Las historias jamás contadas, p. 47

Elizabeth descubre el interés de Wickham por Mary King

Por Abigail Reynolds

Traducido por Cristina Huelsz

Enero 3, 1812

―¡Te estás quedando el ladrillo caliente para ti sola, Lydia, y se me están entumeciendo los dedos de los pies!», se quejó Kitty Bennet.

La señora Bennet le dio un codazo. ―Estás sentada en el centro, y eso debería bastar para mantenerte caliente. ¿Por qué tu padre no arregla la ventana del carruaje? Por ella entra un frío terrible. Si muero de frío, será culpa suya.

Kitty empujó a Lydia hacia el borde del asiento del carruaje, recibiendo como respuesta una patada lateral.

Elizabeth sacudió la cabeza divertida. Era cierto que hacía un frío inusual, incluso para el mes de enero, pero nada podía interferir en su placer de hoy. Pronto estaría bailando con el señor Wickham, y no le cabía duda de que él sería tan atento con ella como siempre. Ese pensamiento era suficiente para mantenerla caliente.

Se había vestido con sumo cuidado para estar lo mejor posible en las fiestas… o, más concretamente, para él. Habían pasado diez días desde la última vez que lo había visto -no es que llevara la cuenta- y había echado de menos su agradable compañía. Incluso entonces él parecía más interesado en hablar con su tía sobre Derbyshire que en conversar con Elizabeth. Sin duda era simplemente porque echaba de menos su hogar allí. ¡Otra cosa de la que culpar al señor Darcy!

El carruaje se detuvo frente a Lucas Lodge, con las ventanas ya iluminadas a pesar de que apenas había anochecido. ¡Qué típico! A Sir William le gustaba que todo el mundo supiera lo rico que era, y derrochar velas caras era una forma eficaz de demostrarlo. Pero las velas eran lo de menos esta noche; pensaba disfrutar al máximo de la compañía del señor Wickham, aunque su tía le hubiera recordado en Navidad que no se enamorara de él. Aún podía encontrar placer en estar con él, ¿no?

Lydia fue la primera en salir del carruaje, seguida de una agitada señora Bennet. Elizabeth esperó hasta el final, queriendo hacer una entrada discreta por si alguien la estaba esperando. Pero resulto que no tuvo otra audiencia que los lacayos ostentosamente vestidos.

El interior era un hervidero de gente. Charlotte le había advertido de que casi todo el vecindario estaba invitado, ya que su padre lo consideraba también una celebración de su próxima boda. Por supuesto, eso tambien significaba que el señor Collins estaría allí, pero con suerte Elizabeth podría evitar bailar con él esta vez. La humillación de su último y torpe baile en Netherfield todavía le escocía.

Elizabeth se puso de puntillas y estiró el cuello para ver por encima del hombro de Lydia. Hacía un año lo habría conseguido fácilmente, pero ahora su hermana menor era más alta que ella, como no perdía ocasión de hacerle notar. Como si la altura determinara la madurez. Pero ninguno de los oficiales de uniforme rojo de la sala tenía los rizos dorados de Wickham. Debía de estar más lejos entre la multitud.

Un poco decepcionada por no encontrarlo esperándola, se abrió paso entre una variedad de vecinos, pero por supuesto eso significaba tener que detenerse a conversar con algunos de ellos, ya que no podía admitir que estaba buscando a un caballero. Pudo excusarse de varias conversaciones, pero entonces la abordaron la señorita Penelope Harrington y su hermana, Harriet. La saludaron extravagantemente, cada una tomándola del brazo.

¿Qué se proponían? Ninguna de las dos era especialmente amiga suya y no les había perdonado que se burlaran de su hermana Jane por no haber conseguido al señor Bingley. ―Ambas se ven encantadoras esta noche ―les dijo. Eso era inofensivo.

―Al igual que tú ―se rio Penelope. ―¿No es nuevo el encaje que le has cosido a tu vestido? Parece casi como los estilos de este año».

