Las historias jamás contadas, p. 64

Darcy y Fitwilliam de camino a Rosings

Por Jack Caldwell

Traducido por Cristina Huelsz

Marzo 23, 1812

El honorable coronel Richard Fitzwilliam, del regimiento ___ de los dragones ligeros, intentaba ponerse lo más cómodo posible en el oscilante carruaje, una tarea imposible, ya que la finura del coche Darcy no podía compensar los baches de la carretera que atravesaba Kent. El otro caballero del carruaje tuvo más éxito.

El coronel sólo tenía treinta años. Aparte de eso, no se parecía en nada a su compañero. Fitzwilliam era de estatura moderada, tez rubicunda y cabello rojizo como la arena. Su cuerpo delgado lucía hombros anchos debido a su profesión. No era especialmente apuesto, pero su carácter era amable y abierto. Le gustaba mucho la gente. Normalmente de carácter apacible, aquel día su paciencia llegó al límite.

—¡Maldición! —exclamó el coronel Fitzwilliam mientras se golpeaba la cabeza contra el lateral del carruaje. —¡Sabía que tenía que haber montado a caballo! ¡Lo sabía!

Su primo y gran amigo, Fitzwilliam Darcy, golpeó el techo con su bastón. —Una velocidad más moderada, por favor, Edwards —ordenó. No gritó, pero su tono enérgico se oyó por encima del ruido de la carretera. Hubo una respuesta afirmativa apagada y el vehículo aminoró la marcha. Ahora simplemente rodaba alarmantemente de un lado a otro.

—¡Oh, mucho mejor! Gracias, primo.

—No hay necesidad de ser sarcástico, Fitz. El invierno ha sido horrible. No es de extrañar que las carreteras estén en tales condiciones.

—El clima era igual de malo en Derby, pero no encontrarás los caminos así; mi padre no lo soportaría.

—Mi tío se toma un extraordinario interés por sus carreteras.

El coronel Fitzwilliam se rio. —¡Todo porque al viejo le gusta tener los pies calientes y su trasero cómodo!

Darcy lo miró, tratando de ocultar una sonrisa. —Te he echado de menos, Fitz. Me alegro de que hayas vuelto de España.

El coronel se estiró. —Por un tiempo. Wellington no necesita mucha caballería para asediar. Después de nuestro golpe de mano en Ciudad Rodrigo en enero*, me conceden unos meses de permiso en el cariñoso seno de mi familia—. Darcy frunció el ceño, y Fitzwilliam se dio cuenta. —¡No me mires así, Darcy! Sabes de lo que hablo.

Darcy levantó su barbilla. —Es nuestro deber visitar a Lady Catherine en Pascua.

—Es tu deber revisar las cuentas de Lady Catherine y reunirte con el mayordomo en Pascua —replicó Fitzwilliam. —A mí me corresponde hacer de bufón de la corte para diversión de mi tía y mi prima. Por cierto, ¿podrías dignarte a pasar algún tiempo con Anne este año? La manera en que la ignoras es vergonzosa.

Darcy apartó la mirada, con el rostro enrojecido. —Ya sabes por qué no puedo.

Fitzwilliam se enfadó un poco. —¡Tú eliges no hacerlo! Esa pobre muchacha sufre y no sólo por sus dolencias. Encerrada en ese exagerado mausoleo de casa con sólo la tía Catherine y su dama de compañía, ¡no es de extrañar que esté enferma! Conozco bien los deseos de nuestra tía. ¡Señor, toda la familia lo sabe! Nadie la apoya en esto. Si Anne y tú decidieran no casarse, la familia los apoyaría.

Darcy no se inmutó. —Debo actuar como mejor me parezca, Fitz. Anne lo entiende.

Fitzwilliam le hizo una mueca a su amigo. Oh, primo, ¡algún día ese famoso orgullo de los Darcy te traerá problemas! Decidió cambiar de tema. —¿Cómo está Georgiana de verdad?

El dolor apareció en las facciones de Darcy. —No tan bien como esperaba. Todavía no se ha recuperado de lo de Ramsgate.

Fitzwilliam maldijo. —¡Si tan sólo yo hubiera estado allí en vez de en España! Habría un granuja menos en el mundo, ¡te lo aseguro!

—Entonces es mejor que no estuvieras ahí, porque entonces habría un coronel temerario menos al servicio del rey —replicó Darcy. —De nada le serviría a Georgiana que te colgaran por el asesinato de George Wickham.

