Las historias jamás contadas, p. 37

Influenciando las opiniones de Bingley acerca de Jane

Por Kara Louise

Traducido por Cristina Huelsz

Diciembre 8, 1811

¿Realmente Darcy y Caroline se rebajaron a medidas tan retorcidas?

Darcy se paseaba de un lado a otro del salón esperando a sus invitados. Era consciente de que esta reunión no iba a ser fácil, pero debía hacerse. Rápidamente, a las dos en punto, el grupo de Bingley fue anunciado. Charles Bingley se adelantó jubilosamente a los demás y saludó a Darcy con un firme apretón de manos y una amplia sonrisa en el rostro.

―¡Cielos, Darcy! Puedo entender que mis hermanas me siguieran a la ciudad, pero sin duda tu llegada me ha tomado por sorpresa. Pero no me malinterpretes, ¡estoy encantado de verte!

―Gracias, Bingley. Fue desafortunado que ya te hubieras marchado cuando mi mayordomo me informó de que el asunto de Pemberley ya estaba resuelto y no era necesario que me desplazara hasta allá.

Darcy saludó a los demás y la señorita Bingley irrumpió en el salón. ―Buenas tardes, señor Darcy. Es un placer volver a verlo. ¿Se encuentra aquí su hermana? ¡Cómo nos gustaría verla!

―No, lo lamento, pero ella no se encuentra aquí.

La señorita Bingley miró a su hermano. ―Oh, ¿no es una lástima, Charles? Es una joven tan dulce. Debemos hacer planes para verla pronto―. Se giró hacia Darcy con una sonrisa entusiasta.

Darcy simplemente asintió con la cabeza y extendió su mano hacia las sillas y el sofá. ―Por favor, pasen y tomen asiento.

Bingley se acomodó en una silla, sentándose en el borde e inclinándose hacia adelante. ―Entonces, ¿cuándo decidieron venir a la ciudad?

―Empezamos a discutir sobre la envidia que sentíamos de ti, Charles, en una sociedad tan superior y… ―La señorita Bingley miró a Darcy en busca de confirmación―, …lo siguiente que supimos fue que habíamos decidido que todos abandonaríamos Netherfield al día siguiente y partiríamos hacia Londres.

Bingley les dedicó una breve sonrisa a su hermana y a su amigo. ―Pero Netherfield… yo esperaba regresar en uno o dos días.

―No hay necesidad de apresurarse para regresar, Charles ―comenzó diciendo la señorita Bingley. ―Todos coincidimos en lo mucho que extrañamos la excelente sociedad de aquí, que tanta falta nos hacía en Hertfordshire. Ha pasado demasiado tiempo.

―¿Cuándo crees que podríamos regresar a Netherfield? ―preguntó Bingley, pasando de su hermana al señor Darcy.

―No veo ninguna razón para apresurarnos en absoluto―. Darcy inhaló profundamente. ―Bingley, siendo sinceros, Netherfield era una casa decente en el campo, pero me temo que no resultaría ser una compra acertada. Debo coincidir con la señorita Bingley en que el vecindario carece de alguna clase de buena sociedad.

―¿Qué estás diciendo, Darcy? ¡Todo el mundo me pareció de lo más amistoso! ―Bingley miró fijamente a su amigo.

―Tal vez sea cierto, pero, por desgracia, encuentro que son simples campesinos. Nadie de gran estima vive en los alrededores. Debes empezar a pensar en aquellos con quienes te relacionas; no puedes tener como único criterio la mera amabilidad.

Un destello de inquietud cruzó el rostro de Bingley. ―Todos fueron buenas personas ―protestó.

―Lo son, Charles ―agregó la señorita Bingley. ―Pero en eso reside el problema. Eran simplemente buenos. Carecían de los contactos, la educación, el estatus al que estamos acostumbrados… al que tenemos derecho.

Bingley se volvió hacia Darcy. ―Entonces, ¿opinas que no debería hacer una oferta para comprar Netherfield?

―No creo que debas hacerlo.

De repente, Bingley se puso de pie y sacudió violentamente la cabeza. ―Pero ¿qué hay de la señorita Bennet? Debo regresar para continuar nuestra relación.

Darcy se acercó a él. Normalmente era un poco más alto que su amigo, pero ahora la distancia parecía mayor, ya que la postura de Bingley era ligeramente encorvada y la de Darcy muy erguida.

―¿Con qué propósito? ―preguntó Darcy, repentinamente sintiendo la boca seca.

