Las historias jamás contadas, p. 39

Una disculpa, por alguna razón esta entrada no se publicó cuando tenía que ser.

La sorpresa de Charlotte

Por Abigail Reynolds

Traducido por Cristina Huelsz

Charlotte Lucas aprende que no todo es lo que parece.

Diciembre 11, 1811

Charlotte se las había arreglado para no aparecer en público desde su desafortunado baile con el señor Willoughby en el baile de Netherfield. Nadie dudaba de ella cuando ponía la excusa de que estaba demasiado ocupada preparando su boda para asistir a tal o cual fiesta o cena. Después de todo, ¿por qué iban a dudar de la práctica y fiable Charlotte? Nunca dejaría que supieran la verdad: que se quedaba en casa para evitar un posible encuentro con Willoughby. Su única excursión semanal era a la iglesia. Willoughby pertenecía a otra parroquia, así que era un lugar seguro para ella.

Contaba las semanas a medida que transcurrían. Éste sería el penúltimo servicio religioso al que asistiría en Meryton: sólo un domingo más, y luego unos días hasta que estuviera libre. Que también fuera su boda no significaba mucho para ella comparado con que sería el día en que dejaría atrás Hertfordshire, junto con su terror a ser descubierta y la posibilidad de cualquier contacto con Willoughby. Doce días y ya no tendría que temer las consecuencias de sus precipitadas acciones.

Después del servicio, salió a tomar un poco de aire fresco, sabiendo que su gregario padre pasaría la siguiente media hora o más charlando con sus amigos y vecinos. Después exclamaría, como cada semana, que no tenía ni idea de adónde había ido a parar el tiempo. La próxima semana sería también la última vez que ella oiría eso.

Se sobresaltó cuando una voz que había atormentado sus sueños apareció detrás de ella. Se giró para ver la cara que había tratado por todos los medios de no recordar, pero de nada le había servido. ―Charlotte, tengo que hablar contigo ―dijo el señor Robinson con urgencia.

Si tan sólo pudiera huir de él… pero no, ella era la Charlotte práctica y fiable. En lugar de eso, inclinó la cabeza y dijo con frialdad: ―Es una sorpresa volver a verlo por aquí. Aparte de eso, no tengo nada que decirle a usted―. Se aferró con fuerza a su chal y empezó a alejarse.

Su esfuerzo por escapar se vio frustrado cuando él le sujetó el codo con firmeza. ―Por favor, Charlotte. Sólo quiero unos minutos de tu tiempo.

Ella apretó los labios. Había demasiada gente cerca. No podía permitirse llamar la atención, porque podría arruinarlo todo. ―Entonces, tiene usted exactamente tres minutos. ¿Qué es lo que tanto desea decirme?

Él tuvo la audacia de parecer herido. ―¿Quién es él?

―¿De quién está hablando? ―No vio ninguna razón para ponérselo fácil.

―Ese hombre, con el que planeas casarte―. Hizo un gesto como si las palabras le supieran agrias en la boca.

―No veo que esto le concierna en absoluto.

―¡Claro que me concierne! Creía que teníamos un acuerdo.

Ella se rio incrédula. ―El único acuerdo fue el que usted tuvo con su amigo Willoughby. Dígame, ¿valió la pena?

―¿Qué valió la pena?

―Todo ese desagradable esfuerzo de sufrir por estar en mi compañía. ¿Valió la pena ganar doscientas libras, o cree que merece más?

Él palideció. ―¿Qué estás diciendo?

― ¿Acaso él no se lo dijo? El señor Willoughby tuvo la amabilidad de explicarme su apuesta cuando usted no regresó como me había prometido. Usted jugó su jueguito, ganó su dinero limpiamente, y yo fui quien tuvo que pagarlo todo… y es probable que siga pagándolo si permanezco al alcance del señor Willoughby. Ahora déjeme en paz y búsquese otra pobre mujer que nunca le haya hecho ningún daño a la que atormentar».

«¡Eso no es lo que sucedió! Debes creerme. Quizás empezó así, pero tú me importabas, Charlotte, o no estaría aquí».

Ella resopló. «Dijiste que volverías en quince días. Llegas con más de un mes tarde, y no soy ninguna tonta».

Él hizo un gesto de impotencia. «Cuando volví a casa, descubrí que mi padre estaba gravemente enfermo. No pude marcharme hasta que él estuvo fuera de peligro, y además casi era Navidad. Nunca pensé que no me esperarías. ¿Cómo pudiste aceptar casarte con otro tan rápidamente?»

«¿Cómo podría? ¿Cómo podría hacer otra cosa, dadas las circunstancias?».

Sus ojos se abrieron de par en par. Charlotte tenía que reconocer que era un buen actor. «Charlotte…»

De repente, su padre se interpuso entre ellos, por una vez sin su sonrisa jovial. » Señor Robinson, ¿no fui muy claro en mi carta? «

El señor Robinson se inclinó. «Sir William.»

Su padre le puso la mano en el brazo y la acompañó lejos. «Espero que no te haya molestado demasiado, querida. Le dije claramente que no volviera a molestarte».

Charlotte sintió una opresión en el pecho. ¿Su padre sabía lo que había ocurrido? ¿Se lo había dicho Willoughby? «¿Cómo es que le enviaste una carta?», preguntó ella con desconfianza.

Sir William le dio una palmadita en la mano. «Oh, él me envió una carta pidiéndome permiso para hacerte una proposición. Me encargué de ello».

Ella se llevó la mano libre al cuello. «¿Cómo te encargaste de ello?»
«Le dije que ya estabas comprometida con un buen caballero. Pensé que eso sería todo. Pero volvió a escribirme diciendo que debía de haber algún tipo de error porque tú y él ya habían llegado a un acuerdo, así que tuve que mostrarme firme. ¡Realmente has tenido tu cuota de admiradores últimamente, querida!»

«¿Cuándo fue que te escribió?»

«Oh, no lo recuerdo con precisión. Creo que unos días después de que aceptaras sabiamente la propuesta del señor Collins. Hiciste la elección correcta, querida; él goza ahora de un beneficio eclesiástico y heredará Longbourn algún día, mientras que las perspectivas del señor Robinson son más limitadas. Como suele decirse, todo lo que bien acaba, bien está».

Ya habían llegado al carruaje donde los esperaba el resto de la familia. No podía haber más conversación sobre el tema, pero Charlotte no podía detener sus pensamientos tan fácilmente. Ya no sabía qué creer. ¿Acaso el señor Robinson hablaba en serio? ¿Le había mentido Willoughby? Pero no, el señor Robinson no había negado la apuesta, y eso tenía que ser suficiente respuesta. Pero ¿por qué entonces le escribiría a su padre?

Eso no importaba. Al fin y al cabo, ella se casaría con el señor Collins en menos de quince días y nunca sabría la verdad del asunto.

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