Las historias jamás contadas, p. 27

El señor Bennet en el baile de Netherfield

Por L.L. Diamond

Traducido por Cristina Huelsz

Noviembre 26, 1811

La noche había comenzado como la mayoría de los tediosos asuntos sociales para el señor Bennet: los agudos pánicos de su esposa acerca de que el vestido de Jane no sería lo suficientemente fino como para atraer a un hombre de cinco mil libras anuales, sus proclamaciones de que Lydia sería la favorita de todos los oficiales y, por supuesto, su concesión de que su Lizzy «se veía lo suficientemente bien».

Sin embargo, se quedó a un lado del salón de baile. ¡Cómo despreciaba la ridiculez de la actividad! Por supuesto, los bailes eran un mal necesario para un caballero que se jactaba de tener cinco hijas y una propiedad vinculada, especialmente para uno cuya esposa carecía de sentido de la economía, ¡pero él preferiría la soledad de su atesorado estudio y una buena copa de oporto!

Mientras observaba a los invitados del señor Bingley, su mirada se dirigió hacia los bailarines, donde el señor Collins, exudando un aire de pretenciosa prepotencia, guiaba a Lizzy hacia el comienzo del primer set. Ella captó su mirada y giró la suya justo antes de que comenzara la música. Él apretó los labios con fuerza. Sonreír desde un lado de la habitación nunca le había sentado bien.

El último plan de la señora Bennet para emparejar a Lizzy con su ridículo primo no era para nada de su preferencia, sin embargo le proporcionaba una diversión de la que se resistía desprenderse hasta el momento. No era como si su hija más inteligente fuese a casarse con alguien tan imbécil como el señor Collins. No tenía motivos para preocuparse, así que encontraría humor en la farsa mientras durara.

El señor Collins le pisó los talones, y él soltó una risita. La fina línea de los labios de Lizzy y el brillo de sus ojos indicaban que no estaba muy complacida con su primo como compañero. Por supuesto, ¡el señor Collins era tan buen bailarín como cuerdo era el rey!

Con una exhalación quejumbrosa, miró hacia el lado del salón donde su esposa se deleitaba con la atención de las demás damas del vecindario, luciendo una sonrisa de suficiencia mientras exclamaba su buena fortuna para que todos la oyeran. Durante una pausa en la música, la voz de la señora Bennet atravesó el salón.

«¡El señor Bingley es tan encantador y rico! ¡Qué bien le sienta a mi Jane!»

«El señor Collins puede no ser tan rico como el señor Bingley, ¡pero le irá muy bien a Lizzy!

Sacudiendo la cabeza, se dispuso a abandonar el salón con la intención de buscar alguna compañía masculina; no podía soportar más las efusiones de su esposa. Las había soportado desde la llegada del señor Bingley en Michaelmas y ya no podía aguantarlo más.

Una última mirada a los bailarines reveló a Lydia y Kitty riendo y coqueteando inapropiadamente con los soldados con los que formaban pareja. Su pie se dirigió hacia ellas. ¿Debía controlar su comportamiento? Lydia podría montar una escena si intercedía. Sus dos hijas menores eran las chicas más tontas de toda Inglaterra; nadie esperaría que se comportaran con corrección, ¿verdad? Bajó los hombros y retiró el pie. Clasificar a esas dos podría llevarle toda la tarde. ¿Quién tenía tiempo para una tarea tan tediosa? Desde luego, él no.

Se dio la vuelta y entró en la sala de cartas. Sir William Lucas y el señor Goulding, quienes solían divertirlo, estaban sentados en una mesa en el rincón más alejado, así que se dirigió hacia ellos.

—¡Bennet! —exclamó Sir William Lucas al acercarse. —¿Te nos une tan pronto? —Sir William le pasó unas coronas al señor Goulding, quien sonrió.

—Por supuesto que sí—. El señor Goulding levantó la vista de sus ganancias hacia el señor Bennet. —Todos somos conscientes de que él no baila, y estaba seguro de que buscaría un respiro de su esposa más pronto que tarde. Tiene demasiadas cosas que cacarear esta noche.

Mientras Sir William observaba al señor Goulding recuperar las monedas de la mesa, suspiró. —¿No podías haber esperado otro cuarto de hora, Bennet?

—No —respondió el señor Bennet con una risita. —Goulding siempre gana estas apuestas, así que ¿por qué sigues aceptándolas?

—Espero recuperar mis pérdidas—. La voz de Sir William era un gruñido.

El señor Goulding se rio. —No lo persuadas para que abandone el hábito. Disfruto sorprendiendo a mi esposa con una pequeña baratija o regalo de mis ganancias.

El señor Bennet sacudió la cabeza. —No hablemos de esposas. Ya he tenido bastante con la mía por esta noche.

Sir William se rio y se levantó. —vComo no tengo más dinero para apostar, regresaré al salón de baile. ¡Todavia tengo que felicitar al señor Bingley por tan grandiosa velada! —Recorrió el salón con una sonrisa jovial. —¡Magnífico!

El señor Goulding levantó las cartas cuando Sir William se marchó. —¿Te apetece una partida?

Él asintió y perdió una hora, al menos, jugando a las cartas antes de regresar al salón de baile, donde, al observar a los invitados, su atención fue captada una vez más por Lizzy, ¡que se encontraba nada menos que con el señor Darcy!

