
La cena de Navidad en Longbourn
Por Maria Grace
Traducido por Cristina Huelsz
Diciembre 25, 1811
El día de Navidad había comenzado con el familiar paseo hasta la pequeña iglesia parroquial de piedra, que rebosaba de invitados. Qué feliz parecía sentirse el vicario, que a menudo parecía abatido cuando no se llenaban los bancos. A continuación hubo un agradable paseo por Meryton, saludando a amigos y vecinos por igual. Sin embargo, el encuentro con los Lucas resultó incómodo. Mamá les guardaba rencor sin intentar disimularlo. Sólo Maria Lucas, que estrechaba los brazos con Kitty y Lydia para reírse y susurrar algo que no querían que nadie oyera, parecía ajena a la evidente tensión entre las familias.
¿Era realmente necesario que mamá se mostrara tan fría, casi como si estuviera cortando a Lady Lucas delante de lo que parecía ser toda la población de Meryton? ¿Acaso creía que su reputación era inmune a los efectos de su descortesía? Por desgracia, Elizabeth no se atrevía a hablar de eso con ella.
Caminó un poco más despacio para unirse a Mary e intentó entablar una conversación con ella. Tal vez una discusión sobre el sermón de aquella mañana no hubiera sido su primera opción, pero en aquel momento le angustiaba más que mamá.
Elizabeth se paseaba por el salón recién pulido, esperando la llegada de sus invitados. Todas las superficies estaban limpias de polvo y todos los muebles habían sido inspeccionados en busca de imperfecciones. El sofá y el diván habían sido reorganizados con las sillas a juego en grupos para la conversación, cálidos y acogedores. Había velas por todos los rincones. El perenne y el acebo frescos llenaban la habitación con las fragancias de la estación, atados con alegres lazos rojos. Debería haber sido una escena muy agradable, pero la tensión de la habitación amenazaba con sofocarla.
―¿Por qué no tomas asiento, Lizzy? ―La tía Gardiner palmeó el sofá a su lado. Cada cabello en su sitio, su nuevo vestido impecable y favorecedor, era el retrato mismo de la elegancia serena.
―Me volvería loca si lo hiciera―. Era muy posible que lo hiciera aunque llevara una pista en las alfombras.
―Parece que tardan mucho en llegar esta noche. No puedo esperar a que lleguen los oficiales―. Lydia se asomó a la ventana, rodeándose los hombros con la cortina. Rizos regordetes enmarcaban su rostro; ¿cuánto tiempo le había llevado hacérselos?
―Son una compañía tan agradable, tan galantes y siempre en busca de un poco de diversión―. Kitty rebotó en su asiento cerca de Lydia.
―Quédate quieta. Es impropio moverse como un sabueso esperando que le den de comer―. Mary cruzó las manos en su regazo y ajustó su postura a algo totalmente rígido y correcto. ―Y suelta las cortinas antes de que las arranques por completo de la pared.
―No hace falta que seas tan desagradable. No es como si estuvieras esperando la llegada de alguien especial―. Lydia resopló y puso los ojos en blanco.
―¡Lydia! ―La tía Gardiner palmeó el cojín a su lado.
―Bueno, es la verdad. A ninguno de los oficiales les gusta porque es muy aburrida.
Los cheques de Mary se colorearon, y sus labios se apretaron en algo que no era del todo un ceño fruncido, pero ciertamente nada menos. ―Tus opiniones no ayudan, ni son amables.
―Pero son ciertas ―susurró Lydia.
―¡Lydia! ―Las mejillas de Jane adquirieron color y sus ojos se abrieron de la forma en que solían hacerlo cuando alguien decía algo desagradable.
Lydia se volvió hacia la ventana con un resoplido.
La puerta principal crujió y se oyeron voces en el piso de arriba.
―¡Oh, oh, hay alguien aquí! Creo que reconozco la voz de Sanderson―. Kitty aplaudió suavemente.
