Las historias jamás contadas, p. 56

El señor Darcy y el coronel Fitzwilliam visitan Cheapside

Por Leslie Diamond

Traducido por Cristina Huelsz

Vamos con esta pequeña joya, una de mis favoritas que escribí durante este tiempo. Si te resulta familiar, puede que hayas leído lo que surgió de ella en His Perfect Gift (cambié un poco la cronología). ¡Que lo disfruten!
L.L. Diamond

Enero 25, 1812

Las bulliciosas calles de Londres pasaban por delante del carruaje, y un Darcy malhumorado desviaba la mirada de las caras alegres de los transeúntes hacia su primo, quien estaba sentado frente a él.

Una hora antes, el coronel Fitzwilliam se había presentado en su casa, insistiendo en que tenían que aventurarse a una tienda en Cheapside. ¡Cheapside! Por supuesto, él se negó, aunque sólo fuera para evitar otro recuerdo de Elizabeth Bennet. ¿No había nada que le evitara el tormento de su recuerdo? Desgraciadamente, su primo no lo dejaria en la soledad de su biblioteca.

―Debo insistir en que me digas por fin a dónde vamos ―exigió en un tono hosco.

Fitzwilliam frunció las cejas. ―Vaya pero que mal humor tienes esta mañana. ¿Qué te tiene de semejante humor estos días?

―¿Sabes cuánto me disgustan los bailes y las cenas de la temporada? He tenido que soportar el baile de Noche de Reyes de tu madre, así como una cena ofrecida nada menos que por la señorita Bingley. Debería pensar que esos dos acontecimientos por si solos bastarían para agriar el carácter de cualquiera―. Darcy centró su atención en la vista que había al otro lado de la ventana, mientras trataba de evitar seguir hablando del tema.

Desde el otro lado del carruaje se escucho una carcajada. ―El único que está fastidiado por la señorita Bingley has sido tú, primo, y me atrevería a decir que es por tu propia culpa.

Su cabeza se inclinó hacia atrás. ―¿Mi culpa?

―Te preocupa demasiado ofender a Bingley, por eso no la tratas con la brusquedad con que tratas a la mayoria de las mujeres.

En su interior brotó el disgusto por la observación de su primo y por la situación. ―Puede que no me guste conversar con las damas como a ti, pero no soy brusco.

El coronel soltó un pequeño bufido. ―No estoy de acuerdo. He visto a muchas damas ofendidas por tu método de mantenerlas a raya.

―No tengo ningún deseo de caer en las redes de ninguna de ellas, así que me aseguro de no hacer nada que aliente sus esperanzas―. Con una pesada exhalación, Darcy hizo una mueca. ―Pero me temo que mi último esfuerzo por serle de ayuda a Bingley no ha favorecido el asunto con la señorita Bingley.

La expresión de su primo reflejaba su curiosidad, mientras se inclinaba hacia delante en su asiento. ―Así que, ¿has vuelto a salvar a Bingley de sí mismo? ¿Qué ha sido esta vez? ¿Otra mala oportunidad de inversión?

Darcy sacudió la cabeza. ―Bingley se encaprichó de una joven local mientras estaba en Hertfordshire.

―Eso no suena tan terrible ―respondió el coronel. ―Él siempre cree estar enamorado; pero pronto se le pasará.

De nuevo, negó con la cabeza. ―No, esta vez fue diferente. Bingley mostró una decidida preferencia por la joven desde el primer momento en que se conocieron y, para cuando se celebró el baile en Netherfield, se hizo evidente que había despertado las expectativas del vecindario. Todos creían que pronto le propondría matrimonio.

Su primo frunció el ceño. ―¿Pensaste que un matrimonio con esta dama sería algo imprudente?

Darcy cerró los ojos al imaginar el deplorable comportamiento de la señora Bennet y de las tres hijas menores de los Bennet. ―Hubiera sido un matrimonio de lo mas imprudente. Ella tenía poca dote, carecía de contactos y el comportamiento de su familia era, cuando menos, censurable.

―Debes considerarlo un triunfo por haber logrado separarlos.

―De eso puedes estar seguro ―afirmó con convicción. ―Lo único que lamento es que por estar en complicidad con la señorita Bingley, ella parece estar más segura de que algún día me le declararé. Es una mujer intolerable.

