Las historias jamás contadas, p. 33

Charlotte espera en Lucas Lodge

Por Abigail Reynolds

Traducido por Cristina Huelsz

Noviembre 29, 1811

Charlotte se abrigó con otro chal y volvió a sentarse en la ventana del salón de arriba. Los cristales de la ventana aún estaban cubiertos de escarcha. Hacía demasiado frío para sentarse tan lejos del fuego, pero servía para mantener a su familia a distancia. Sus hermanas menores estaban sentadas lo más cerca posible de la chimenea, y les costaba mucho trabajo llamarla cada vez que querían incluirla en la conversación.

Después de pasar tres días escuchando el exceso de verborrea del señor Collins, no estaba de humor para conversar con nadie. Rezó para que toda su atención no hubiera sido en vano. Anoche, después de cenar, pensó que él estaba a punto de proponerle matrimonio cuando divagó sobre sus esperanzas en la compañera de su vida. En el último momento había cambiado de tema, a pesar de todos los ánimos que ella le había dado, diciéndole lo afortunado que era en su posición, cómo cualquiera envidiaría su proximidad a Rosings Park, e incluso expresando su deseo de escuchar uno de sus sermones algún día. Podía entender cómo los reproches que Lizzy le había dado podían hacerla dudar, pero él debía partir de Hertfordshire al día siguiente, lo que significaba que ella sólo tenía una oportunidad más para llevarlo al punto de declararse. En cuanto se hiciera tarde, iria a Longbourn para hacer un ultimo esfuerzo.

No sabia que haria si fracasaba, a pesar de todas las horas sin dormir que había pasado tratando de resolver el asunto. Sus cursos deberian haber comenzado la semana pasada, y aunque no era raro que el tiempo variara para ella de un mes a otro, se estaba temiendo lo peor. La llegada del señor Collins en busca de esposa fue providencial. No conseguía que le gustara ni lo respetaba, pero podía tolerarlo, y él la alejaría de Meryton y de los ojos burlones de Willoughby. A él no parecía importarle mucho que ella fuera de rasgos sencillos, siempre y cuando lo halagara. Y él era una opción segura: no era lo bastante listo como para engañarla como lo había hecho el señor Robinson. También era lo bastante torpe como para que ella pudiera engañarlo haciéndole creer que era virgen si se aseguraba de que él bebiera antes unas copas de brandy nupcial. Podía gritar como si le doliera en el momento oportuno, y un alfiler escondido en la cama serviría para ayudarla a producir unas gotas de sangre para las sábanas. Pero primero había que conseguir que se declarara.

Justo entonces divisó una tenue figura que se acercaba por el camino. Un momento soplando en el cristal de la ventana para despejar la escarcha reveló que se trataba del propio señor Collins, a pesar de lo temprano de la hora. Una abrumadora oleada de alivio la invadió. No sería deshonrada; su familia no la abandonaría, dejándola en la calle. En lugar de eso, estaría respetablemente casada con un hombre de buenos prospectos, y cuando algún día regresara a Meryton, la posición que ocuparía como señora de Longbourn la pondría por encima de las preocupaciones sobre lo que Willoughby pudiera decir o hacer. Era la solución perfecta para su dilema.

Se lo pondría lo más fácil posible. Recogiendo su sombrero, se apresuró a salir por la puerta y se dirigió para su encuentro accidental en el camino.

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