
Las discusiones de Darcy con Elizabeth sobre su estancia en Rosings
Por L.L. Diamond
Traducido por Cristina Huelsz
Marzo 3, 1812
Elizabeth se demoró mientras recorría el camino bien marcado hacia la arboleda. ¿Y si el señor Darcy aparecía de nuevo? Todavía estaba desconcertada por la perversidad de la casualidad que lo había llevado a él a aquel lugar en particular hacía menos de una semana. ¿Por qué habría aparecido allí si ella no había visto un alma en aquella parte del parque desde su llegada?
Mientras estaban caminando, ella se empeñó en decirle que el huerto era uno de sus lugares favoritos, pero ¿él la había escuchado? No. El insufrible hombre volvió a aparecer dos días después.
El día anterior no había aparecido, pero el clima no había sido tan bueno. ¿Quizás él no hacía ejercicio si el cielo estaba gris? Del mismo modo que tal vez no caminaba si una ligera niebla empañaba el terreno o la tierra estaba húmeda tras una ligera lluvia. El señor Darcy era lo suficientemente huraño y orgulloso como para creer que poseía una idea tan absurda.
A pesar de todo, ella no tenía ningún deseo de entablar una conversación ociosa con el señor Darcy. Era arrogante, condescendiente y, a veces, soltaba parloteos de lo más insustanciales. Su comentario aquel día en la casa parroquial acerca de estar demasiado cerca de su familia. ¿Qué podía querer decir con eso? Cincuenta millas no era ciertamente una distancia fácil, pero él insistía en que era algo insignificante si los caminos eran buenos. ¡Cincuenta millas! La conversación carecía de sentido; sin embargo, ¿cuándo había tenido el señor Darcy sentido común?
Al doblar el recodo, la muchacha sintio que se le cortaba la respiracion, como le ocurria siempre que llegaba a la arboleda. Aunque las flores estaban casi marchitas, el huerto seguía siendo magnífico. Nubes de flores de color sonrosado la protegian del sol de la mañana, mientras que gotas de pétalos rosados flotaban desde lo alto con una suave brisa.
Sus dedos recorrieron la áspera corteza del primer tronco mientras abandonaba el sendero para internarse entre los árboles. Una rama baja le llamó la atención y ella se estiró para llevársela al rostro, inhalando su dulce aroma antes de que desapareciera para siempre y no volviera hasta la próxima primavera.
Soltó la rama y, para su deleite, una lluvia de pelusa rosa cayó sobre su cabeza. Con una carcajada, se sacudió el sombrero, que colgaba de su brazo, para esparcir las flores que habían caído dentro.
Esta época del año era su favorita. Los cerezos florecían alrededor de Meryton y Longbourn, pero en su casa no había una arboleda como aquella. Era afortunada por haber descubierto su presencia tan pronto en su estancia. ¡Que terrible hubiera sido perderse esta hermosa vista!
Dando media vuelta, se dirigió hacia otra rama baja en el extremo opuesto del huerto, pero se detuvo bruscamente cuando el señor Darcy emergió sin previo aviso de un seto que bordeaba uno de los lados de la arboleda.
Él se inclinó y ella hizo una reverencia. ―Señorita Elizabeth, ¿está disfrutando de la arboleda? Espero que satisfaga sus expectativas.
Con un sobresalto, ella miró a su alrededor y de nuevo a él. ―Los cerezos en flor nunca decepcionan, señor Darcy. Debo confesar que ya he estado aquí antes, pero se ha convertido en uno de mis lugares favoritos―. Por supuesto, él ya lo sabía, pero no estaba de más mencionar de nuevo sus preferencias, ¿verdad?
Él extendió el brazo hacia delante, señalando hacia los árboles. ―Entonces, espero que no le moleste mi intrusión. No tengo asuntos urgentes y me encantaría unirme a usted. Este año las flores se ven especialmente hermosas.
Elizabeth esbozó una sonrisa mientras se adentraba en el sendero. ―El parque es para que todos lo disfruten, ¿no es así?».
Una carcajada la sobresaltó. ¿El señor Darcy se reía?
―Mi tía no estaría de acuerdo. Insistiría en que el parque es para ella, Anne y los invitados que Rosings pueda tener―. Su bastón golpeaba el suelo entre pisada y pisada. «Aunque, me imagino que usted tendrá muchas oportunidades de disfrutar del parque cuando vuelva a visitarnos.»
¿Volver a visitar? Charlotte no había mencionado la posibilidad, pero una futura oferta de visita sería bienvenida. La compañía de Lady Catherine resultaba tediosa, pero no tenían que cenar en Rosings todas las noches. Podría sobrevivir a unas cuantas cenas en compañía de aquella dama.
