
Darcy y Georgiana acuden a una velada
Por Kara Louise
Traducido por Cristina Huelsz
Enero 11, 1812
Darcy caminaba lentamente mientras la gente se apresuraba a pasar a su lado en busca de refugio de la repentina tormenta invernal que había caído sobre las concurridas calles de Londres. Las bolitas de hielo le golpeaban la cara, que intentaba ocultar entre los pliegues de la bufanda verde oscuro que Georgiana le había tejido por Navidad. Se caló más el sombrero y se ciñó más el abrigo. Temblaba y el frío se apoderó de él hasta los dedos de los pies.
Levantó la mano y tocó la bufanda, dándose cuenta de que sólo sentía calor en el cuello. Una sonrisa de pesar se dibujó en sus labios al pensar en su hermana. Había intentado unirse a ella en el espíritu alegre que exhibía durante las fiestas, pero había sido en vano. Ella sabía que algo no iba bien con él. A pesar de asegurarle que no pasaba nada, ella podía discernir fácilmente lo contrario.
Mientras deslizaba sus manos enguantadas en los bolsillos, acariciaba con los dedos la invitación a un baile que acababa de recibir. El primero de muchos, supuso, ya que la temporada en Londres estaba a punto de comenzar. Respiró hondo y sintió cómo el frío le abrasaba las entrañas, para luego soltarlo rápidamente en un resoplido. El aliento expulsado se transformó ante él en una brizna helada.
Normalmente recibía más invitaciones de las que se sentía inclinado a aceptar, y este año, especialmente, deseaba renunciar a todas. Prefería pequeñas cenas o una velada en el teatro o un concierto, pero sólo con sus conocidos más cercanos. Sin embargo, este año no le apetecía hacer casi nada.
Se detuvo en la esquina de la calle y sacudió la cabeza, pues aún le quedaban dos cuadras para llegar a su casa. Una necesidad imperiosa de salir a caminar lo había impulsado a hacerlo antes de que empeorara el clima. Llevaba una hora caminando sin rumbo, con sus pensamientos revueltos.
Parte de la razón de su inquietud -a pesar de que los sentimientos hacia Elizabeth lo invadían al menor recuerdo- era que Georgiana y él habían sido invitados a una pequeña cena ofrecida por el señor y la señora Hurst. Aunque no siempre disfrutaba de la compañía de todos, la presencia de Bingley haría mucho por animarlo. Al menos, eso esperaba.
Se preguntaba como estaría su amigo. Si tuviera que juzgar el estado de Bingley basándose en el suyo propio, podría suponer que a su amigo no le estaba yendo nada bien. Estaba seguro de que Bingley seguía suspirando por la señorita Jane Bennet, tanto como él por Elizabeth. Sacudió la cabeza. Suspirar no parecía una palabra lo suficientemente fuerte. Literalmente le dolía el corazón al pensar que nunca volvería a verla.
Darcy dio pasos largos y apresurados hacia su casa. El viento soplaba aun más fuerte, pero la lluvia helada habia cesado. Esperaba que aquello fuera el fin de la humedad helada. Lo último que necesitaba era un viaje traicionero de tres millas hasta casa de los Hurst.
Darcy entró en su casa y se quitó el sombrero, el abrigo y los guantes. Se dirigió hacia la chimenea, que desprendía un calor cálido, y se paró frente a ella, frotándose las manos enérgicamente. Su paseo, que hubiera esperado que le aclarara las ideas, sólo sirvio para calarle hasta los huesos.
―¡Estás en casa! ―Georgiana se apresuró a su lado. ―Empezaba a preocuparme por ti. Temí que todo se convirtiera en hielo.
Darcy se dio la vuelta y le sonrió a su hermana. ―Agradezco tu preocupación. Tuve cuidado mientras caminaba.
Ella frunció las cejas y una expresión de aprensión cruzó por su rostro. ―¿Crees que aún debemos ir? El clima podría empeorar.
Darcy le sonrió. Su hermana era tan parecida a él. Si se tratara de cualquier otra persona que no fueran los parientes de Bingley, él optaría por quedarse en casa. ―El aguanieve ha cesado. Creo que estaremos bien.
Georgiana le dedicó a su hermano una breve sonrisa. ―Debería alistarme.
Darcy asintió. ―Debemos partir a las seis en punto―. Intentó dedicarle una sonrisa tranquilizadora, pero dudaba que hubiera logrado aliviar la incomodidad de su hermana.