El coronel Fitzwilliam miró a Darcy con una expresión crítica, haciendo que se moviera en su asiento. ―Ahora que lo pienso, tu insufrible humor no se hizo presente hasta tu regreso con Bingley―. Una sonrisa burlona iluminó el rostro de su primo. ―¿Acaso conociste a una mujer en Hertfordshire? ¿Estarías suspirando por alguien tan poco apropiada como el nuevo ángel de Bingley?

Se burló mientras se ajustaba los puños. ¿Elizabeth Bennet? ¿Inapropiada? Si no fuera por su familia y sus conexiones, ella hubiera sido eminentemente adecuada. ―No seas ridículo. Yo nunca sería tan imprudente.

El coronel suspiró. ―No, supongo que no.

―¿Qué tiene de especial este comerciante de vino y brandy? ―le preguntó Darcy con la intención de cambiar de tema.

―Como te dije antes, presume de tener un surtido particularmente fino de oporto, clarete y brandy. Mi padre quedó impresionado por su selección cuando hizo su pedido para el baile. Pensé que querrías conocer al propietario.

Darcy reprimió una sonrisa ante el éxito de su maniobra. ―No veo la urgencia de tal asunto. Tengo un proveedor perfectamente adecuado en Piccadilly Street, al que he recurrido desde que falleció mi padre.

Con un resoplido irritado, su primo se sentó de nuevo contra su asiento. «Apostaría a que los precios de este hombre son más razonables. También hará entregas en Grosvenor Square y Belgravia, lo que significa que no tendrás que volver una vez que hayas abierto una cuenta».

Los dos caballeros se miraron fijamente durante unos segundos, hasta que el coronel Fitzwilliam sacudió la cabeza y se giró para ver pasar los edificios a través de la ventana.

Una hilera de casas a lo largo de Gracechurch Street atrajo especialmente el interés de Darcy mientras evitaba seguir conversando con su primo. ¿Alguna de ellas pertenecía al tío de Elizabeth Bennet? Nunca se había tomado el tiempo de estudiar el vecindario en el pasado, y tuvo que admitir que algunas de esas casas eran realmente agradables y estaban bien cuidadas. Por supuesto, las apariencias no correspondían necesariamente con las personalidades de los propietarios. Al fin y al cabo, Longbourn no era desagradable en apariencia.

Un pequeño parque más adelante le llamó la atención. ¿Alguna vez había paseado la señorita Elizabeth por aquel parque? Dada su afición por la actividad, debía de haberlo hecho durante una de las visitas a su familia. Casi pudo imaginarsela paseando entre los árboles, con su cabello revuelto por el viento y el dobladillo del vestido manchado de hierba y suciedad, tal como había aparecido a su llegada a Netherfield para cuidar de su hermana.

Se acercaron y la joven que estaba en la puerta principal apareció en primer plano, revelando que no era otra que Jane Bennet. Darcy se reclinó hacia atrás de la ventana, mientras la observaba entrar en el parque de la mano de un niño pequeño, seguido por un criado.

En un futuro cercano tendría que asegurarse de que Bingley se mantuviera alejado de Cheapside. Tanto habían luchado para evitar su regreso a Hertfordshire y para ocultar la presencia de la señorita Bennet en Londres; no serviría de nada que se la encontrara ahora.

―Hay una joven muy atractiva ―dijo su primo, interrumpiendo sus pensamientos. ―¿Quién es?

Con un encogimiento de hombros, Darcy se puso una mascara de fingida indiferencia. ―¿Como voy a saberlo? Por su vestimenta, me imagino que es la hija de un comerciante, alguien de buena posición.

―Parece que la reconoces, o al menos te interesas por ella.

―No, no la conozco, y en cuanto a que me interese… ―Su última visión mientras pasaban fue la de Jane Bennet sonriéndole al niño a su lado. ―Sonríe demasiado.

El coronel Fitzwilliam soltó una carcajada. ―Esa tiene que ser la idea más absurda que te he escuchado pronunciar. ¿Qué hombre no ha sido hechizado por la sonrisa de una mujer hermosa?

La señorita Elizabeth volvió a su mente y Darcy esbozó una sonrisa irónica. ―Tal vez un par de ojos hermosos puedan llamar mi atención algún día.

Su primo se rio entre dientes. ―Te compadezco cuando eso ocurra. Estás tan acostumbrado a mantener las distancias que no sabras como ganarte su favor―. Se puso serio y le sostuvo la mirada a Darcy. ―Pero ella será una mujer afortunada, una mujer realmente afortunada

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