
La declaración del señor Collins
Por Susan Mason-Milks
Traducido por Cristina Huelsz
Noviembre 27, 1811
Después del baile, la señora Bennet se desveló pensando en la boda de Jane con el señor Bingley. Él aún no se había declarado, pero después de dejar tan clara su preferencia por Jane en el baile de esta noche, sin duda era sólo cuestión de tiempo que lo hiciera. Que divertido seria comprar ropa nueva para la boda en Londres y, por supuesto, ¡su hija mayor ten[ia que tener la mejor! Aunque Netherfield era una gran casa, los muebles y las cortinas eran otra historia. Sin duda habría que cambiarlos, y Jane necesitaría su consejo sobre los colores, las telas y el estilo. La perspectiva la entusiasmaba cada vez más. No podía evitar aplaudir de alegría. La idea de tener una hija tan cerca era encantadora. Podría visitarla casi todos los días.
Cuando la señora Bennet se despertó a la mañana siguiente, la cabeza le palpitaba por la falta de sueño y, posiblemente, por el último vaso de ponche que se había bebido en el baile de la noche anterior. Mientras yacía distraídamente reflexionando sobre sus planes para la boda de Jane, percibió unos tentadores olores procedentes del piso de abajo y, siguiendo su olfato, se dirigió al comedor. Sí, un poco de café era justo lo que necesitaba para despejarse esta mañana.
Mientras tomaba un sorbo, hizo un inventario mental de la familia. El señor Bennet ya se había retirado a su biblioteca y probablemente no saldría en lo que quedaba de día. Jane y Lydia seguían en la cama, mientras que Elizabeth y Kitty se quedaban en el comedor hablando en voz baja -gracias a Dios- sobre el baile. ¿Y Mary? Oh, a nadie le importaba dónde estuviera, siempre y cuando se abstuviera de practicar hoy con el pianoforte. El ruido sería intolerable.
Habiendo terminado su primera taza de café, la señora Bennet estaba untando mantequilla y mermelada en un grueso trozo de pan cuando el señor Collins apareció y se dirigió a ella, solicitando una entrevista privada con la señorita Elizabeth. De repente, ¡todos sus sentidos se pusieron alerta! Lo había estado esperando durante los últimos días, ¡pero no esperaba que el señor Collins se le acercara esta mañana!
―¡Oh, cielos! Sí, desde luego. Estoy segura de que Lizzy estará muy contenta… estoy segura de que no tendrá ninguna objeción. Ven, Kitty, quiero que subas.
Tan sorprendida como estaba la señora Bennet por su solicitud, lo estaba aún más por la reacción de su segunda hija. Lizzy, con cara de asombro y confusión, le rogó a su madre y a Kitty que no la abandonaran. A la señora Bennet esto le pareció una respuesta extraña. Seguramente, luego de las atenciones del señor Collins durante los últimos días, su hija debía estar esperando su propuesta. Debería estar feliz de saber que él había solicitado una «entrevista privada». Cuando los ojos de Lizzy se entrecerraron en una de sus miradas desafiantes, y pareció dispuesta a salir corriendo de la habitación, la señora Bennet la fulminó con la mirada e insistió firmemente en que se quedara a escuchar lo que el señor Collins tenía que decir. Tomando a Kitty del brazo, tiró de ella hacia la puerta.
―Mamá, por favor ―gimoteó Kitty. ―¡Me estás haciendo daño en el brazo!
La señora Bennet silenció a Kitty con una mirada fulminante y rápidamente le dirigió su mejor sonrisa tranquilizadora al señor Collins. Saliendo de la habitación, con su hija a cuestas, tuvo cuidado de dejar la puerta ligeramente entreabierta. Después de apartar a Kitty para que despertara a sus otras hermanas, se dirigió a la puerta del comedor. Al principio, lo único que oía eran los latidos de su cabeza.
Luego oyó que el señor Collins carraspeaba nerviosamente varias veces y empezaba a hablar. Su propuesta empezó con promesas. Elogió generosamente a Elizabeth por su modestia y enumeró sus otros rasgos admirables. Gracias a Dios, él no sabe todavía la prueba que puede ser esta niña, pensó para sí la señora Bennet. Luego él prosiguió durante un rato explicando como la había elegido como la compañera de su vida casi desde el primer momento en que entró en la casa. La señora Bennet frunció el ceño. Sabía que aquello no era exactamente cierto. Su primer interés había sido Jane, pero luego de algunas insinuaciones acerca del anticipado compromiso de Jane, rápidamente había redirigido sus atenciones hacia Lizzy.
Cuando el señor Collins comenzó a recitar sus razones para casarse, la señora Bennet estuvo a punto de dar un pisotón de irritación. ¡No podía entender por qué él no se ponía manos a la obra! A nadie le importaba por qué quería casarse. Lo único importante era que lo hiciera. Pero el egocéntrico párroco no se dejaba apresurar. Se felicitó a sí mismo por su generosidad al elegir a su prometida entre sus primas, ya que eso garantizaría la seguridad del resto de la familia una vez que él heredara Longbourn. El consuelo de saber que en caso de que el señor Bennet muriese no serían expulsados a los setos hizo que el martilleo en la cabeza de la señora Bennet comenzase a remitir.
