
Darcy y Fitzwilliam tienen una charla
Por ELizabeth Adams
Traducido por Cristina Huelsz
Abril 11, 1812
―Darcy, es la décima vez que suspiras esta noche. Insisto en que me digas por qué estás tan desanimado ―dijo el coronel Fitzwilliam mientras avivaba el fuego de la biblioteca.
―No estoy desanimado ―refunfuñó su primo.
Fitzwilliam soltó una carcajada. ―Por supuesto que no. El Gran Fitzwilliam Darcy nunca está de mal humor.
Darcy dejó caer la cabeza contra la silla y cerró los ojos, ignorando a su primo.
―Has dicho menos de cinco palabras en el carruaje, lo cual es escaso incluso para ti, y apenas has tocado la cena. ¡Y te encanta el pudin de Yorkshire!
Darcy suspiró. Otra vez. ―¿Será que simplemente no tengo ganas de conversar?
―Rara vez tienes ganas de conversar. Esto es más que eso. Hay algo que te preocupa y quiero averiguar el motivo. Es mejor que me lo cuentes y nos ahorres a los dos la molestia de tener que sonsacártelo.
Darcy resopló. Luego giró la cabeza para mirar a su primo, mientras su vaso de brandy se inclinaba peligrosamente. Finalmente, cerró los ojos y murmuró: ―Discutí con la señorita Bennet.
―¿Qué? ¿Has dicho que discutiste con la señorita Bennet?
―¡Sí!
―¿Y por qué demonios discutieron? ―preguntó Fitzwilliam, con una expresión de perplejidad en el rostro.
Darcy soltó su duodécimo suspiro de la noche. ―Le hice una propuesta de matrimonio y a ella le parecio desagradable, lo que la indujo a rechazarme―. Se llevó la copa a los labios y bebió el último trago de brandy.
Fitzwilliam lo miró boquiabierto. ―Te declaraste.
―Sí.
―¿A la señorita Elizabeth Bennet?
―Sí.
―¿Y ella te rechazó?
―¿No lo he dicho ya?
―¿Una joven sin un centavo de una propiedad vinculada te rechazó? ―Fitzwilliam se mostró incrédulo.
―¡Sí! ¿Quieres dejar de repetirlo? Ya te lo he dicho. Le propuse matrimonio. Ella me rechazó. Discutimos. Eso es todo.
―¡Eso está lejos de ser todo!
Darcy se pasó una mano por la cara. ―No deseo discutir esto, Fitz.
Fitzwilliam se ablandó al notar el cansancio en la voz de su primo. ―Me imagino que no. Es raro que te nieguen algo que te dignas pedir―. Contempló el fuego por un momento y luego dijo: ―Supongo que entonces estás enamorado de ella.
―Lo estoy―. La solemne voz de Darcy invadió la silenciosa estancia.
―¿Y qué piensas hacer al respecto?
―¿Qué puedo hacer? Ella ha tomado su decisión.
―¿Te dio alguna razón de su negativa?
Darcy bajó la mirada al suelo, sintiendo que la vergüenza lo invadía. ―Separé a Bingley de su hermana favorita.
―¿Se trataba de la hermana de la señorita Bennet? ―Fitzwilliam se acercó a la estantería más cercana y regresó. ―Darcy, perdóname, yo le hablé de que le estabas haciendo un gran servicio a Bingley. ¡No tenía idea de que la dama fuera su hermana! Tampoco estaba completamente seguro de que se tratara de Bingley, aunque sonaba como la clase de lío en que él se metería.
Darcy volvió a llenar su vaso. ―No es culpa tuya. Fui yo quien los separó. Tú fuiste simplemente el mensajero.
―Eso explica por qué de repente le dolió la cabeza ―murmuró Fitzwilliam.
―¿Y cuándo fue esa trascendental conversación? ―preguntó Darcy, temiendo saber ya la respuesta.
―El día que ella no vino a tomar el té, cuando tú te escabulliste de Rosings. Me imagino que fue para visitar a la señorita Bennet.
―Sí ―dijo Darcy, dándole vueltas a su bebida. ―Un momento inoportuno, sin duda. Eso ciertamente explica… ―su voz se entrecortó.
―¿Bingley amaba a su hermana? ¿O fue otro de sus encaprichamientos?
―No puedo asegurarlo, pero sus sentimientos parecían fuertes. Pensé que se desvanecerían con el tiempo, pero hace meses que no es el mismo de siempre. Está callado, reservado.
―¿Bingley? ―La expresión de asombro del coronel dijo todo lo que Darcy no había dicho.
―En efecto. Creo que la amaba, aunque los sentimientos de ella eran menos claros.
―¿Eran?
Tomó un sorbo de su brandy. ―De acuerdo con la señorita Elizabeth, la señorita Bennet amaba a Bingley y nosotros hemos arruinado su oportunidad de alcanzar la verdadera felicidad―. Levantó el atizador y lo clavó en el fuego.
―¿Quiénes son “nosotros”? ¿Y quién dice que se ha arruinado?
Darcy suspiró y dejó el atizador, apoyando su brazo sobre la chimenea. ―La señorita Bingley acudió a mí y me pidió que la ayudara a alejar a su hermano de la señorita Bennet.
―¿Y tú aceptaste? ¿Estás loco?
Darcy centró su atención en su primo. ―¡¡Tú te contentaste con estar de acuerdo con mis acciones cuando te lo conté antes!!
―¡Eso fue antes de saber que la señorita Bingley estaba involucrada! ¿Dejaste que esa arpía trepadora social te influenciara? ¿En qué estabas pensando?
