
Caroline Bingley le escribe a Jane
Por Monica Fairview
Traducido por Cristina Huelsz
Diciembre 18, 1811
Caroline se encontraba en el salón de la casa de los Hurst en xx Square cuando sonó la campana de la puerta.
«¿Quién puede ser?», se preguntó Luisa Hurst, con los ojos brillantes ante la perspectiva de algo inesperado. Llevaba media hora jugando con sus pulseras mientras ojeaba las últimas novedades en moda, bostezaba y parecía aburrida. Su esposo, el señor Hurst, estaba en una posición reclinada como de costumbre, profundamente dormido.
El corazón de Caroline dio una pequeña sacudida al oír la inconfundible voz del señor Darcy. Se quedó mirando hacia la puerta con impaciente expectación. Transcurrió una eternidad, pero por fin oyó la familiar pisada.
―El señor Darcy ―anunció el mayordomo.
Caroline mostró su mejor sonrisa, pero cuando entró el señor Darcy, ella tuvo que reprimir su expresión para ocultar su consternación. Darcy estaba pálido y su aspecto era inusualmente descuidado.
―¿Señor Darcy? ―No pudo evitarlo. Sus palabras surgieron como una pregunta.
Ella lo consideraba un modelo a seguir, y se esforzaba por imitar cada aspecto de sus modales, desde la forma en que hablaba hasta la manera en que se movía. Incluso intentó practicar la misma caligrafía, tratando en vano de reproducir sus trazos perfectamente uniformes, la pulcra inclinación de sus letras, la forma en que formaba las «t» y las «l» con tanta eficacia de movimientos. En todos los sentidos, era un perfecto caballero. Y ella no era la única. Su hermano Charles no dejaba de envidiar la forma en que el señor Darcy llevaba su cravat alineado con su camisa almidonada. Charles había pasado interminables horas frente al espejo antes de conseguirlo.
En otras palabras, el señor Darcy siempre había encarnado la imagen de un perfecto caballero.
Pero hoy no. Un caballero no salía de su casa sin afeitar. Además, el cravat del señor Darcy era una desgracia. Colgaba como si fuera un trapo. Y como si eso no fuera suficiente, ella tuvo que apartar la mirada rápidamente cuando se dio cuenta de que el tercer botón de su chaleco estaba desabrochado. El botón la distrajo. Sus dedos se agitaron y quizo estirar la mano para poner las cosas en su sitio. Por supuesto que sería muy impropio tocar a un caballero. Se sumió en una agonía de indecisión, tratando de determinar si debía mencionar el botón.
Pero no. No era de buena educación señalar que su aspecto no era perfecto.
―¿Le gustaría tomar asiento, señor Darcy?
Él asintió distraídamente y se sentó. Caroline tuvo la sensación de que ni siquiera se había dado cuenta de que ella estaba ahí. Caroline pensó que él siempre estaba consciente de lo que le rodeaba, excepto hoy. Su instinto le decía que algo andaba muy mal.
No podía fingir que todo era normal. ―¿Qué sucede, señor Darcy? ¿Le ha ocurrido algo a su hermana?
Él entrecerró los ojos. ―¿Georgiana? No, no, en absoluto. ¿Por qué lo pregunta?
Complacida de tener por fin toda su atención, le dedicó su mejor sonrisa. ―Usted siempre es tan bueno con ella. Qué buen hermano es usted.
¿Debía preguntarle si estaba preocupado por algo? ¿Le molestaría que ella se hubiera dado cuenta de sus emociones, o preferiría que no lo hiciera? Ella quería demostrarle que era sensible y perspicaz, y que podía confiar en su discreción. Quería que confiara en ella. Sin embargo, ¿cómo iba a desahogarse con Caroline cuando Luisa los estaba vigilando como un halcón?
Seguramente había venido aquí por una razón. Tal vez necesitaba alguien con quien hablar, y sólo necesitaba que lo animaran.
―No puedo evitar sentir que algo le preocupa.
―Estoy preocupado ―dijo Darcy, apretando con fuerza la silla. Parecía que estaba a punto de decir algo, pero luego sacudió la cabeza. ―Estoy preocupado por su hermano.
Se sintió decepcionada. Sus instintos de mujer le decían que algo más estaba pasando, pero quizás era mejor no confirmarlo.
Tal vez se lo estaba imaginando. Después de todo, el señor Darcy siempre había tomado a Charles bajo su protección. Era comprensible que estuviera molesto por el incidente de Netherfield. Bingley había sido un completo idiota. Estaba segura de que, si se hubieran quedado un día más, Bingley se le habría declarado a la señorita Jane Bennet y eso habría sido un desastre.
Por suerte, Caroline y el señor Darcy pensaban lo mismo. Se habían puesto de acuerdo y habían evitado que eso sucediera. Charles era terriblemente impulsivo, a diferencia del señor Darcy, que siempre mantenía la cabeza fría.
