Las historias jamás contadas, p. 58

Jane reflexiona sobre Caroline Bingley

Por Christina Morland

Traducido por Cristina Huelsz

Febrero 2, 1812

«Después de esperarla en casa todas las mañanas durante quince días, y de inventarle cada noche una nueva excusa, la visita apareció por fin; pero la brevedad de su estancia y, más aún, la alteración de sus modales, no permitieron que Jane se engañara a sí misma por más tiempo.» – Jane Austen, Orgullo y prejuicio (Capítulo 26)

Le dolía la cara de tanto sonreír.

¿Qué decía de ella esa disposición a sonreír durante un cuarto de hora tan doloroso? Un leve giro de los labios, una o dos veces, podría haber sido una respuesta razonable a una visita tan esperada. (No, casi podía oír replicar a Lizzy, el único momento para sonreír a una mujer así es cuando se marcha).

Sin embargo, Jane había sonreido durante cada uno de los espantosos momentos que duró la visita de Caroline Bingley. ¿Era aquella sonrisa inquebrantable un signo de su gracia, su serenidad, su buena voluntad? ¿O era simplemente una prueba de que ella también era una tramposa? Ya no le quedaba ninguna duda: Caroline Bingley había fingido amistad; nunca había sentido una verdadera estima por Jane.

¡Mujer horrible!

No. (Sí, Jane, se te permite odiar a la gente, ¡especialmente cuando se lo merecen!) No, no debería tener pensamientos tan desagradables. Caroline Bingley había estado equivocada, muy equivocada, al tratarla con tanta descortesía, pero seguramente tenía alguna razón para actuar así.

Jane cerro los ojos, tratando de recordar algun momento, significativo o leve, que pudiera explicar por que ella era culpable del trato tan poco amable que Caroline le habia dispensado. Entonces sonó el reloj -otro doloroso cuarto de hora había pasado- y Jane renunció a intentar salvar el carácter de Caroline.

Jane había esperado durante semanas, quince días, sentada en el duro asiento de la ventana de proa de los Gardiner, mirando hacia la bulliciosa calle Gracechurch, esperando que uno de esos carruajes trajera a la señorita Bingley a la puerta de los Gardiner. Jane también lo había buscado con frecuencia a él, pero eso se asemejaba más a soñar despierta que a esperar una visita que, por cortesía, la habían hecho esperar.

Cuando por fin la señorita Bingley se presentó, no hubo exclamaciones como «¡Mi querida Jane!» o «¡Dulce niña!». Ni siquiera hubo un intento significativo de disculpa.

Oh, tal vez hubiera habido algo parecido a una disculpa, pero Jane había prestado poca atención a la palabrería que brotaba de los labios de Caroline. (¿Qué es peor, Jane: labios que sonríen por el dolor o labios que mienten para evitarlo?). Había estado demasiado concentrada en ver a su amiga –no, Jane, no tu amiga– revelar su verdadera naturaleza.

Para esta hazaña, Caroline no había necesitado palabras, sólo movimientos: el entrecerrar de los ojos al contemplar la decoración, un movimiento de cabeza antes de rechazar una oferta de refrigerios, el endurecimiento de su boca cuando Jane mencionó a los Gardiner.

Luego estaba la duración de la estancia de Caroline: apenas fue un cuarto de hora. No, ¡incluso menos que eso! El reloj había dado las campanadas al mismo tiempo que llamaban a la puerta principal… y volvió a dar las campanadas unos minutos después de que la puerta se cerrara con un ruido sordo.

Aquel era sin duda un desaire que Caroline había planeado, pues ni siquiera había despedido a su carruaje. Grande y aparatoso, el carruaje se había estacionado frente a la casa durante toda la visita, obligando a los demás vehículos a moverse a su alrededor, proclamando a todos los que pasaban por allí que los Gardiner de Cheapside no sólo tenían una visita, sino una visita.

Tales signos evidentes de incivilidad deberían haber enfadado a Jane (¡sí, Jane, enfádate!), pero en realidad sólo sentía un profundo dolor. Era un dolor sordo, el mismo que se le anidaba en la boca del estómago cuando mamá le insistía sobre el matrimonio o cuando papá se negaba a salir de su biblioteca. Era el peso sobre sus hombros cuando Lydia era cruel con Kitty o cuando Kitty lloriqueaba en respuesta. Le dolían las sienes cuando Mary hacía una declaración justa o cuando -oh, cómo odiaba reconocerlo- Lizzy lanzaba una ocurrencia cruel.

¿Ese dolor, ese peso, ese malestar? Sólo había una palabra para describirlo: lástima.

Sí, se compadecía de Caroline Bingley, y también de sí misma. ¿Acaso no eran ambas una especie de víctimas? ¿No eran ambas perdedoras en este juego imposible de ganar? Desde el primer momento de su falsa amistad, Caroline Bingley y Jane Bennet se habían visto constreñidas por un simple hecho: eran jovenes solteras que necesitaban un esposo.

Para Caroline, eso significaba el señor Darcy -¿y no había señalado Lizzy cómo las esperanzas que Caroline tenía para sí misma podrían llevarla a presionar en favor de una alianza entre su hermano y la hermana del señor Darcy?

En cuanto a Jane, bueno, a ella le gustaba pensar que no buscaba tanto un esposo como una oportunidad de ser feliz, pero no siempre era fácil distinguir entre ambos. (¡No con Fanny Bennet como madre, eso es seguro!)

«Con tu belleza,» le decía a menudo mamá, «¡los hombres caerán a tus pies!»