El desagradable hombre que se había negado a pedirle siquiera un set en la asamblea, ahora debía encontrarla lo suficientemente tolerable como para tentarlo, como mínimo. Una risita alegre se le escapó de los labios. ¡Qué divertido sería tomarle el pelo a Lizzy al día siguiente!

¡El examen de la pareja era realmente interesante! El señor Darcy lucía su habitual aire serio y altivo, y sin embargo observaba a Lizzy con una mirada tan atenta. Lizzy frunció el ceño, si se sentía ofendida por alguna declaración del caballero o simplemente por bailar con él era algo que cualquiera podía adivinar.

Al final del set, la pareja se marchó cada uno por su lado: Lizzy se reunió con Charlotte Lucas y el señor Darcy se colocó cerca de la pared, en el lado opuesto del salón de baile. La mirada del acaudalado caballero encontró a Lizzy entre la multitud y permaneció fija en ella, pero nada cambió: Lizzy permaneció con Charlotte o bailando con los oficiales y caballeros del vecindario, mientras los ojos del señor Darcy la atravesaban. ¡Que aburrido!

El señor Bennet siguió observando a los que lo rodeaban a medida que avanzaba la noche, pero la velada avanzó como un caracol por un muro de piedra hasta que se sirvió la cena. ¡Qué agradable respiro para la tediosa velada!

Recupero parte de su humor mientras saboreaba el vino y la comida que tenía ante sí, hasta que un tono estridente y familiar lo sacudió de su agradable ocupación.

—¡Y Jane, estando tan bien casada, pondrá a sus hermanas en el camino de otros hombres ricos!

Su vista se dirigió hacia su esposa, pero sus ojos se posaron en Lizzy, que estaba sentada cerca, con su tez roja como el tomate, testimonio de su mortificación. Levantó la frente en su dirección. ¿Qué creía ella que él podía hacer? ¡No podía contener a su mujer! Había soltado a los perros de la guerra y no podía detenerla.

Lizzy se inclinó hacia delante y le susurró a su madre, quien hizo un gesto a su hija con el ceño fruncido.

—¿Qué es el señor Darcy para mí, como para temerle? Estoy segura de que no le debemos una cortesía tan particular como para vernos obligadas a no decir nada que no le guste oír.

Lizzy volvió a recostarse en su asiento, aún con el rostro enrojecido, pero rígida en su silla. Lo miró con los ojos muy abiertos, pero él se encogió de hombros cuando una sonora carcajada de su hija menor atrajo su atención hacia un lado de la habitación.

Lydia y Kitty sostenían cada una una copa de vino en la mano, pero por su tono más alto de lo habitual, ya habían bebido más de lo acostumbrado. La más joven se inclinó hacia delante con la mano libre en la cadera mientras el oficial con el que coqueteaba estaba observando su corpiño.

Él soltó un gemido y miró a Lizzy, que ahora tenía la cara entre las manos. Una punzada comenzó a palpitarle en la sien y bebió un trago de vino. ¡Tal vez podría aliviar la tensión antes de que un megrim lo atormentara tanto como esta insípida velada!

Sus ojos evitaron a Lizzy y a su esposa, aunque pudo escuchar a esta última, hasta que los tonos discordantes de un pianoforte sacudieron su cerebro. Con una brusca sacudida de cabeza, que no mejoró en nada el martilleo de su interior, se giró hacia Lizzy. Tenía de nuevo los ojos muy abiertos y se sentó hacia delante en su silla, apretando el brazo con una mano hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

La débil voz de Mary se unió a los sonidos enfermizos que producía en el instrumento mientras su cerebro amenazaba con martillearle el cráneo. Necesitaba escapar, ¡pero Lizzy nunca lo dejaría en paz cuando regresaran a Longbourn si no intercedía!

Su lento levantamiento de la silla fue acompañado de un suspiro cansado. Con paso firme, se dirigió hacia el instrumento, colocando la mano cerca de las teclas para llamar la atención de Mary.

—Eso está muy bien, niña. Ya nos has deleitado bastante. Deja que las otras jóvenes tengan tiempo de exhibirse.

¡Ya está! Estaba hecho. Sin duda Lizzy estaba contenta de que él hubiera manejado la situación, y podía escapar a la terraza por un poco de paz y soledad. Salió por la puerta más cercana mientras se frotaba las sienes. Los músicos empezaron a afinar para la segunda parte del baile; un gemido bajo escapó de sus labios.

Miró al cielo mientras una estrella surcaba los cielos. No había pedido un deseo a una estrella desde que Lizzy era una niña pequeña, incluso entonces, fue más por el bien de ella que por el suyo propio que se tomó el asunto tan en serio. Respirando hondo, cerró los ojos con fuerza y rezó para que la noche llegara a un rápido final.

Al abrir poco a poco los ojos, se giró hacia la casa y la luz que entraba por las ventanas del salón de baile. ¿Habría escuchado Dios su plegaria? El agudo chillido de su esposa arrancó la esperanza de su pecho con la misma rapidez con que aquella estrella había surcado el cielo.

Su mujer se aseguraría de que fueran los últimos en marcharse. ¿Qué había hecho para que Dios lo maldijera con semejante destino?

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