
Darcy planea la propuesta
Por Joana Starnes
Traducido por Cristina Huelsz
Abril 9, 1812
Darcy apretó las riendas y detuvo su montura. A su izquierda, a lo lejos en la brumosa distancia, se alzaba la gran casa, gris y cuadrada, rodeada de un parque bien cuidado.
Desde allí no podía ver la casa parroquial, ni el sinuoso sendero por el que Elizabeth sin duda estaba paseando. Tal vez fuera mejor que no la viera. Unas tentadoras vislumbres de su esbelta figura lo habrían distraido con toda seguridad y habrían acentuado la necesidad de buscarla, tal y como lo hacía cada mañana, desde el día en que ella se había encargado de informarle de que el sendero que serpenteaba por la apartada arboleda era su lugar favorito.
¿Estaba decepcionada por no haberse encontrado con él hoy? Sí, seguramente. Pero no podía evitarlo.
A su pesar, las comisuras de sus labios se curvaron en una sonrisa. No era su intención alegrarse de su decepción, pero era reconfortante saber que ella lo echaba de menos y lo deseaba.
Respiró hondo y su sonrisa se volvió cálida y brillante. Él compensaría todas las penas que ella sentía en ese momento, todas las angustias y las dudas que debían de haberla atormentado durante tanto tiempo. Mañana a esta hora, el asunto estaría resuelto. Hablaría, y él se declararía por fin.
Porque ese era el meollo del asunto, y la razón por la que se había negado a sí mismo el placer de un paseo matutino a su lado: tenía que pensar, y planear, y elegir sus palabras con cuidado. Oh, no dudaba de que ella recibiera con agrado sus discursos, fuesen como fuesen expresados, pero simplemente no era bueno hacer un desastre. Él, que sopesaba sus palabras en todos sus tratos, desde la gestión de sus asuntos hasta cualquier interacción insignificante, no podía permitirse parecer inepto en algo tan trascendental como una propuesta de matrimonio. Le debía a ella -y, francamente, a sí mismo- dedicarle tiempo y esfuerzo a los preparativos. Por Dios, que no se le ocurriera soltar lo primero que se le ocurriera y estropear su propuesta.
¿Qué decían los hombres en estas ocasiones?
Apenas se le cruzó la idea por la mente, Darcy resopló. Era una pregunta tonta. No le importaba un comino lo que dijeran otros hombres cuando proponían matrimonio. No estaba dispuesto a seguir el ejemplo de nadie. No en un asunto de tanta importancia. Ni en ningún otro asunto.
Con los labios fruncidos, desmontó, acarició el cuello del oscuro corcel y se alejó, dejando que la fiel bestia descansara y pastara a sus anchas. Con la mirada perdida en la distancia, Darcy se llevó las manos a la espalda.
Ahora, entonces, ¿cómo iba a empezar? Era natural que empezara por expresar sus sentimientos. Y ahí estaba el primer obstáculo: no estaba en su naturaleza exponer sus sentimientos, y mucho menos describirlos. La recitación de los propios sentimientos olía a ostentación. En el mejor de los casos, parecía poco sincero; en el peor, un intento deliberado de engaño. Por eso siempre había desconfiado o despreciado a los hombres que plasmaban sus supuestos sentimientos en floridos discursos. Y con razón, pues la experiencia le había enseñado que cuanto más hablaba un hombre de sus sentimientos, menos sentía.
No. Nada de discursos floridos, sino palabras sencillas, directas desde el corazón.
Su corazón…
Darcy aflojó el broche de un guante de la otra mano, cuadró los hombros y respiró hondo.
Su corazon rebosaba de sentimientos. Durante meses y meses, apenas había sabido qué pensar de la ingobernable situación. Se había reprendido a sí mismo cada vez que había sentido que el corazón le daba un vuelco en el pecho al verla de improviso, ante una mirada de soslayo o una carcajada silenciosa. Había luchado contra su irresistible atractivo mientras, día tras día, había llegado a temer y a disfrutar cada momento que pasaba en compañía de ella.