Cuando Lizzy comenzó a hablar, su voz era tan suave que su madre tuvo que esforzarse para escuchar. ¿Qué estaba diciendo? ¿Por qué estaba en desacuerdo con él? Hizo falta de todo el autocontrol de la señora Bennet para no empujar la puerta y entrar corriendo en la habitación para hacer entrar en razón a su insensata hija. ¿Cómo podía hacerle esto a su familia? Aunque la señora Bennet trató de calmarse, el martilleo volvió a intensificarse en su cabeza. Comenzó a sentir como si fuera a explotar. Por supuesto, Lizzy entraría en razón y lo aceptaría. Simplemente debía hacerlo. La conversación se prolongó durante varios minutos, con Lizzy firme en su negativa y el señor Collins negándose a aceptar sus protestas. Tenía que reconocer el mérito del señor Collins. Puede que no fuera un hombre muy excitante, pero era persistente.
Sintiéndose segura de que Lizzy entraría en razón y haría lo correcto, la señora Bennet se retiró al vestíbulo, respiró hondo unas cuantas veces y esperó al momento apropiado para precipitarse y expresar su sorpresa y felicidad por el compromiso. Luego de unos minutos, su hija salió y, sin siquiera mirar a su madre, subió las escaleras en dirección a su dormitorio. ―Lizzy, querida, ¿adónde vas? ―La señora Bennet agitó las manos salvajemente y exclamó tras ella: ―Debes volver. ¡Lizzy! ¿Lizzy?
Se llevó una mano a su palpitante cabeza. Luego, encogiéndose de hombros, suspiró y corrió al comedor para felicitar al señor Collins en los términos más cálidos y expresarle su alegría por el hecho de que pronto estarían más estrechamente relacionados. Él recibió con alegría sus felicitaciones.
―Sus modestas negativas a mi propuesta sólo demuestran lo tímida y delicada que es. Ciertamente, su propósito es aumentar mi amor por medio del suspense, y sin duda lo ha conseguido. Ahora estoy mas deseoso que nunca de llamarla esposa ―dijo él, apartando un mechon de pelo grasiento que tenía pegado a la frente.
Aunque el señor Collins no parecía perturbado por la reticencia de su amada, la señora Bennet no tardó en preocuparse. Algo no andaba bien. ―¡Confíe en ello, señor Collins! ―le aseguró. ―Lizzy entrará en razón. Hablaré directamente con ella al respecto. Es una joven muy testaruda y tonta y no conoce sus propios intereses, pero la haré entrar en razón.
Ante esto, la sonrisa del señor Collins se desvaneció un poco. ―Perdóneme por interrumpirla, madam, pero si ella es realmente testaruda y tonta, me pregunto si sería una esposa muy deseable para un hombre en mi situación. Soy de los que buscan naturalmente la felicidad en el estado matrimonial. Si ella persiste en rechazar mi propuesta, tal vez sería mejor no forzarla a aceptarme. Tales defectos de temperamento no favorecerían la felicidad conyugal.
De repente, la señora Bennet se sintio desfallecer y flaqueó sobre sus pies. ¡Oh, no, él no podía cambiar de opinión! Para evitar desplomarse, se apoyó en el respaldo de una silla y comenzó a asegurarle que Lizzy sólo era testaruda en asuntos como éste, fuese lo que fuese lo que eso significara. Volvió a hablarle del carácter bondadoso de su hija, aunque en el fondo sabía que Lizzy podía ser como su padre: ¡bastante testaruda! El señor Collins lo descubriría por sí mismo una vez casados, pero para entonces ya sería demasiado tarde y Lizzy estaría firmemente establecida en Hunsford.
―Iré directamente con el señor Bennet, y estoy segura de que todo quedará resuelto muy pronto ―dijo. Sin darle al señor Collins oportunidad de responder, la señora Bennet se marchó y se dirigió directamente a la biblioteca, donde sabía que encontraría al señor Bennet enfrascado entre sus libros. Aunque estaba segura de que el sonido de su agitada respiración debería haberlo alertado de su llegada, él no pareció darse cuenta de que estaba allí parada durante al menos un minuto. Cuando por fin su esposo levantó la vista, parecía desinteresado.
―Sí, ¿qué ocurre, señora Bennet?
Mientras intentaba que su voz no se volviera demasiado chillona, ella le suplicó ayuda para que Lizzy aceptara al señor Collins. Mientras el sudor brotaba de su frente debido al esfuerzo, comenzó a secársela con su pañuelo. A pesar de la urgencia que intentaba transmitir, el señor Bennet continuaba mirándola inexpresivamente como si fuese una mosca zumbando por la habitación. ¿Por qué no se ofrecía a ayudar? Después de todo, no estaba haciendo nada importante, sólo leyendo un libro. La agitación de la señora Bennet aumentó en proporción directa a su negativa a comprenderla. ¿Cómo podía no apoyarla en esto? Ciertamente, él comprendía la importancia de encontrar esposos adecuados para sus cinco hijas… Ella había discutido esto con él en repetidas ocasiones, aunque a menudo sospechaba que él sólo fingía escuchar.