¿Por qué querría que un hombre se postrara ante ella, simplemente porque era bonita? Sin embargo, el tiempo le había demostrado que tenía poco más que belleza a su disposición. Carecía del ingenio de Lizzy y del buen humor de Lydia; ciertamente no poseía ninguna de las excelentes cualidades atribuidas a la señorita Darcy.

Quizás Charles (sería mejor, querida, pensar en él como el señor Bingley) había sido conquistado por su belleza. ¿Qué otra cosa podría haberlo atraído? ¿Sus deslumbrantes ideas sobre los méritos de la cocina campestre? ¿Sus pintorescas descripciones de cómo entretenía a los hijos de los inquilinos de Longbourn?

No, no tenía nada que ofrecerle, excepto una cara bonita. Era muy posible que la frialdad de Caroline se debiera al deseo de salvar a su hermano de sí mismo. Por supuesto, eso no explicaba la intención de Caroline de fingir amistad en primer lugar, pero Jane podía imaginarse a Charles (¡el señor Bingley!) pidiéndole a Caroline que se hiciera amiga de ella por el bien de él.

Oh, ¿que importaba todo eso? Al fin y al cabo, Caroline era consciente de que estaba siendo grosera y Jane la compadecía por ello. Pensemos en la fría formalidad con la que se dirigió a su (antigua) amiga: no sólo el «señorita Bennet», cuando antes había sido «Jane», sino la larga pausa que había seguido a su nombre, como si el mero reconocimiento de su persona hubiera sido casi demasiado para Caroline. ¿No era eso una prueba de que se había sentido equivocada? Debía de temer hablar; debía de temer darle falsas esperanzas a Jane.

Así que sí, Caroline debía de estar sufriendo ahora, tal vez más de lo que ella misma sufría. (¡Oh, Jane, no pienses cosas tan ridículas!) Porque aunque sentía su corazón herido (¡roto, Jane, imperdonablemente roto!), al menos sabía que era inocente de conducta impropia.

¿O lo era?

Porque eso era lo peor de todo: no le sorprendía en absoluto el comportamiento de Caroline. Estaba dolida, sí, ¿pero sorprendida? No, porque la sorpresa requería un nivel de ignorancia que Jane no podía pretender poseer.

Ya había visto en Hertfordshire los ojos entrecerrados de Caroline, su ceño desaprobador, su trato descortés hacia los demás. ¿Cómo podía no haberlos visto? Lizzy le había señalado ese comportamiento con frecuencia. Pero Jane se había engañado a sí misma haciéndose creer que los blancos del desdén de Caroline lo merecían. Bueno, no, no lo merecían, pero tal vez lo invitaban. ¿Quién, en Hertfordshire, no había sido el blanco del desprecio de Caroline? La madre y las hermanas menores de Jane, por lo general, y a veces Sir William Lucas o la tía Philips. Pero ¿acaso su comportamiento no era un poco, bueno, vulgar? ¿Podría Jane culpar a Caroline, educada para estar a la moda y ser culta, por sentir un poco de repugnancia cuando ella, que había vivido con esa gente toda su vida, se avergonzaba secretamente de ellos en ocasiones?

Sin embargo, ahora, aquí en Londres, ¿a quién despreciaba Caroline? No sólo a Jane, que tal vez lo merecía, pero a los Gardiner, que sin duda no se lo merecían. No había mejores personas en el mundo que Edward y Margaret Gardiner: combinaban sentido común, buen gusto y el mejor de los corazones. ¿Quizás no se podía esperar que Caroline supiera que tan buenos que eran, sino que se negara a considerar cualquiera de sus méritos, simplemente porque vivían en Cheapside? Ni siquiera Jane podía tolerar semejante arrogancia descontrolada.

Así que sí, compadecía a Caroline Bingley… y mucho. Aquella dama de moda se había pasado toda la mañana desplazándose a una parte de la ciudad que le desagradaba, ¿y con qué propósito? No para mantener una amistad; desde luego, no para presentar sus respetos; ni siquiera para dejar clara la imposibilidad de una unión entre Jane y… oh, no quería ni pensar en él.

No, Caroline Bingley había hecho todo aquel trabajo simplemente para mantener las apariencias. Fue un alivio ver a la señorita Bingley tal como era: no una persona cruel, en realidad, sino sólo a alguien miserable. Se pasaría toda la vida persiguiendo las buenas opiniones de los demás porque no tenía una verdadera noción de su propio valor.

Por supuesto, Jane sabía lo que los demás pensaban de ella: era dulce hasta la exageración, no veía los defectos de los demás y sonreía demasiado. (Todavía le dolía la cara de tanto sonreír).

Pues muy bien. Que pensaran lo que quisieran, pero ella se conocía mejor que nadie: siempre elegiría la amabilidad frente al cinismo, la esperanza frente a la duda, las sonrisas frente a las burlas, no porque fuera mejor o más sabia, ni mucho menos porque fuera más ciega o más estúpida. Simplemente era más práctica: si quería la felicidad, tendría que conseguirla, para sí misma y para los demás.

Con este pensamiento en mente, se sentó a escribirle a Lizzy. ¿Y si no conseguía sonreír mientras escribía la carta? Bueno, al final, cuando había doblado las páginas y dejado la pluma a un lado, mientras subía las escaleras hacia el salón de su tía, escuchando las risas de sus primos… entonces sí podría sonreír. Y sí, aún le dolía sonreír a pesar del dolor. Pero que le doliera, luego sanaría.

No había nada más que hacer.

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