Sin embargo, día tras día, su poder sobre él había crecido. No era de extrañar. No se parecía a nadie que él conociera.
Por supuesto, desde el principio él se había dado cuenta de que no se parecía en nada a las demás jóvenes que conocía, pero había tardado muchísimo tiempo en comprender y valorar las razones por las que ella era diferente. Todas las demás parecían fundidas en el mismo molde: todas estaban entrenadas para mirar, sonreír y comportarse de la misma manera, y cortejaban tímidamente la admiración y la aprobación. Después de años y años de rancia uniformidad, Elizabeth era un soplo de aire fresco. Sin arte. Era encantadora sin esfuerzo. Era sabia más allá de su edad. Sin miedo a decir lo que pensaba. Dispuesta a defender sus puntos de vista, en lugar de alterarlos o disfrazarlos cuando se enfrentaba a la oposición. Siempre dispuesta a aceptar el desafío con civismo y franqueza y, sobre todo, con una entrañable mezcla de dulzura y ardor que la hacía incapaz de ofender.
Una y otra vez, él se había deleitado con su chispeante ingenio y sus animadas réplicas, y apenas había sido capaz de responder de la misma manera, con su propio ingenio disperso por la curva de sus labios, la calidez de su mirada, su forma torneada, su embriagador aroma. Sí, la deseaba. Más de lo que nunca había deseado a ninguna mujer. Hacía mucho tiempo que se había dado cuenta de ello. Le había llevado mucho más tiempo reconocer que la amaba. Y fue precisamente aquí, en Kent, donde sus defensas finalmente se derrumbaron, donde comenzó a contar las maneras en que ella sería una bendición para Pemberley… para él.
Si, ella carecía tanto de fortuna como de conexiones. De hecho, sus parientes eran una confusa molestia. Pero, alabado sea, Longbourn estaba a muchas millas de Pemberley. En cuanto a Elizabeth, los dones que ella aportaría a su unión superaban cualquier consideración material. Era inteligente, paciente, generosa y leal hasta la exageración. Sería una buena señora para su gente, y cumpliría su papel con diligencia y amabilidad. Restauraría la confianza de Georgiana y ayudaría a la querida niña a recuperar su confianza en la gente. Traería alegría a la vida de su hermana y brillo a la suya. Traería amor y risas a Pemberley y procrearía hijos que se parecerían a ella y a él y, si Dios quería, heredarían los mejores rasgos de ambos.
Darcy se aclaró la garganta y refreno sus pensamientos, que se precipitaban en la dirección equivocada. Por el amor de Dios, se suponía que tenía que aplicarse y formular una propuesta caballerosa. Soñar despierto sobre la posibilidad de engendrar herederos con ella no le ayudaba en nada.
Frunció el ceño cuando sus pensamientos se desviaron hacia una de las muchas noches en las que se había despertado de sueños que no podía controlar -sueños dolorosamente perfectos de ella a su lado- y había golpeado las almohadas mientras se maldecía a sí mismo por ser un tonto sin remedio que más le valía ordenar sus aturdidos sentidos y dejar que ella siguiera su curso en la vida, mientras él seguía la suya. Ahora que había resuelto irreversiblemente hacer lo contrario, la sola idea de dejarla hacer su vida sin él, casarse con otro hombre, tener a los hijos de otro hombre, era insoportable.
Con un gesto rápido e impaciente, se quitó el sombrero y se pasó los dedos enguantados por el cabello.
¡Basta! Ya es suficiente. Mañana todo se arreglaría. Se encontraría con ella en su arboleda aislada, mantendría la cordura y le revelaría con calma su admiración y aprecio, y luego le pediría su mano en matrimonio. ¿Demasiado sereno? Sí, tal vez. Aún así, él debería comportarse con corrección, no perder la cabeza y despotricar sobre su ardiente pasión. Ya habría tiempo para eso, una vez que hubieran llegado a un acuerdo.
Y entonces soltó una risita, y su rostro se iluminó con una sonrisa infantil mientras murmuraba: ―Señor, espero que no.
