Las historias jamás contadas, p. 50

El último día de Charlotte como mujer soltera

Por Abigail Reynolds

Traducido por Cristina Huelsz

Enero 8, 1812

La visita de despedida de Charlotte a las mujeres Bennet no fue una que recordara con agrado. La señora Bennet, que siempre había sido amable con ella hasta que se comprometió, se mostró descortés durante todo el encuentro. Lizzy tuvo la cortesía de acompañarla escaleras abajo después, lo que Charlotte agradeció especialmente ya que quería invitarla a que la visitara en Kent. No había olvidado las palabras del juez sobre encontrar compañía en otro lugar que no fuera su esposo y Lizzy había sido su mejor amiga durante años.

Al principio Lizzy trató de esquivar la invitación, lo que no era de extrañar dada su antipatía por el señor Collins, pero finalmente accedió, para gran alivio de Charlotte. Significaba mucho saber que seguiría teniendo una amiga, aunque Lizzy aún no pudiera ocultar su desaprobación por el matrimonio de Charlotte. A veces olvidaba lo joven que era Lizzy y la diferencia entre los veinte y los veintiocho años. El mundo de Lizzy era muy sencillo; vivía en el presente y no pensaba en el futuro. La gente tenía pocos matices de gris en su mente. Charlotte se preguntó qué pensaría Lizzy si supiera la verdad de su situación.

Al parecer, Lizzy se sentía algo culpable por su reticencia a visitarla y se ofreció a acompañarla a Lucas Lodge, pero Charlotte declinó el ofrecimiento amablemente. ―Necesito un poco de tiempo a solas para pensar. Una vez en casa, estaré inundada con los preparativos de la boda.

Lizzy, a quien le encantaban los paseos en solitario, no vio nada raro en ello y saludó a Charlotte con la mano mientras se alejaba por el camino. Pero Charlotte no tenía intención de tomar el camino habitual de vuelta a Lucas Lodge y pronto se desvió por un estrecho sendero hacia el bosque. El pulso se le aceleró, pero no por el ejercicio, y la ansiedad la corroía por dentro. ¿Estaría él ahí, o ya se había marchado de Hertfordshire?

Se levantó las faldas para la subida final a la capilla en ruinas en la cima de la colina. Cubierta de árboles, nadie la visitaba nunca, pero había sido uno de sus refugios favoritos de la infancia. Ahora era algo totalmente distinto. Allí habían ido la noche de Guy Fawkes.

Él estaba en la puerta esperándola. Ella había planeado mantener las distancias con él, pero el impulso de estar cerca de él fue más fuerte de lo que había previsto, y permitió que la atrajera hacia sus brazos. Permitir quizás no era la palabra adecuada cuando prácticamente había caído en sus brazos, encontrándose inundada de sensaciones y sentimientos tan pronto como lo había hecho. El deseo era sólo una parte; más bien era saber que él la deseaba y se preocupaba por ella por lo que era, no sólo para satisfacer a una patrona exigente. Pero la hacía feliz y estaba agradecida por no haberse casado aún y poder justificar esas libertades ante sí misma… casi. ¿Cómo viviría sin esto?

Encontraría la manera. Era agradable ser deseada, pero tenía la costumbre de encontrar satisfacción donde podía. ¿Quién iba a pensar que sería en los brazos de su antiguo amante el día antes de su boda con otro hombre? Cómo se sorprenderían todos sus amigos y familiares al ver a la práctica y fiable Charlotte en ese momento. Ese pensamiento la hizo aún más feliz.

―Gracias por aceptar verme hoy ―le murmuró él al oído. ―No te imaginas lo que significa para mí que, aunque no tengamos futuro juntos, nos separemos con recuerdos más felices. Y haré todo lo posible para desearte que seas feliz en tu futuro.

Charlotte no quería pensar en ese futuro, ni en el hombre con el que iba a casarse y que la esperaba en Lucas Lodge. Quería atesorar este momento y la sensación de ser abrazada por el hombre que le importaba. No se cuestionó su decisión de casarse con el señor Collins, al menos no seriamente. Estaba feliz de estar con su amante, feliz de escuchar su voz y descansar en su abrazo, pero también reconocía que en el fondo era un hombre débil que se dejaba llevar con demasiada facilidad por lo que deseaba en cada momento. Si se casaban, ese rasgo acabaría matando su afecto por él. Prefería conservar los recuerdos de hoy para los años venideros.

