Las historias jamás contadas, p. 36

El señor Collins y su amor exitoso

Por Diana Birchall

Traducido por Cristina Huelsz

El señor Collins no se quedó mucho tiempo en la silenciosa contemplación de su exitoso amor. ~Orgullo y prejuicio

Diciembre 1, 1811

Al enterarse del resultado de la entrevista entre el señor Collins y su hija, la señora Bennet se apresuró a dirigirse a la biblioteca de su esposo para protestar e insistir en que Lizzy contrajese matrimonio con el señor Collins. Mientras los tres conversaban sobre el asunto, el señor Collins, que había quedado solo en el comedor, dispuso de algún tiempo para considerar su demanda. Era cierto, pensó, que si Elizabeth continuaba negándose, al planteársele la cuestión una segunda y quizás incluso una tercera vez, él se vería obligado a admitir que ella era, en verdad, una joven testaruda y obstinada, que no conocía su propia suerte al haber sido elegida por él entre tantas otras jóvenes, incluyendo a sus propias hermanas. Sin embargo, no podía admitir la posibilidad de que fuera tan tonta por más de un momento. En primer lugar, su capacidad de observación, que no era muy aguda, era al menos lo bastante tolerable como para darse cuenta de que Elizabeth era, con diferencia, la más ingeniosa y brillante de las hermanas. Dudaba de que su inteligencia fuese necesaria o complaciera a Lady Catherine; pero sin duda, una vez casada, se sometería, como debe hacer una buena esposa, a la voluntad de su esposo y se volvería tranquila y obediente. Además, su madre le había asegurado que sólo era tonta y testaruda en asuntos como éste, y él estaba perfectamente dispuesto a atribuir su reticencia a la modestia de una doncella y a creer en su verdadera bondad.

El señor Collins había estudiado Lógica en Oxford, y mediante razonamientos y deducciones semejantes, llegó, tan rápidamente como se lo permitía el lento funcionamiento de su mente, a la conclusión lógica: Elizabeth no persistiría en rechazarlo. En ese mismo momento, su respetado padre debía de estar hablando con ella para hacerla entrar en razón y obedecer. Con la seguridad de un final feliz y de una prometida bonita y vivaz, el señor Collins llamó al sirviente para que le trajera material de escritura, y allí, en el comedor, compuso alegremente una carta dirigida a su patrona, Lady Catherine de Bourgh. Firmando con floritura y sellándola, se la entregó al sirviente con instrucciones de llevarla al correo de inmediato, y le dio, en el desbordante orgullo de su corazón, seis peniques extra para acelerar su envío.

Esta importante carta fue escrita y enviada en la mañana del miércoles, veintisiete de noviembre; y como el criado la echó en el correo de la mañana, la carta fue recibida en Rosings, a más tardar el viernes, y puesta en manos de Lady Catherine. En ausencia del párroco, aquella dama había considerado muy loable y sensato dedicar la mañana a inspeccionar las cabañas, para cerciorarse de que todo en su interior marchaba correctamente. Como su hija no era lo bastante fuerte para semejante expedición, la señora Jenkinson se quedó con ella, pero Lady Catherine salió en un grupo que incluía a su gran amiga Lady Metcalfe, a sus dos hijas, Annabella e Isabella, y a su institutriz, la señorita Pope.

Se había corrido la voz en el pueblo de que las damas estaban fuera y al acecho, y la gente entró en pánico. Algunos cerraron las puertas a cal y canto y fingieron no estar en casa. A algunas amas de casa se les ocurrió volver a saltar a la cama, subirse las mantas a la cabeza y fingir estar enfermas. Otras recogieron a sus hijos y huyeron a toda prisa al mercado. Por lo tanto, Lady Catherine y Lady Metcalfe se quedaron bastante sorprendidas al encontrar una cabaña abandonada, con el fuego aún ardiendo alegremente en el hogar; otra con los taburetes volcados, los niños jugando y ninguna ama de casa a la vista; y en una tercera cabaña, una mujer aparentemente expirando de una dolencia en el pecho, pues apenas podía respirar.

Lady Catherine abrió la puerta de golpe. ―¡Mi buena mujer! Lady Metcalfe, ¿había oído usted alguna vez semejantes jadeos? Debe de estar muriéndose. Tírele agua, Annabella, ¿quiere?

―¿Quién puede ser? ―preguntó Lady Metcalfe, que era muy corta de vista. ―¡Pobre mujer! Esto es espantoso.

