
Darcy reflexiona sobre Elizabeth
Por Kara Louise
Traducido por Cristina Huelsz
Febrero 18, 1812
Unas semanas antes de que Darcy parta hacia Rosings
Darcy contempló los jardines desde la ventana de su habitación en Pemberley. El paisaje, que era una paleta de marrones apagados desde el otoño, estallaba por fin con nueva vida, demostrando los verdes que salpicaban los árboles, los arbustos y el cesped.
Respiró hondo. Siempre era en esas primeras semanas de primavera cuando más apreciaba Pemberley. El invierno había sido particularmente frío este año, sobre todo los meses que había pasado en Londres. Por alguna razón, parecía más frío de lo que él recordaba. Se estremecio sólo de pensarlo.
Se frotó la mandíbula y miró a su ayudante de cámara, que preparaba su ropa para el día. ―¿Crees que hoy hará calor?
―Sí, señor. He salido antes y el clima estaba bastante agradable―. El ayudante de cámara le hizo un gesto tranquilizador. ―No hay nada como el primer indicio de la primavera para borrar la helada escarcha que se ha acumulado durante los últimos meses.
Darcy asintió para sí y luego contestó: ―Sí, eso es muy cierto―. Se giró de nuevo hacia la ventana y apretó la mandíbula mientras pensaba en cómo el frío glacial describía a la perfección cómo se había sentido los últimos meses. Él había entrado en Londres con una actitud glacial, decidido a separar a Bingley de la señorita Jane Bennet, pero más que eso, luchando en su interior contra la atracción que había experimentado por Elizabeth.
Darcy apretó los labios con fuerza. Cuanto más luchaba contra la tentación de pensar en Elizabeth, de detenerse en esas cosas que le resultaban tan irresistibles, más frío se sentía por dentro. Había intentado convencerse a sí mismo de que ella no le convenía en absoluto. Apretó los puños con fuerza al considerar que sus conexiones y su posición en la vida estaban decididamente por debajo de las suyas. El comportamiento de la mayor parte de su familia era indudablemente impropio. ¡No! ¡Ella no le convenía!
A pesar de haber hecho varios intentos por participar en las festividades de la temporada en la ciudad, cada vez le resultaba más aburrido y pesado. Elizabeth invadía sus pensamientos y no podía evitar preguntarse cuánto más agradable habría sido que ella lo acompañara. Comparaba a otras damas con ella y, para su disgusto, ellas siempre se quedaban cortas.
Sus ojos brillantes lo seguían a todas partes. A menudo oía su alegre risa en el silencio de una noche invernal. Su rostro, aunque poco bronceado, era sedoso y suave. Sólo pensar en su sonrisa lo reconfortaba. Su cabello oscuro a menudo brillaba al reflejar el sol o la luz de las velas, prácticamente invitándolo a acariciar un rizo, quitarle las horquillas que lo sujetaban y pasar los dedos por su larga cabellera.
Negó lentamente con la cabeza, pues la imagen de ella era tan vívida y real que parecía haberla visto ayer.
¡Corazón tonto!
―¿Disculpe, señor?
Darcy se puso tenso. ¿Realmente había hablado en voz alta? Se giro hacia su criado. «Sólo dije… que me gustaria empezar temprano.» Se sobresaltó al pensar que aquello no tenía ningún sentido. ¡Nada de eso tenía sentido!
«¿Hoy, señor? No sabía de ninguna necesidad urgente».
«No, me refería a mi partida hacia Londres. Me gustaría empezar temprano cuando parta».
Su ayudante de camara asintió, a lo que le siguió un silencio que le infundió a Darcy la esperanza de que su criado estaba satisfecho con su respuesta. Volvió a mirar por la ventana. Mientras contemplaba los jardines, tuvo que emplear toda su fuerza de voluntad para evitar que Eliz…, no la señorita Elizabeth Bennet, invadiera sus pensamientos.
Transcurridos unos instantes, su ayudante de camara dijo: «Cuando este listo, señor».
Sus palabras sacaron a Darcy de su ensueño y se acercó a él. Mientras el ayudante de cámara lo ayudaba a quitarse la ropa de dormir, Darcy tomó una decision. Al igual que se despojo de su ropa para el nuevo día -para la nueva temporada-, también se despojaría de cualquier atisbo de atracción que albergara por la señorita Bennet. Al igual que los fríos dias del invierno se transformaban en días de calor y nueva vida, él transformaría su corazón y su mente y les daría un nuevo rumbo.
Ya no viviría en el frío caparazón que lo había envuelto durante los últimos meses, sino que se adentraría en el calor de la primavera sin volver a pensar en ella. Al parecer, Bingley había hecho todo lo necesario para dejar de lado sus pensamientos sobre Jane Bennet. Ciertamente, ¡él también era capaz de dejar de lado todos y cada uno de sus sentimientos hacia la señorita Bennet!
Partiría hacia la ciudad en unos días. Vería a Georgiana y luego se reuniría con su primo y pasaría un tiempo con él en Londres antes de que ambos partieran hacia Rosings. Se concentraría en eso. Sí. Tenía muchas ganas de volver a ver a Georgiana y a Fitzwilliam.
Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios. Esto era lo que necesitaba. La primavera había llegado y ya empezaba a sentir su calor, su nueva vida y una nueva determinación en su interior. No habría nada en Kent que le recordara a Eliz… ¡a ella!