Las historias jamás contadas, p. 74

Darcy le escribe a Elizabeth

Por Lucy Marin

Traducido por Cristina Huelsz

Abril 9, 1812

Darcy caminaba tan rápido de camino a Rosings desde la casa parroquial que bien podría decirse que estaba corriendo. Tenía demasiados pensamientos y sentimientos como para darles sentido. Lo único que deseaba era estar solo, y murmuró varias plegarias para poder ir a su habitación sin ver a nadie, especialmente a su tía, que exigiría saber adónde había ido y por qué estaba tan agitado. Su primo Fitzwilliam sería casi igual de malo.

La suerte estaba de su lado, y pronto se encontró en la seguridad de sus habitaciones, sin compañía. Su ayudante de cámara apareció en la puerta, pero Darcy le hizo un gesto impaciente para que se marchara, y el hombre hizo lo que se le ordenaba. Darcy se quitó el cravat, tirándolo a un lado una vez desatado, y luego se quitó la chaqueta, dejandola caer sobre la cama. Dio vueltas y sacudió la cabeza, se pasó las manos por el cabello y la cara, trató de sentarse, luego se puso de pie y miró por la ventana que, por desgracia, daba a la casa parroquial. No podía verla, pero sabía que ella estaba allí.

Elizabeth Bennet, la mujer que lo había rechazado. No sólo lo había rechazado, sino que lo había hecho cruelmente. ¿Cómo se atrevía? Ella, la hija de un caballero rural sin prestigio, ¡había dicho que él era el último hombre con el que se casaría! ¿Acaso sabía quién era él? ¿A qué estaba renunciando al no aceptarlo? Se había mostrado sorprendida por su propuesta, pero debía de haber percibido su interés durante los últimos quince días. Difícilmente él había sido sutil. Después de todo, la había buscado durante tantas mañanas para pasear juntos. Cómo no iba a ver en sus acciones otra cosa que lo que eran: una muestra de su creciente afecto por ella y de sus intentos por decidir si podría casarse con una dama como ella. Le había hecho un gran honor al elegirla como compañera para su futuro. Había luchado contra sus sentimientos, pero habían crecido hasta tal punto que ya no podía negar lo mucho que la adoraba.

Pero ella no sentía lo mismo. Él ni siquiera le gustaba.

Darcy se dejó caer en una silla y se cubrió la cara con las manos, luchando por no dejar escapar las lágrimas que le quemaban el fondo de los ojos. Elizabeth Bennet, la mujer a la que había llegado a admirar más que a ninguna otra dama que hubiera conocido, a la que anhelaba convertir en su esposa, lo había rechazado. Era como si le hubieran arrancado el corazón del pecho; el dolor era casi insoportable. Además, se sentía terrible y profundamente avergonzado. No era nada fácil decidir pedir matrimonio, ofrecerse tan completamente a otra persona, y descubrir lo poco deseado que era uno era devastador.

Darcy no hizo otra cosa durante un rato que sentarse y repasar todo lo que había ocurrido entre ellos. Fitzwilliam llamó a la puerta, pero él le negó la entrada a su primo, diciendo que le dolía mucho la cabeza, que necesitaba tranquilidad y esperaba dormirse pronto. Tras esta interrupción, se produjo un ligero cambio en la dirección de las reflexiones de Darcy. Mientras que hasta ahora consideraba el simple mensaje de que ella lo despreciaba y lo consideraba poco caballeroso, en ese momento recordó por qué. De alguna manera, ella supo que él había desempeñado un papel en la separacion de su hermana y Bingley, y Wickham -ese maldito- había divulgado sus acostumbradas mentiras. Por lo general, a Darcy no le importaba lo que dijera su amigo de la infancia o lo que la gente pensara de él, pero con Elizabeth, sí le importaba.

Tengo que contarle la verdad sobre Wickham, al menos una parte para que pueda protegerse. Suspiró. Si es que me cree. Dada la mala opinión que tiene de mí, puede que no lo haga.

Él seguía sentado en el sillón, que estaba colocado delante de un pequeño escritorio. Durante largos minutos no se movió. Estaba de tan mal humor como siempre, pero pensó que era comprensible y no tenía intención de forzarse a estar de mejor humor.

Aun así, por poco inclinado que estuviera a considerar el asunto, sabía que debía informarle a Elizabeth del verdadero carácter de Wickham. Era lo correcto y, tal vez lo más importante, ella debía saber lo mal que lo había juzgado. No era que quisiera herirla o hacer que se arrepintiera del trato que le había dispensado; más bien, podría aprender una valiosa lección y ser más precavida cuando conociera a otras personas en el futuro.

Bueno, tal vez sí quería hacerla sentir un poco avergonzada por cómo ella le había hablado. Nunca lo admitiría en voz alta, y juró que no permitiría que eso influyera en su trato con ella.

―Estoy decidido a decírselo ―susurró, con los ojos fijos en la ventana. Estaba completamente oscuro y durante unos minutos se preguntó qué estaría haciendo y pensando ella. Se detuvo cuando empezó a imaginársela arrepintiéndose de su negativa, pidiéndole disculpas y poniendo alguna excusa, como que había estado enferma, tal vez insinuando que le gustaría que él se lo pidiera de nuevo.

―¡Eso no sucederá, y nunca se lo propondría a la misma dama dos veces!

Sus mejillas se sonrojaron y tuvo que pasearse varios minutos por la habitación para aliviar su agitación. Se sirvió una copa de vino, tragándose inmediatamente la mitad.

Llegó a la conclusión de que no podía volver a hablar con Elizabeth. Seguía decidido a hablarle sobre Wickham, pero hablarle de él le resultaba imposible. Cuanto más pensaba en estar frente a ella, en mirar su hermoso rostro -y, Dios mío, aquellos hermosos y expresivos ojos-, más náuseas le entraban. ¿Debía explicarle la situación a Fitzwilliam, revelarle todo lo que había sucedido y pedirle que se acercara a Elizabeth para contarle la verdad sobre Wickham?

―¡No! Absolutamente no―. Con el tiempo, podría confiar en su primo, que era su amigo más querido, pero era demasiado pronto para hacerlo. Darcy necesitaba que sus sentimientos más fuertes, sobre todo la humillación y la ira, se suavizaran primero.

―La única alternativa es escribirle ―decidió. Tras considerarlo brevemente, él asintió. ―Sí, una carta es justo lo que necesito. Seguramente me encontraré con ella si salgo temprano mañana por la mañana. Sé por dónde le gusta pasear. Sí ―repitió, asintiendo de nuevo y sintiéndose más seguro de estar tomando la decisión correcta. Una carta sería perfecta. Le contaría sobre el trato que Wickham les había dado a Georgiana y a él y luego abordaría el asunto menos importante de la señorita Bennet y Bingley. Para evitar cualquier posibilidad de que ella quisiera discutirlo con él más tarde, le insistiría a Fitzwilliam en que abandonaran Rosings de inmediato.

Volviendo a su asiento anterior, Darcy sacó material para escribir. Se quedó mirando la hoja en blanco durante un largo rato y luego comenzó a escribir.

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