Lydia y Kitty se pellizcaron las mejillas y comprobaron sus corpiños ante el viejo espejo de plata que mamá había colocado detrás de uno de los candelabros. Mary se acercó al pianoforte.
―¿Nos harías el favor de tocar una pieza ligera de bienvenida? ―preguntó la tía Gardiner, pero era más una directiva que una pregunta.
Siempre era mejor cuando no animaban a Mary a elegir la música que interpretaría. Al menos no parecía demasiado disgustada por ello. En todo caso, parecía contenta de que reconocieran sus habilidades.
Mamá entró con una ráfaga invernal, con varios oficiales a su paso. ―Hermana, te presento a los tenientes Wickham, Denny y Sanderson.
La tía Gardiner se levantó e hizo una reverencia. ―Encantada de conocerlos.
―Le agradecemos por permitirnos conocerla, madam―. Wickham se inclinó, con los ojos brillantes. Siempre parecía saber qué decir.
Lydia y Kitty apartaron a Denny y Sanderson mientras Hill hacía pasar a los tíos Philips. Jane se excusó para atenderlos.
La tía Gardiner ladeó la cabeza y levantó una ceja mirando a Elizabeth. ―Mi sobrina me ha dicho que usted es de Derbyshire, señor.
―Efectivamente, lo soy, señora. ¿Conoce el condado? ―Wickham se animó aún más con la atención.
―Pasé mi niñez allí, en la zona de Lambton.
El rostro de Wickham se ablandó con una sonrisa tan convincente que hasta un oficial francés se habría sentido atraído. ―Viví en una propiedad muy cerca de allí, Pemberley, si es que la conoce.
―En efecto. Uno de los lugares mas hermosos que he visto. No estábamos en modo alguno como para frecuentar a la familia de allí, pero oímos hablar mucho de su buen nombre mientras vivimos allí―. Los ojos de la tía Gardiner siempre brillaban cuando hablaba del hogar de su niñez.
―Tuve el privilegio de vivir en Pemberley. Mi padre fue administrador allí durante muchos años, que en paz descanse.
―Entonces usted fue muy afortunado. ¿Ha estado allí recientemente?
―Muy poco desde la muerte del viejo señor Darcy. Aunque el viejo señor Darcy era un hombre muy bueno y amable, y muy cordial conmigo, pero me temo que su hijo no heredó los nobles rasgos de su padre―. Miro a Elizabeth, con tanto sufrimiento en los ojos, que los de ella se empañaron.
Ella le hizo un gesto con la cabeza para que continuara. Seguramente a la tía Gardiner le interesaría escuchar su relato en toda su plenitud.
―No deseo agobiarla con historias que podrían desanimarla en esta magnífica ocasión. Hablemos de lo que tenemos en común. ¿Conocía usted al viejo boticario de allí? Creo que era el señor Burris.
―Era uno de los favoritos de mi padre.
―Del mío también―. Aunque Wickham había estado poco allí desde hacia cinco años, aún estaba en su mano proporcionarle información más fresca sobre sus antiguos amigos de la que ella había podido procurarse.
No tardaron demasiado en pasar del recuerdo de la sociedad compartida a una discusión sobre el carácter del viejo señor Darcy, a quien ambos elogiaban generosamente. Seguidamente, la conversación se centró en el actual señor Darcy y su escandaloso y despiadado trato hacia Wickham.
―Le concedo que recuerdo que se hablaba del joven señor Darcy como de un muchacho muy orgulloso y de mal carácter, pero las acusaciones que usted presenta son bastante alarmantes, señor. Me sorprende que no haya podido ejercer algún tipo de influencia sobre él.
―Si eso fuera posible, señora, probablemente sería mejor para mí. Sin embargo, la verdad es que todavía tengo a su padre en demasiada alta estima como para poder actuar en contra de su hijo. La idea de causarle dolor al viejo señor Darcy es demasiado perturbadora como para soportarla.
