Las historias jamás contadas, p. 69

¿Acaso el señor Darcy está enamorado?

Por Monica Fairview

Traducido por Cristina Huelsz

Hay mucha incomodidad en la casa parroquial cuando el señor Darcy viene de visita. Desearía que no viniera. No tengo ni idea de lo que quiere conseguir con ello, a menos que venga aquí a buscar defectos. -de la carta de Elizabeth a Jane, 4 de abril de 1812

¿Por qué venía el señor Darcy tan a menudo a la casa parroquial? No podía ser para socializar, ya que con frecuencia permanecía sentado allí diez minutos seguidos sin abrir los labios; y cuando hablaba, parecía el efecto de la necesidad más que de la elección: un sacrificio al decoro, no un placer para sí mismo. Rara vez parecía realmente animado. La señora Collins no sabía qué hacer con él. Orgullo y prejuicio, capítulo 32

―¿Era la voz del señor Darcy la que he oído? ―preguntó Maria cuando entraron en la casa parroquial, quitándose la cofia.

Charlotte había estado rompiéndose la cabeza mientras caminaban, tratando de encontrar la mejor manera de comentarle a su esposo una situación desagradable. Uno de los inquilinos se estaba quejando con todo el pueblo de que Lady Catherine no había enviado a un carpintero a reparar las goteras del tejado, como su señoría había prometido. Charlotte sabía que el señor Collins se ofendería ante el más mínimo indicio de negligencia por parte de Lady Catherine. Aun así, había que abordarlo. Charlotte creía firmemente que era deber del vicario el informarle a Lady Catherine de cualquier cosa que tuviera que ver con el bienestar de sus feligreses. Habría que tener mucho tacto para convencerlo de que, en esta situación, un amable recordatorio sería apropiado. Si ella no lo expresaba correctamente, él se volvería contra ella y la sometería a un largo sermón sobre la generosidad de Lady Catherine, y se esperaría que expresara su gratitud por todo lo que su patrona había hecho por ellos.

Las palabras de Maria, sin embargo, la sorprendieron hasta el punto de que casi se le cae la cofia mientras se estiraba para colgarla de la percha. ¡Cielos! ¿Estaba el señor Darcy en la casa parroquial? ¡Seguro que no!

Hizo una breve pausa frente al espejo para alisarse el cabello. El señor Collins le había inculcado la necesidad de lucir lo mejor posible en todo momento.

―Me pregunto que habrá traído aquí al señor Darcy ―le dijo a su hermana, mientras aceleraba el paso. ―Lady Catherine debe haberlo enviado con una invitación para que cenemos en Rosings.

―¡Qué honor para él visitarnos! ¡Piénsalo! ¡Está bajo nuestro mismo techo!

Charlotte resopló. Estaba claro que el señor Collins había conseguido influir en su hermana menor. Maria, al igual que él, estaba completamente intimidada por Lady Catherine y su sobrino. Tal vez Maria debería haberse casado con él, pensó Charlotte con sarcasmo. Estaba claro que él y su hermana encajaban mejor.

Charlotte no admiraba a ninguno de ellos, pero sabía de qué lado estaba su pan. No era buena idea que el señor Darcy esperara impaciente su regreso. Si algo había aprendido de su relación con Lady Catherine era que la gente refinada de la calaña del señor Darcy solía ofenderse por la menor cosa. Estar cerca de ellos era como caminar sobre cáscaras de huevo.

Ella aceleró sus pasos. A medida que se acercaban al salón, pudieron oír hablar a Lizzy. Charlotte sonrió al oír el tono de voz de Lizzy. Sabía lo que significaba. Se conocían desde la infancia. Era el tono que Lizzy utilizaba cuando se esforzaba por ser educada, cuando lo que realmente quería era levantarse e irse.

«Me gusta pasear entre los manzanos», decía, «pero Kent me ha decepcionado bastante. No parece muy diferente de Hertfordshire. Hubiera pensado que el «Huerto de Inglaterra» tendría muchos más huertos de los que he visto hasta ahora».

Tal y como Charlotte esperaba, Lizzy estaba provocando al señor Darcy. Charlotte se acercó rápidamente a la puerta, dispuesta a intervenir, pero se detuvo de repente cuando su mirada se posó en el propio señor Darcy.

Estaba sentado en una silla frente a Lizzy. Concentrado en lo que ella decía, ni siquiera se había percatado de la presencia de Charlotte. Su mirada estaba clavada en los labios de Lizzy, sus ojos oscuros fijos en su rostro. Escuchaba a Lizzy embelesado, como si sus palabras fueran una intervención divina y no una monótona conversación de cortesía.

Ah. Entonces así es como sopla el viento.

Lizzy vio a Charlotte y se separó. Aliviada por no tener que seguir llevando la conversación, se volvió con impaciencia para saludar a Charlotte y a Maria. El señor Darcy, sobresaltado, se levantó de un salto para saludar. Para cuando se enderezó, su rostro carecía de toda expresión.

―Señor Darcy, siento haberle hecho esperar ―dijo Charlotte, apresurándose a saludarlo. ―Confío en que haya dejado a Lady Catherine en buen estado de salud.

