
Darcy pasea por la arboleda
Por Nicole Clarkston
Traducido por Cristina Huelsz
Abril 10, 1812
El rocío del amanecer resbalaba por el cuero pulido de las botas de Darcy a cada paso meticuloso. Ya había recorrido veintitrés veces aquel sendero de la arboleda, pero de manera tan recta y metódica que no había más que una sola línea de pasos entre el roble centenario y el haya joven. Desde uno de ellos podía ver casi hasta la misma puerta de Rosings y estar prevenido en caso de que su primo o algún emisario de su tía saliera en su búsqueda. Desde el otro podía vislumbrar el camino que conducía a la casa parroquial de Hunsford.
Hizo una pausa y sacó el reloj de su bolsillo. Si Elizabeth Bennet iba a pasear hoy por el bosquecillo según sus costumbres habituales, a estas horas ya se habría ido. Y era ahí donde él debía estar ahora: en un carruaje rápido con destino a Londres. No vagando sin rumbo entre los árboles, golpeándose el muslo con una carta escandalosa y esperando a una mujer que no quería saber nada de él.
Pero no podia obligarse a irse… todavía no.
Pivotó sobre la punta del pie para dar otra vuelta hacia el haya y volver. Una vez más… si ella no aparecía, él se iría, y consideraría toda la mañana como una desventura inútil. De todos modos, no debería estar aquí. No debería haberse interpuesto en su camino, no debería haber dejado que sus sentimientos fluyeran sin freno.
Pero ya era demasiado tarde para lamentarse. Elizabeth Bennet había encontrado algun defecto en su constitución y lo había explotado, de alguna manera sin ser en absoluto consciente de que lo estaba haciendo. Tal vez fue eso lo que más le dolió: saber que él era el único responsable de su caída. No había sido un coqueteo por su parte, como él había creído. Si algo había aprendido ayer, era eso. Ella no deseaba nada de él, de modo que había renunciado a cualquier poder que tuviera sobre él sin oponer resistencia alguna.
Darcy se acercó de nuevo al roble y echó una larga mirada hacia Rosings. Su carruaje estaba siendo preparado en la entrada y se había prometido a sí mismo que, si Elizabeth no aparecía, abandonaría aquella ridícula idea. Pero… suspiró y miró una vez más hacia el haya.
También se había prometido que, al menos, le avisaría. Su propia felicidad estaba perdida, pero si podía hacer algo para abrirle los ojos ante las expertas falsedades que primero lo habían calumniado ante sus ojos, entonces tal vez le había hecho un pequeño servicio. Tal vez el regimiento de Wickham ya se hubiera ido de Hertfordshire para cuando ella regresara, pero a pesar de todo, ella estaba tan segura de su veracidad, tan horriblemente vulnerable al engaño cuando era pronunciado por una lengua de plata…
¿A quién estaba intentando engañar? La verdad era que ansiaba ver por última vez aquellos ojos tan hermosos que brillaban y chispeaban cuando lo miraban. Una última oportunidad de acariciarle la mejilla con la mirada y esperar que la separación de sus labios, el lento parpadeo al levantar su rostro hacia el suyo, significaran que ella encontraba algo digno en él. Pero no lo encontró… ella dijo que no lo encontró, y Elizabeth Bennet no era otra cosa que una mujer honesta.
Las botas de Darcy volvieron a deslizarse por la hierba alta, trazando una vez más el camino hacia el haya. Pero esta vez no fue el vacio lo que recompensó su mirada escrutadora mientras se esforzaba por ver más allá de la puerta, en el sendero. Era aquel pálido sombrero que conocía tan bien, el recortado pelisse justo al otro lado de los barrotes y el guante que descansaba vacilante sobre la puerta.
Darcy se detuvo, sin aliento en el pecho. Por todos los ángeles, pero ella era encantadora. Ella todavía no lo había visto, pues ella estaba inclinando su rostro para mirar a través de la puerta las campanillas del parque. Seguramente ella entraría y caminaría entre ellas. Él se acercaría suavemente a su lado, la saludaría en silencio y le preguntaría si se encontraba bien después de una noche como la que debía de haber tenido. Desde luego, esperaba que a ella le hubiera ido mejor que a él…
Pero su guante se cayó de la puerta, y vio que sus hombros se levantaban en un suspiro resignado. No se iría, ¿verdad? ¿Tan pronto, sin siquiera detenerse un momento a admirar las flores que había estado esperando todas estas semanas? Darcy abandonó su línea recta entre los árboles, con la mano levantada y el nombre de ella en los labios.
El repentino movimiento captó su atencion, pues inclinó su rostro hacia él lo suficiente como para demostrar que había sentido su presencia, pero se alejó apresuradamente. No podía ser… ¿de verdad lo odiaba tanto? Alargó el paso.
―¡Señorita Elizabeth! ―la llamó.
Ella se quedó inmóvil, todo su cuerpo se estremeció e inclinó el rostro. Al cabo de un instante, echó los hombros hacia atrás y se volvió de nuevo hacia la puerta, con una mirada cautelosa en los ojos.
La mano de Darcy estaba ahora sobre la puerta, con los dedos preparados para accionar el pestillo. ¿Se atrevería a caminar por el sendero junto a ella? No tenía intención de retractarse de nada de lo que había dicho el día anterior… bueno, salvo por aquel vergonzoso malentendido sobre los sentimientos de su hermana. Ese asunto ya estaba resuelto en su carta, pues abordó sus reproches al respecto. Pero por lo demás…
Las palabras se le agolpaban en la boca. Quería confesarle que aún la amaba, haría cualquier cosa por escuchar una respuesta diferente a la que ella ya le había dado. Pero eso era imposible, porque un caballero le debía a una dama respetar su respuesta, por poco que le gustara. Y su propia dignidad no permitiria que se repitieran las humillaciones de ayer.
Su mirada ya lo rodeaba, contemplando la capa de viaje que llevaba él, las rayas de agua sobre sus botas y el hecho de que, sin duda, su cabello estaba irremediablemente despeinado bajo los bordes de su sombrero después de tan larga mañana de espera. Ella pasó los ojos por todos los detalles de su atuendo y luego los fijó de nuevo en su rostro mientras levantaba una ceja, esperando una explicación.
―Llevo algún tiempo paseando por la arboleda con la esperanza de encontrarme con usted ―comenzó diciendo Darcy. Su boca se abrió una vez más, enmarcando mejores palabras, palabras duraderas… pero todo lo que salió fue: ―¿Me haría el honor de leer esa carta?
Y luego, con una leve reverencia, se volvió hacia aquel roble macizo y Rosings más allá, sus pasos más pesados a cada zancada. No quiso mirar atrás, no quiso concederse el placer de una última mirada ni permitirse pensar en ella con algún grado de esperanza.
Era un lujo que ya no se merecía.