Un baile para olvidar, segunda parte
Por Maria Grace
Traducido por Cristina Huelsz
Enero 7, 1812
Nota: los personajes mencionados son Benedict y Beatrice de la comedia «Mucho ruido y pocas nueces» de William Shakespeare.
El sol de la mañana entraba por la ventana y le obligaba a abrir los ojos. ¿Qué demonios había pasado anoche? Probablemente no se sentiría peor si lo hubiera atropellado un carruaje.
Darcy parpadeó con los ojos enrojecidos, la cabeza palpitante, el estómago protestando como una turba alborotada en las calles. Una turba hubiera sido más fácil de sofocar. Se apretó el vientre y se relamió los labios. Beber tanto había sido una mala elección, aunque hubiera sido en la intimidad de su estudio, después del baile. Su estudio, miró a su alrededor, ¡había dormido en su estudio!
Gran Scott, no había hecho tal cosa ni siquiera en sus días universitarios.
Se estrujó y gimió. Había tenido la intención de regresar a sus aposentos, pero el oporto le había llamado, una copa tras otra, hasta que sus mejores intenciones se desvanecieron en una bruma confusa de alcohol. El oporto después de varias copas generosas del famoso ponche de la tía Matlock era una muy mala idea.
El ama de llaves aporreó la puerta. ¿Por qué sentía la necesidad de hacerlo, especialmente hoy? Un golpecito cortés era lo único que había necesitado para llamar su atención. Tendría que hablar con ella de eso… más tarde.
La puerta chirrió como un animal moribundo cuando la abrió. ―Señor.
―¿Qué? ―Se apretó las sienes y se mordió las duras palabras que bailaban en su lengua.
―Le he traído algo para aliviar su malestar, un poco de café y algo de comer si lo desea.
Señaló con la mano una mesita. ¿Era posible hacer más ruido al dejar una bandeja? Sería un milagro que ella no rompiera todas las piezas de porcelana de la bandeja con todo el traqueteo y el estrépito.
La mujer salió arrastrando los pies y cerró la puerta de un portazo. Ella nunca había sido tan descuidada, ¿por qué ahora? Tendría que decirle algo cuando…
Se le revolvió el estómago y tomó el vaso, lleno de un líquido ligeramente opaco que brillaba bajo la luz demasiado intensa de la tarde. Dios mío, ya era por la tarde, no por la mañana, ¿no? Se protegió los ojos del resplandor. ¿Cómo podía ser de tarde tan rápido?
¡Ah! Con un poco de suerte, la bebida funcionaría mejor de lo que sabía; no sería difícil. ¿Habría sido demasiado complicado proporcionarle algo menos asqueroso que su mal genio?
Qué tonto había sido, confiando en el juicio de la tía Matlock al elegir un personaje que se adaptara a su temperamento. Qué inteligente había sido al asignarles a él y a Letty los personajes de Benedict y Beatrice, para que, según sus palabras, «sus debates y comentarios desagradables se ajustaran totalmente al personaje».
Se bebió otro trago del asqueroso tónico del ama de llaves.
Al menos los trajes habían sido tolerables, un abrigo de oficial para él y una corona de flores para ella. Suficientemente aceptable.
La velada empezó a complicarse después de su segunda copa de ponche, felizmente proporcionada por la propia Letty. Había estado bastante satisfecha con su parte, discrepando con él en todo momento y llevando casi toda la conversación de ambos durante toda la velada. Ella conocía muy bien el trabajo del bardo y sabía exactamente cómo atraerlo. Él había comentado amablemente sobre el clima -¡el clima!- sólo para recibir la respuesta de ella:
―Me sorprende que siga hablando, Signior Benedick: nadie lo nota.
―¡Qué, mi querida Lady Desdén! ¿Aún vives? ―Las palabras se le escaparon antes de que pudiera controlarlas, y se desató el juego, para Letty.
―¿Es posible que el desdén muera mientras tiene tan buen alimento para alimentarlo como el Signior Benedick? La cortesía misma debe convertirse en desdén, si usted viene en su presencia.
