Las historias jamás contadas, p. 66

Domingo de Pascua en Rosings

Por Abigail Reynolds

Traducido por Cristina Huelsz

Marzo 29, 1812

Todo comenzó en la iglesia, donde él intentó disimular el hecho de que no podía dejar de lanzar miradas furtivas a Elizabeth, combinado con un absoluto desdén por el estúpido sermón del señor Collins. Pascua y renacimiento: en eso no se equivocaba, pero las ridículas divagaciones que le siguieron habrían sido risibles de no haber sido tan terriblemente aburridas. Darcy ya se había preparado para saber que no tendría el agudo y doloroso placer de volver a ver a Elizabeth hasta la misa de la semana siguiente, cuando oyó que Lady Catherine invitaba al señor Collins y a su grupo a reunirse con ellos en Rosings esa misma tarde.

Quiso sentirse consternado por la noticia. Era mejor limitar su exposición a Elizabeth a una vez por semana en la iglesia, donde podía recordar por qué ella no podía ser suya, pero por mucho que supiera que debía mantenerse alejado de ella, no podía encontrar el menor rastro de arrepentimiento en su corazón por tener otra hora en su compañía, otra hora de sentirse vivo, aquella tarde.

La expectativa de su visita lo persiguió durante todo el día, lo cual lo hizo sentirse inusualmente inquieto. Incluso el coronel Fitzwilliam hizo un comentario sobre su inquietud, lo que trajo a Darcy de vuelta al presente durante unos minutos, pero el coronel no pudo competir con la hechizante Elizabeth que llenaba sus pensamientos.

Después de toda su agitación, su llegada fue anticlimática. Como Lady Catherine se empeñaba en monopolizar su atención con sus incesantes demandas, Darcy sólo podía observarla desde el otro lado del salón, mientras su primo tenía la suerte de poder sentarse junto a Elizabeth y disfrutar de sus animadas sonrisas. Darcy no alcanzaba a distinguir más que fragmentos de su conversación, pero conversaban con tal animo y fluidez que no podía negarse a sí mismo que ella parecía estar disfrutando de la compañía del coronel Fitzwilliam más de lo que nunca había disfrutado de la suya. Sin embargo, no importaba. Ninguno de los dos podría tenerla nunca, así que no tenía sentido pensar en ello y, desde luego, no había por qué obsesionarse constantemente.

Sería indigno de él sentir celos de su primo, sin tierras y a menudo sin dinero. Apartó la mirada de ellos y trató de concentrarse en la conversación con su tía, por monótona que fuera, hasta que, por el rabillo del ojo, vio que su primo conducía a Elizabeth a la habitación contigua, presumiblemente al pianoforte. El sonido de sus risas flotaba a través de la abertura entre las habitaciones.

Desde luego, no estaba celoso, pero no quiso privarse de la oportunidad de posar sus ojos en la belleza de Elizabeth, así que se excusó y se colocó donde incluso el coronel se diera cuenta de que tenía una vista completa de ellos.

Elizabeth también debió de darse cuenta, porque en la primera pausa conveniente, se volvió hacia él con una sonrisa de oreja a oreja y dijo: —¿Pretende asustarme, señor Darcy, viniendo en semejante estado a escucharme? Pero no me alarmaré aunque su hermana toque tan bien. Hay una terquedad en mí que nunca podría soportar que me asusten por voluntad ajena. Mi coraje siempre se levanta con cada intento de intimidarme.

¿Qué había en sus burlas que lo embriagaban tanto y hacían que la sangre corriera por su cuerpo? Sonrió lentamente antes de replicar. —No diré que se equivoca, porque no podría creer realmente que tengo intención de alarmarla; y he tenido el placer de conocerla lo suficiente como para saber que le divierte mucho profesar de vez en cuando opiniones que en realidad no son las suyas.

Elizabeth se rio con ganas ante esta imagen de sí misma y le dijo al coronel Fitzwilliam: —Su primo le dará una idea muy bonita de mí y le enseñará a no creer ni una palabra de lo que digo. He tenido muy mala suerte al encontrarme con una persona tan capaz de desenmascarar mi verdadero carácter, en una parte del mundo en la que esperaba pasar con cierto reconocimiento. De hecho, señor Darcy, es muy poco generoso de su parte mencionar todo lo que usted sabía sobre mi desventaja en Hertfordshire -y, permítame decirlo, muy poco educado también-, pues me está provocando para que tome represalias, y pueden salir a la luz cosas que conmocionarán a sus parientes.

