas infantiles, encanto aplicado con habilidad y generosidad, y ella seria suya. El jugoso melocotón estaba maduro para la cosecha, y ¿quién estaba mejor preparado para hacerlo correctamente?

Tales fueron las contemplaciones de George Wickham al enterarse de que Elizabeth Bennet había regresado al vecindario. Pero quince días más tarde, después de haber estado juntos con frecuencia, había avanzado muy poco con ella a pesar de todos sus variados y denodados esfuerzos.

El señor Wickham iba a ver a Elizabeth tal vez por última vez. El último día que el regimiento permaneció en Meryton, él cenó con los demás oficiales en Longbourn. Aunque casi había renunciado a la idea de una conquista real (el tiempo para ese tipo de cosas era peligrosamente escaso), tenía la firme intención de que Elizabeth lamentara excesivamente su partida de todos modos. Y una vez que él se hubiera marchado, sin duda se arrepentiría, lamentando profundamente haberlo mantenido a distancia.

Después de cenar, el señor Wickham la apartó hábilmente y lanzó su última campaña para conquistarla. Para abordar un nuevo tema -que esperaba le diera una imagen favorable de su persona-, le dijo: ―Se ha convertido usted en toda una viajera, señorita Bennet -ahora se dirige a la región de los lagos y acaba de regresar de Kent. ¿Pasó un tiempo agradable en Hunsford?

―Sí, fue muy agradable reencontrarme con mi querida amiga Charlotte.

―¿Y con el señor Collins también? ―Sonrió conspiradoramente. ―Estoy pensando que después de unos días las proporciones y la conversación de la casa parroquial deben haber resultado… un poco confinantes, digamos―. Él pensó que ella no podía evitar apreciar el contraste con las animadas bromas que habían mantenido a lo largo de su relación.

―En absoluto, señor, ya que rara vez estábamos restringidos a la casa parroquial. Me complace informarle que durante mi estancia en Rosings Park mantuvimos tratos muy frecuentes con sus habitantes, una bendición de la que muy pocos pueden presumir.

Wickham miró a Elizabeth con curiosidad. ―Perdóneme, pero difícilmente habría esperado que encontrase la conversación de Lady Catherine de su gusto.

―Oh, pero no me refiero sólo a Lady Catherine. ¿No te dije que el señor Darcy y el coronel Fitzwilliam también estaban de visita allí?

Momentáneamente desconcertado, Wickham recuperó pronto la compostura. ―No, no creo que haya mencionado ese hecho.

―¿Conoce usted mucho al coronel, señor Wickham? ―continuó Elizabeth con un brillo en los ojos. ―Supongo que lo habrá visto muy a menudo en Pemberley, mientras crecían juntos.

―Muy cierto ―admitió, aunque no le gustaba el giro que había tomado la conversación… ni la divertida mirada de la señorita Bennet. Se preguntaba si ella podría saber algo. Pero luego, con un momento de recogimiento y una sonrisa de vuelta, replicó: ―No lo he visto mucho en los últimos años, como bien puede imaginarse. Sin embargo, creo que es un hombre muy amable. ¿Qué le pareció?

―¡Es un excelente caballero! De hecho, creo que pocas veces he conocido a un hombre que me cayera mejor o en cuyo buen juicio pudiera confiar tanto. Me pareció amable, generoso y totalmente digno de confianza. Fue designado tutor de la señorita Georgiana Darcy, como usted sabe, y creo que no puede haber mejor testimonio del carácter del coronel Fitzwilliam que ese.

Wickham notó que la habitación se había caldeado repentinamente. Podía sentir que el sudor comenzaba a acumularse en su frente, y el cuello de su chaqueta militar le apretaba cada vez más alrededor de la garganta. Con aire de indiferencia, preguntó: ―¿Cuánto tiempo dijo que él estuvo en Rosings?

El animado relato de la joven lo alarmó bastante. Parecía como si la señorita Bennet hubiese pasado la mayor parte de tres semanas en compañía de aquel hombre, hablando en profundidad sobre todo tipo de temas. Wickham sólo podía adivinar hasta que punto sus conversaciones se acercaban a sus propias preocupaciones privadas. La forma de hablar de Elizabeth parecía estar intencionadamente diseñada para atormentarlo con la incertidumbre, para dejarlo en vilo. ¿Realmente se había enterado de todos sus secretos? Se estremeció al pensarlo.

Cuando la animada narración de Elizabeth pasó a referirse al señor Darcy y a su mejor opinión de él, la inquietud de Wickham no hizo más que aumentar. Había algo en el semblante de ella que lo hizo escuchar con una atención aprensiva y ansiosa.

Wickham apenas supo como responderle. A pesar de estar profundamente conmovido, su compostura y sus pulidos modales no lo abandonaron. Disimuló su vergüenza lo mejor que pudo y continuó, terminando con un discurso innegablemente atractivo:

―Usted, señorita Bennet, que tan bien conoce mis sentimientos hacia el señor Darcy, comprenderá fácilmente cuan sinceramente debo alegrarme de que él sea lo suficientemente sabio como para asumir incluso la apariencia de lo que es correcto. Su orgullo, en ese sentido, puede ser de utilidad, si no para él mismo, para muchos otros, pues debe disuadirlo de una mala conducta como la que yo he sufrido.

Tuvo cuidado de que las últimas palabras fueran acompañadas de un porte apropiadamente apenado y del más leve temblor de su voz. Sin embargo, estas tácticas probadas resultaron singularmente ineficaces en esta ocasión. Wickham se dio cuenta enseguida de que no había conseguido despertar la simpatía de la dama por sus antiguos agravios, como lo había hecho con tanta facilidad en el pasado.

Estaba claro que Elizabeth había cambiado… hacia él mismo, en cualquier caso, y aquellos a quienes había visto en Hunsford tenían la culpa de ello. Que hubiera perdido la devoción de esta preciada perla era algo con lo que podía aprender a vivir. Saber que su derrota había llegado aparentemente a manos de su antiguo némesis era otra cosa muy distinta.

Wickham esperó, pero Elizabeth no respondió a su invitación de hablar de lo que antes había sido su tema favorito. En cambio, por la curvatura de sus labios y la forma en que inclinaba la cabeza hacia un lado, parecia estar burlándose de él.

Él se excusó de su presencia de inmediato y no volvió a intentar distinguirla aquella noche. Puede que algún día se le presentara la oportunidad de equilibrar la balanza. De ser así, no los dejaría pasar. Hasta entonces, sin embargo, esperaba no volver a ver el rostro de Elizabeth Bennet.

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