―Pero seguramente usted debe considerar cómo el comportamiento de su propio hijo lo angustiaría. Podría haber estado muy complacido de ver su mejoría. Sé que así sería si se tratase de uno de mis propios hijos acusado de tal crueldad―. Los ojos de la tía Gardiner se entrecerraron ligeramente.
―Puede que usted tenga mucha razón, pero seguro que se da cuenta de que no soy la persona adecuada por posición o inclinación para corregir a un hombre así. No deseo entrar en una esfera a la que no estoy destinado. Por lo tanto, seguiré como hasta ahora, agradecido por los amigos que aún tengo a mi alrededor. Tengo la suerte de contar con partidarios incondicionales.
―Me lo imagino―. La tía arqueó elegantemente una ceja. ―Usted demuestra una gran tolerancia, todo un modelo de caballero.
El tono de la tía era un poco cortante. Elizabeth trató de captar su atención, pero la tía miró por encima del hombro de Elizabeth.
Elizabeth miró hacia atrás. Jane y la tía Philips se acercaron.
―¿Estás disfrutando de tu visita, hermana? ¿No es encantadora la compañía de esta noche? ―La tía Philips extendió las manos hacia la tía Gardiner, pero miró a Elizabeth con el ceño fruncido.
La tía Gardiner tomó las manos de la tía Philips y besó sus mejillas. ―En efecto, lo es. Pero siempre apreciamos la hospitalidad en Longbourn, no podría esperar otra cosa.
―Señor Wickham, es especialmente agradable verlo a usted y a los otros oficiales aquí también esta noche. Hemos echado de menos su compañía últimamente―. La tía Phillips entornó los ojos, una expresión extraña para una mujer de su edad.
―Lamento cualquier incomodidad que haya podido causar, pero me honra que se haya notado mi ausencia―. Wickham se inclinó de hombros.
―Por supuesto, lo fue, por supuesto que lo fue. Me complace ver que tú, señorita Lizzy, no estás por encima de mantener una compañía tan sencilla con nosotros esta noche―. El labio de la tía Phillips se curvó igual que el de mamá cuando se enfadaba.
Elizabeth había visto mucho esa expresión últimamente.
―¿Qué quieres decir? ―El tono meloso de la tía Gardiner era conocido por aplacar tanto a niños cansados como a adultos maleducados. ―Elizabeth es siempre una compañía resplandeciente.
―En la compañía que se digna a mantener, por supuesto que lo es. Es posible que su opinión de sí misma haya crecido un poco más de lo debido.
El rostro de Elizabeth se enfrió, pero sus mejillas ardían.
Mamá irrumpió en la habitación. ―¿Vamos todos a cenar?
―¿Puedo escoltarla, señorita Elizabeth? ―El señor Wickham le ofreció su brazo.
Elizabeth murmuró algo, hizo una reverencia hacia sus tías y tomó el brazo del señor Wickham.
―Se lo agradezco―. Las palabras apenas salieron de su garganta apretada. ―Le ruego que disculpe la poco delicada elección de conversación de mi tía.
―¿Qué elección poco delicada, señorita Elizabeth? No cree que su conversación se reflejó en usted de alguna manera, ¿verdad? He descubierto que cuando la gente recurre al diálogo, que algunos pueden considerar desagradable, la mayoría de las veces es atribuible a una indigestión.
Elizabeth soltó una risita en voz baja.
―Tal vez sería prudente sugerirle a su tía de que tenga unas palabras con su cocinera. Un cambio en la dieta podría ser lo que aliviará su malestar y mejorará su disposición general. ¿Ve cómo su esposo tiene la cara roja y se lleva la mano a la barriga? Me atrevería a decir que él también puede estar sufriendo de indigestión, y que la culpa es de su cocinera y de nadie más.
Al parecer, el señor Wickham no vio o prefirió no ver a mamá al lado del tío Philips, hablando con gran animación y lanzando miradas de reojo hacia Elizabeth.
