Las historias jamás contadas, p. 73

Después de la propuesta

Por Joana Starnes

Traducido por Cristina Huelsz

Abril 9, 1812

La furia se apoderó de él. Una furia desbordante, contra ella, por supuesto, pero no menos contra él mismo por haberse expuesto a aquella abyecta humillación.

Darcy se puso los guantes y su semblante se transformó en un tremendo ceño fruncido.

¡Por todos los cielos! ¿Cómo había podido fallarse a sí mismo de una manera tan absoluta, tan completa? Él, que siempre se había enorgullecido de su comprensión, no había sido mejor que un vulgar patán carente de razón y percepción. Como el mayor de los imbéciles, se había negado a ver la verdad y había perseguido una ilusión. Había tomado sus propios deseos e impulsos y los había convertido en una imagen de la perfección. La había revestido de todas las virtudes imaginables y se había negado a verla como lo que realmente era: una niña tonta, ensimismada, destemplada, inmadura y absurda.

La había creído más sabia que su edad. ¡Ja! ¡De todas las nociones idiotas! Peor aún, la había considerado su igual en inteligencia, lamentablemente por debajo de él como ella lo estaba en todo lo demás. Le había hecho el mayor de los cumplidos: le había confiado sus pensamientos y sentimientos más íntimos, ¡suponiendo que ella lo entendería!

¿Su respuesta? ¡Que se sentía ofendida e insultada!

¡Ofendida e insultada! Ella había rechazado su oferta de matrimonio, había declinado el honor de seguir los pasos de la antigua señora de PEmberley, los pasos de todas las damas de noble cuna que se habían asegurado de que el linaje de Pemberley se mantuviera ininterrumpido desde los tiempos de la conquista normanda hasta nuestros días, ¡pero era ella la que afirmaba tener motivos justos para sentirse ofendida e insultada!

¿Cómo se atrevía ella?

¿Y cómo se atrevía a acusarlo de conducta poco caballerosa? ¿Quién se creía que era, esta mocosa que nunca había puesto un pie en la alta sociedad y que, por decisión propia, nunca lo haría? ¿Contra qué parangón de sus conocidos lo había comparado y había resultado insuficiente? ¿Su excéntrico padre, con su descuido casi criminal de sus asuntos y sus deberes paternos? ¿Su primo sumiso, que se inclinaba ante cualquiera que pudiera ofrecerle un ascenso? ¿Sir William Lucas, el antiguo comerciante que había sido elevado a caballero? ¿Los veinticuatro jefes de las veinticuatro familias que formaban su modesto círculo? Dignos terratenientes, sí, tal vez eran dignos, pero había un mundo de diferencia entre un digno terrateniente y un verdadero caballero. Su difunto padre se contaba entre aquellos que merecían con creces ese galardón. Él había aprendido los preceptos de una conducta caballerosa en las rodillas de su padre, y no podría haber recibido instrucción de una fuente mejor. Aun así, la segunda hija de la señora Bennet tuvo a bien tacharlo de menos que un caballero.

Darcy frunció el ceño. Eso era algo indigno de él. No era culpa suya que la señora Bennet fuera su madre, pero si era su desgracia. Y, ya que él se había permitido que le remordiera la conciencia, podía seguir en esa línea y reconocer que no debería haber perdido los estribos. Al menos en ese aspecto, no podía pretender haber defendido las enseñanzas de su padre.

Pero apenas se permitió llegar a esa conclusión, sus manos se cerraron en puños. No, no había manera bajo el cielo de que él hubiera podido fingir cierto grado de serenidad una vez que ella hubiera defendido a Wickham. ¡Wickham!

Darcy tragó saliva.

Ella había defendido al granuja con energía y calidez. Excesiva calidez. ¿Acaso ella había…? ¡No! ¡No puede ser! ¡Seguro que no había aceptado a Wickham en su corazón!

El pensamiento pasajero que lo había inquietado esa mañana tomó una nueva forma, y esta vez se sintió como una daga en sus entrañas. Preciso. Afilado. Mortal. ¿Elizabeth haciendo una vida con Wickham? ¿Teniendo a los hijos de Wickham?

