
Las expectativas de la señorita de Bourgh
Por Diana Birchall
Traducido por Cristina Huelsz
Marzo 5, 1812
Lady Catherine se enorgullecía de su porte, que consistía en un magnífico porte erguido y una forma de moverse que podría calificarse de arrogante deslizamiento. Mostrar una necesidad de premura sería merecedor de desprecio; una dama no se apresura como una chiquilla. Sin embargo, aquella mañana, Lady Catherine entró en la pequeña estancia veraniega donde se desayunaba en Rosings con una rapidez tan inusitada que la señorita de Bourgh y la señora Jenkinson se levantaron sobresaltadas de sus labores.
Era sólo el mes de marzo, pero a las mujeres les gustaba sentarse en aquel salón por la mañana, porque tenía buena luz para coser y era, a su modo, era más cómodo que muchas de las habitaciones más grandes. A Anne, que odiaba caminar antes del mediodía, le gustaba sentarse a coser y mirar por la ventana. Estaba confeccionando otra prenda para su ajuar, que había sido su tarea diaria autoasignada durante muchos años. Casi desde que era una niña y cosia su muestrario, había trabajado en las sábanas bordadas y los camisones para su boda con el señor Darcy. Rara vez lograba hacer más de una o tal vez dos puntadas por minuto, pero afortunadamente la señora Jenkinson había trabajado con más constancia y grandes pilas de finas telas irlandesas y delicadas muselinas de encaje estaban guardadas con lavanda en los enormes arcones forrados de cedro, esperando en los grandes almacenes de Rosings a que llegara el feliz día.
―¡Querida! ―gritó Lady Catherine. ―Aquí hay noticias, tremendas noticias.
―¡Oh! ―exclamó la señora Jenkinson. ―¿Se trata de algo que debe serle comunicado por etapas, Lady Catherine? Anne es una joven delicada. Ya sabe que siempre decimos que no es nada fuerte. ¿Le traigo un poco de agua?
―No, no ―respondió impaciente Lady Catherine―, son buenas noticias, las mejores.
Anne abrió los ojos de par en par y su rostro cetrino se tiñó de rosa al sentarse. Sus expectativas no eran otras que las de que la carta que su madre agitaba con tanto entusiasmo contuviera una proposición del señor Darcy.
―¡Sólo piensa! ―exclamó Lady Catherine. ―¡Ya viene Darcy! ¡Pronto estará aquí!
Anne hizo un gesto de impaciencia con su aguja y un volante de raso. ―Pues sí, mamá. Ya lo sabemos. Siempre dijo que vendría en primavera, tal vez con Fitzwilliam, para hacer su visita anual de inspección. Pero ¿esas son todas las noticias?
―No, no es todo. Espera y te enterarás. Darcy estará aquí ya la semana próxima. Sí. Estará en Rosings para Pascuas. ¡Y sabes lo que eso significa, Anne!
Anne se puso de pie, con el rostro escarlata. ―¿Sí? ¿Tan pronto?
―¿Dices que pronto? ―Lady Catherine hizo un ruidito de impaciencia. ―Mi querida niña, tienes veintiocho años. Darcy no ha sido nada diligente a la hora de concertar tu matrimonio. De hecho, en ocasiones he estado a punto de enfadarme con él por ser tan… no renuente precisamente, pero… Naturalmente nunca podría enfadarme de verdad con el querido Darcy, pero admitirás que no ha sido expeditivo.
―Oh, pero Lady Catherine ―protestó la señora Jenkinson. ―¡Tanto tiene que hacer el señor Darcy! Con el manejo de Pemberley y la casa en Londres, y la supervisión de la educación de la señorita Georgiana… nunca pensó casarse hasta que su hermana fuese una joven dama de sociedad, estoy segura. Ahora que está en sociedad, será una perfecta compañera para la señorita Anne, cuando el señor Darcy la lleve a casa, a Pemberley.
―¿Él… él dice algo al respecto, mamá? ―se aventuró a preguntar Anne.
