Las historias jamás contadas, p. 51

La boda de Charlotte

Por Abigail Reynolds

Traducido por Cristina Huelsz

Enero 9, 1812

Charlotte nunca había tenido sueños románticos sobre una boda perfecta. Sabía que nunca sería una novia hermosa por la que las mujeres lloraran, y ni siquiera iba a haber desayuno de bodas, ya que ella y el señor Collins partirían hacia Kent desde la puerta de la iglesia. Al parecer, Lady Catherine consideraba que él se había ausentado de su puesto con demasiada frecuencia en estos últimos meses, por lo que, naturalmente, el señor Collins estaba decidido a regresar lo antes posible. Iba a ser un día muy largo, especialmente con una noche de bodas al final en la que necesitaría disponer de todas sus dotes interpretativas al máximo.

La ceremonia transcurrió sin contratiempos, que era todo lo que Charlotte había esperado. La única sorpresa llegó cuando, tras recorrer el pasillo con su nuevo esposo, vio algunas caras inesperadas en los bancos. El juez Braxton estaba sentado entre su joven sobrino y el señor Robinson.

Dejó que sus ojos se posaran en el señor Robinson durante un instante. Él le dedicó una leve sonrisa -no de felicidad, pero tampoco completamente falsa- y luego ella pasó por delante de su banco. Se extrañó de su presencia, pero no podía estar planeando causar dificultades si estaba con el juez.

Los recién casados estaban rodeados de feligreses en la puerta de la iglesia. Charlotte oía al señor Collins parlotear con alguien a su manera, con frecuentes referencias a Lady Catherine de Bourgh y a Rosings Park, mientras ella se despedía de su familia y amigos. No podía evitar mirar a su alrededor cada pocos minutos en busca del señor Robinson, extrañamente avergonzada por lo que pensaría de su nuevo esposo.

Cuando lo vio, se llevó un susto peor. En realidad le estaban presentando al señor Collins. Con su sonrisa social firmemente pegada en su lugar, ella se apresuró al lado del señor Collins, con la esperanza de que su interés no pareciera más que la impaciencia de una esposa devota por estar con su nuevo esposo.

―Sí, por supuesto, cerca de Rosings Park ―comentó el señor Robinson con suavidad. ―Lo recuerdo muy bien. Mi padre era un gran amigo de Sir Lewis de Bourgh, y durante la vida de ese caballero, a menudo pasábamos por Rosings. Tanto él como mi padre eran devotos del ajedrez y pasaban muchas tardes jugando una partida tras otra.

―Si ha conocido a la familia, entonces comprenderá el gran honor que siento al tener la oportunidad de ser el más humilde servidor de Lady Catherine―. El señor Collins mostró el mismo afán de impresionar que tuvo al conocer al señor Darcy en el baile de Netherfield.

―En efecto. Recuerdo haber quedado bastante impresionado por Lady Catherine. Rosings Park es, por supuesto, una de las mejores casas del condado. Estoy seguro de que muchos envidian su posición―. Sus ojos se deslizaron momentáneamente hacia Charlotte con un mensaje muy diferente sobre su envidia.

Mientras el señor Collins le agradecía largamente su gran condescendencia, Charlotte se preguntaba a qué demonios se refería. Ciertamente no le había llevado mucho tiempo tomarle la medida a la naturaleza del señor Collins, y estaba jugando a su favor maravillosamente.

―Me encantó oír que la señorita Lucas, perdón, la señora Collins, se instalaría en Hunsford. Ella es justo el tipo de dama práctica y confiable para ser la perfecta esposa de un clérigo. De hecho, esperaba que usted no se opusiera si presentaba a mi hermana menor para que la conociera. Esta iba a ser la primera temporada de Mary hasta que mi padre enfermó, y está decepcionada por tener que pasarla en el campo. Creo que la señora Collins sería una excelente influencia tranquilizadora para ella, con su permiso, por supuesto.

El señor Collins se volvió hacia Charlotte, frotándose las manos con toda evidencia de placer. ―Estaríamos encantados, ¿verdad, señora Collins?

Charlotte hizo una ligera reverencia. ―Me encantaría conocer a una nueva amiga en Kent―. No sabía si le hacía más gracia o le horrorizaba la iniciativa de él de pedir permiso a su esposo para visitarla.

