Las historias jamás contadas, p. 54

En el cual Charlotte Collins se enfrenta a la inquisición

Por Diana Birchall

Traducido por Cristina Huelsz

Enero 13, 1812

Lady Catherine inspecciona la casa de la nueva señora Collins.

Charlotte llevaba un mes casada y estaba tan satisfecha con su situación como nunca se había atrevido a esperar. Si su esposo no era el más agradable de los compañeros, sólo había uno, y cualquier hombre, que no fuera vicioso, podía ser fácilmente manejado por una mujer inteligente. En el caso del señor Collins, sólo era necesario que Charlotte estuviera dispuesta a adaptar sus expresiones a la forma halagadora que él claramente necesitaba para su satisfacción. Esto no era más que un pequeño sacrificio, pues Charlotte, aunque era una mujer de palabras sencillas, sentía como una mejora gratificante el tener que complacerle sólo a él, por medios tan simples y convenientes. En Lucas Lodge, durante toda su juventud había tenido que ayudar a su madre con el cuidado de sus numerosos hermanos y hermanas pequeños, una esclavitud que la había reducido a poco más que a una niñera. Por lo tanto, es fácil imaginar cuánto le agradaba ahora tener su propia casa; y con su inteligencia y tacto estaba a la altura de la tarea de mantener al señor Collins feliz, ocupado y no demasiado a su manera. En los intervalos en que el señor Collins permanecía en silencio o fuera de la casa, como ocurría durante varias horas al día, ella podía disfrutar de sus propias y tranquilas ocupaciones.

Febrero era un mes demasiado temprano para la jardinería, pero Charlotte se dio cuenta de que el señor Collins estaba ansioso por planificar y plantar, y lo animó a dibujar hermosos esquemas para la disposición de los jardines de hortalizas y flores, y lo puso a estudiar minuciosamente los catálogos de semillas. Luego él debía pasar mucho tiempo inspeccionando su parroquia y visitando a los feligreses que se encontraban en dificultades. A menudo se unía a él su patrona, Lady Catherine de Bourgh, que disfrutaba enormemente de las visitas a las cabañas, y consideraba al señor Collins como su ayudante, y no al revés, como cabría suponer. A menudo pasaban juntos varias horas ocupados en la feliz ocupación de conocer los asuntos de los aldeanos, y nadie molestaba a Charlotte, aunque al regreso de su esposo debía pagar el impuesto de escuchar toda la historia de lo que Lady Catherine había hecho, dicho y decretado a cada persona de Hunsford y sus alrededores. Charlotte generalmente sacaba entonces su costura, y mientras el señor Collins hablaba, no necesitaba dedicarle más de media oreja, con una interjección ocasional de: «Eso estuvo muy bien hecho, querido, te lo aseguro».

Afortunadamente, como hombre de la casa no era indulgente, ni difícil de complacer para alguien que era tan eficiente como Charlotte, y ella sólo tenía que aceptar sus cumplidos sobre sus artificios, lo cual no era una gran dificultad. Desde el principio, él aprobó sin reservas su disposición de armarios y gabinetes, y sus agradables pero firmes maneras con las empleadas domésticas. Y como la cocina del establecimiento mejoró inconmensurablemente, bajo la dirección de Charlotte, con respecto a las comidas de soltero que él había ordenado, realmente no sabía cómo estar lo suficientemente agradecido, o más satisfecho con su propia agudeza y genio por haber seleccionado a semejante modelo de esposa. Por momentos, se estremeció al pensar en lo poco que se había librado de su prima Elizabeth, de quien ahora estaba seguro que nunca le habría convenido en absoluto.

En cuanto a los asuntos más íntimos entre marido y mujer, Charlotte siempre había sabido que debía aceptarlos como algo natural, y no había nada en la persona de su joven y sano esposo que le disgustase; sobre todo después de haberle dado un poco de tacto y delicada instrucción. A menudo el señor Collins la recompensaba con expresiones de seguridad de que ella lo complacía, más de lo que podría haberlo hecho cualquier otra mujer en el mundo; y al ser muy consciente de sus bendiciones, hizo mucho para reconciliar a Charlotte con las suyas.

De modo que el matrimonio prosperó desde sus primeros días; pero Charlotte también era plenamente consciente de que había una segunda persona, que no pertenecía a su casa, a la que debía conciliar. Se trataba de Lady Catherine de Bourgh. Charlotte había llegado a Hunsford dispuesta a soportar muchas interferencias en sus asuntos, y resolvió de antemano hacer frente a todos los ataques con paciencia. Que Lady Catherine aprobara a la esposa del señor Collins era de suma importancia. Charlotte no podía ser más consciente de ello que el propio señor Collins. Lady Catherine tenía nada menos que el poder de hacer o arruinar su felicidad; y por ello se propuso deliberadamente complacer y promover una relación lo más armoniosa posible entre Hunsford y Rosings. Charlotte sabía muy bien que el beneficio del mecenazgo de Lady Catherine era inestimable; podría ayudar a sus hermanos a encontrar puestos, esposos para sus hermanas. Puede que a Elizabeth le hubiera resultado desagradable tener que bailar atendiendo a Lady Catherine, pero Charlotte lo aceptaba sensatamente como parte del precio por su felicidad, y acogía de buen grado, o al menos en silencio, las imposiciones más escandalosas. Esto fue un gran alivio para su esposo, que estaba ansioso por que no surgiera ningún conflicto entre las dos mujeres más importantes para él.