―Se lo sugeriré―. Ahora le resultaba más fácil pronunciar las palabras. Elizabeth forzó los labios en algo parecido a una sonrisa.
―Ah, esa es una expresión mucho más adecuada para usted, señorita Elizabeth. La infelicidad no le sienta nada bien.
―Parece difícil ser infeliz en su presencia, señor. ¿Se ocupa usted de ahuyentar a esos espectros dondequiera que aparezcan?
―Desde luego que sí, ¿qué mejor ocupación en la vida que llevar la felicidad allá por donde voy?
Que cierto, y que diferente al señor Darcy. Manteniendo tal disposición a pesar de las grandes injusticias y pruebas a las que se había enfrentado. En verdad el señor Wickham era demasiado bondadoso.
A pesar de todos los alborotos de mamá, había preparado una de las mejores mesas del condado. La luz de las velas brillaba en los espejos y el cristal, llenando cada rincón del comedor de una calidez resplandeciente. La mesa y los aparadores gemían bajo el peso de los platos repletos de fragantes ofrendas. El enorme ganso, cocinado por el panadero local ya que no habría cabido en el horno de Longbourn, yacía cerca del lugar de papá, esperando a que lo trinchara. A Elizabeth se le hizo la boca agua. Nada sabía como un ganso de Navidad.
Wickham le tendió la silla y se sentó a su lado, ignorando cortésmente la mirada enfadada de Lydia. Pero ¿por qué iba a enfadarse? Con Denny a un lado y Sanderson al otro, no era como si le faltara compañía y conversación.
Mamá se sentó muy derecha y tocó una campanita de plata. La puerta se abrió de golpe y apareció Hill, sosteniendo en alto una bandeja con cabeza de jabalí asada. Le temblaban los brazos bajo la enorme ofrenda.
Denny y Sanderson se levantaron de un salto, casi tirando sus sillas al suelo, y corrieron en su ayuda. Juntos hicieron un bonito espectáculo llevando el último plato a la mesa. Aunque mamá fulminó a Hill con la mirada, parecía muy complacida por los esfuerzos de los oficiales y se acomodó en su confortable papel, presidiendo la mesa.
Wickham se inclinó hacia ella. ―Hacía bastante tiempo que no disfrutaba de semejante banquete navideño.
―Entonces espero que aproveche todas las oportunidades que se le presenten para disfrutar de éste.
Él le sirvió del plato de papas asadas que estaba cerca. ―Ciertamente lo haré y lo guardaré en mi memoria para atesorarlo contra tiempos que pueden ser mucho menos agradables.
―Estoy segura de que es difícil pasar la Navidad lejos de casa y de la familia. La milicia les exige mucho.
―Me parece que devuelve tanto como exige. No es nada desagradable para uno en mi estado. Las penurias no se comparan en absoluto con las que sufrí la primera Navidad tras mi destierro de Pemberley.
―¿Destierro?
―Puede que esa sea una palabra demasiado fuerte. No sirve ser tan melodramático―. Inclinó la cabeza. ―Debe perdonarme, pues es el tema de algunos recuerdos difíciles. La Navidad en Pemberley fue una época maravillosa, llena de calidez y generosidad. Mi familia era invitada a cenar con el amo. Dos lacayos llevaban un jabalí asado, ganso, venado y ternera asada. Estoy seguro de que por lo menos era comida para un mes para mi pequeña familia, todo traído a la mesa a la vez―. Cerró los ojos y se lamió los labios.
―Me imagino que uno podría echar de menos tal extravagancia.
―Por favor, no piense que pretendía menospreciar la maravillosa hospitalidad que ofrece Longbourn. En absoluto. Me ha recordado días mucho más felices, y estoy muy agradecido.