―Es la casa de los Swanson, ¿no es así, Harrison? ―Lady Catherine se dirigió a la institutriz. ―Sí, creo que sí; Swanson es el carpintero, y debe estar en su taller, o fuera haciendo algún trabajo. Mi buena mujer, ¿puede usted hablar? ¿Dónde está su esposo?

―Se ha ido ―fue el débil susurro. ―Me ha abandonado, y a todos mis hijos.

―¿La ha abandonado? No tenía por qué hacerlo. Hablaré con él y se comportará mejor en el futuro, si es que desea volver a trabajar en Rosings. Pero ¿por qué, en su ausencia, ha mantenido usted esta cabaña tan desordenada? Hace una semana que no se barre el suelo―. Lady Catherine pasó un dedo enguantado en seda por la tosca repisa de madera de la chimenea. ―¡Bah! Ya me lo imaginaba. Hollín, negro como la noche. Una desgracia. No me extraña que le cueste respirar. La enfermedad no es excusa para la negligencia. Debe levantarse y vestirse inmediatamente, señora Swanson, siguiendo mis órdenes, y ponerse a trabajar de inmediato.

―Ya está vestida, Lady Catherine ―señaló Isabella.

―¡Santo cielo, así es! ¿Qué puede significar esto? ¿Está fingiendo la desdichada criatura? ―Lady Catherine se acercó a la cama y miró dentro del montón de mantas. Con un rápido movimiento, las apartó, revelando a una campesina completamente vestida, con delantal, botas y todo. Saltando de la cama, la mujer cayo de rodillas ante ella.

―Le ruego me disculpe, señora ―le suplicó―, sólo estaba tumbada porque me sentí muy mal. Jem -es decir, mi esposo- se marchó antes del amanecer diciendo que tenía un trabajo a tres millas de Hunsford, y tengo la terrible sospecha de que está con una mujer de allí.

―Así es, así es ―dijo Lady Catherine con gravedad. ―Yo me ocuparé de eso, con la suficiente rapidez. Harrison, cuando volvamos a Rosings, enviará a un hombre tras este obrero obstinado. Señora Swanson, no es momento de andarse con rodeos. Sus hijos tienen hambre, y veo aquí algunas papas. Debería hervirlas, pero no las sirva solas; los niños necesitan un alimento más nutritivo. ¿Tiene algo de carne a la mano?

―No señora, nada, mi hombre no me ha dejado dinero en estos últimos diez días, ya ve ―protestó ella hoscamente.

―No importa. Envíe a su hijo mayor… tú, corre a la carnicería, de inmediato, y dile que le traiga a tu madre una libra de carne, con los saludos de Lady Catherine―. Se volvió rápidamente hacia la mujer que se lamentaba. ―Puede pagarlo más tarde cosiendo para mí. Ahora, venga, Lady Metcalfe, quiero llegar al fondo de la extraña apariencia de algunas de estas otras cabañas.

Apenas estaban a tres pies de la puerta de la señora Swanson, cuando un criado de Rosings se acercó corriendo, con una carta en la mano.

―¿Qué es esto, Morton? ¿Qué ocurre?

―Una carta urgente, señora, del párroco, y el ama de llaves me ha dicho que corriera a buscarla a usted ―jadeó él.

―¿Una carta? ¿Del señor Collins? ―Ella le dio la vuelta, frunciendo el ceño. ―Seguramente eso podría haber esperado. ¿Qué tiene que decir el señor Collins? Se le espera aquí mañana. Espero que no haya escrito para posponer su regreso.

―Ábrala y vea ―prosiguió Lady Metcalfe. ―Confieso que tengo curiosidad.

―Muy bien―. Lady Catherine abrió el fino sello, y después de examinar la carta por un momento, exclamó. ―¡Santo cielo! Ya ha encontrado una esposa.

―¿El señor Collins, casado? ―exclamó Lady Metcalfe.

―No, no. Se la leeré.

Residencia Longbourn, cerca de Meryton.

