
El señor Collins se presenta con Sir William para pedirle la mano de Charlotte
Por Shannon Winslow
Traducido por Cristina Huelsz
Noviembre 29, 1811
El señor Collins no podía estar menos satisfecho de su propia elocuencia que de su efecto. Había conseguido su objetivo y, allí en el jardín, la amable Charlotte había prometido ser suya.
Cuanto más pensaba en ello, más seguro estaba de que su segunda elección había sido la correcta desde el principio, pues sin duda la señorita Lucas se ajustaba más a la descripción que su noble patrona había hecho de la esposa adecuada para él: una persona activa y útil, capaz de hacer rendir unos pequeños ingresos. Sí, Lady Catherine estaría encantada.
—¿Cuándo será el día en que me hagas el más feliz de los hombres? —le suplicó a su prometida cuando volvieron a entrar en la casa. —¡Di que será pronto, mi querida Charlotte!
Charlotte no pudo evitar sentirse halagada por la impaciencia de su amado. Pero en realidad, el señor Collins estaba pensando tanto en Lady Catherine como en sí mismo y en el triunfo que le esperaba cuando le presentara a su apropiada esposa.
—De verdad, señor Collins —dijo Charlotte en voz baja. —He dicho que seré tu esposa y lo seré, pero primero debes hacer dos cosas para satisfacer lo que es correcto en esta ocasión.
—Sólo nómbralas, mi amada.
—Debes prometerme mantener nuestro acuerdo en secreto en Longbourn hasta que yo misma pueda darle la noticia a la familia—. Aunque le costaría caro hacerlo, el señor Collins accedió obedientemente. —Y, por supuesto, debes hablar con mi padre. Estoy convencida de que no pondrá dificultad alguna, pero debe observarse la formalidad.
—¡Naturalmente! —El señor Collins se entusiasmó, aliviado al saber que esta segunda estipulación era más de su gusto. —No despreciaría a tu honorable padre por nada del mundo. Espero no adularme al decir que yo también sé cómo debe hacerse. Puedes confiar en mí, mi querida Charlotte, para mostrarle el respeto y la cortesía que él se merece.
—Muy bien. Entra en la biblioteca y le diré a mi padre que estás esperando para hablar con él.
Charlotte desapareció, y el señor Collins empleó los siguientes minutos a solas para organizar en su mente los refinados cumplidos y las palabras ceremoniales que emplearía cuando apareciera Sir William Lucas. Era el tipo de cosa que una persona podía esperar hacer sólo una vez y, por lo tanto, debía hacerse correctamente la primera vez.
—Señor Collins —dijo Sir William, sonriendo magnánimamente al entrar. —¡Qué alegría volver a verlo tan pronto! Mi hija me dice que es un asunto de cierta importancia el que lo trae esta mañana. Por favor, siéntese —lo invitó, señalando la silla más cercana.
El señor Collins declinó la oferta con firmeza, obligando así a su anfitrión a continuar también de pie. —Este es un asunto de demasiada importancia como para tomarme un descanso antes de tiempo —dijo a modo de explicación. —En realidad, mi querido señor, se trata nada menos que de la construccion de mi futura felicidad y, si me permite el atrevimiento», dijo con una exagerada inclinacion que pretendia dar la impresion contraria, «tambien la de su amable hija.
—¿De veras? ¿Cómo es eso? —preguntó Sir William, fingiendo más ignorancia de la que le correspondía en ese momento.
—Bien puede usted preguntar. Permítame iluminarlo, señor. Es simplemente esto. Me regocija decir que he sido tan afortunado como para procurarme el honor del favor de la señorita Lucas, y ahora suplico humildemente el honor de su bendición sobre nuestra unión también.
—¡Cielos! Esto es una sorpresa, aunque no desagradable, se lo aseguro, señor Collins. Había pensado que su interés iba en otra dirección. Eso es todo.
—Qué perspicaz es usted. Si bien es cierto que la conciencia me obligó a intentar alguna reparación a mis bellas primas…
Aquí, el señor Collins fue brevemente interrumpido por un ansioso Sir William, diciendo: —Naturalmente, naturalmente. Un hombre de su alto tono moral no podía hacer menos.
—¿Se refiere a Elizabeth? —adivinó Sir William. Un sobrio asentimiento de su invitado lo confirmó. —Tal vez ella es demasiado testaruda para su propio bien.
—Así lo ha demostrado. Pero no le guardo rencor -no, ciertamente no le guardo rencor- pues al final me ha prestado un gran servicio al liberarme para encontrar una compañera más afable en otra parte.
El señor Collins hizo una pausa de suspenso. Habiendo preparado hábilmente el escenario, instintivamente sintió que era el momento adecuado para empezar a avanzar hacia el clímax final. En seguida, adoptó sus maneras más señoriales y procedió.
—Mi querido Sir William, un caballero de su posicion -un caballero del reino y un hombre que una vez fue distinguido por el mismo rey- quizas tenga todo el derecho de esperar algo más que un humilde párroco rural para su hija. Aun así, me permito señalar que, aunque mi demanda pueda parecer modesta en un principio, no carece por completo de mérito. Usted conoce mi feliz relación con la noble familia de Bourgh y, por supuesto, mis perspectivas futuras en lo que respecta a la propiedad de Longbourn—. Aquí bajó la voz a modo de inciso. —Entendiendo que ese hombre es amigo suyo, así que no diré nada más al respecto. Sin embargo, confío en que una mujer que puede contar estas bendiciones entre los beneficios del matrimonio no tenga, en general, muchas razones para quejarse.
—No lo creo, mi querido señor Collins. ¡Creo que no! De hecho, debo decir que estoy muy complacido con la idea, y si Charlotte ha aceptado, ciertamente no me interpondré en su camino. Compartamos la feliz noticia con Lady Lucas de inmediato, ¿de acuerdo? Creo que puedo prometer que estará tan encantada como yo ante la perspectiva. ¡Estupendo, estupendo!
Sir William se apresuró a llamar a su esposa y a su hija, que casualmente habían estado esperando en el pasillo para tal eventualidad. Lady Lucas, que ya había captado la indirecta de Charlotte, comenzó de inmediato a expresar su alegría y sus optimistas esperanzas de que la alianza resultara muy afortunada para ambas partes.
Pronto toda la familia Lucas se unió a la celebración y cada uno de sus miembros se dio cuenta rápidamente de que quitarse de encima el peso de la inminente soltería de Charlotte mejoraría mucho sus propias perspectivas. Charlotte era probablemente la más serena de todos. Se le escapaba una emoción vertiginosa, pero en general estaba satisfecha con su labor del día.