―Si Charlotte extendiera la invitación, no veo razón para…
―¿Ha disfrutado mucho de sus solitarios paseos por Hunsford? ―intervino el señor Darcy.
¿No estaban hablando precisamente de que ella volvería a Hunsford en el futuro? Se apartó un rizo de los ojos. ―Kent es precioso. Me he deleitado con varios paseos por la zona―. ¡Y ésta había sido una hasta la desafortunada aparición del caballero!
Durante un rato él no dijo nada, pero siguió caminando a su lado hasta que se detuvieron junto al estanque. Observó los alrededores antes de señalar un sendero que seguía la orilla. ―¿Qué piensa de la felicidad matrimonial del señor y la señora Collins?
Ella se mordió el labio. ¿No había él hecho alusión a esto cuando apareció en la casa parroquial hacía más de una semana?
―Creo que el señor Collins es afortunado por estar casado con una mujer sensata, y creo que la señora Collins está encantada de tener su propio hogar. Ellos encuentran su propia felicidad en su situación.
Observó una bandada de faisanes que picoteaban la hierba a lo largo de la orilla del agua, un pájaro que cantaba una alegre melodía en un árbol, un pez que rompía la calma del estanque. ¡En cualquier parte menos con el señor Darcy! Ojala que no volviera a hablar hasta que se marchara.
―Si usted hiciese frecuentes viajes a Rosings, podría ver los cerezos en flor cada primavera. ¿No sentiría un gran placer visitando lugares que tanto le gustan?
El señor Darcy no debía de tener nada mejor que hacer que molestar a mujeres inocentes mientras disfrutaban al aire libre. Ella apretó sus manos, sujetándolas con fuerza, mientras las azarosas preguntas de él se agolpaban en su cabeza: visitas adicionales a Hunsford, sus paseos solitarios, la felicidad matrimonial del señor y la señora Collins, sus frecuentes viajes a Rosings. ¿Acaso el señor Darcy había bebido a estas horas de la mañana? ¡Esta conversación era tan enloquecedora como confusa!
―¿No le gustaría ser huésped de Rosings Park?
Ella miró en dirección al estanque. ¿Por qué Lady Catherine habría de solicitar su visita? ―¿Una invitada de Rosings? No quisiera ilusionarme.
¿Podría él estar aludiendo a una conexión entre ella y el coronel Fitzwilliam? No podía existir ninguna otra razón para que Lady Catherine la invitara a quedarse en Rosings Park, y sin embargo ella sabía poco del coronel, aparte de su amable personalidad. Ella no aceptaría a un hombre que conociera tan poco. No lo amaba.
―¿No insinuó usted que ha disfrutado de Kent?
Elizabeth se apartó algunos cabellos de su frente. ―Kent me parece un lugar encantador, pero no sé cuándo volveré a visitarlo.
Él permaneció en silencio hasta que terminaron de rodear el estanque. ―Estoy seguro de que Rosings le resultará más confortable que la casa parroquial.
¿Por qué no había traído su sombrilla? Un golpe en la coronilla podría hacerlo entrar en razón. ¿De dónde sacaba esas preguntas absurdas? No podía hacer suposiciones tan ridículas con una mente seria, ¿verdad?
―Nunca podría suponer que Lady Catherine hiciera semejante invitación. Después de todo, no soy de la familia.
El señor Darcy se detuvo, su cabeza dio una ligera sacudida y cambió su bastón a la otra mano. Al cabo de unos pasos, ella volteó para mirarlo. Tenía el ceño fruncido mientras miraba fijamente al suelo ante él. Sin embargo, no se atrevió a hablar ni a preguntarle qué pensaba, no fuera a ser que él sintiera la necesidad de responderle. Su discurso de hoy era un enigma en sí mismo. Su mente era un lugar que ella no deseaba visitar. ¡Bien podía guardarse sus ideas futuras para sí mismo!
El paisaje que los rodeaba se convirtió en algo muy importante, y Elizabeth volvió a contemplar todas y cada una de las vistas que les brindaba hasta que llegaron a las puertas de la casa parroquial, donde el señor Darcy se dio la vuelta.
―Le agradezco por el placer de su compañía. Me despido de usted. He estado fuera demasiado tiempo y debo regresar a Rosings.
Ella apretó los labios para evitar sonreír. No podía ser tan grosera como para mostrarse alegre ante la idea de su partida. ―Estoy segura de que Charlotte lamentará que usted no haya podido quedarse a tomar el té.
―Sí, bueno… por favor, déle a la señora Collins mis disculpas.
―Por supuesto.
Él hizo una reverencia. ―Buen día, señorita Bennet.
Ella se levantó de su reverencia mientras él caminaba en dirección a Rosings. ¡Gracias a Dios que se había ido! ¡Qué hombre tan exasperante!