―Y nuevas rosas para los zapatos ―añadió Harriet. ―No sueles esforzarte tanto para una ocasión como ésta. ¿Hay alguien en particular a quien quieras impresionar?

¡Como si no supieran que había estado frecuentando al señor Wickham! Ya había oído suficientes susurros celosos sobre lo que él podría ver en ella. ―Sólo quiero honrar a Sir William y Lady Lucas por invitarnos. ¿Han visto a Charlotte Lucas? Debo darle mis mejores deseos por su compromiso―. Y eso podría dejarla escapar.

―Oh, está en el salón con toda la gente aburrida. Deberías ir al salón donde está el baile. ¿Has visto a la señorita King esta noche? ―Harriet le dio mucha importancia al nombre.

Sin duda estaban tramando algo. Elizabeth respondió: ―Aún no. Acabo de llegar.

Las dos jóvenes intercambiaron una sonrisa burlona. Penélope dijo: ―Debes esforzarte por encontrarla. Esta noche se ve especialmente bien.

¿Por qué demonios querían que viera a Mary King? Apenas conocía a la tímida y retraída chica. ―Le diré que ustedes lo dijeron. Ahora, si son tan amables de disculparme.

―¡Oh, no podríamos abandonarla en este aprieto! Vamos al salón. Quizás alguno de los oficiales nos invite a bailar.

Como en cualquier caso deseaba ir allí, no vio ninguna razón para resistirse a sus esfuerzos. Dejó que la condujeran a través de la multitud hasta el salón. La mayoría de los muebles habían sido retirados y las alfombras enrolladas para dejar sitio para bailar. Maria Lucas estaba tocando una pieza en el piano mientras media docena de parejas bailaban en círculos una danza campestre.

Allí estaba él. Wickham estaba entre los bailarines, con su cabello dorado brillando a la luz de las velas. Estaba de espaldas a ella, pero cuando llegara a lo alto del escenario, se giraría y pasaría junto a ella. Entonces le dirigía esa maravillosa mirada cálida que hacía que le diera un vuelco el interior.

―¡Oh, mira! ―exclamó Harriet. ―¡Mary King está bailando con el señor Wickham!

¿Creía que Elizabeth se pondría celosa porque Wickham estaba bailando con otra mujer? Él siempre buscaba otras parejas después de los dos bailes que podía bailar propiamente con ella. Siempre le pedía burlonamente un tercer baile, pero sabía tan bien como ella que eso provocaría habladurías. ―Entonces imagino que lo está disfrutando. Es un buen bailarín.

―Y usted lo sabría, ¿verdad? ―dijo Penélope arqueando sus cejas.

Elizabeth la ignoró. Wickham y Mary King habían llegado a la parte superior del decorado y se dieron la vuelta para bajar por el exterior del mismo. Su corazón se aceleró cuando él se acercó, y una sonrisa de bienvenida inundó el rostro de Elizabeth.

Él no captó su mirada. De hecho, la miró de reojo al pasar, como si ella no estuviera allí, aunque saludó con la cabeza a otro conocido más adelante.

Una pesada piedra parecía haberse instalado en el estómago de Elizabeth. ¿Por qué la estaba evitando? ¿Acaso había hecho algo que le molestara? No podía imaginarse qué podía ser, aunque él se había mostrado un poco frío cuando los visitó en Navidad. ¿Y por qué Harriet y Penélope la observaban con tanta avidez? Debían de saber lo que se avecinaba y estaban dispuestas a regodearse en su respuesta.

¿Podría ser una broma? ¿Wickham les había preparado esto como una broma, o para ver cómo respondía ella? Ella no les daría la satisfacción de mostrarse angustiada. ―¡Cuánto más agradables son los bailes desde que la milicia llegó a la ciudad! Creo que todos los oficiales deben estar aquí ―comentó con frialdad.

Seguramente Wickham vendría a verla cuando terminara el baile.