Lady Catherine dejó transcurrir una semana, desde la llegada de la señora Collins a Hunsford, hasta que se dispuso a inspeccionar sus métodos. Ya se había celebrado una cena, y su señoría se declaró perfectamente complacida por el aspecto tranquilo y pulcro de la nueva esposa del párroco, y por la atención con que se dirigía a sus superiores. Parecía una joven modesta, correcta y sensata, no demasiado joven, pero mucho mejor por ello. Una noche fue suficiente para que la señora Collins se pusiera en orden. Lady Catherine se impacientó, pero al fin pasaron los siete días y salió, curiosa por ver con qué economía manejaba su casa la recién casada.

Lady Catherine se presentó, pues, cuando menos se la esperaba, decidida a no darle ninguna advertencia a la señora Collins, ninguna oportunidad de arreglar cualquier desorden o de darle a su casa un aspecto mejor que el que podría tener de ordinario. A las once de la mañana del martes, tan pronto como supo que el señor Collins había salido en su calesa para hacer su recorrido habitual por la parroquia, Lady Catherine ordenó uno de sus propios carruajes y se presentó en la puerta de Charlotte.

Al verla desde la ventana, Charlotte salió para recibirla e invitarla a entrar en la casa.

―He venido ―anunció Lady Catherine―, para cerciorarme del estado de sus preparativos.

―Espero que sean de su agrado ―contestó tranquilamente Charlotte―, ¿le apetece a Su Señoría un poco de té?

―¡Té! No soy una de esas señoras que necesitan té a estas horas. Pero ¿qué clase de té compra usted, señora Collins? ―preguntó con suspicacia. ―El té fino de la India es un lujo que no se da en la casa de un clérigo, debe saberlo. ¿Dónde pide el suyo?

―Es algo que he traído de casa ―contestó Charlotte. ―Pretendo guardarlo sólo para compañía, de hecho, para invitados distinguidos; y como esperamos tener pocas visitas, mi suministro durará algunos años.

―¿Ah, sí? Bien pensado. Bien, ahora, déjeme entrar en su cocina.

―Por supuesto ―dijo Charlotte. ―Si Su Señoría viene por aquí. He tenido a las criadas trabajando duro para fregar la cocina, que lamento decir que estaba bastante sucia con cacharros y hollín; el señor Collins como soltero rara vez se aventuraba en estas dependencias, y las zonas de cocción han tenido que ser limpiadas a fondo de arriba a abajo.

Lady Catherine asintió con aprobación, mirando a dos sirvientas de cocina arrodilladas y a la reluciente cocina. ―Eso es satisfactorio, en su mayoría. Y aquí está la despensa, declaro. Déjeme mirar dentro.

―Los productos secos están aquí, como puede ver, y estoy usando esta pequeña habitación para una cremería porque es bastante fresca, y podemos usarla como cámara de hielo en verano.

―Ingeniosamente pensado, sin duda. Y veo que ha utilizado estos recipientes para… ¿qué? ¿Harina?

―Sí; y la cebada está aquí, y las nueces, y el cremor tártaro…

―No tengo ningún defecto que reprochar ―comentó Lady Catherine, en un tono de leve sorpresa. «Pero dígame ahora: ¿qué comieron usted y el señor Collins anoche, por favor?

―Pues, la carne del domingo, que calentamos ayer; y hoy comeremos carne picada.

―Muy económico ―asintió Su señoría. ―Bien, vayamos por el pasillo y veamos esta habitación… y esto… ―Pasó el dedo por la repisa de la chimenea y miró por la ventana para juzgar su limpieza y claridad. ―Pero ¿qué es esto? ¿Por qué están sus cosas para escribir y sus libros en esta oscura salita del fondo? Seguramente la señora de la casa debería usar el salón de enfrente, que es más bonito. ¿No sería lo más adecuado?

Por primera vez, Charlotte se sonrojó. ―Pensé que era lo mejor ―respondió―, que el señor Collins conservara su propia habitación para los libros, él es feliz en ella, y de esa manera, yo puedo tener mi propia intimidad, es decir ―titubeó, sin palabras―, una habitación propia…

―¡Hum! Habría pensado que era inconveniente, pero usted conoce sus propios intereses, señora Collins, por lo que veo ―dijo Lady Catherine astutamente.

―Espero anteponer los intereses de mi esposo, como es mi deber ―se apresuró a contestar, con modestia.

―En la familia de Sir Lewis de Bourgh no se consideraba necesario. Pero entonces como prometida tenía una fortuna de mi propiedad, una de la que usted desgraciadamente carece.

―Espero ser una útil compañera para el señor Collins, y por medio de la economía asegurarme de que saque el mayor provecho de su dinero ―dijo Charlotte seriamente.

―Sí, sin duda; y empiezo a sospechar que lo conseguirá, señora Collins ―dijo Lady Catherine con una pequeña y rencorosa sonrisa de aprobación. ―Ahora, muéstreme su alcoba. ¿Es aquí donde guarda su ropa interior?

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