Las historias jamás contadas, p. 67

La Pascua de Lady Catherine

Por Diana Birchall

Traducido por Cristina Huelsz

Marzo 29, 1812

La deseada propuesta no llegó. El sarsanet verde, la seda color prímula, el vestido estampado de flores con el fichu, todo estaba astutamente confeccionado para realzar la figura de la señorita de Bourgh y, en consecuencia, lucido con sus mejores tirabuzones franceses y adornos para el cabello. Ninguna de estas cosas, ni todas ellas, consiguieron que el señor Darcy hiciera una declaracion. Para mortificación de Lady Catherine, Darcy se mostraba invariablemente cortés y escuchaba sus críticas y dictados con una paciencia loable, pero rara vez parecía darse cuenta siquiera de que la señorita de Bourgh se encontraba en la habitación.

Darcy y Fitzwilliam habían llegado con prontitud, justo cuando se les esperaba, en la semana anterior a Pascua; y fueron recibidos con toda la festividad de la que disponía Lady Catherine para hacer los honores de su propia casa. Había tenido la esperanza de que Anne fuese capaz de encantar y entretener al menos a uno de sus primos, pero Anne hablaba muy poco, y ya fuese por vergüenza o por despecho, permanecía como un palo silencioso en un rincón cada tarde, a pesar de los más burdos y urgentes intentos de Lady Catherine por hacerla participar.

—Me gustaría que Anne pudiera tocar para ustedes. ¡Tiene tan buen gusto! El señor Collins dijo el otro día que nunca había visto una joven con más aptitudes musicales reales que no supiera tocar, y que su preferencia por Mozart en lugar de Haydn demostraba que su gusto era casi divino.

No hubo nada que decir a eso. El señor Darcy y el coronel Fitzwilliam se miraron, y Fitzwilliam consultó su reloj de bolsillo. Aún faltaba una hora para la cena.

—Echamos de menos escuchar buena música —dijo finalmente Fitzwilliam. —Sabe, Lady Catherine, hoy fuimos a la casa parroquial, y se dice que la joven invitada, la señorita Bennet, toca bastante bien. Tal vez —insinuó—, la familia podría organizar una velada.

Ese no era el propósito de Lady Catherine. No estaba dispuesta a que el insulso vicario y su comitiva femenina fuesen el principal entretenimiento ofrecido a los jóvenes, ni a que la hermosa señorita Bennet fuese una distracción que impidiese que Darcy hiciese la propuesta tan ardientemente deseada por madre e hija. Sin embargo, para su disgusto, tuvo que confesarse a sí misma que la visita no estaba saliendo del todo como ella hubiera deseado. Sabía que tanto Darcy como Fitzwilliam amaban inmensamente Rosings, y que sólo sentían el mayor de los respetos por ella y su hija; pero aun así, eran jóvenes, y con este tiempo desapacible, que aún no era primavera, no tenían mucho que hacer al aire libre, ni cacerías ni deportes de campo. Les gustaban los paseos, y ella ya había observado que casi todos los días uno o ambos caminaban a través del parque de Rosings y más allá de las empalizadas hasta la casa parroquial, y generalmente pasaban allí toda la tarde, sin regresar hasta casi la hora de la cena. La aburrida y sencilla señora Collins no podía ser la atracción, ni tampoco su insípida hermana que era tan silenciosa como la propia hija de Lady Catherine. No, fue con cierto disgusto que sospechó que era aquella señorita Bennet por la que habían cruzado el parque; y como esto debía ser desalentado, tomó la medida de planear una cena muy refinada e invitar a algunos de sus más grandiosos vecinos del condado.

En general esto supuso el peor fracaso de todos. Lady Metcalfe y su anciano esposo de nariz roja, que se quedaba dormido junto al fuego con su oporto, y los Lassiter de Saddlefield Place, a quienes les gustaba pelearse en cuanto tomaban una baraja de cartas, y los Munning, con sus tres hijas solteronas de unos cuarenta años, gigantas a las que les gustaba hablar de sus dolencias, no eran la sociedad más animada. La conversación y la comida eran pesadas por igual, y tanto Darcy como Fitzwilliam, aunque sus modales eran perfectamente correctos, estaban de todo menos animados. Fitzwilliam tuvo menos que decir que de costumbre, y Darcy no abrió los labios excepto para comer las ostras y el ragú.

Después de que los invitados se marcharan en sus carruajes y los dos jóvenes se dirigieran a sus habitaciones, Darcy alegando dolor de cabeza y Fitzwilliam cansancio, con mucha esperanza Lady Catherine trató de asegurarle a Anne y a la señorita Jenkinson que todo había salido bien.

—¡Bien! Debo decir que fue una ocasión encantadora. Una de nuestras exitosas veladas. Rosings es una casa hecha para la hospitalidad. Eso es lo que dice siempre el señor Collins, y es verdad.

