
Elizabeth en Kent antes de la llegada de Darcy
Por Lucy Marin
Traducido por Cristina Huelsz
Marzo 19, 1812
Mientras Elizabeth paseaba lentamente por los senderos con los que se había familiarizado recientemente cerca de la casa parroquial de Hunsford, reflexionó sobre las dos semanas que había pasado en casa de los Collins.
Otras cuatro semanas más o menos, y la visita habrá terminado. Me alegro de haber venido.
Se había resistido a aceptar cuando Charlotte la invitó. Los días que el señor Collins había pasado en Longbourn el otoño anterior habían sido largos y tediosos; residir realmente en su casa durante mes y medio era casi impensable. Pero Charlotte había insistido en que quería a Elizabeth allí y ella no quería decepcionar a su amiga.
Lo cierto era que Elizabeth se había enfadado con Charlotte por haber aceptado al señor Collins y, al principio, se había mostrado incrédula. El primo lejano y heredero del señor Bennet era ridículo y pomposo, y resultaba asombroso que alguien se sintiera feliz con una propuesta sabiendo que el hombre se lo había pedido a otra dama apenas unos días antes. Con el tiempo había llegado a comprender la elección que Charlotte había hecho. Después de conocerlo, el señor Collins no era más tolerable -al menos en opinión de Elizabeth-, pero Charlotte tenía una bonita casa y la seguridad que había anhelado, manejaba bien a su esposo y su temperamento hacía más probable que encontrara la felicidad en un matrimonio así de lo que Elizabeth jamás podría.
Me pregunto si eso es del todo cierto. Reflexionó sobre el asunto mientras observaba su entorno -el verde claro de las hojas nuevas, el sonido del agua moviéndose a lo largo de un pequeño arroyo- y llegó a la conclusión de que la respuesta era sí.
―Pero, ¿será siempre así? ―le preguntó a la pequeña bandada de pájaros que salió de un árbol después de que ella pisara una ramita y el ruido resultante evidentemente los asustara. ―¿No volverán y me lo dirán?
Se rio entre dientes y continuó su paseo, contenta de prolongar su tiempo fuera de la casa, ya que Charlotte estaba ocupada con las tareas domésticas y aún no la echaría de menos. Cuando ella había emprendido la excursión, el señor Collins estaba en el jardín, pero su trabajo allí probablemente no le llevaría mucho tiempo. Si seguía su costumbre, luego seguiría a Charlotte de un lado a otro y hablaría y hablaría y hablaría, arreglándoselas de algún modo para no decir nunca nada sensato.
―La mayor parte será sobre Lady Catherine y lo que deben hacer para complacerla ―dijo Elizabeth riéndose y puso los ojos en blanco. ―¡Si tengo alguna razón para alegrarme de haberlo rechazado, es que no tengo que tratar con esa mujer! ―Recordó las groseras preguntas de lady Catherine y su evidente creencia de que ella era superior a todos los demás -y que su silenciosa hija también lo habría sido, si su salud se lo hubiera permitido-, lo que hizo reír a Elizabeth.
―Bueno, ese no será mi futuro. Sólo tendré que ser tolerante con ella mientras visite a Charlotte, y no creo que lo haga a menudo―. Charlotte podría estar demasiado ocupada con los niños y, si Elizabeth tenía suerte, atraería la atención de un hombre con el que quisiera casarse, tras lo cual se ocuparía de su propia vida. ―Además, aparte de ver a Charlotte, hay pocas cosas que me puedan atraer a este vecindario.
Durante un rato, su mente estuvo en silencio, y en lo único que pensaba -cuando era consciente- era en el sonido de los pájaros y en el viento que soplaba entre los árboles. Finalmente, volvió a preguntarse si alguna vez actuaría como Charlotte y aceptaría a un hombre simplemente para tener la seguridad del matrimonio. No era un tema cómodo. Naturalmente, soñaba con enamorarse profundamente de un hombre digno y convertirse en su esposa, que sería una excelente compañera durante el tiempo que tuvieran la suerte de vivir.
Pero debo casarme, aunque no encuentre a ese hombre. Espero que todas mis hermanas encuentren buenos esposos. Con tan poca fortuna propia, nuestro futuro es sombrío si no lo hacemos. Si el señor Bingley se hubiera casado con Jane, habría tenido menos motivos para preocuparse por lo que pudiera ser de ella y de sus hermanas, pero él se había marchado, había desaparecido de sus vidas, ya fuera porque a él no le había importado Jane de la manera en que sus modales sugerían que lo hacía, o porque su amigo y sus hermanas habían desalentado su interés por ella. Elizabeth sospechaba esto último, aunque la única prueba que tenía era la horrible nota que la señorita Bingley le había enviado a Jane poco después del baile en Netherfield Park y que más recientemente ella había dejado claro que no tenía ningún interés en mantener su relación.
Elizabeth estuvo reflexionando sobre el tema del matrimonio y la clase de situación que le parecería aceptable durante más de una hora. Una parte de ella la pasó sentada en una gran roca observando el arroyo. Luego, sabiendo que debía regresar a la casa parroquial, respiró hondo, soltó el aire lentamente y se obligó a sacar una conclusión.
―Supongo que es ésta ―susurró al mundo. ―De momento, seguiré esperando encontrar a un hombre al que quiera, o al menos que me guste mucho, que esté interesado en casarse con una joven como yo. No me conformaré como hizo Charlotte. Nunca sería feliz. Sin embargo, en el futuro, cuando tenga cinco o seis años más, puede que cambie de opinión. No aceptaría a un hombre que no me gustara ni respetara, pero podría estar más dispuesta a pasar por alto sus… cualidades menos deseables. Por ahora, no puedo imaginarme entregándome a un hombre a menos que lo ame, o crea que podría hacerlo, y lo más importante, debo ser capaz de respetarlo y sentirme orgullosa de llamarlo esposo.