Las historias jamás contadas, p. 61

Darcy anticipa un viaje a Rosings

Por Leslie L. Diamond

Traducido por Cristina Huelsz

Febrero 20, 1812

Unos golpes en la puerta hicieron que Darcy dejara de mirar los libros de contabilidad. ―Entre ―dijo.

La puerta se abrió y apareció nada menos que Georgiana, que permaneció en el umbral hasta que Darcy le hizo un gesto para que entrara.

―¿Deseas hablar conmigo? ―Su voz era poco más que un susurro, pero tal tono no era inusual desde Ramsgate. ¡Maldito George Wickham por lastimarla como lo había hecho!

Con una señal al lacayo del pasillo, la puerta se cerró tras ella, que se levantó para acompañarla a una silla. Una vez acomodada, él se sentó en la esquina de su escritorio.

―He recibido una carta de Lady Catherine.

Los ojos de Georgiana se abrieron de par en par. Nunca le había gustado el carácter autoritario de su tía y su estado actual sólo empeoraría las cosas.

―No te preocupes. Sólo quería informarme de que ella nos espera para Pascua. El coronel Fitzwilliam me acompañará como todos los años, pero ¿te gustaría hacer el viaje con nosotros?

Ella empezó a temblar. ―Por favor, no me obligues. No podría soportar a Lady Catherine… no desde…

Su hermano le tomó la mano. ―No tengo intención de obligarte, Georgie. Mi intención era conocer tus deseos, ¿recuerdas?

Ella tragó saliva mientras miraba el retrato de sus padres que adornaba el lugar sobre la chimenea. ―¿Crees que ella se va a enfadar?

―No es nada que yo no pueda manejar―. Le dio un suave apretón en la mano y ella se volvió hacia él. ―Estoy seguro de que aprovechará tu ausencia para presionarme para que formalice el compromiso matrimonial con Anne, así que pronto se distraerá.

Con un jadeo, ella se inclinó hacia delante. ―¡Pero dijiste que no te casarías con Anne! No has cambiado de opinión, ¿verdad?

―No, no he cambiado de opinión―. Le soltó la mano, se levantó y volvió a su escritorio. No, no había cambiado de opinión sobre aquel asunto. Jamás se casaría con Anne. ¡Su dilema era la imagen de la dama que ahora se imaginaba en asumiendo ese papel! ―Nunca me casaré con Anne, a pesar de las proclamaciones de su madre de que estamos destinados desde la cuna.

¿Cómo iba a casarse con su prima cuando Elizabeth Bennet poseía su corazón y su mente? Las imagenes de ella lo atormentaban mientras recorría las habitaciones de su casa londinense. Ella se sentaba en el tocador de su madre, le sonreía con picardía a través del espejo y escribía cartas en el escritorio del salón de la señora de la casa. Pero lo peor eran las noches, cuando inevitablemente la encontraba tumbada de lado en su cama. Era una imagen irresistible, con sus rizos castaños cayendo por su brazo hasta el colchón.

Necesitaba distraerse del recuerdo de Elizabeth Bennet. Necesitaba marcharse de Londres.

Después de sacudir la cabeza, se aclaró la garganta. ―No te preocupes. Deseo algo más del matrimonio que un patrimonio, independientemente de quien me considere un tonto.

―Me siento aliviada ―respondió ella. ―Puede que nunca lo haya dicho, pero eres el mejor de los hermanos. Anne se parece demasiado a su madre, y me temo que ella nunca desarrollaría el aprecio que tú mereces. No deberías tener que conformarte con un matrimonio así.

A Darcy le ardieron los ojos, y parpadeó con fuerza mientras se aclaraba la garganta. ¡Su hermana era una criatura excesivamente buena!

―Me siento halagado.

Las mejillas de la joven se sonrosaron y, tras echar un rápido vistazo al salón, Georgiana se levantó. ―Debo volver con la señora Annesley. Aún no he terminado de practicar con el pianoforte y el maestro vendrá mañana para mi lección.

Darcy se puso en pie. ―Por supuesto, aunque estoy seguro de que lo impresionarás.

―Eso espero―. Georgiana dio un paso adelante y lo abrazó, apretándole el pecho con los brazos. Tras un momento, se retiró con una pequeña sonrisa y se marchó.

El sonido de un suspiro se unió al tic-toc del reloj de la chimenea cuando él miró hacia el sofá. Elizabeth levantó la vista de donde estaba sentada al final, leyendo una carta, con los pies metidos debajo mientras se relajaba contra el respaldo del mueble. Lo miró y levantó una ceja con una sonrisa pícara.

Él se llevó las manos a la cara y se frotó los ojos con fuerza con los talones. Cuando volvió a mirar en dirección al sofá, ella ya no estaba.

¡Esta locura tenía que terminar! ¡Él no podía seguir así!

Con un resoplido, se dejó caer en su silla y levantó la pluma. Se sumergiría en el trabajo para no seguir pensando en Elizabeth Bennet.

Después de veinte minutos sentado así, volvió a colocar la pluma en su sitio. ¡Maldición!

La silla rozó discordantemente contra el suelo cuando Darcy se levantó y salió a grandes zancadas de su estudio. Necesitaba una distracción. Se asomó a varias habitaciones, pero fue en vano. Un gruñido grave resonó en el pasillo. ¡Saldría! Seguro que había algo. Al fin y al cabo, esto era Londres.

Una hora más tarde regresó. ¿Cómo podía Elizabeth seguirlo hasta Hyde Park? ¿Y a las librerías de Bond Street?

Antes de subir las escaleras, Darcy puso su bastón y su abrigo en manos del lacayo. Una vez en la privacidad de su dormitorio, se sirvió una gran copa de brandy, que se llevó a toda prisa a los labios. Después de bebérselo de un trago, se dejo caer en el sillón más cercano y clavó los ojos en el fuego.

No podía seguir así. ¡Se volvería loco! El viaje a Rosings sería propicio, ya que lo mantendría ocupado y libre del espectro de Elizabeth Bennet. En Rosings superaría su exasperante encaprichamiento.

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