***
Darcy y su hermana fueron conducidos al salón de los Hurst y se encontraron en medio de casi dos docenas de personas. Darcy se puso tenso al darse cuenta de que aquello no era lo que esperaba. Sabía que Georgiana sentía lo mismo, pues notó que sus pasos vacilaban.
Deseaba permanecer a su lado, para ayudarla para conversar con los demás, pero la señorita Bingley parecía estar decidida a asumir esa responsabilidad. Georgiana pronto fue apartada, y él observó como la señorita Bingley la presentaba a otras personas de la sala, iniciando la conversación. A lo largo de la velada, buscó a menudo a su hermana, alzando las cejas en señal de pregunta, y ella le respondía con una sonrisa. Al menos parecía que la señorita Bingley llevaba las conversaciones bastante bien, y Georgiana asentía o sonreía cuando era necesario.
Darcy estaba bastante sorprendido por la gente que había sido invitada. No pretendía conocer a todos los conocidos de los Hurst, pero todos eran matrimonios, excepto un anciano caballero, el señor Hogan, que había enviudado hacía varios años. Darcy lo encontraba bastante interesante. Aparte de Bingley, este caballero era su compañía preferida.
Mientras conversaban, el caballero empezó a hablar de su esposa. Sus hundidos ojos azules parecieron iluminarse cuando Darcy le preguntó por ella. ―Oh, era encantadora. Era capaz de hacerme sonreir y reir con una simple mirada. Era inteligente y podíamos hablar durante horas―. Le guiñó un ojo. ―Y a veces toda la noche.
Darcy sonrió y, de repente, no pudo apartar de sus pensamientos las imágenes de Elizabeth. A medida que el señor Hogan hablaba, se daba cuenta de lo mucho que deseaba amar a su esposa tanto como este hombre había amado a la suya. Continuó hablando de su esposa y Darcy no podía imaginar a nadie más que a Elizabeth en ese papel.
Cuando se sirvió la cena, Darcy se sintió aún más consternado por el hecho de que Georgiana y él estuvieran situados en extremos opuestos de la mesa del comedor. Ella estaba sentada entre Bingley y la esposa de un amigo de los Hurst. Él estaba sentado junto a la señorita Bingley y el esposo de esta misma amistad.
Una vez más, observó cómo le iba a Georgiana. De hecho, le sorprendió que la señorita Bingley no hubiera ocupado el asiento junto a su hermana, sino que estuviera a su lado. Mientras se servía la comida y comenzaban las conversaciones, el caballero que estaba a su lado comenzó a hablar con la persona que estaba al otro lado. La señorita Bingley le dio un golpecito en el brazo para llamar su atención.
―Debe de estar muy orgulloso de su hermana, señor Darcy ―comentó la señorita Bingley, mientras asentía en dirección a la joven. ―Se ha convertido en una joven encantadora y se ha mostrado tan afable esta noche. Todo el mundo parece tenerla en alta estima―. Parecía bastante satisfecha de sí misma.
Él la miró y forzó una sonrisa. ―Me alegra oír eso.
―Y no hay más que mirarla a ella y a Charles. Creo que se parecen en muchas cosas y tienen mucho en común―. Inclinó la cabeza. ―Parece que disfrutan de su mutua compañía.
Darcy no estaba necesariamente de acuerdo con la estimación de la señorita Bingley sobre el disfrute de su hermana, y Bingley gozaba de la compañía de casi todo el mundo. Al parecer, Bingley no estaba conversando con su hermana, sino que hablaba con la mujer que estaba a su lado. Georgiana parecía limitarse a mirar de uno a otro, con una sonrisa dulce pero nerviosa en el rostro.
Lo que preocupaba a Darcy era la sobremesa, pues los hombres se retirarían y Georgiana se quedaría sola con las damas. Se dijo a sí mismo que no debía preocuparse, pero cuando se trataba de su hermana, era difícil no hacerlo.
Cuando Darcy se fue con los demas hombres al estudio del señor Hurst, le dirigió una mirada alentadora a Georgiana. Se sintió agradecido -en cierto modo- de que la señorita Bingley acudiera de inmediato a su lado. Por una vez, su afecto por su hermana sería apreciado.
Cuando los hombres se reunieron posteriormente con las damas, la señora Hurst y la señorita Bingley tocaron el pianoforte para los invitados. Pero cuando se anunciaron los juegos, Darcy expresó su pesar por el hecho de que Georgiana y él tuvieran que despedirse. Les agradecieron a los Hurst por la placentera velada.