Finalmente, para su alivio, el señor Bennet pareció comprender la situación y accedió a hablar con Lizzy. Confiada en que su esposo se pondría de su parte, esperó a que se hiciera cargo de la situación.
Luego de hacerle algunas preguntas a Lizzy, el señor Bennet se aclaró la garganta. «Muy bien. Ahora vamos al grano. Tu madre insiste en que aceptes al señor Collins. ¿No es así, señora Bennet?»
―Si, o nunca volveré a verla ―declaró ella cruzando firmemente los brazos sobre su pecho. Convencida de que él estaba a punto de decirle a Lizzy que debía obedecer, la señora Bennet dejó de escuchar por un momento y comenzó a felicitarse por su éxito. Entonces, de repente, Lizzy sonrió. La señora Bennet los miró a ambos confundida. ¡Algo había salido terriblemente mal! ¿Qué se le había escapado? Seguramente, él nunca permitiría que su hija rechazara una propuesta perfectamente buena. El martilleo en sus oídos se incrementó hasta que sonó como un cuerpo entero de tambores marchando a través de su cabeza.
―¿Qué quiere decir, señor Bennet, al hablar de esta manera? Usted prometió insistir en que se casara con él.
―Señora Bennet, no prometí tal cosa. Dije que hablaría con ella al respecto, y así lo he hecho. El asunto está arreglado―. Como ella no se movió, él añadió: ―Agradecería volver a tener mi biblioteca para mí solo… lo antes posible―. Y con eso, volvió a su libro.
Al principio la señora Bennet no estaba segura de haberlo escuchado correctamente, pero al ver a su hija salir de la habitación con cara de felicidad, se dio cuenta de lo que acababa de ocurrir. Él se había puesto del lado de Lizzy, y ella estaba siendo expulsada de su biblioteca, ¡en su propia casa! ¡Esto no puede ser tolerado! ―¡Oh, señor Bennet! ―gritó y salió corriendo de la habitación.
Puesto que su esposo, una vez más, había demostrado no ser de ayuda, sabía que dependía enteramente de ella salvar la situación. Con esto en mente, la señora Bennet irrumpió en la habitación de Lizzy y comenzó a tratar de agobiarla, insistiéndole una y otra vez que aceptara al señor Collins antes de que él cambiara de opinión y no la aceptara. La persuadió, engatusó, suplicó y entre lágrimas le pidió a Lizzy que se apiadase de sus pobres nervios. Finalmente, recurrió a las amenazas en un esfuerzo desesperado por convencer a su desobediente hija.
Cuando se sintió agotada y la cabeza empezó a latirle con fuerza, la señora Bennet se dio por vencida y regresó al comedor, sentándose con un sonoro suspiro. Justo cuando se estaba sirviendo otra taza de café y se preguntaba si debería añadir un poco del brandy del señor Bennet -medicinal, por supuesto- se vio sorprendida por la aparición de Charlotte Lucas. Sin considerar que la noticia de la negativa de Lizzy podría convertirse en motivo de chismorreo vecinal, abordó su caso con Charlotte. Mientras la señora Bennet continuaba abanicándose con su pañuelo, se lamentaba ante su nueva audiencia de que nadie parecía estar poniéndose de su parte en la disputa.
―Sólo me preocupo por los intereses de mis hijas. Seguro que lo entiendes, Charlotte. Tal vez podrías explicárselo a Lizzy por mí ―dijo, frunciendo el ceño en dirección a su segunda hija, que acababa de entrar. Agitando un pañuelo frente a su cara, gimió: ―¡Nadie se preocupa por mí! ¡Oh, las sacudidas, los espasmos de mis pobres nervios! ¿Qué he hecho yo para merecer una hija tan desobediente?
―Estoy segura de que todo saldrá bien ―dijo Charlotte dirigiéndole una mirada tranquilizadora. Cuando la señora Bennet sintió que Charlotte le ponía una mano reconfortante en el brazo, se preguntó por qué su Lizzy no podía ser más como su dulce amiga.
Levantando la vista, la señora Bennet vio a Lizzy despreocupada y muy satisfecha de sí misma. En momentos como este, la señora Bennet podía ver el parecido de su hija -tanto en temperamento como en expresión- con su padre, ¡y era exasperante!
Cuando el señor Collins llegó y básicamente retiró su propuesta, la señora Bennet se desanimó por completo. Incapaz de pensar en otra estrategia, sucumbió a su dolor de cabeza y se retiró a su alcoba. Jane, su buena y bondadosa hija, que nunca la traicionaría como lo había hecho Lizzy, se acercó y colocó una compresa fría sobre la cabeza de su madre. ―No debes preocuparte, mamá. Todo saldrá bien ―dijo Jane suavemente.
La señora Bennet tomó la mano de su hija mayor entre las suyas: ―Oh, Jane, estaba tan segura hoy, cuando el señor Collins solicitó una entrevista privada, que tendría al menos a una de mis hijas comprometida antes de que terminara la mañana. No entiendo qué salió mal. Ahora todo depende de ti para asegurar al señor Bingley, querida.