―Es usted muy amable con mi hermano, señor Darcy. Lo salvó de un futuro miserable.
El señor Darcy asintió distraído. ―He venido buscando a su hermano, pero veo que no está aquí―. Comenzó a ponerse de pie, y el estómago de Caroline dio un pequeño pellizco. Ella quería mantenerlo aquí el mayor tiempo posible. La sensación de que algo iba mal no había desaparecido.
―Mi hermano llegará en cualquier momento ―dijo ella.
Luisa hizo un ruido. Caroline empezó a hablar rápidamente para evitar quesu hermana revelara que Charles no pensaba llegar sino hasta la cena.
―Mientras tanto, pediré té y aperitivos mientras usted lo espera ―dijo ella en voz alta. Le lanzó a Luisa una mirada que decía «No te atrevas a decir nada».
Caroline no se sintió culpable por la mentira. Era mejor fingir que darle al señor Darcy la oportunidad de cometer una tonteria. Sus instintos gritaban mas fuerte que nunca. No quería reconocer la razón, ni siquiera para sí misma. Le preocupaba que si lo pensaba, se haría realidad.
Todo lo que sabía era que tenía que trazar una línea roja bajo la posibilidad de que el señor Darcy o Charles regresaran a Pemberley. Sólo había una forma de evitarlo.
―Creo que lo único que puede hacerse es que Charles renuncie a Netherfield. Mientras tenga un lugar al que volver en Meryton, existe la posibilidad de que se sienta tentado a regresar.
La expresión del señor Darcy cambió. Al principio, algo parecido al pánico cruzó por su rostro. Parecia que iba a argumentar en contra, pero luego su rostro se iluminó.
―Estoy totalmente de acuerdo. Él no debe caer en la tentación. La única manera de que se mantenga firme es que abandone por completo la idea de regresar a Neverfield.
El señor Darcy se puso en pie y comenzó a pasearse por la habitación.
Un repentino destello de esperanza apareció en el corazón de la señorita Bingley. Se le secó la boca. ¿Existía alguna otra razón para su extraño comportamiento, algo que tuviera que ver con Caroline? Seguramente no. ¿Podría ser? ¿Acaso pretendía…?
―Señorita Bingley ―dijo él.
Caroline apretó las manos temblorosas. Este era el momento, el momento que ella había estado esperando durante tanto tiempo.
―Señorita Bingley ―dijo él de nuevo.
Dígalo, deseó Caroline. Dígalo.
―He decidido que usted debe escribirles una carta.
―¿Una carta? ―lo miró boquiabierta -aunque nunca se quedaba boquiabierta- tratando de encontrarle sentido a sus palabras. Su corazón se desplomó. Controló su decepción con dificultad.
Tonta, tonta, se dijo a sí misma.
―¿Escribirle a quién, señor? ―preguntó, luchando por mantener la amargura fuera de su voz. Después de todo, su primer instinto era correcto. ―Seguramente se burla de mí. Usted es el corresponsal más experimentado. Escribe cartas tan encantadoras.
―Yo no puedo escribirle a los Bennet ―comentó el señor Darcy. ―Sería inapropiado.
Ella se contuvo para no mostrar ninguna expresión, pero por dentro su corazón era como el plomo.
―Me temo que me ha confundido, señor Darcy. No lo entiendo.
Darcy se llevó una mano a la frente y se acercó al sillón.
―Usted debe escribirle una carta a la señorita Bennet ―le dijo con urgencia. ―Ella estará esperando que su hermano regrese a Netherfield. Usted debe dejar las cosas totalmente claras. No regresaremos a Netherfield. Debe apartar de la mente de la señorita Bennet cualquier expectativa o deseo de tal posibilidad.
Seguramente una carta así no requería tal agitación. ¿Por qué se preocuparía por los sentimientos de la señorita Bennet?
A menos que la carta pretendiese transmitir algún otro mensaje.
¿Así era, entonces? Veintiún años en este mundo le habían enseñado a la señorita Bingley que el instinto de una mujer siempre es el correcto. Entonces supo que el mensaje no iba dirigido a Jane Bennet. Su propósito era aclararle la situación a Elizabeth Bennet.
Aun cuando el dolor la atravesaba, sintió una especie de feroz alegría. Era doloroso que el señor Darcy estuviera tan indeciso acerca de abandonar Netherfield. Llegar a esta decisión había sido un proceso difícil. Y alegría porque él estaba decidido a no regresar a Netherfield. Tenía la intención de dejar atrás todo este desagradable interludio. Se estaba despidiendo de Elizabeth Bennet.
―Escribiré la carta, señor Darcy ―respondió Caroline. ―Como siempre, usted tiene toda la razón. No podemos darle falsas esperanzas a la señorita Bennet respecto a mi hermano. No servirá de nada. Dígame lo que debo comunicarle y lo haré con gusto. Estoy siempre a su servicio, como bien sabe, señor Darcy.