La señorita Bingley miró a su hermana y le dijo que los acompañaría a la salida. Volviéndose hacia Georgiana, dijo: ―Tenemos que repetirlo―. Caminó al lado de Georgiana, tomándola de la mano. ―Esto ha sido sencillamente encantador.
Georgiana asintió dócilmente y habló en voz baja con la mirada baja. ―Sí, gracias.
―Gracias de nuevo, señorita Bingley ―agregó Darcy mientras el carruaje se acercaba. ―Y expresele nuestro agradecimiento a su hermana y al señor Hurst.
Subieron al carruaje y Darcy miró a Georgiana. Apenas podía verla en la oscuridad, pero pudo discernir que ella estaba mirando hacia abajo.
―Lo has hecho muy bien esta noche, Georgiana. Estoy muy orgulloso de ti.
Ella dejó escapar un suspiro tembloroso y murmuró un suave ―Gracias.
Él percibió el tono entrecortado de su voz. ―¿Ha ocurrido algo que te haya disgustado? ―Se acercó a ella y le tomó la mano. ―Si es así, dímelo, por favor.
Ella giró la cabeza y sus palabras vacilaron. ―Yo… es sólo que…
―Por favor, dime qué te preocupa.
Ella se giró y le sujetó la mano con fuerza. ―¿Es esto algo que realmente quieres para mí? Nunca me has dicho nada, y yo no sabía que decir.
Darcy sacudió la cabeza, tratando de encontrarle sentido a las palabras de su hermana. ―Georgiana, no logro entender de que me estás hablando. ¿Qué es lo que se supone que quiero? Todo lo que siempre he querido es que seas feliz.
―La señorita Bingley me ha hablado de las esperanzas que compartes de que el señor Bingley y yo nos casemos.
Los ojos de Darcy se abrieron de par en par y sintió una opresión en el pecho. ―¡Cielos, Georgiana! Es evidente que ella está muy equivocada―. Darcy sacudió la cabeza y respiró hondo para calmar su creciente ira. Finalmente, con voz suave, dijo: ―En efecto, Bingley es un buen amigo, y pensé que te gustaría pasar la velada con él y algunas amistades, pero Georgiana, yo nunca entablaría un plan con ella en lo que a ti y su hermano se refiere.
Georgiana bajó la mirada. ―La señorita Bingley no paraba de hablar de lo encantados que estarían tú y ella si él y yo uniéramos nuestras familias en matrimonio.
Darcy apretó sus manos. No podía creer que la señorita Bingley dijera semejante cosa. No se atrevió a hablar durante unos instantes. ―¿Ella te hizo creer que yo me sentía asi?
Georgiana asintió en silencio y se secó una lágrima del ojo.
Su hermano le apretó la mano, lamentando la incomodidad que le había hecho pasar la señorita Bingley. ―Creeme; nunca he albergado tales pensamientos―. Dejó escapar un largo suspiro. ―Sé que, debido a mi amistad con su hermano, es probable que en algún momento en el futuro te encuentres en compañía de la señorita Bingley. Hablaré con ella e insistiré en que no vuelva a hablar de esto. Si lo hace, debes saber que ese no es mi deseo.
―Gracias ―respondió Georgiana en voz baja.
Darcy se dio la vuelta. Se le hizo un nudo en el estomago, no sólo por lo que la señorita Bingley le dijo a su hermana, sino porque también le hizo preguntarse si su único motivo para separar a Bingley de la señorita Jane Bennet era que quería que se casara con Georgiana.
Al pensarlo, ella había sido muy clara en cuanto a la necesidad de separarlos, y cuando él mencionó que había visto poco afecto por parte de la señorita Jane, ella estuvo totalmente de acuerdo. Darcy interpretó su acuerdo como una reafirmación de su evaluación de la última aventura amorosa de su amigo.
Ahora se preguntaba si la señorita Bingley tendría sus propios propósitos al querer separarlos.
Darcy refunfuñó y sacudió la cabeza. No, no se equivocó al separarlos. Eso no significa que lo que la señorita Bingley había hecho entonces o esta noche fuera correcto y apropiado, pero Darcy se sentía completamente justificado y se sentía muy satisfecho por haber estado cuidando de su amigo. Se frotó la mandíbula mientras se giraba para mirar por la ventana hacia la oscuridad. Al menos eso creía él.