La campana de plata de mamá volvio a sonar, y Hill, la criada, y las dos criadas empleadas precisamente esa noche se apresuraron a servir el primer plato. Las fuentes y los platos usados desaparecieron junto con el mantel. Las fuentes del segundo plato llenaron la mesa vacía y ante ellas apareció vajilla limpia. En medio de los esfuerzos del personal, la tía Gardiner llamo su atención, inclinó la cabeza hacia Wickham y enarcó las cejas.
Elizabeth se permitió un atisbo de sonrisa y se encogió de hombros. Era una compañía muy agradable. ¿Qué podía esperar?
Mamá anunció los platos, pero la bandeja de pasteles de carne picada no necesitaba presentación.
Wickham le puso un pastel pequeño en el plato, junto con mantequilla negra y manzanas especiadas. La primera tarta picada de las Navidades siempre era agradable, pero de algún modo no sería nada comparada con las que se harían más tarde con las sobras del banquete navideño.
La campana de mamá volvió a sonar y ella se escabulló del comedor. Hill rodeó la habitación, apagando velas hasta que sólo quedó una en cada esquina.
Aunque mamá repetía este ritual todos los años, de algún modo el flamante pudín que entraba en la bandeja de plata, sostenido en alto en los brazos de mamá, nunca perdía su encanto. Las llamas azules del coñac, brillando y multiplicándose en los espejos y el cristal, proyectaban sombras danzantes a lo largo de la pared convirtiendo el comedor, durante esos breves instantes, en un mágico país de las hadas.
Las llamas se extinguieron demasiado pronto. Hill y la criada se apresuraron a encender de nuevo las velas y el mundo normal reapareció con mamá de pie sobre una gran bala de cañón de pudín de ciruela. Lo partió y sirvió generosas porciones.
―¡Cuidado con los amuletos! ―La sonrisa de mamá parecía forzada y apartó la mirada de Elizabeth.
Que mejor manera de recordarle a mamá las transgresiones de Elizabeth que el pudín preparado cuando ella todavía albergaba esperanzas en el señor Collins. Por favor, que no encontrara el anillo, o mejor aun, ningún amuleto en su pudín. Un nuevo indicio de mamá no seria nada bueno.
Elizabeth contuvo la respiración mientras los presentes degustaban el pudín. Pesado, dulce, especiado y saturado de brandy, era el sabor de la Navidad y de la familia.
El tío Gardiner se rio a carcajadas. ―¿Qué hago yo con esto? ―Levantó un pequeño dedal.
―Considéralo un ahorro, querido―. La tía Gardiner le guiñó un ojo.
Gracias a la Providencia que Mary se salvó de ese signo que Lydia habría declarado que presagiaba soltería.
Lydia chilló. ―¡Tengo la moneda! Tendré una fortuna.
Papá murmuró algo, pero Elizabeth no pudo entenderlo. Probablemente fue mejor así.
Wickham apartó limpiamente su rebanada con cuchillo y tenedor. Hincó el cuchillo y lo levantó para revelar un brillante anillo que colgaba de la hoja.
―¡Ahora lo has hecho, Wickham! ―Sanderson lo señaló, riéndose.
―Yo que tú no iría presumiendo de eso―. Denny se echó hacia atrás y levantó las manos abiertas. ―Pero hagas lo que hagas, mantenlo bien lejos de mí.
―Así que se casará este año, señor Wickham―. Mamá parecía demasiado complacida.
Si hubiera existido alguna forma de alcanzar ese fin intencionadamente, Elizabeth habría pensado que mamá había fabricado ese resultado. Pero tal cosa no era posible. Sin embargo, la manera petulante en que se acomodó en su asiento y se zampó su propio pudín hizo que se planteara la pregunta.
―Pueden amenazar todo lo que quieran―. Wickham retiró el anillo del cuchillo y lo sostuvo a la luz de las velas. ―Pero no le temo a este inocente anillito.
¿Acaba de guiñarle un ojo? ¿A ella?
El calor se deslizó por la cresta de sus mejillas, pero las cejas de la tía Gardiner bajaron un poco sobre sus ojos y arrugó la frente.