Fitzwilliam se cruzó de brazos. —¿Entonces lo mejor fue haberle pagado?

—Sólo cubrí sus deudas; no obtuvo nada más de mí.

—Por esta vez.

Darcy sacudió la cabeza. —No habrá una próxima vez. Wickham ha perdido su oportunidad. No puede hablar de Georgiana, pues sigue pensando en abrirse camino en el mundo casandose con alguien de la alta sociedad. Si se supiera de Ramsgate, sería rechazado.

—Tampoco le haría ningún bien a Georgiana.

—¿Crees que no lo sé? —gritó Darcy.

Fitzwilliam se alarmó. Darcy nunca perdía los estribos. Por supuesto, por supuesto. Tranquilo, viejo…

Darcy se echó las manos a la cabeza. —¡No tienes ni idea, Fitz! No tienes ni idea de cómo me atormenta todo este asunto. Le he fallado… le he fallado a la persona que más quiero en el mundo.

Fitzwilliam puso una mano en el hombro de su primo. —Vamos, no digas eso. No hiciste nada malo. La culpa debe recaer sobre los responsables: Wickham y esa mujer Younge-

—Debería haber investigado sus referencias más a fondo.

Estás llorando sobre leche derramada, viejo amigo, pensó Fitzwilliam. Dijo en voz alta: —Hiciste lo mejor que pudiste. Estoy seguro de que sus referencias eran de la mejor calidad. Suelen serlo. La gente engañosa es experta en conseguir esas cosas.

—Debería haberlo hecho mejor.

Fitzwilliam sacudió la cabeza. ¿Qué te hará caer primero, Darcy: tu orgullo o tu hábito de asumir demasiadas cosas? Aún no puedes afrontar toda la verdad: que Georgiana tiene parte de la responsabilidad de este casi desastre. Tuvo que volver a cambiar de tema.

—Háblame de la ciudad. Tengo entendido que nuestro amigo Bingley está progresando.

Darcy levantó la vista. —Sí. Pasé la mayor parte del verano pasado con él, después de… bueno, después de eso. Él alquiló una casa en Herefordshire y quería mi opinión sobre el lugar. Creo que la dejará cuando se acabe el contrato.

—¿Hay algo de malo en ello?

—No. Netherfield tiene buenas posibilidades, y con mejoras debería resultar rentable.

Entonces, ¿por qué? ¿La agricultura no está a la altura de Bingley? ¿O debería decir para la señorita Bingley?

—Es Hertfordshire y la gente que reside allí lo que la señorita Bingley encuentra deficiente—. Darcy hizo una pausa. —Me sentí aliviado de regresar a Londres antes de diciembre—. Y dirigió su atención hacia la ventana.

—Me atrevo a decir que extrañaste a Georgiana. ¿Disfrutaste de la temporada?


Darcy se dio la vuelta y le lanzó una mirada a su primo. —¿Alguna vez he disfrutado de la temporada?

Fitzwilliam se rio ante la expresión incrédula de Darcy. —Ya veo… ¡Siempre igual! Sigues luchando contra mamás mercenarias y sus insípidas hijas.

—No esta vez, pero tuve que ayudar a un conocido nuestro.

—¿En serio? ¿Quién era? ¿Knightley? Nunca he entendido por qué no se ha casado ya.

—Fitz-

—¿O tal vez Bingley? Se enamora de un momento a otro.

Darcy levantó las manos. —No revelaré nombres. Pero debo felicitarme por haber salvado a un amigo de un matrimonio de lo más imprudente.

—¿Cuándo fue eso? Dijiste que no habías estado mucho tiempo en la ciudad este año.

—Oh, fue el año pasado. Hubo objeciones muy fuertes contra la dama, particularmente su familia.

—Debe haber sido muy malo.

—Bastante malo. Pero, por favor, mantén esto en secreto. Sería muy desagradable si esto llegara a conocimiento de la familia involucrada.

Fitzwilliam levantó las manos en señal de protesta. —Seré la discreción misma.

—Sería la primera vez.

—¡Darcy, me hieres! ¿Es probable que me encuentre con esta familia anónima en cualquier caso?

Una mirada ilegible recorrió el rostro de Darcy. —No, en absoluto.

Fitzwilliam no tuvo tiempo de contemplar el semblante de Darcy. —¡Ah! ¡Rosings! Ya hemos llegado!

* – Ver el cerco de Ciudad Rodrigo (Jan. 7-20, 1812) – http://www.peninsularwar.org/ciudadrodrigo.htm

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