El calor subió a lo largo de su mandíbula, o tal vez fue el ponche. ¡Cómo se atrevía a insultar su comportamiento! No era posible. ―Entonces es la cortesía un traidor. Pero es cierto que soy amado por todas las damas, excepto por usted: y ojala pudiera encontrar en mi corazón que no tengo un corazón duro; porque, en verdad, no amo a nadie.
¿Por qué se había permitido aquellas palabras? Letty se complacía demasiado en ellas.
La mirada que ella le había dirigido al decir: ―Una querida felicidad para las mujeres: de otro modo se habrían visto atribuladas por un pretendiente pernicioso. Doy gracias a Dios y a mi sangre fría, estoy de su humor por eso: Prefiero oír a mi perro ladrar a un cuervo que a un hombre jurar que me ama.
Su prometido se alegraría de aquella declaración pública. ―¡Dios guarde a su señoría todavía en esa mente! Así que algún caballero u otro se librará de una predestinada cara arañada.
―Rascarse no podría hacerlo peor, si fuera una cara como la suya.
Eso era innecesario. Se tragó el resto de su ponche. En retrospectiva, tal vez no fue la elección más sabia. ―Bueno, usted es un raro maestro de loros.
―Un pájaro de mi lengua es mejor que una bestia suya―. Ella se rio, un sonido estridente y desgarrador en el mejor de los días, que claramente no había mejorado con la bebida.
―Ojalá mi caballo tuviera la velocidad de su lengua, y tan buen continuador. Pero siga su camino, en nombre de Dios; ya lo he hecho.
Oh, a ella no le había gustado eso, dada la cara que le puso. ―Usted siempre termina con un truco de jade: lo conozco de antaño.
Si ella hubiera tenido un mínimo de moderación, podría haber sido soportable. Ella chilló y continuó como si esas palabras fueran dirigidas a su persona, no escritas para el entretenimiento del público. Se froto la cara con las manos. ¡Cielos, hasta la familia Bennet se había controlado mejor! ¿Era posible que esa familia demostrara un mayor decoro que su propia familia?
Eso no era posible.
Sólo pensar, ¿qué habría hecho Lydia Bennet con el personaje de Beatrice? Se estremeció. No, aquel pensamiento debía de ser el resultado de haber bebido demasiado oporto.
Se recostó en su sillón y se tapó los ojos con el brazo. Incluso con el escandaloso comportamiento de Letty, su plan para el baile habia sido todo un exito, al menos hasta ese momento. No había pensado en Elizabeth Bennet en toda la velada. Ni cuando la joven señorita Blake, vestida con un traje que le hubiera sentado mejor a la señorita Elizabeth, pasó por su lado. Ni cuando los músicos tocaron la misma melodía que habían bailado en Netherfield. No cuando, de camino a la sala de cartas, echó un vistazo a la biblioteca y le llamó la atención el mismo libro que la señorita Elizabeth leyó durante su estancia en Netherfield. Ni cuando Letty intentó involucrarlo en una conversación con su parloteo superficial y sus cotilleos que lo aburrían hasta la saciedad, en lugar de esforzarse por entablar un discurso sensato con él. Ninguno de esos momentos le hicieron considerar en absoluto a la señorita Elizabeth.
No fue hasta ahora, en la soledad de su estudio, cuando los pensamientos sobre aquella enloquecedora mujer invadieron su conciencia, negándose a ceder ante sus férreas defensas.
¿Por qué ninguna joven, independientemente de su fortuna, sus contactos o su belleza, parecía estar a la altura de la impertinente señorita de Hertfordshire? Tenía que haber algo para esta distracción, algo que no fuera una estancia en Bedlam.
Tal vez si pudiera escapar de la compañía de las damas. Se le ocurrió una idea… su club de caballeros: esgrima, boxeo, carreras de caballos. Apartarse del sexo débil, aún no lo había intentado. Apretó los ojos. Comenzando inmediatamente… no mañana, se retiraría para estar en compañía de los hombres y escapar por fin de la distracción de una tal señorita Elizabeth Bennet.