―Estaba pensando en que mi mejor amigo estaba a punto de quedar atrapado en un matrimonio sin amor con una mujer sin un centavo y quise evitarle ese destino.
Fitzwilliam lo miró con simpatía.
―Lo sé, ni siquiera tienes que decirlo ―dijo Darcy, con un tono de tristeza en su voz. ―Salvé a Bingley del fuego, y luego yo mismo salté voluntariamente a las llamas.
―En realidad, estaba pensando que si no los hubieras separado, ahora tendrías acceso a la señorita Elizabeth, además de que ella no te odiaría por entrometerte en el asunto amoroso de su hermana.
Darcy gruñó y se recostó en su silla. ―Eso no es todo por lo que está enfadada conmigo―. Y procedió a contarle a su primo lo de Wickham y como su amada había defendido al canalla.
―¿Y no dijiste nada? ¿No la corregiste de ninguna manera? ―preguntó el coronel.
―No en ese momento. Mis sentimientos eran demasiado fuertes, no pude pensar con claridad. Pero sabía que debía decírselo, para protegerla a ella y a sus hermanas, así que le escribí una carta.
―¿Una carta?
―Sí. Se la di esta mañana. Estoy convencido de que la leerá. Es demasiado curiosa para no hacerlo.
―¿Y le contaste todo? ¿Incluso lo de Georgiana?»
―Sí. Ella no dirá nada, estoy seguro de ello. A pesar de todo lo que ha sucedido, confío mucho en ella.
Fitzwilliam se quedó pensativo durante un momento, y luego dijo: ―Podrías visitar a Bingley. Confesárselo todo. Es un sujeto afable, te perdonará. Si él regresara con la señorita Bennet, la señorita Elizabeth probablemente te perdonaría. ¡Incluso es posible que te esté agradecida por haberlos reunido!
―¡No deseo que me acepte sólo por gratitud, Fitz!
―Deseas que te acepte por amor ―dijo Fitzwilliam en voz baja.
―Sí―. La voz de Darcy era tan baja que apenas se podía oír por encima del crepitar del fuego.
―Sigo pensando que deberías confesárselo a Bingley. Además de que eso probablemente calmaría la ira de la señorita Elizabeth y te concedería de nuevo su compañía, es lo correcto.
―Lo sé. Es mi amigo, y le he arrebatado la decisión más importante que un hombre puede tomar.
―Bien ―dijo el coronel, alargando la palabra. ―No lo ataste a una silla. Él podría haber vuelto a Hertfordshire en cualquier momento.
Darcy lo miró con ojos llenos de culpa. ―Yo sabía exactamente lo que tenía que decirle para asegurarme de que no lo hiciera. Lo convencí a conciencia. Ahora no puedo ver mis acciones sino como un acto siniestro.
Fitzwilliam miró a su alrededor con torpeza. ―Debes confesarlo, Darcy. Es la única manera de que encuentres la absolución.
―Lo sé. Llevo todo el día pensando en ello―. Dejó el vaso y se levantó de la silla, alisándose la chaqueta. ―Le escribiré a Bingley a primera hora de la mañana.
―Bien. Te sentirás mejor cuando todo haya salido a la luz.
Darcy se preguntaba si seguiría teniendo un amigo cuando todo estuviera dicho y hecho, pero sabía que su confesión era necesaria.
***
El coronel Fitzwilliam entró en la sala de desayunos a la mañana siguiente, esperando encontrar a su primo un poco pálido. En cambio, lo encontró leyendo una carta con el ceño fruncido.
―¿Qué ocurre? ¿Está todo bien? ―preguntó Fitzwilliam.
―Le envié una nota a Bingley a primera hora y el mensajero regresó con esto―. Hizo un gesto hacia la carta. ―Al parecer, Bingley se ha ido al norte en un largo viaje. No piensa regresar hasta dentro de unos meses, aunque espera cumplir su compromiso de visitar Pemberley en agosto―. Examinó la carta. ―Dice que no intentemos escribirle, ya que estará yendo de un lugar a otro con tanta frecuencia que probablemente no recibiría la carta.
―Qué oportuno.
Darcy dejó caer la carta sobre la mesa y apoyó la cabeza en las manos, una muestra de mala educación que delataba su inquietud. ―Se acabó, Fitz. He perdido mi oportunidad.
―¡No digas eso, Darcy! Ya hablarás con Bingley cuando regrese. ¡Esto está lejos de haber terminado! ―El coronel Fitzwilliam trató de mostrarse optimista, pero estaba claro que ni siquiera él creía en sus palabras.
―Para cuando Bingley regrese, no habrá visto a la señorita Bennet en casi nueve meses, y habrá conocido a otras innumerables damas mientras tanto. ¿De verdad crees que hay motivos para la esperanza?
Fitzwilliam miró a su primo con simpatía. ―Lo lamento. Ojalá la situación fuera diferente.
―Yo también, Fitz. Yo también.
―¿Quién sabe? Quizás te la vuelvas a encontrar algún día en un futuro cercano. No la esperabas en Rosings y sin embargo ella estaba aquí. Lo mismo podría ocurrir de nuevo.
―Su primo es el párroco de Lady Catherine y está casado con una buena amiga suya. No era del todo improbable que estuviera aquí. No puedo imaginarme que la misma buena suerte vuelva a ocurrir.
―Mantén la fe, primo. Lo que tiene que ser, será.
Darcy no pudo más que asentir a medias y volver la cabeza hacia la ventana para esconder su desesperación ante su primo. Estaba terriblemente asustado de que no fuera a ser así, y no tenía ni idea de cómo le haría para enseñarle a su corazón a no amar a Elizabeth Bennet.