Él sonrió, seguro de que su burla no podía ser maliciosa. —No le tengo miedo.

—Por favor, dígame de qué lo acusa —exclamó el coronel Fitzwilliam. —Me gustaría saber cómo se comporta entre extraños.

—Entonces lo sabrá, pero prepárese para algo espantoso. La primera vez que lo vi en Hertfordshire, usted debe saberlo, fue en un baile, y en ese baile, ¿qué cree usted que hizo? ¡Sólo bailó cuatro danzas! Siento disgustarlo, pero así fue. Sólo bailó cuatro danzas, a pesar de que escaseaban los caballeros; y, que yo sepa, más de una joven estaba sentada por falta de pareja. Señor Darcy, no puede negar el hecho.

¿Por qué habría de negarlo? —En aquel momento no tenía el honor de conocer a ninguna dama en la asamblea más allá de mi propio grupo.

—Cierto; y nadie puede ser presentado en un salón de baile—. Esta vez su tono tenía algo de picardía. —Bien, coronel Fitzwilliam, ¿qué debo tocar ahora? Mis dedos esperan sus órdenes.

Su mente daba vueltas. ¿Por qué Elizabeth le estaba apuntando? Tal vez había entendido mal lo que él quería decir. —Tal vez habría juzgado mejor, si hubiera buscado una presentación, pero estoy poco cualificado para presentarme a extraños.

—¿Le preguntamos a su primo la razón de esto? —le dijo Elizabeth al coronel Fitzwilliam. —¿Le preguntamos por qué un hombre sensato y educado, que ha conocido el mundo, no está capacitado para presentarse a los extraños?

—Puedo responder a su pregunta —dijo Fitzwilliam—, sin tener que dirigirme a él. Es porque no quiere tomarse la molestia.

Ambos se habían vuelto contra él, y de la forma más dolorosa. Su primo sabía cómo había fracasado a la hora de lograr la aceptación en ciertos círculos, ese mismo éxito que le resultaba tan fácil al coronel. «Ciertamente no tengo el talento que poseen algunas personas, de conversar fácilmente con quienes nunca he visto antes. No puedo captar su tono de conversación, ni parecer interesado en sus preocupaciones, como a menudo veo que se hace», dijo con rigidez.

«Mis dedos -dijo Elizabeth- no se mueven sobre este instrumento con la maestría con que veo que lo hacen los de tantas mujeres. No tienen la misma fuerza ni la misma rapidez, y no producen la misma expresión. Pero siempre he creído que es culpa mía, porque no me tomo la molestia de practicar. No es que no crea que mis dedos son tan capaces como los de cualquier otra mujer de una ejecución superior».

Se sintió aliviado. Ella comprendía, más de lo que nunca había imaginado que comprendería, cómo él se esforzaba por no ofender, pero fracasaba una y otra vez, y ella le estaba demostrando de la mejor manera posible que no era necesario ser perfecto para ser apreciado. Él sonrió y dijo: « Usted tiene toda la razón. Ha empleado su tiempo mucho mejor. Nadie que tenga el privilegio de escucharla puede pensar que le falta algo. Ninguno de los dos actuamos ante extraños».

Aquí fueron interrumpidos por Lady Catherine, que exclamó para saber de qué estaban hablando. Elizabeth comenzo a tocar de nuevo de inmediato. Darcy la observaba aturdido, con el mundo tambaleándose bajo sus pies. Darcy consideraba a Elizabeth como una mujer ingeniosa, divertida, atractiva -¡oh, tan atractiva!- y la tentacion personificada, pero aquella era una faceta que él no se imaginaba que existiera. ¿Cómo había sabido ella a la perfección lo que él necesitaba oír en aquel momento?

Se había obligado a ignorar el deseo que sentía por ella, pero esta nueva percepción le demostró que era algo más que una mujer encantadora. Era vital para él.

Al diablo con la familia y el deber. Iba a casarse con Elizabeth Bennet.

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