No mucho tiempo. Más valía que fuera un compromiso breve. Todos los preparativos a su cargo se harían tan pronto como fuera posible. El acuerdo matrimonial. La licencia especial. Si no fuera por Lady Catherine y las desagradables escenas que sin duda ella provocaría en su decepción, él se habría marchado a la ciudad mañana por la tarde para poner todo en marcha. Pero tenía que permanecer a mano y proteger a Elizabeth de la ira de su tía, hasta el momento en que pudieran marcharse juntos de Kent. Ciertamente, la señorita Lucas era demasiado joven para ser considerada una chaperona adecuada, pero tendría que bastar. Con toda probabilidad, Fitzwilliam también se uniría a ellos.
Otra fugaz sonrisa se dibujó en los labios de Darcy. Fitzwilliam se molestaría por el nuevo cambio de planes, pero esta vez su primo tendría que soportar la cadena de alteraciones repentinas. Por supuesto que lo haría. Fitzwilliam lo entendería. Y les desearía felicidad. Y demostraría ser un aliado incondicional en la tormenta que se avecinaba.
Aquel pensamiento aleccionador acabó con la actitud alegre de Darcy, pero no pudo vencer su sentido de la expectación. Sí, habría tormenta… y ellos la superarían. Darcy ya había decidido que se enfrentaría al disgusto de su familia y a las impropiedades de la de ella. Tenerla como esposa tenía un precio, pero que así fuera. Todo lo que tiene valor tiene un alto precio.
Y de repente, Darcy se dio cuenta de que eso era lo que debía decirle. Ella merecía pruebas de su devoción, no sólo palabras. Cualquier hombre podía decir «te amo» y apenas sentirlo. La profundidad de su amor estaba en la profundidad de su sacrificio. Le daría una explicación convincente de las dificultades que había superado para poder proponerle matrimonio, de los obstáculos que superarían juntos. Por ahora, era la mayor prueba de amor que él podía darle.

El paseo hasta la casa parroquial no le llevó nada de tiempo. Él tenía que venir. Tan pronto como el tonto de Collins terminó de disculparse por el dolor de cabeza de Elizabeth como si fuera una afrenta a Lady Catherine, supo que tenía que verla.
¿Estaba realmente enferma o lo estaba evitando, descorazonada por no haberla acompañado en su paseo matutino? En cualquier caso, simplemente tenía que dirigirse a Hunsford, saber como se encontraba y asegurarse de que se reuniría con él al día siguiente en su apartada arboleda. El cielo no permitiera que estuviera demasiado enferma para hacerlo.
La joven criada lo acompañó al salon, hizo una torpe reverencia y desapareció. Sus ojos se fijaron en Elizabeth desde el momento en que entró en la habitación y no pudo dejar de notar su palidez. Parecía cansada y agotada.
Se inclinó y le dijo que esperaba que se encontrara mejor.
―Gracias, sí, lo estoy ―fue su respuesta, una falsedad civilizada.
Ella le indicó que se sentara en una silla, y él se sentó, pero unos instantes después se puso en pie de nuevo y, sin darse cuenta, hizo precisamente lo que había decidido no hacer: soltó las primeras palabras que le vinieron a la mente.
―En vano he luchado. No lo haré. Mis sentimientos no serán reprimidos. Debe permitirme que le diga cuán ardientemente la admiro y la amo.
Ella lo miró fijamente, sonrojada, y permaneció en silencio.
¡Maldita sea! ¡Había sido demasiado para el plan que él había formulado minuciosamente por la mañana! Entonces había sido un asunto fácil, con la cabeza despejada, pero ahora…
Con no poco esfuerzo, ordenó sus pensamientos y recordó la secuencia lógica de los puntos que había decidido exponer. Para su alivio, una vez que empezó a hablar, las palabras siguieron fluyendo libremente. Por fin, concluyó reformulando su exabrupto inicial -y afortunadamente esta vez pudo pronunciarlo con calma- y expresó su esperanza de que su inconquistable apego se viera recompensado con la aceptación de su mano por parte de ella.
Y entonces ella levantó la vista y habló.