—El señor Collins no estuvo aquí —señaló Anne secamente.

—No, pensé que él y las damas de su casa se habrían sentido más bien fuera de su elemento, en una sociedad tan noble como ésta. Sir George Metcalfe un baronet, y los Munning están emparentados con el Duque de Beaufort.

—El padre de la señora Collins es un Sir —comentó Anne.

—¡Bah! Una creación para el recuerdo, y sólo como recompensa por deberes cívicos. Es bastante vulgar, Anne, bastante, aunque no hay ningún daño real en el hombre. No; no debían sentirse incómodos. Nuestros invitados de esta noche eran más del rango de Darcy.

—No parecía disfrutar mucho de su compañía, mamá. A penas habló.

—Era el dolor de cabeza, sin duda, nada más. Lo mandé a la cama con un posset. Estaba muy agradecido por la atención. «Lady Catherine» —dijo—, «gracias».

—Me pareció que tampoco cenó muy bien —añadió la señora Jenkinson. —Sólo comió tres ostras, y no tocó la ensalada.

—Pidió que le ayudaran con el ragú dos veces —comenzó reprimiendo Lady Catherine.

—¡Oh, mamá! Haces lo mejor que puedes, pero la velada no fue un éxito. Una compañía como la de los Lassiters y los Munnings no es agradable para dos hombres tan jóvenes. Todos son tan viejos.

Lady Catherine se quedó pensativa un momento, y se ajustó el pañuelo de satén púrpura sobre la frente con aire ausente. —Ellos van a la casa parroquial todos los días,» admitió. «No puedo presumir de conjeturar qué mérito encuentran en la sociedad de allí, pero tal vez no debamos evitar seguir invitando a los Collins, después de todo. Esperaba…

—¿Que yo recibiría una propuesta? —preguntó Anne, con lágrimas en los ojos.

—¡Oh, querida! —exclamó la señora Jenkinson, acercándose al sofá donde estaba sentada y abrazándola.

—Anne, no tienes por qué culparte —dijo Lady Catherine con cierto disgusto. —Dios sabe, estoy segura, que lo hicimos todo. El encaje alrededor de tu cuello esta noche, y ese medallón… bueno, bueno. Si tan sólo pudieras ser un poco más animada…

—¡No puedo ser atrevida, mamá! —gritó Ana, llevándose los puños a los ojos. —Algunas chicas pueden, pero yo no. ¿No me has enseñado que ser atrevida era un comportamiento común, poco propio de una dama? Y común es justo lo que yo nunca, nunca podré ser.

—No, desde luego que no —respondió su madre incómoda. —Bueno, entonces no hay nada que hacer. Después de la iglesia, el Domingo de Pascua, le pediremos al señor Collins y a las damas que vengan a Rosings. Pueden venir por la tarde, sabes, cuando Darcy y Fitzwilliam parecen estar más deseosos de compañía.

—Tendríamos que invitarlos de todos modos, ¿no es así? —preguntó prácticamente la señora Jenkinson. —El señor Collins es el clérigo y acabará de dar su sermón de Pascua esa mañana.

—Exactamente —asintió Lady Catherine. —Es una atención muy apropiada de hecho.

El domingo de Pascua por la tarde, el señor Collins, fatigado después de sus esfuerzos, tuvo el placer de pasar el tiempo mirando un álbum de grabados ecuestres en el mejor salón de Lady Catherine. La señora Collins, demostrando estar realmente bien educada, se sentó entre la señorita de Bourgh y la señora Jenkinson, tratando de conversar y admirando su trabajo de bisutería.

El señor Darcy y el coronel Fitzwilliam estaban inclinados sobre el pianoforte mientras Elizabeth tocaba para ellos, de modo que su animada conversación no era audible por encima de la música, para las damas sentadas al otro lado del salón. Lady Catherine hizo uno o dos intentos de levantar la voz y preguntar de qué estaban hablando. Dio su opinión sobre sus gustos musicales y los de su hija, con muchas indicaciones sobre lo necesario que era practicar para la hermana de Darcy. Sin embargo, con cada intento, la conversación se alejaba rápidamente de ella, para su disgusto, y en los intervalos entre las canciones no se oía nada más que el murmullo íntimo y agradable de Elizabeth hablando con los dos jóvenes hombres.

Hubo algo que a Lady Catherine no le agradó en absoluto, en la forma tan intencionada con la que Darcy miraba por encima del hombro a Elizabeth, y cuando escuchó las palabras de Darcy: « Usted ha empleado su tiempo mucho mejor», se alarmó y los llamó una vez más para exigirles que relataran el tema de su conversación. Elizabeth se puso inmediatamente a tocar de nuevo. Lady Catherine intentó hacer algunos comentarios más sobre el gusto de Anne, con expresivos gestos hacia su hija, pero Darcy apenas giró la cabeza en su dirección. Elizabeth, que seguia tocando, pensó para sus adentros que no veía en el señor Darcy ningun síntoma de amor hacia su prima, ni ninguna probabilidad de su supuesto matrimonio.

