Las historias jamás contadas, p.59

El arrepentimeinto del señor Bingley

Por Susan Mason-Milks

Traducido por Cristina Huelsz

Febrero 8, 1812

Charles Bingley se entretuvo en la mesa del desayuno con una taza de cafe que hacia tiempo que se había enfriado. Aunque tenía el periódico de Londres abierto delante de él, no había leído ni una palabra. Su corazón y su mente estaban ocupados en otra cosa. Al cerrar los ojos, pudo ver el rostro de Jane Bennet mirándolo con serenidad mientras bailaban. Una sola mirada de ella bastó para dejarlo completamente sin habla. ¿Charles Bingley, sin palabras? ¡Eso era algo nuevo! Sus ojos eran tan brillantes y carentes de toda pretencion; su mano enguantada en la de él, ligera como una pluma. Ella no tenía idea de lo seductoramente hermosa que era. Jane era realmente un ángel.

Sabía que tenía tendencia a ser demasiado impetuoso, a hablar antes de pensar, y la naturaleza dulce y amable de ella era el contrapeso perfecto. Una vez, cuando ella estaba sentada a su lado, él había empezado a abrir la boca para hacer alguna declaración imprudente, pero ella le había puesto la mano en el brazo con suma suavidad durante un segundo. Aunque su contacto había sido tan leve, como si un pajarillo se hubiera posado brevemente en él y luego se hubiera ido volando, fue suficiente para frenarlo, para hacerlo pensar antes de hablar. En todo el tiempo que habían pasado juntos, nunca la había oído decir una palabra despectiva sobre nadie ni contar chismorreos, una actividad con la que sus hermanas parecían deleitarse. Su Jane siempre creía lo mejor de todo el mundo. Su Jane. Le gustaba cómo sonaba eso. Respiró hondo y soltó el aire lentamente. Ella podría haber sido su Jane, pero él lo había echado todo por la borda.

Bingley estaba tan seguro de que Jane le correspondía que se sintió completamente sorprendido cuando Caroline y Darcy le dijeron que creían que ella era indiferente y que sólo le prestaba atención para complacer a su madre. ¿Cómo había podido equivocarse tanto al leer las señales? Al principio no hizo más que escuchar a su corazón, que le decía que ellos se equivocaban. Jane no era una mujer tímida y sofisticada como tantas que había conocido. No tenía nada de artificiosa. La Jane que él conocía tenía más dulzura verdadera que cualquier otra mujer que hubiera conocido. A pesar de que Caroline había insistido en que los Bennet no tenían contactos ni estatus en la sociedad y había insinuado que Jane no era lo bastante buena para él, Bingley pensaba exactamente lo contrario: que él no era lo bastante bueno para ella.

Pero ¿y si fuera cierto que no se interesaba por él? Tal vez ya se había interesado por otro caballero en cuanto él se marchó. Bingley no supo en que confiar, si en su corazón o en las advertencias de su hermana y Darcy. Su amigo nunca lo había aconsejado mal, pero Darcy no conocía a Jane como él. No, no se había equivocado. Ella lo apreciaba tanto como él la apreciaba a ella.

Jane Bennet era un tesoro, pero él había renunciado a ella. Sabía que había una clara posibilidad de que se arrepintiese de ella para siempre. ¿Por qué los escuché a ellos en lugar de a mi corazón? Tal vez debía desafiarlos a todos, regresar a Netherfield y volver a cortejar a su ángel. Sacudió la cabeza. No, nunca podría volver. Si él estaba en lo cierto y Jane había albergado verdaderos sentimientos por él, ya debía de odiarlo por haberla abandonado sin siquiera despedirse. Caroline había dicho que le escribiría a Jane para comunicarle que no volverían. Si su hermana creía que Jane no se interesaba por él, ¿por qué le había dicho que trataría de decepcionar a su amiga con delicadeza? Entonces pensó que las razones de Caroline para no querer que él regresara a Netherfield podían deberse más a su propio interés que a su preocupación por él.

Al cabo de unos minutos de pensarlo, a Bingley empezó a dolerle la cabeza. Tras llevarse los dedos a las sienes, cerró los ojos y se froto con movimientos circulares, con la esperanza de aliviar el dolor.

Justo entonces, oyó un crujido de seda y detectó el aroma del perfume de Caroline, que cruzaba la habitación. Bingley supo que era descortés por su parte no saludarla ni levantarse cuando ella entró, pero estaba demasiado molesto con ella como para ser cortés. En lugar de eso, pretendió que estaba leyendo el periódico con tanta atención que no la había oído acercarse.

―Louisa y yo iremos de compras esta tarde. No tenías otros planes para el carruaje, ¿verdad? ―le preguntó Caroline, como si lo estuviera retando a negar su petición. Mientras sus dedos tamborileaban sobre la mesa, cada golpecito se sentía como un golpe en su ya sensible cabeza.

Bingley permaneció en silencio. No estaba muy seguro de con quien estaba más enfadado: con Caroline por tratar de influir en él o con él mismo por creerla. ¿Por qué sigo soportando sus tonterías? En el pasado, cuando había intentado controlarla, ella siempre ponía mala cara o hacia cualquier otra cosa para hacerle la vida imposible.

―Charles, ¿me estás escuchando? ―Su voz tenía ese filo agudo que él siempre tomaba como una advertencia de no contrariarla, pero esta vez, él lo ignoró.

―Caroline, ¿has recibido una carta de la señorita Bennet recientemente? ―le preguntó él de repente. Mientras esperaba a que ella respondiera, Bingley se percató de que el único sonido que se escuchaba en la habitación era el tictac del reloj de la chimenea.

―Creo que recibí una carta en diciembre ―respondió ella lentamente, mientras se examinaba las manos perfectamente cuidadas.

―Recuerdo que en ella mencionaba la posibilidad de visitar a sus tíos en la ciudad durante el invierno. ¿Dijo si vendría a Londres?

Caroline miró hacia la izquierda como si buscara una respuesta. ―Déjame ver. Mmm… No, no creo que mencionara ninguna visita a la ciudad―. Siguió con una sonrisa que se detuvo en sus ojos.

Como él no respondió, ella continuó: ―¿Entonces no tienes inconveniente en que tomemos el carruaje por la tarde? Y que uno de los lacayos lleve nuestros paquetes―. Bingley se percató de la facilidad con que ella había cambiado de tema.

Bingley estaba a punto de protestar, ya que había planeado encontrarse con Darcy en el club de esgrima para practicar un poco. Ambos habían estado practicando esa vigorosa actividad con cierta frecuencia en los últimos días. Sería un inconveniente, pero podría hacer otros arreglos. Tal vez eso sería más fácil que decirle a Caroline «no». Negárselo sólo le causaría muchos disgustos. Sabía que en algún momento tendría que empezar a enfrentarse a Caroline, pero éste era un asunto relativamente pequeño. Pensó que era más prudente elegir cuidadosamente sus batallas.

Caroline tomó su silencio como un indicio de aprobación. Ella asintió y se levantó para irse. Bajando la mirada hacia su vestido mientras se alisaba las pequeñas arrugas, dijo distraidamente: ―Tienes que venir con nosotros a la cena de los Chadwick el martes. No podemos tenerte en casa todo deprimido.

Desde la puerta, ella añadió: ―Tengo entendido que su hija mayor es una persona muy culta.

―Mmm… culta ―contestó él, pero sus pensamientos ya estaban de vuelta en Hertfordshire.

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