Él se inclinó. ―En ese caso, espero volver a verla muy pronto, señora Collins, pero no la mantendré alejada de sus otros invitados por más tiempo.

Ella le ofreció su mano, y él se inclinó profundamente sobre ella, dándole un pequeño apretón en los dedos al hacerlo. Fue como si una pequeña chispa pasara de él a ella, pero ella no sintió deseos de nada más. Hoy no era el día para pensar en él.

Se sintió aliviada cuando el carruaje de alquiler se alejó de la iglesia y se quedó a solas con el señor Collins. Ella escucho distraidamente como él hablaba largo y tendido sobre lo exitoso que había sido el día y lo complacida que estaría Lady Catherine de que el juez Braxton en persona hubiera condescendido a asistir a la ceremonia. ―Se alegrará de saber que ya conoces a uno de nuestros vecinos, pero debo admitir que no entendí bien su nombre… ¿era Rogers, querida?

―¿Te refieres al señor Robinson?

―Ah, sí, Robinson, eso era. ¡Y pensar que su padre tuvo el honor de conocer a Sir Lewis de Bourgh! Tendré que hablarle de él a Lady Catherine. ¿Cómo llegaste a conocerlo?

―El juez Braxton es amigo del padre del señor Robinson, y actúa como una especie de mentor del hijo. El señor Robinson asistió a muchas de las ocasiones sociales en Meryton durante su visita al juez―. Le agradó el aparente distanciamiento de su voz. ―Pero espero que me cuentes más sobre lo que debo esperar encontrar en Hunsford y en Rosings Park. Después de todo, nunca se está demasiado preparado.

Tal y como ella esperaba, aquello le arrancó a él un largo monólogo de elogios, hablando con elocuencia de cada detalle de Rosings. En realidad, era bastante tranquilizador, ya que exigía tan poco de ella aparte de la apariencia de atención. Estaba acostumbrada a este tipo de comportamiento efusivo por parte de su padre, así que no le molestó demasiado.

Cruzó sus manos sobre el regazo y se puso tan cómoda como se podía estar en un carruaje con menos resortes de los deseados. Pero no se quejaba. Para ella, el día de hoy era prueba suficiente de que había tomado la decisión correcta. Puede que sintiera una atracción por el señor Robinson que no sentía por el señor Collins, y sin duda disfrutaría más de su compañía, pero el placer que sintió durante el tiempo que pasaron juntos no le impidió darse cuenta de que hoy él había demostrado una vez más ser un hábil mentiroso con talento para la manipulación. Su voluntad de involucrar a su hermana en la situación tampoco hablaba bien de él. Si estuviera casada con él, siempre tendría dudas sobre sus motivos y su veracidad, y si podía mentir con tanta facilidad y disimular lo que debía de ser una seria antipatía hacia su rival, era muy posible que pudiera engañarla sobre otras cosas.

No, el señor Robinson no habría sido la clase de esposo en quien ella pudiera confiar. Lo recordaba con agrado y esperaba con más impaciencia de la que le gustaría admitir su próximo encuentro, pero sabía a qué atenerse con el señor Collins. Si su efusividad rayaba en lo embarazoso, podía aprender a ignorarlo. Por fin tendría su propio hogar, unos ingresos confortables y, con suerte, hijos que criar.

―¿Pasa algo, mi querida Charlotte? ¿El movimiento del carruaje es demasiado para ti?

―Tal vez esté un poco cansada, pero estoy bien ―respondió ella, dándole una palmadita en la mano. ―Espero que Lady Catherine me apruebe.

Aquello bastó para distraerlo, y él volvió a su monólogo, dejándola con la satisfactoria idea de que el señor Willoughby se sentiría muy afligido si supiera lo mucho que ella se había beneficiado de su intento de venganza. Sin él, ella no habría hecho el desesperado intento de atraer la atención del señor Collins cuando éste esperaba casarse con una de las hermanas Bennet, y seguiría siendo una solterona envejecida destinada a depender de sus hermanos para siempre. En cambio, gracias a Willoughby, tenía un nuevo hogar, la perspectiva de ser algún día la señora de Longbourn, un esposo que se ocupara de ella y un admirador que le recordara que era algo más que la Charlotte práctica y fiable que todos conocían. Sí, tenía mucho por lo que estar agradecida.

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