―Bueno, no, no directamente. Difícilmente lo haría en una carta. Darcy siempre fue el alma misma de la delicadeza y la discreción. Pero, no lo dudes, hará su declaración formal cuando esté aquí. ¡Un compromiso en primavera! ¡Sólo piénsalo! Eso es lo que él ha estado esperando, lo sé.
―¡Qué romántico! ―dijo la señora Jenkinson. ―Todas las ovejitas y corderitos, y las primaveras también.
―Pero apenas estamos preparadas ―pensó Lady Catherine, juntando sus pesadas cejas.
La señora Jenkinson levantó las manos con un suspiro sin palabras. ―¡Oh, Lady Catherine! ¡No estamos preparadas! Llevamos por lo menos veinte años cosiendo el ajuar de la señorita Anne. Sólo las sábanas, el encaje Mechlin… ¡oh! Será la envidia de muchas Duquesas.
―No me refiero a eso ―dijo Lady Catherine, frunciendo el ceño. ―Me refiero a la propia persona de Anne, a su tout ensemble.
―Vaya, tiene tantos vestidos bonitos como cualquier otra joven del reino, sin duda, madame. Cualquiera bastaría para invitar a la pedida de mano.
―Sus ropas están bastante bien ―replicó Lady Catherine brevemente.
―Mamá, no querrás decir… ¿no creerás que el señor Darcy estará complacido conmigo? ¿No me considerará lo suficientemente atractiva? Tal vez haya otras jóvenes conocidas suyas que lo sean más.
―Ciertamente que no, Anne ―contestó Lady Catherine, de una manera que delataba que eso era exactamente lo que quería decir. ―Eres más bonita que las demás jóvenes, porque tu linaje es decididamente aristocrático. No, no, las líneas de tu nariz, el porte de tu cabeza…
Anne volvió a sentirse cómoda. «Es cierto», dijo complacida, «no creo que Darcy haya podido relacionarse con ninguna joven de antecedentes como los máos. Nuestra propia familia es la mas noble de todas, incluso por encima de las de más alto rango. ¿Y qué clase de gente puede él haber conocido viajando últimamente, en Hertfordshire, con su amigo Bingley?»
―Sí, gente muy común allí ―resopló de acuerdo Lady Catherine. ―Bailes de asamblea y cosas por el estilo, donde puedes conocer a cualquiera. Y Darcy no ha perdido su sentido de lo que le debe a la familia. Tiene el orgullo propio de los Darcy, y nunca se olvidaría de quien es.
―¡Oh, Lady Catherine! ―suspiró la señora Jenkinson. ―Estoy segura de que sería el último joven en hacer eso.
―Muy cierto. Sin embargo, él ha visto mucho mundo, por lo que creo conveniente, es decir, no puede hacer ningún daño, que Anne luzca lo mejor posible para la reunión.
―¿Qué más puedo hacer? ―preguntó Ana perpleja. ―Pensé que me pondría mi sarsanet verde, que es mi mejor vestido de esta temporada, y que costó diecisiete libras. Y Helene me ha enseñado las mejores maneras parisinas de rizarme el cabello. Los tirabuzones están de moda, y ya ves lo bien que me sientan―. Sacudió sus rizos para que rebotaran, como una docena de ratones castaños.
―¡Verde! ―Lady Catherine se echó hacia atrás en su silla, momentáneamente sin palabras. ―Hija mía, ninguna mujer ha recibido nunca una propuesta en ese desafortunado color. Y tu figura… ―Miró a su hija de arriba abajo, y su expresión se tornó grave.
Anne miró a su progenitora con asombro. ―¡Vaya, madre, siempre has dicho que mi figura era del tamaño perfecto para la verdadera elegancia! No es carnosa, sino más bien aérea.
―La verdad es que temo que estés demasiado delgada ―murmuró Lady Catherine. ―Y que si el gusto de Darcy es por una mujer carnosa, alta y de figura completa.
―¡Seguramente no en una esposa! ―exclamó horrorizada la señora Jenkinson.
Anne había recobrado el aplomo. ―De verdad, mamá, ¿de dónde has sacado una idea tan extraordinaria? El señor Darcy no puede desear que su esposa tenga el aspecto de una lechera. Querrá que sea una persona refinada, de la alta sociedad, y por supuesto, emparentada con él de un modo ventajoso.
