
Fitzwilliam y Darcy vuelven a visitar la casa parroquial
Por Jack Caldwell
Traducido por Cristina Huelsz
Abril 5, 1812
―El señor Darcy y el coronel Fitzwilliam ―anunció el sirviente.
Los invitados a la casa parroquial de Hunsford se reunieron en torno al pequeño salón. El coronel Fitzwilliam contempló rápidamente la escena: el señor Collins, alto y corpulento, estaba literalmente inclinado desde la cintura.
Tranquilo hombre, pensó el coronel. No soy mi padre, el conde.
La señora Collins, sencilla y agradable, estaba de pie junto a su esposo, su leve reverencia era todo lo correcto para una mujer de su posición y la de sus invitados. Más cerca de la chimenea estaba la joven y sobrecogida hermana de la señora Collins, la señorita Lucas. Junto a la mesa estaba su bella amiga, la señorita Bennet.
―¡Señor Darcy! ¡Coronel Fitzwilliam! ¡Nos honran profundamente con su presencia! ¡Que se dignen a entrar una vez más en esta humilde morada! No es que esta casa sea muy humilde, pues ¡qué casa parroquial en toda Inglaterra podría jactarse de las esmeradas atenciones, generosidad y gusto de Lady Catherine de Bourgh! ¡Qué aprobación! ¡Cuánta compasión hacia mis parientes! Pero ¿quién podría esperar menos de los sobrinos de mi generosísima patrona?
De esta manera continuó el señor Collins, y Fitzwilliam se vio en apuros para ocultar por completo su sonrisa ante la insensatez de aquel hombre. Lo consiguió sonriendo mientras saludaba a las damas. En poco tiempo, se encontró sentado junto a la señorita Bennet en una pequeña mesa, mientras los demás trataban de atender a Darcy.
Darcy se comportaba como de costumbre, observó su primo. Incómodo en cualquier situación social lejos de sus amigos íntimos y su familia, el hombre volvía a caer en la fría cortesía y las declaraciones taciturnas. Fitzwilliam estaba acostumbrado y apenas lo notaba, pero no podía decirse lo mismo de su bella compañera.
―Lamento que toda la caza haya terminado, coronel ―dijo ella.
―No sabía que las damas le prestaran gran atención a los pasatiempos de los caballeros, señorita Bennet.
―¡Oh! ¡Usted es severo con nosotras! ―Su sonrisa le quitó toda dureza a sus palabras. ―Nosotras las damas hablamos de otras cosas aparte de encajes y modas. Las actividades de los caballeros son siempre de gran interés para nosotras, porque se dice que un hombre se vuelve ridículo sin una ocupación, y las locuras de nuestros compañeros son el corazón mismo del cotilleo.
El coronel se rio a carcajadas. ―¡Qué bien nos conoce! En efecto, la pereza es aborrecible para mí y también para mi amigo.
Los ojos de la señorita Bennet se desviaron hacia Darcy. ―He escuchado decir de su primo que no le gustan las tranquilas tardes de domingo.
―No puedo decir que esa sea una descripción exacta de Darcy.
―Debo inclinarme ante su superior conocimiento, señor. Pero para defenderme, una muy buena fuente me dijo que no hay asunto más horrible que ese caballero en su propia casa un domingo por la tarde, cuando no tiene nada que hacer.
Fitzwilliam volvió a reír. ―¡Eso sí que es verdad! Darcy siempre quiere hacer algo útil, sobre todo por otra persona. No ha aceptado la idea de que debe descansar como nosotros, los simples mortales.
―Entonces, ¿la gente depende siempre de sus consejos y esfuerzos? Se parece mucho a su tía.
Fitzwilliam echó un vistazo a la habitación. Era una casa pequeña y modesta, pero Lady Catherine se había ocupado de mejorarla. Los muebles eran escasos, pero de buena calidad, restos de la última redecoración de Rosings. La pintura y los revestimientos de las paredes eran relativamente nuevos y frescos, y Fitzwilliam podía ver la mano de su tía en la sensata disposición del mobiliario.
Conociendo la atención que le presta mi tía a los detalles, es probable que los Collins se asusten mucho si mueven algo de esto más de un palmo sin aprobación previa.
―Yo diría que tanto mi tía como mi primo se interesan prodigiosamente por las cuestiones de los que están a su cuidado―. ¡Aunque por razones radicalmente diferentes! Darcy se preocupa verdaderamente por sus criados e inquilinos, al igual que su padre y el mío, mientras que Lady Catherine sólo desea ejercer control sobre las clases bajas.
La señorita Bennet asintió para sus adentros, como si las palabras del coronel hubieran reforzado una opinión que ya tenía. Volvió a mirar a Darcy, y Fitzwilliam pudo ver que él la estaba mirando fijamente.
Darcy está mostrando una atención inusual hacia mi bella acompañante. Creo que hay algo de admiración en ello. ¿Es la burla de la dama una señal de que ella es consciente de ello y lo aprueba? No sabría decirlo. Su ingenio es tan agudo que me pregunto si lo que ella pretende es hacer cosquillas o herir.
En ese momento se sirvió el té, lo que dio a la señorita Lucas una excusa para unirse a ellos dos. El señor Darcy permaneció en el sofá, como involuntario receptor de la insípida conversación del señor Collins.
Veinte minutos más tarde los primos regresaban a Rosings.
―Darcy ―exclamó Fitzwilliam―, sé que puedes ser reservado hasta un punto angustioso, pero si insistes en seguir visitando a los Collins, al menos podrías mantener una conversación con ellos.
Darcy negó con la cabeza. ―Creo que he hablado tanto como siempre.
―¡Apenas has hablado!
Darcy miró a su amigo. ―Comparado contigo, cualquiera parecia mudo ―hizo una pausa dramatica― ¡Salvo el señor Collins!
―Muy cierto. ¡Ya ves! ¡Tienes ingenio! Deberías mostrarlo si quieres decir…
―¿Si quiero decir que?
Fitzwilliam se mordió la lengua. Si Darcy se sentía atraído por la señorita Bennet, nunca se lo admitiría a nadie hasta que estuviera preparado. Además, el coronel se recordó a sí mismo que bien podía estar equivocado.
―Si lo que quieres es mostrarte ventajoso ―terminó diciendo Fitzwilliam con desgana.
―¿Mostrarme ventajoso? ¿A quién, Fitz? ¿A un tonto párroco rural, que no conviene a nadie excepto a mi prepotente tía?
―¡Darcy, eso es muy duro! ―Ante la ceja levantada de Darcy, añadió: ―¡Pero cierto!
Siguieron caminando durante un rato. Al contemplar la puerta principal de Rosings, Darcy soltó: «Deberíamos volver a visitar la casa parroquial mañana, si el clima se mantiene».
Fitzwilliam sonrió. ¡Vaya! ¡Darcy está perdido ante los encantos de la señorita Bennet!