En un intento aun más abierto de apartar a su sobrino de su ensimismamiento con Elizabeth, Lady Catherine se puso en pie, se acercó al pianoforte, donde permaneció en posición de firmes, y procedió a desmontar su interpretación.

—¿No ve, señorita Bennet, que su digitación es demasiado pesada en ese arpegio? Cramer debe ser tocado en adagietto. Me temo que no tiene el toque ligero requerido para la forma clásica.

—Yo creo que la señorita Bennet toca muy bien —dijo Fitzwilliam calurosamente. —Los aires escoceses en particular. ¿No nos tocará algunos más de esos?

—Sí, creo que tienes razón, Fitzwilliam; la música sencilla y campesina es lo mejor para una principiante como ella —dijo Lady Catherine condescendientemente.

El señor Darcy se mostró enfadado y le lanzó una mirada a Fitzwilliam que lo instó a hablar por los dos. —Por el contrario —replicó Fitzwilliam—, la encantadora sencillez de las mejores canciones escocesas requiere una interpretación segura y un gran gusto. La señorita Bennet tiene ambos. ¿Qué te gustaría que tocara, Darcy?

—Me gustaron esos aires de Burns —respondió de mala gana, y no quiso decir nada más.

—¡Burns! Un hombre espantoso —exclamó Lady Catherine. —Me sorprende que puedas tolerarlo, Darcy.

Al coronel Fitzwilliam le brillaron los ojos. —Creo que a mi primo le gustaría que usted tocara y cantara My Love is like a Red, Red Rose, señorita Bennet —dijo. —¿No es así, Darcy? Vaya, tú también te estás sonrojando como una rosa.

—¿Sonrojarse? ¿Darcy? Seguro que no. No veo nada de eso. ¿Qué quieres decir, Fitzwilliam? —espetó Lady Catherine.

Para evitar mas comentarios, Elizabeth comenzó a cantar.

0, my love is like a red, red rose,

that’s newly sprung in June.

0, my love is like a melody,

that’s sweetly play’d in tune.

As fair thou art, my bonnie lass,

so deep in love am I,

And I will love thee still, my dear,

till a’ the seas gang dry.

Los ojos de la joven atraparon y sostuvieron los de Darcy, a pesar suyo. Para entonces, Darcy ya estaba profundamente enamorado, y se adelantó, extendiendo su mano, sin que nadie supiera con qué intención, pues Lady Catherine intervino de inmediato y dijo con aspereza: —¡Bueno! ¡No tendremos mas de ese labrador inmoral! Un poco de musica instrumental, señorita Bennet, por favor, y no más de ese canto grosero. No es para nada propio de la alta burguesía, aunque se le perdonaría que no usted lo supiera.

El señor Darcy se sintió impulsado a hablar. —Tia Catherine —objetó con cierto calor—, la señorita Bennet, en mi opinión, combina a la perfección la buena crianza y el buen gusto. Por favor, no hable así de ella.

Lady Catherine perdió los estribos. —No sé a qué te refieres en absoluto, Darcy. La señorita Bennet no tiene ni una pizca de la crianza y el buen gusto de Anne.

El señor Collins oyó los estridentes tonos y se apresuró a cruzar la habitación, ansioso por evitar problemas. —Tal vez mi prima ya haya cantado lo suficiente, Lady Catherine —dijo ansiosamente—, no deseamos cansarla, entre todas las cosas. ¿Pongo las mesas de juego? ¿Le apetece a la señorita Anne una partida de Cassino?

—Sí —llegó su débil voz desde el sofá. —Eso me gustaría. ¿No jugará conmigo, señor Darcy?

—En otra ocasión —respondió él brevemente, sin volverse para mirarla. —Ahora tenemos el placer de escuchar a la señorita Bennet. ¿Tocará Ae Fond Kiss, señorita Bennet? Es otra de mis favoritas.

Ella tocó las primeras notas. —¿Quién hubiera pensado, señor Darcy —dijo ella con una mirada arqueada—, que usted sería una persona de una sensibilidad tan romántica? Uno pensaría que Burns tenía corazón, después de todo. Es una canción tan triste.

Ae fond kiss, and then we sever;

Ae fareweel, and then for ever!

Deep in heart-wrung tears I’ll pledge thee,

Warring sighs and groans I’ll wage thee.     

—Sí, una canción triste, pero que me hace feliz —observó él al final, en voz baja.

Nadie oyo sus palabras, excepto Fitzwilliam, que estaba a su lado, y que pareció sorprendido, pero Lady Catherine vio o creyó ver lo suficiente como para decir secamente: —Creo que ya es hora de que esta velada llegue a su fin. Si debes tener a Robert Burns, Darcy, entonces deja que la señorita Bennet cante Auld Lang Syne.

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