A la Muy Honorable Lady Catherine de Bourgh,

Su Señoría me perdonará por dirigirme a usted de una manera tan inesperada y atrevida, que puede no ser propia de mi posición, pero que me parece que el cargo de clérigo en la Iglesia de Inglaterra es igual al más alto del país, siempre que sus deberes se lleven a cabo con el espíritu de humilde abnegación que siempre acostumbro a practicar. Creo que no presumo demasiado al suponer que usted mostrará toda la amabilidad que ya he recibido de usted al recibir las noticias que voy a comunicarle. He encontrado a la joven que he designado para que sea mi esposa; y cuando regrese a Kent el sábado, espero estar en la feliz situación de un hombre comprometido. La joven aun no ha aceptado del todo mi propuesta, lo cual es natural, por su modestia y timidez; pero en este momento se encuentra con su padre, y no dudo de que saldrá de su santuario portando las órdenes que la harán consentir en ser mi esposa.

Esta joven, que se unirá a mí tan pronto como sea posible, es la segunda hija de mi primo, el señor Bennet, de quien usted sabe que tengo el honor de ser su heredero por vínculo; y aunque su fortuna es insignificante, se trata de un vínculo muy estimable. Y la señorita Elizabeth compensa su falta de riqueza con todas las cualidades que hacen de ella una verdadera dama y digna ayudante. Tiene ingenio y vivacidad para cautivarme y alegrar nuestro círculo junto a la chimenea en Rosings, si se me permite presumir de ello; pero también posee las virtudes de la economía, la prudencia y la obediencia, así como juventud, buena salud y una capacidad para el trabajo duro que se adaptará perfectamente a la situación de esposa de un clérigo. Por lo tanto, solicito su aprobación para pedir su mano y espero una pronta aceptación por parte de la joven, de la que puede usted estar segura de que le comunicaré la feliz noticia el sábado.

Sigo siendo su devoto, honrado y obediente servidor, William Collins.

―¡Vaya! Eso es notable ―terminó diciendo Lady Catherine secamente.

―¡Mm! Muy apropiado, supongo ―dijo Lady Metcalfe.

Lady Catherine se dio cuenta de lo mismo, y guardando la carta en su bolso, subió al carruaje y le indicó al cochero que las llevara a casa de inmediato. Hablaron de la notable carta durante todo el resto de la húmeda tarde.

El señor Collins regresó a Hunsford a última hora del sábado y las damas no lo vieron hasta la iglesia el domingo por la mañana. Por lo tanto, no tuvieron oportunidad de hablar con él hasta que le estrecharon la mano después de oficiar, lo cual no hubiera parecido el mejor momento para hablar de asuntos seculares, pero Lady Catherine consideraba que el matrimonio era un sacramento y, por lo tanto, era un tema perfectamente apropiado para el domingo. Mientras él se inclinaba sobre su mano, ella condescendió a permitir que una sonrisa socarrona se dibujara en sus fuertes facciones.

―Creo, si no me equivoco, que hoy tendremos ocasión de felicitarlo, señor Collins.

Él levantó la vista, enrojeció violentamente y tartamudeó mientras asentía. ―¡Oh! Sí, sí. Así es. Soy el más feliz de los hombres, al haberme asegurado la mano y el corazón de mi amadísima Charlotte.

Lady Catherine parecía desconcertada. ―¿Charlotte? Disculpe, pero creía que su prometida se llamaba Elizabeth. La señorita Bennet, ¿no es así?

―No, no, ella es la señorita Charlotte Lucas, de Lucas Lodge. La hija de Sir William Lucas, el vecino de… mi primo, el señor Bennet.

―Aquí hay un error. Usted me escribió que estaba comprometido con la hija del señor Bennet. Estoy segura de ello. Aquí tengo la carta―. Ella elevó sus cejas muy marcadas con cierta sorpresa, e indicó su bolso.

―Sí, sí, sé que eso fue lo que le escribí, pero debo explicárselo -confidencialmente- la señorita Bennet no aceptó… y la señorita Lucas fue…

Se detuvo, confundido, cuando un hombre corpulento de unos cincuenta años se acercó con su esposa y un grupo de niños, extendiendo su mano.

―¡Un buen sermón, Collins, le aseguro! Mis saludos, Lady Catherine ―dijo con una reverencia.

―Buen día, Sir Basil ―respondió distraídamente Lady Catherine. ―Señor Collins, hablaremos de esto más tarde. Venga a tomar el té esta tarde, si lo desea ―le hizo una firme inclinación de cabeza, recogió sus faldas, a su hija y a su acompañante, y se dirigió hacia su carruaje.

―Sí, por supuesto, Lady Catherine ―la siguió con tristeza. Ya que el señor Collins aún temía darle a conocer las circunstancias de su compromiso, a pesar de lo feliz que se sentía por el éxito de su amor.

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