La bilis le subió por la garganta. Darcy se detuvo en seco, congelado en el sitio, levantó la mano enguantada y se frotó los ojos, como si quisiera borrar aquella horrible imagen. Respiró hondo, luego otra vez, y un rayo de razón se abrió paso entre la oscura y nauseabunda niebla que estaba haciendo estragos en sus sentidos.

Eso no sucedería. El objetivo de Wickham en la vida era casarse con dinero. Elizabeth era demasiado pobre para tentarlo, y tenía demasiados principios como para consentir otra cosa que no fuera el matrimonio.

Y sin embargo…

La oscura niebla cayó una vez más y se arremolinó, provocando el pánico en él, porque incluso Georgiana, que tenía todos los principios posibles, había sido engatusada para consentir una fuga. Wickham se habría casado con ella si hubiera tenido la más mínima oportunidad, ese canalla podrido y egoísta, pero no se casaría con Elizabeth. ¿Y si ella se dejaba engatusar de la misma manera y descubría su verdadera naturaleza cuando ya fuera demasiado tarde?

Darcy se dio la vuelta y emprendió el camino de regreso con pasos largos y decididos, pero apenas transcurridos unos instantes se detuvo una vez más, viéndose obligado a reconocer que no estaba en condiciones de decir con seguridad lo que debía decirse y de qué manera. Francamente, en su estado de ánimo actual, le costaría mucho no estallar de ira ante una nueva obstinación. Lo que empeoraría las cosas. Un acalorado desacuerdo difícilmente la persuadiría de que Wickham era el demonio, no él.

Es más, sus advertencias no servirían de nada si las hiciera cara a cara. No había nada que hacer: tendría que plasmarlas en una carta, y luego encontrar la manera de hacerla llegar a ella sin que nadie se diera cuenta.

Fue así que Darcy dio media vuelta y se dirigió con pasos firmes hacia Rosings. Sí, esa era la única opción, y el mejor curso de acción, también. Siempre le había resultado mucho más fácil expresarse por escrito. Además, una carta podía modificarse y su contenido reformularse tantas veces como fuera necesario. En una carta, uno podía parecer tranquilo y sereno.

Y cuando la escribiera, también podría abordar la otra acusacion que ella le habia hecho: que él había arruinado la felicidad de Bingley por razones injustas y poco generosas.

Darcy se mofó. Muy bien. Él detallaría sus razones y haría de ellas lo que ella quisiera. Su opinión sobre él ya no tenía ninguna importancia. En definitiva, no importaba. Él cumpliría con su deber, le proporcionaría toda la información necesaria para evitar que cayera presa de las artimañas de Wickham y…

Pese a todo, se le escapó un silencioso gemido. Ahí estaba, mintiéndose a sí mismo… otra vez. La opinión de ella sí importaba. Por supuesto que importaba que ella, que había ocupado sus pensamientos durante tanto tiempo -la única mujer con la que había deseado casarse- lo considerara alguien despreciable.

Suspiró. Tal vez, con el tiempo, él podría aprender a agradecer su destino -incluso interiormente- que ella no hubiera sido tan insensible como para despreciarlo y aún así unir su destino al de él, debido a su nombre y fortuna. ¡Santo cielo! No soportaba pensar que pudiera haberse condenado tan fácilmente a una vida de fría miseria y haberse casado con ella precipitadamente, para luego arrepentirse cuando le viniera en gana.

De repente, las visiones de la mañana aparecieron ante él sin previo aviso. Visiones de toda una vida iluminada por el amor correspondido, las alegrías compartidas y las risas.

Darcy se estremeció y apretó los labios. ¡No! Ya no más. Por todos los santos, no toleraría nada mas de eso. Ya había vivido demasiado tiempo en el país de las ensoñaciones insensatas. Ya era hora de alejarse de las ilusiones perniciosas y desterrarlas de una vez por todas. Volvería a la ciudad lo antes posible y se liberaría por fin de las ataduras que él mismo había creado.

Pero antes, tenía que escribir una larga carta.

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