Las historias jamás contadas, p. 71

El coronel Fitzwilliam se encuentra con Elizabeth en el bosque

Por Jack Calwell

Traducido por Cristina Huelsz

Abril 9, 1812

El coronel Fitzwilliam no estaba de muy buen humor cuando salió de la casa principal. Quería a Darcy como a un hermano, pero había veces en que la prepotencia de su primo lo sacaba de quicio. ¿El motivo de la irritación de hoy? Darcy le había dado a entender que podria prolongar su visita a Rosings.

Otra vez.

¡Maldita sea!, maldijo el coronel. Me queda poco más de un mes de permiso, y luego debo regresar a España. Esperaba pasar parte de este tiempo con mi familia y Georgiana. Por mucho cariño que le tenga a Anne, no quiero pasar el poco tiempo que me queda en Inglaterra atrapado en Kent.

Fitzwilliam se quedó pensativo, tratando de determinar las verdaderas razones de Darcy para quedarse en Rosings, cuando divisó un motivo probable. La señorita Elizabeth Bennet estaba caminando hacia la casa, con una carta en la mano.

El semblante de Fitzwilliam se iluminó cuando comenzó a contemplar el misterio del nivel de familiaridad que existía entre Darcy y la encantadora joven de Hertfordshire.

La señorita Elizabeth parecía sorprendida cuando levantó la vista y lo vio. Guardando la carta de inmediato y con una sonrisa adornando su rostro, la dama intercambió los saludos de rigor con el caballero.

Añadió: ―No sabía antes que usted paseara por aquí.

―He estado haciendo el recorrido del parque ―respondió el coronel―, como suelo hacer todos los años, y tengo intención de cerrarlo con una visita a la casa parroquial. ¿Va usted mucho más lejos?

―No, tendría que haber dado la vuelta en un momento.

Y así fue, y caminaron juntos hacia la casa parroquial. ―¿Es seguro que se marcha de Kent el sabado? ―preguntó la señorita Elizabeth.

―Sí, si Darcy no lo pospone nuevamente. Pero estoy a su disposicion. Él arregla los asuntos a su antojo―. Fitz trató de ocultar la irritación que sentía.

―Y si no puede contentarse con el arreglo, al menos siente un gran placer al poder elegir. No conozco a nadie que parezca disfrutar más del poder de hacer lo que le plazca que el señor Darcy.

―Le gusta mucho salirse con la suya ―replicó Fitzwilliam. ―Pero así nos gusta a todos. Sólo que él dispone de mejores medios que muchos otros para salirse con la suya, porque él es rico y muchos otros son pobres. Hablo con sentimiento. Un segundo hijo , ya sabe, debe estar acostumbrado a la abnegación y la dependencia.

Los bellos y burlones ojos de la señorita Elizabeth relampaguearon. ―En mi opinión, el segundo hijo de un conde puede saber muy poco de ambas cosas. Ahora, seriamente, ¿qué es lo que usted ha sabido de abnegación y dependencia? ¿Cuándo la falta de dinero le ha impedido ir adonde quisiera o procurarse algo que le apeteciera?

Fitz se vio obligado a sonreír. ―Estas son preguntas hogareñas, y quizás no pueda decir que he experimentado muchas penurias de esa naturaleza. Pero en asuntos de mayor peso, puedo sufrir por falta de dinero. Los hijos más jóvenes no pueden casarse con alguien de su propia elección.

―A menos que les gusten las mujeres de fortuna, cosa que creo que ocurre muy a menudo ―se burló la dama.

Fitzwilliam se encogió de hombros. ―Nuestros hábitos de gasto nos hacen demasiado dependientes, y no hay muchos en mi rango de vida que puedan permitirse casarse sin prestar cierta atención al dinero.

Su compañera se puso colorada ante la idea, pero recuperándose, dijo en tono animado: ―Y, por favor, ¿cuál es el precio habitual del hijo menor de un conde? A menos que el hermano mayor sea muy enfermizo, supongo que no pediría más de cincuenta mil libras.

Fitzwilliam se sorprendió de que ella hubiera mencionado la cantidad exacta de la fortuna de Anne. ¿Cómo podía haberse enterado? ¿Su primo, el párroco, tal vez? Él sabe demasiado de los asuntos de mi tía. Sin embargo, disimuló bien su inquietud, le contestó con el mismo estilo y el tema quedó zanjado.

Al cabo de un rato de silencio, la señorita Bennet se aventuró a decir: ―Me imagino que su primo hizo que viniera con él sobre todo para tener a alguien a su disposición. Me sorprende que él no se case para asegurarse una comodidad duradera de ese tipo. Pero tal vez su hermana también lo haga por el momento, y como ella está bajo su exclusivo cuidado, él puede hacer lo que quiera con ella.