―¿Con qué propósito? ¡Ella es un ángel! Es todo lo que he anhelado. Tengo la intención de pedirle…

―Bingley». Darcy lo contuvo colocando ambas manos firmemente sobre sus hombros y lo miró directamente a los ojos. ―Desde luego no considerabas a la señorita Bennet más que una encantadora distracción.

―¡Una encantadora distracción! ¡Por Dios, Darcy! ¡Ella era mucho más que eso para mí! ¿No ves lo enamorado que estaba de ella?

―Pero ¿acaso ella estaba tan enamorada de ti?

Los ojos de Bingley se entrecerraron mientras miraba de su amigo a su hermana y luego nuevamente a su amigo. ―Sí, creo que sí.

La señorita Bingley dio un paso al frente y, con una sonrisa astuta y condescendiente, dijo: ―Es cierto que ella es una joven muy dulce y amable, Charles, es la persona mas encantadora de todo Hertfordshire, pero… ―Miró suplicante a Darcy en busca de ayuda.

―Pero ¿que? ―insistió Bingley.

Darcy se dirigió a su amigo en voz baja, pero con fuerza. ―Bingley, me duele decirte esto, pero ella no mostró ningún aprecio hacia ti. Recibió tus atenciones muy cortésmente…

―¿Cortésmente? ―interrumpió Bingley, con el semblante enrojecido y todo su porte temblando. ―¡Todos ustedes están muy equivocados!

―Bingley, piénsalo. Llegaste a Hertfordshire y la distinguiste. Sin tener en cuenta sus lazos familiares, la consideraste digna de toda tu estima. Con la presión de su madre para asegurarle un esposo de al menos una fortuna moderada, ya que su hogar se encuentra vinculado, ella no tuvo otra opción que aceptar tus atenciones.

―¡No! ¡Es mucho más que eso! ―Bingley dirigió su atención hacia Louisa y su esposo, que habían permanecido sentados en silencio, observando las maquinaciones de Darcy y la señorita Bingley. ―¡Ciertamente ustedes notaron su admiración por mí!

Louisa levantó una ceja y negó con la cabeza. ―No, mi querido hermano, sinceramente no puedo decir que lo haya visto.

En un arrebato de frustración, Bingley golpeó la pared con el puño. ―No la conocieron tan a fondo como yo, ni captaron la admiración en sus ojos al hablar, la ternura de su voz o la calidez de su sonrisa. ¡Ella me ama! Estoy convencido de ello. ¡Y yo la amo a ella!

―Bingley, estoy dispuesto a admitir que tiene una naturaleza de lo más serena, pero hay algo más que considerar además de eso y de su angelical belleza―. Darcy se fortificó con una profunda respiración y continuó. ―Su madre la presiona continuamente para que se case con un hombre de fortuna, sus relaciones familiares no son nada, el comportamiento de su familia apunta una y otra vez a su mala educación, y ella cuestiona cada palabra que dices―. Sus ojos relampaguearon de ira.

Todas las miradas se giraron con asombro hacia Darcy, quién cerró los ojos al darse cuenta de su error garrafal.

―¿Cuestiona cada una de mis palabras? ―exclamó Bingley. ―¿Cómo puedes acusarla de semejante cosa? ―Se sentó, completamente agotado. Sacudiendo la cabeza, dijo en voz baja: ―Es que no la conocen. Ninguno de ustedes. No la conocen.

La señorita Bingley intervino mientras Darcy intentaba recuperar la compostura. ―Charles, puede que la señorita Bennet parezca ser todo lo que siempre has deseado en una mujer, pero ¿merece la pena correr el riesgo de contraer un matrimonio cuando el amor no es correspondido?

El rostro de Bingley perdió toda expresión, palideció y bajó la vista al suelo. ―Yo… Yo… ―Negó con la cabeza y se pasó los dedos por el cabello. ―De verdad creía que ella me correspondía. ¿Cómo pude estar tan equivocado?

La señorita Bingley le dedicó una sonrisa triunfal a Darcy y luego se acercó a su hermano, posando ligeramente una mano sobre su hombro. ―Charles, a veces el amor puede cegarnos, y necesitamos que aquellos que nos quieren y se preocupan por nosotros nos hagan notar estas cosas cuando nosotros mismos no podemos verlas.

Darcy dio un paso hacia atrás y se apoyó en la pared. El fuego de sus ojos se vio repentinamente desplazado por un dolor y una angustia abrasadores. A pesar de la aparente victoria, lo invadió una sensación de derrota y resignación al darse cuenta de que sentía tanta tristeza por haber perdido a la señorita Elizabeth como su amigo por haber perdido a la señorita Bennet.

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