―Sí, gracias ―dijo el señor Darcy. ―Me-me dijeron que las damas estaban dentro, de lo contrario nunca habría importunado así a la señorita Bennet.

―Mi hermana y yo estabamos dando un paseo ―comentó Charlotte, sintiendo la necesidad de explicarse, aunque era más por incomodidad que por impartir informacion.

Se sentaron todos, y el señor Darcy tomó asiento en un rincón, lo más lejos posible de Elizabeth. Parecía aún más incómodo que de costumbre.

Charlotte se apresuró a tranquilizarlo. ―¿Piensa quedarse algún tiempo con su tía, señor Darcy?

―Aun no he determinado la fecha de mi partida ―respondió Darcy.

―¿Disfruta el coronel de su estancia en Kent? ―preguntó ella.

―Mucho ―contestó él.

Un gran silencio invadió el salón. Un cuervo graznó con fuerza al otro lado de la ventana. Los cuatro lo observaron mientras desplegaba sus grandes alas y se alejaba volando.

―¿Le ofreció la señorita Bennet algún refrigerio, señor Darcy?

―No lo necesito. Me marcharé en breve ―respondió Darcy.

―¿Usted visita a su tía con frecuencia?

―Hace tiempo que no la visito. Tuve que ocuparme de un asunto. Intento visitarla al menos dos veces al año.

Charlotte intercambió miradas con Elizabeth, que prácticamente puso los ojos en blanco. Por suerte, se contuvo lo suficiente como para no hacerlo, pero Charlotte pudo ver que su amiga estaba exasperada. ¿Se le había trabado la lengua al señor Darcy o pensaba que estaba por debajo de su nivel hablar con ellas? Charlotte se preguntó si había malinterpretado su expresión al entrar. Desde luego, él no estaba haciendo ningún esfuerzo por llamar la atención de Lizzy. Todo lo contrario. Seguro que alguien de su posición social era más que capaz de mantener una conversación.

Charlotte se removió en su asiento, nerviosa e insegura. Como si la aflicción del señor Darcy se hubiera extendido a ella, las ideas para un discurso cortés se le escaparon de repente. Se esforzaba por encontrar algo que decir.

El silencio volvió a apoderarse del saloncito. Darcy se sentó en un rincón y contempló la pared. Maria movió su chal y se lo colocó alrededor de los hombros. Charlotte deseó haber pedido algo para picar. Así, al menos, todos estarían ocupados.

Entonces Lizzy comenzó a tamborilear con los dedos contra el brazo de su silla y la mirada del señor Darcy se dirigió hacia ellos, atraída por el movimiento. Lizzy, consciente del escrutinio, dejó de tamborilear y frunció el ceño. Charlotte conocía esa expresión. Elizabeth estaba a punto de decir algo escandaloso.

Acostumbrada a alisar las plumas erizadas en torno a su esposo, Charlotte intercedió rápidamente para impedírselo.

―La señorita de Bourgh parece estar de mejor humor ahora que tiene a tanta gente para divertirse. Todo estaba muy tranquilo en Rosings antes de que llegaran todos.

―Mi prima está acostumbrada a una vida tranquila ―comentó Darcy.

Charlotte esperó a que diera más detalles, pero él volvió a guardar silencio. Su atención volvió a centrarse en la pared.

Elizabeth le lanzó una mirada incrédula. ―Seguramente está contenta de tener compañía, señor Darcy. No puedo imaginarme que prefiera estar sola.

―Puede que usted no prefiera estar sola, señorita Bennet. Mi prima, sin embargo, es enfermiza y no le conviene esforzarse demasiado―. Su mirada se desvió hacia el rostro de ella. ―No todo el mundo disfruta de un temperamento vivaz como el suyo.

Las palabras fueron dichas de tal manera que era imposible saber si eran un cumplido o un reproche, dejando a Charlotte sin saber qué pensar de ellas.

Se hizo otro silencio en el grupo. Charlotte se sentía agotada. Afortunadamente, todavía había un tema con el que se podía contar para iniciar una discusión. Era el último recurso.

―El clima parece muy agradable para Semana Santa, ¿no? ―dijo. ―¿Cree que seguirá haciendo calor?

―Nadie puede predecir el clima ―dijo el señor Darcy.

Si había algo que mataba una conversación, era la afirmación del señor Darcy. Elizabeth se estaba mirando las manos, con la boca fruncida. Charlotte esperaba que Lizzy no se echara a reír.

Como si presintiera la posibilidad, Darcy se levantó bruscamente y las damas lo siguieron.

―Debo irme. Mi tía…

―…sí, por supuesto―. Ella esperaba no haber sonado demasiado ansiosa por deshacerse de él. ―Ella estará preguntando por usted.

Se volvió hacia Lizzy e hizo una rígida reverencia. ―Señorita Bennet. Supongo que la veré en la iglesia el domingo.

Lizzy hizo una reverencia. «Así será, señor Darcy. No me lo perdería por nada del mundo». Sus ojos estaban llenos de picardía.

Charlotte no podía estar segura, pero pensó que al señor Darcy se le había subido el color.