―No ―dijo el coronel Fitzwilliam―, esa es una ventaja que debe dividir conmigo. Estoy unido a él en la tutela de la señorita Darcy.

―¿Ah, sí? ¿Y qué clase de tutores son ustedes? ¿Su pupila le da muchos problemas? Las jóvenes de su edad son a veces un poco difíciles de manejar, y si tiene el verdadero espíritu Darcy, puede que le guste salirse con la suya.

El juguetón discurso de la dama alarmó a Fitzwilliam. Por un instante quiso sacudirla y obligarla a contarle lo que había oído de Georgiana. ¿Había hablado Wickham de Georgie? ¡Lo MATARÉ!

Sin embargo, controló su temperamento, pero a duras penas. ―Tengo curiosidad por saber por qué supone que mi prima puede preocupar a alguien.

―No tiene por qué alarmarse ―respondió ella directamente. ―Nunca he oído hablar mal de ella, y me atrevo a decir que es una de las criaturas más dóciles del mundo.

Fitzwilliam se relajó mientras la dama continuaba. ―Es la favorita de algunas damas que conozco: la señora Hurst y la señorita Bingley. Creo haberlo oído decir que las conoce.

Fitzwilliam se sintió tan aliviado que no le importaron mucho sus siguientes palabras. ―Las conozco un poco. Su hermano es un hombre agradable y caballeroso. Es un gran amigo de Darcy.

―¡Oh, sí! ―dijo la señorita Elizabeth con sorna. ―El señor Darcy es extraordinariamente amable con el señor Bingley y lo cuida muchísimo.

―¡Cuida de él! ―se rio Fitz. ―Sí, realmente creo que Darcy lo cuida en aquellos puntos en los que más lo necesita. Por algo que me dijo en nuestro viaje hasta aquí, tengo razones para pensar que Bingley está muy en deuda con él.

De repente, el coronel se dio cuenta de que tal vez había dicho demasiado. ―Pero debo pedirle disculpas, pues no tengo derecho a suponer que Bingley era la persona a la que él se refería. Todo eran conjeturas.

―¿A qué se refiere?

Fitz no vio inconveniente en continuar. ―Es una circunstancia que Darcy, por supuesto, no desearía que fuera de conocimiento general, porque si llegara a oídos de la familia de la dama, sería algo desagradable.

―…puedes estar segura de que no lo mencionaré.

―¡Y recuerde que no tengo muchas razones para suponer que se trata de Bingley! Lo que me dijo fue simplemente esto: Que se felicitaba por haber salvado recientemente a un amigo de los inconvenientes de un matrimonio de lo más imprudente, pero sin mencionar nombres ni ningún otro detalle, y sólo sospeché que se trataba de Bingley por creer que era el tipo de joven que se metería en un lío de ese tipo y por saber que habían estado juntos todo el verano pasado.

―¿Le dio el señor Darcy sus razones para esta intromisión?

En tono chismoso, él respondió: ―Entendí que había algunas objeciones muy fuertes contra la dama.

―¿Y qué artes utilizó para separarlos?

―No me habló de sus propias artes ―dijo Fitzwilliam, sonriendo. ―Sólo me contó lo que ahora le he contado a usted.

La señorita Elizabeth no respondió y siguió caminando. Después de observarla un rato, Fitzwilliam le preguntó por qué estaba tan pensativa.

―Estoy pensando en lo que me ha estado contando. La conducta de su primo no se ajusta a mis sentimientos. ¿Por qué iba a ser él el juez?

Fitzwilliam oyó disgusto en su voz. ―¿Está más bien dispuesta a calificar su interferencia como entrometida?

―No veo qué derecho tenía el señor Darcy a decidir sobre la conveniencia de la inclinación de su amigo, ni por qué, basándose únicamente en su propio juicio, debía determinar y dirigir la manera en que ese amigo debía ser feliz.

«Pero ―continuó ella diciendo, recapacitando-, como no conocemos ninguno de los detalles, no es justo condenarlo. No es de suponer que hubiera mucho afecto en el caso.

―No es una conjetura poco natural ―dijo Fitzwilliam tras una risita cohibida―, ¡pero disminuye muy tristemente el honor del triunfo de mi primo!

La dama no pareció disfrutar de la broma de Fitzwilliam y, por lo tanto, cambió bruscamente de conversación. Los dos hablaron de asuntos indiferentes hasta que llegaron a la casa parroquial, donde el coronel se despidió.

Al regresar a Rosings, él se sintió inquieto. La señorita Elizabeth estaba decididamente descontenta. ¿Podría haberla ofendido?

¡Una pregunta ridícula! Por supuesto que no.

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