
Por Marylin Brant
Traducido por Cristina Huelsz
Caroline Bingley reflexiona sobre el baile de Netherfield con su habitual benevolencia y amabilidad de espíritu…
Noviembre 26, 1811
Insoportable. Realmente, no había otra palabra para describirlo.
Caroline Bingley había hecho todo lo posible por señalarle a su hermano cuán innecesario y ridículo sería celebrar semejante evento en su casa… ¿y para qué? ¿para apaciguar a unas tontas chicas Bennet? Pero fue inútil. Charles, el muy tonto, no se dejaba disuadir. «Hice una promesa», replicó. «Soy un caballero de palabra».
De modo que allí estaba ella, no sólo en medio de una velada a la que no le habría gustado asistir, y además como castigo, sino que ahora era una de las anfitrionas. Respiró tranquilamente, se ajustó el ribete de la manga y divisó al señor Darcy. Por lo menos, él tuvo la decencia de mostrarse debidamente disgustado por lo que estaba ocurriendo.
¿Y que estaba ocurriendo? Santo cielo, ¡qué no estaba ocurriendo! Las jovencitas Bennet estaban correteando por el salón de baile y riéndose como niñas campesinas que acaban de ver su primer abrigo rojo. Su madre estaba cotilleando con aquella mujer Lucas en un tono que hubiera podido ahogar la voz de un oficial al mando. Y la mediana de los Bennet -esa chica tan poco musical- estaba tocando el piano, esperando el momento de dar rienda suelta a su inmoral mal gusto en la fiesta. Caroline resopló. Si la desesperación tuviera un olor, sería éste.
Pero, por muy molestas que fueran, esas personas no tenían importancia para Caroline. No, ella tenía asuntos mucho más importantes que contemplar. Su propio hermano estaba mirando a la hija mayor de los Bennet como si acabara de ver a Afrodita en persona. Era repugnante. Y la propia Jane Bennet apenas era capaz de evitar sonreirle a todo el mundo con su dulce pero, claramente, simplona manera de ser. Nadie era tan bueno todo el tiempo, a menos que careciera de sentido y sofisticación.
Sin embargo, a Caroline nada le provocaba tantas nauseas como tener que mirar a la señorita Elizabeth Bennet durante un periodo de tiempo prolongado. La observó en numerosas ocasiones a lo largo de la velada: Bailando con aquel hombre raro y descoordinado al principio de la noche (algo parecido a Collins, había oido decir a la madre de las Bennet). Reirse con la senorita Charlotte Lucas, aunque Caroline no sabría sobre que tema. En compañía de su madre o de alguna de sus muchas hermanas, siempre mirando al mundo con su particular mirada impertinente. Pero era su baile con el señor Darcy lo que más angustiaba a Caroline. Estaba realmente desconcertada por el hecho de que el señor Darcy se hubiera dedicado a la señorita Elizabeth durante tantos valiosos minutos, mientras que ella, la propia Caroline, estaba disponible tanto para bailar como para conversar.
Estaba segura de que había sido un acto de pura amabilidad por su parte. Él también debía de estar haciendo todo lo posible por ser la clase de anfitrión generoso que ella sabía que era, asegurándose de que todos los invitados tuvieran al menos un momento alegre en sus, de otro modo, monótonas vidas. Por eso ella le había insistido al cocinero jefe que el ponche tuviera suficiente ron. Puede que los lugareños no apreciaran los sabores más delicados de la bebida, pero se darían cuenta de la ausencia de su elemento favorito. ¿Ves cómo pensaba en los demás? ¿Qué tan ansiosa estaba por complacer a la gente común? El señor Darcy debía de estar haciendo lo mismo, aunque, en opinión de Caroline, tal vez estaba llevando su amabilidad al extremo en este caso.
Afortunadamente, durante el transcurso de aquel baile en particular, Louisa se le acercó bulliciosamente con noticias de Jane Bennet, que había estado haciendo preguntas sobre el señor George Wickham, un oficial que Caroline sabía que repugnaba enormemente al señor Darcy. Caroline pronto dedujo que el interés de la señorita Bennet estaba, sin duda, inspirado por la curiosidad personal de la señorita Elizabeth. Ella sonrió para sus adentros. Por fin tenía algo útil que comunicarle a la odiosa segunda hija de los Bennet. Un detalle que ella poseía -y que la señorita Elizabeth no– y que le demostraría lo mucho que el señor Darcy estimaba la compañía de Caroline por encima de la suya… a pesar de los supuestos «ojos bonitos» de la otra. Que absurdo era eso.
Caroline sólo tenía que esperar a que terminara el baile para buscar a la señorita Elizabeth e ilustrar amablemente –muy amablemente– a la tonta joven sobre la verdadera situación. Eso le bajaría los inmerecidos aires de grandeza a Elizabeth Bennet. Y de paso le estaría haciendo un gran servicio al señor Darcy, al igual que a todos los que tenían la desgracia de estar socialmente relacionados con la familia Bennet.
La sola idea de su propia generosidad hizo que Caroline casi se sonrojara con una rara sensación de placer. Y esto hizo que lo insoportable de la velada fuera un poco mas tolerable. Por un breve momento, el baile de Netherfield fue casi… agradable.