
Charlotte la confiesa a Elizabeth sobre su compromiso
Por Abigail Reynolds
Traducido por Cristina Huelsz
Noviembre 30, 1811
A Charlotte le quedaba una aterradora tarea: comunicarle a Lizzy la noticia de su compromiso. Su más querida amiga no podía haber dejado más claro que consideraba al señor Collins apenas digno de reconocimiento, y esta noticia sería un duro golpe para ella. La ansiedad de Charlotte por el acontecimiento se mezclaba con el fastidio; después de todo, casarse con el señor Collins sería prudente incluso si no tuviera otro incentivo que el deseo de independencia, pero Lizzy no lo vería así, y no tenía intención de humillarse contándole a su amiga toda la verdad.
De hecho, la reacción de Lizzy fue todo lo que Charlotte había temido. ―¡Tú comprometida con el señor Collins! Mi querida Charlotte… ¡imposible!
Este reproche fue tan fuerte que por un momento Charlotte no pudo evitar morderse el labio, preguntándose si debía contárselo todo a su amiga. Sólo recuperó la compostura al contemplar la injusticia de la reacción de Lizzy. Al parecer, después de tantos años de amistad, Lizzy seguía sin confiar en su juicio.
Charlotte levantó ligeramente la barbilla. ―¿Por qué debería sorprenderte, querida Eliza? ¿Te parece increíble que el señor Collins sea capaz de procurarse la buena opinión de cualquier mujer, porque no fue tan feliz como para tener éxito contigo?
Aparentemente Lizzy percibió el reproche en su voz, pues se sentó tranquilamente y respiró hondo antes de decir: ―Por supuesto que no, querida -fue simplemente que me tomaste por sorpresa. Por supuesto que me alegro por ti y te deseo toda la felicidad imaginable.
―Entiendo lo que sientes ―respondió Charlotte. ―Debes estar sorprendida, muy sorprendida, ya que el señor Collins deseaba casarse contigo. Pero cuando hayas tenido tiempo de pensarlo todo, espero que estés satisfecha con lo que he hecho. Sabes que no soy romántica. Nunca lo he sido, sólo pido un hogar confortable; y considerando el carácter del señor Collins, sus conexiones y su situación en la vida, estoy convencida de que mi oportunidad de ser feliz con él es tan justa como la que la mayoría de la gente puede presumir al entrar en el estado matrimonial―. Lizzy era demasiado joven e inocente para darse cuenta de que, comparado con hombres como el señor Willoughby y el señor Robinson, el señor Collins era un candidato a la santidad… o quizás Lizzy era lo suficientemente afortunada como para no haber sido nunca maltratada por un hombre.
Elizabeth respondió en voz baja: ―Sin duda.
En el incómodo silencio que siguió, Charlotte supo que Lizzy nunca lo entendería y que, muy probablemente, le echaría en cara esta decisión para siempre. ¿Acaso perdería a su amiga más querida como una consecuencia más de una noche de indiscreción? Pero una voz tranquila en su interior le recordó que su íntima amiga debería tener más fe en que ella sabía lo que estaba haciendo.