―Señora Collins. Señorita Lucas―. Hizo una reverencia y se alejó con paso rígido.

Cuando la puerta se cerró tras él. Lizzy soltó un suspiro de alivio y se hundió en su asiento.

―Pensé que no se iría nunca. Temía que fuera a empezar a reírme, como mis hermanas atolondradas.

―¿Qué podrá significar esto? ―Charlotte se hundió en su silla, tratando de no imaginarse la ira del señor Darcy si Lizzy se hubiera echado a reír. ―Mi querida Lizzy, debe estar enamorado de ti, o no nos habría visitado de esta manera tan familiar.

―Eso es bastante absurdo, Charlotte, como bien sabes. Afortunadamente, nunca he tomado en serio tus proclamaciones, o creería que la mitad de los hombres de Meryton están enamorados de mí.

―Eso es injusto, Lizzy. Nunca te he desviado del camino cuando se trata de esos asuntos.

―¿En serio? ―dijo Elizabeth. ―¿Y qué hay del caso del señor Hawker? ¿Recuerdas cómo me convenciste de que se interesaba por mí cuando todo el tiempo estaba planeando casarse con la señorita Kendall?

―Sigo creyendo que no le importaba nada la señorita Kendall ―dijo Charlotte. ―Se casó con ella por su fortuna.

―Supongamos por un momento que tienes razón, por el bien del argumento. Si el señor Darcy siente algo por mí, ha elegido una forma muy peculiar de expresarlo. Antes de que entraras, estaba intentando desesperadamente hablar con él, pero mientras tanto me miraba de un modo tan altivo, que sentí que su propósito debía ser buscar pelea conmigo. Me desprecia.

―Si, como dices, te desprecia ―dijo Charlotte―, ¿por qué busca tu compañía?

―No busca mi compañía, sino la nuestra. Estoy segura de que viene aquí para escapar de Rosings. No puedo imaginarme cómo puede soportar la compañía de Lady Catherine durante horas.

Era difícil rebatir aquello. Sin embargo, Charlotte no podía olvidar la expresión del señor Darcy cuando ella entró en la habitación. Él parecía -ella buscaba una palabra- completamente embelesado.

―Te equivocas, mi querida amiga. Creo que se ha encariñado.

Elizabeth se echó a reír. ―Si tú hubieras estado antes en la habitación con nosotros te habrías dado cuenta de lo equivocada que estás. Él no estaba nada contento cuando me encontró aquí sola y sus modales eran tan fríos que era obvio que sólo la civilidad le impidió darse la vuelta y marcharse tan pronto como llegó.

Charlotte consideró las palabras de Lizzy. ¿Podría haberse equivocado? ¿Acaso su expresión embelesada no era más que un truco de la luz?

―Pero ¿estás segura, Lizzy? ¿No podría haberse sentido avergonzado en lugar de disgustado por encontrarte sola?

―¿Avergonzado? ―dijo Lizzy. ―¡Preferiría llamar tímida a Lady Catherine! ¿No has visto suficientes pruebas de su arrogancia y engreimiento, Charlotte? ¿Has olvidado el testimonio de Wickham acerca de su carácter? Sólo tienes que preguntárselo a nuestros vecinos de Meryton y todos mencionarán su orgullo y su desprecio por los demás. Dime, Charlotte, ya que estás decidida a redimirlo, por qué él no visitó a Jane en Londres para preguntar por mí, si está encariñado conmigo―. Elizabeth negó con la cabeza. ―Ya veo lo que ocurre, Charlotte. Te ves obligada a vivir estrechamente con Lady Catherine como patrona y por eso te ves obligada a encontrar lo bueno en ella. Ahora también deseas encontrar lo bueno en su sobrino. Es una explicación muy sencilla.

Charlotte reflexionó sobre ello. Era cierto que se había esforzado por justificar el comportamiento a menudo prepotente de Lady Catherine. El sustento de los Collins dependía de ella y era más fácil sumarse a la percepción que su esposo tenía de su benefactora que mantenerse crítica. Elizabeth tenía razón. Ahora estaba intentando hacer lo mismo con el sobrino.

Sonrió ante su propia locura. ―Me conoces demasiado bien, Elizabeth. Me gustaría creer que toda la familia es amable y amistosa. Hace la vida más fácil.

―Eso es porque quieres ver lo bueno de la gente, Charlotte, y menos mal, o nunca me habrías tenido como amiga.

Charlotte se rio. ―Oh, sé que estás lejos de ser perfecta, Lizzy. Pero eres mi amiga más querida y no permitiría que nadie dijera lo contrario, incluido el señor Darcy. Aun así ―añadió con nostalgia―, me hubiera gustado que el señor Darcy estuviera enamorado de ti.

―Realmente no puedes desear que el señor Darcy sienta algo por mí, Charlotte. Piensa en su tía. Piensa en el alboroto que habría si él -el cielo no lo quiera- decidiera casarse conmigo. Tendrías que lidiar con su mal genio durante meses.

Charlotte se estremeció. ―Muy bien, Lizzy, has conseguido curarme de esos pensamientos de una vez por todas. Esperemos que nunca ocurra nada parecido.

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