―Y la promesa fue hecha cuando ustedes dos aún estaban en la cuna, no lo olvides ―recordó la señora Jenkinson.
―Sí. Siempre me has prometido que me casaría con el señor Darcy. Mamá, ¿cómo puedes olvidarlo?
―Así debe ser ―dijo Lady Catherine, preocupada.
―Y seguiré tu consejo en una cosa, y me pondré mi muselina rosa de la India. Eso le dará a mi tez un tono rosado.
―Parecerás un ángel en una nube ―dijo entusiasmada la señora Jenkinson―, una nube rosa.
―Quizás tengas razón ―dijo Lady Catherine, todavía con cierto aire de duda.
―Por supuesto que tengo razón, mamá. No temas―. Anne se levantó y se acercó al espejo biselado que había sobre el aparador, y se miró con la cabeza de lado, sacudiendo de nuevo sus tirabuzones a la última moda, un peinado que a decir verdad hacía poco por su cabello color ratón y su piel pálida. ―Creo que tengo un aspecto poco común, con todos los tintes de un verdadero refinamiento.
―Ella es como un cuadro, un cuadro al óleo ―asintió extasiada la señora Jenkinson. ―Siempre lo he dicho. O quizás una acuarela realmente elegante.
―Y seguramente el señor Darcy cumplirá con sus obligaciones en el curso de esta visita. Tiene la reputación de ser un modelo de honor. ¡Y ya es hora! Debe saber que no quiero ser una prometida a los treinta.
―Sólo espero que no haya estado formando nuevos vínculos, eso es todo ―dijo Lady Catherine pensativamente. ―Eso explicaría su falta de interés. Pero no, no, sé que eso es imposible. Darcy es demasiado orgulloso como para rebajarse a semejantes tonterías.
―¡Orgulloso! Por supuesto que lo es. Y yo tengo mi propio orgullo ―exclamó Anne. ―Somos tan parecidos que resulta ridículo. Me río de ello todo el tiempo.
―Y ―les recordó la señora Jenkinson, volviendo a su labor de costura―, recuerden, no importa cuántas jóvenes haya conocido, él ha permanecido puro y decidido. No ha guardado su corazón para nadie más que para Anne.
―Qué idea tan dulce ―suspiró Anne. ―Pero dirás, mamá, que estamos siendo demasiado románticas. Incluso en un sentido prudente, entonces, recuerda todo lo que Darcy gana al casarse conmigo.
―Cierto ―asintió Lady Catherine, tranquilizándose. ―No muchas jóvenes tienen semejante fortuna―. Entonces recordó algo. ―Había olvidado que los Collins están aquí casi todas las noches. Debemos poner fin a eso.
―¿Por qué molestarse? ―preguntó Anne. ―Darcy seguramente no prestará ninguna atención al señor y la señora Collins, tan comunes y aburridos como son. Conversará con nosotras, y la primera noche diré… ―Hizo girar la tela de satén a su alrededor e hizo un pequeño baile con sus finas zapatillas. ―¿No deberíamos dar una vuelta?
Los ojos de Lady Catherine y de la señora Jenkinson se encontraron y había aprensión en cada uno. Ambas pensaban en el contraste que la bonita señorita Bennet podría hacer con Ana, y reconocieron su mutuo pensamiento, sin mediar palabra.
―Oh, no ―dijo Lady Catherine decididamente―, no los queremos aquí.
―Ciertamente que no. ¿Desea que escriba una nota, Lady Catherine?
―No será necesario. Las invitaciones simplemente cesarán, hasta que, por supuesto, todo se arregle… o no.
―Se arreglará ―le aseguró Anne complacida, recogiéndose los tirabuzones. ―No te preocupes, mamá. ¿No has dicho siempre que Darcy y yo somos la pareja perfecta?
Es triste… Nunca me había puesto a pensar sobre las expectativas de la señorita de Bourgh que en realidad debieron ser muchas con semejante aliento…
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