Pero no lo hizo. En lugar de eso, le ofreció su brazo a Mary King y la llevó hasta el otro extremo de la sala, donde unas cuantas sillas se alineaban junto a la pared. Se sentó a su lado, un poco más cerca de lo debido, y se giró hacia ella. Elizabeth no podía ver su rostro, pero Mary King lo estaba mirando con ojos de adoración. Se sintió enferma.

Un hombre vestido con un saco rojo se acercó a ella e hizo una reverencia. ―Señorita Elizabeth, ¿me concede el honor de este baile?

En estado de asombro, tardó un momento en reconocer al señor Chamberlayne. Puso una sonrisa en su rostro. ―Estaría encantada, señor.

Él la condujo a la cabeza de la fila, a pocos pasos de Wickham y Mary King. Ella se negó a mirar en su dirección, pero no pudo evitar escuchar sus voces. Los tonos familiares de Wickham llegaron primero ―…¿el próximo baile?

―¡Usted sabe que no podemos, señor Wickham! La gente hablaría.

Él soltó una carcajada. ―No me importa que la gente sepa lo que siento por usted.

El ambiente estaba acalorado, pero de repente Elizabeth sintió frío. Para su eterna gratitud, la música empezó a sonar. Adormecida, aceptó la mano que le ofrecía el señor Chamberlayne.

Él se inclinó hacia ella. ―Sonría ―le dijo en voz baja. ―La gente está mirando. No les dé esa satisfacción.

Así que él lo sabía. Todos lo sabían. Todos menos ella.

Al menos el señor Chamberlayne estaba siendo amable, en lugar de jactarse de su angustia. Agitando las pestañas, ella le dedicó la sonrisa más brillante que pudo. ―¡Señor Chamberlayne, dice usted las cosas más bonitas!

Él le palmeó la mano con propiedad. ―Es fácil hacer cumplidos a una compañera de baile tan encantadora.

Se tomaron de la mano con la pareja que tenían delante, impidiendo cualquier otra conversación. Elizabeth mantuvo la sonrisa fija en su rostro mientras avanzaban por la fila, sobre todo cuando tuvo que pasar junto a Wickham y Mary King.

De modo que Wickham la había desechado sin mediar palabra y Mary King era su sustituta. Pero ¿por que? No habían discutido, y ella no habría pensado que Mary sintiera una atracción especial por él. Estaba lejos de ser una belleza, y ciertamente no podía ser considerada como alguien inteligente. Wickham y Mary King. La imagen de ellos dos juntos parecía grabada a fuego en el interior de sus párpados. Era demasiado doloroso contemplarlo cuando tenía que mantener la compostura.

De algún modo, consiguió bailar el primer baile del set. Durante la pausa antes de que la música comenzara de nuevo, el señor Chamberlayne le dijo: ―Bien hecho. No tiene nada de qué avergonzarse.

Su simpatía amenazó su compostura. Con ligereza, ella dijo: ―El señor Wickham no me debe nada. Si prefiere la compañía de la señorita King, no significa nada para mí.

Él le sonrió de manera comprensiva, y luego le dijo al oído: ―Creo que no es tanto su compañía lo que él prefiere, sino su fortuna.

―¿Su fortuna? Usted debe estar equivocado. Ella no tiene perspectivas particulares.

―¿No lo ha oído? Recientemente heredó diez mil libras, y Wickham tiene deudas de honor. No es el único oficial que ha notado de repente su atractivo, pero él la vio primero.

De repente fue menos doloroso tragarlo. Ser rechazada por dinero era más tolerable que si él lo hubiera hecho por preferencia a Mary King; seguía siendo doloroso, pero ya no era tan personal. ―No, no lo había oído. Le agradezco que me lo haya aclarado. Eso explica muchas cosas―. Pero seguía sin desear verlo cortejar a otra mujer mientras la ignoraba.

Iba a ser una noche muy larga.

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