De mala gana, se apartó de él. ―¿Caminamos? ―Si se quedaban en la capilla, sería demasiado fácil ir más allá de un abrazo.

―Si quieres―. Él le ofreció su brazo.

Mientras se adentraban en el bosque, ella comentó: ―Dijiste antes que había cosas que aún querías contarme.

―¿Y esperas que las recuerde cuando estás conmigo? ―Puso su mano sobre la de ella, apoyada en su antebrazo, con la mirada fija.

―Mencionaste algo sobre contarme por qué te enfadabas tanto con las mujeres.

―Ah, sí―. Suspiró antes de comenzar su relato. Era la historia de siempre: una heredera aburrida que lo había engañado para su propio entretenimiento y luego lo había humillado con una negativa muy pública. ―No pretendo que sirva de excusa para mi comportamiento; aun así, quería que lo supieras. Pero hay una cosa que me gustaría preguntarle.

―¿Sí?

Él dudó al preguntarle. ―¿Hubo alguna consecuencia de aquella noche de noviembre?

Ella no fingió no haberlo entendido. ―No puedo decirlo. No he tenido ninguna prueba de que no esté en esa condición, pero no es raro que me falten pruebas regularmente.

―No sé si lo deseo o no, pero será difícil no saberlo nunca.

―Si lo deseas, podría intentar enviar un mensaje a través del juez Braxton, aunque podría pasar algún tiempo antes de que tenga la oportunidad de hacerlo. No sé con qué frecuencia volveré aquí, y él está frecuentemente en Londres.

―Agradecería recibir algún mensaje, y será… bueno saber que volveré a saber de ti, al menos esa vez, aunque estés lejos. ¿Dónde vive él, tu señor Collins? ―preguntó con un filo en su voz.

―En el pueblo de Hunsford en Kent, no lejos de Tunbridge Wells.

Él apartó la mirada por un momento con una respiración aguda, entrecortada. ―Sé dónde está. Está a poco más de diez millas de la casa de mi padre. Voy allí de vez en cuando. Esa casa algún día será mía.

Sus ojos se abrieron de par en par. ―¿De verdad?

―Dime que me permitirás volver a verte, al menos de vez en cuando. Encontraré la manera de que funcione. Por favor, Charlotte. No te pediré nada indebido. Te doy mi palabra.

Y esto lo decía el hombre que la había abrazado en cuanto estuvo lo bastante cerca como para tocarla. ―¿No querrás algo más que amistad?

La expresión de él se volvió decidida. ―Claro que querré más, pero me conformaré con la amistad.

La opresión en su pecho, el miedo a la finalidad, disminuyó. ―Estoy dispuesta a hacer el intento.

Siguieron caminando, sin saber en qué dirección. Había demasiadas cosas que pensar, y sentir, y decir, como para fijarse en otros asuntos. Finalmente se dio cuenta de que las sombras eran cada vez más largas. Llevaba demasiado tiempo fuera de Lucas Lodge, y tendría que pensar en una buena excusa para explicar por qué se había demorado en su despedida de los Bennet, pero no le importaba. No se trataba de una despedida definitiva, y eso marcaba la diferencia.

Él le tomó la mano y se la llevó a los labios. No fue el educado beso de mano de un amigo. ―No me olvides, te lo ruego.

A Charlotte se le revolvió el estómago mientras se volvía a atar los lazos del sombrero. ―¿Acaso crees que podría?

―Espero que no.

―Estos últimos meses han sido inolvidables y puedes confiar en que lo recordaré. Después de todo, soy la práctica y fiable Charlotte Lucas.

Y volvió a tomarle la mano. ―Eres práctica y fiable, pero eres mucho más que eso. Recuérdalo cuando te acuerdes de mí.

Ella le miró a los ojos y asintió lentamente. ―Lo recordaré.

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