
Una fiesta en casa de los Phillip
Por Maria Grace
Traducido por Cristina Huelsz
Charlotte considera muy interesante la fiesta de Phillips.
Noviembre 20, 1811
El carruaje de los Lucas se detuvo con un tirón. Papá le había pedido al cochero una y otra vez que aprendiera a hacerlo mejor, y cada vez le prometía que lo haría, pero el cambio nunca se producía. Parecía una metáfora de la vida. Pero eran pensamientos demasiado complejos y elevados para una tarde de cartas en casa de los Phillips.
Papá ayudó a mamá, Charlotte y Maria a bajar del carruaje, dio instrucciones al conductor y luego las condujo hasta la puerta de la casa de los Phillips, alisándose la chaqueta mientras avanzaban. Parecía buscar el fajín de maestro de ceremonias que no llevaba esta noche. Parecía sentirse muy desvestido sin ella. ¿Alguien más, aparte de Charlotte, se había dado cuenta de esa costumbre suya?
El ama de llaves de los Phillips los recibió y los condujo al salón. Para lo que eran los salones de Meryton, el suyo era un espacio agradable. Con vigas de madera y paredes pálidas, evocaba un estilo anticuado, incluso más antiguo que Lucas Lodge. Por supuesto, ninguna de las dos era comparable a las casas más grandiosas, como Netherfield o incluso Longbourn. Pero uno no necesitaba un espacio muy grandioso para ser cálido y acogedor, ¿verdad? Con suficientes sillas sencillas de madera, mesas de juego y velas de sebo (no de cera), todo parecia preparado para una velada agradable.
—Muchas gracias por invitarnos—. Mamá entró en la ya concurrida sala y besó las mejillas de la señora Phillips.
Charlotte se dio la vuelta. Siempre resultaba incómodo ver a mamá expresar más calidez de la que realmente sentía. Sobre todo cuando había tantos testigos.
—Siempre es un placer recibir a su distinguido esposo y a sus encantadoras hijas—. La señora Philips dio un paso atrás y señaló a un joven alto, de aspecto pesado y, sobre todo, desconocido.
No podría tener menos de veinticinco años, pero su aspecto serio y señorial le daba un aire muy maduro. Hizo una reverencia, un movimiento rígido y preciso que seguramente había ensayado a la perfección para ganarse la buena opinión de su público.
—Permítanme presentarles a un nuevo conocido, el primo del señor Bennet, el señor Collins. Es el vicario de Lady Catherine de Bourgh de Rosings Park.
—Nos complace conocerlo, señor—. Lady Lucas le dio un codazo a Charlotte e hicieron una reverencia. —¿Ha venido con usted la señora Collins?
Charlotte hizo una mueca. Sí, era una pregunta inocente y apropiada, pero cuando la hacía una mujer con dos hijas solteras, su verdadero significado era demasiado obvio.
—Actualmente no hay ninguna señora Collins, madame, aunque mi estimada patrona, Lady Catherine de Rosings Park, me ha dado instrucciones para que encuentre pronto una esposa.
—Bien, ha venido a un excelente lugar para encontrar una, señor. Hay muchas jóvenes encantadoras aquí en Meryton, incluyendo a mi querida Charlotte.
La señora Philips apretó los labios y le dirigió a mamá una mirada amarga. Y tenía razón, mamá había ido demasiado lejos.
¿Por qué había dicho semejante cosa? La cara de Charlotte ardía más que las velas del salón. No tenía dote y nadie, salvo sus amigas más queridas y generosas, la llamaría encantadora. No, en el mejor de los casos era sencilla y práctica. Todo lo que mamá había conseguido transmitir era una sensación de desesperación.
El señor Collins le sonrió, la misma sonrisa conciliadora que le ofrecían las matronas de Meryton y sus ancianos parientes. Una que ella conocía demasiado bien. —Es un placer conocerla en persona. Mis hermosas primas me han hablado de su amabilísima amiga.
—Mis sobrinas son ciertamente unas jóvenes muy queridas y amables, ¿no es así? —La señora Philips levantó un poco la nariz. Sin hijas propias, estaba tan atenta a la suerte de las Bennet como su propia madre.
Charlotte no podía envidiar a sus amigas por el apoyo que recibían. No era culpa suya que no hubiera suficientes hombres para todas las jóvenes solteras. No, todas podrían agradecerle a Napoleón por ese favor.
Más invitados entraron por la puerta principal. La señora Philips se excusó, arrastrando al señor Collins lejos para más presentaciones.
Mamá sacó su abanico y atrajo a Charlotte al rincón más alejado del salón. —Sería un partido muy adecuado para ti.
—Podemos suponer muy bien sus intenciones. ¿Por qué iba a estar aquí sino para casarse con una de sus primas? Difícilmente podría ser adecuado lanzarme a él dadas las circunstancias.
—No estoy tan segura de que las opiniones que dice sean suyas. Sospecho que son las que le ha dado su patrona, sus deseos de facilidad y comodidad, y las arteras insinuaciones y sugerencias de la misma señora Bennet.
—¿Cómo puedes decir tales cosas? Acabas de conocer al hombre—. Charlotte luchó por controlar su expresión.
—Puede que acabe de conocer a este hombre. Pero he conocido a muchos hombres. ¿Has olvidado que tengo nueve hermanos? Créeme, reconozco a un hombre sencillo y fácil de gobernar cuando lo veo. El señor Collins es exactamente de esa clase. Te iría muy bien con él, de hecho.
—Pero él no es…
Mamá agarró con fuerza la muñeca de Charlotte. —Sé lo que dice, pero también sé lo que hará. Jane está casi descartada; él no tendrá el valor de competir por ella. ¿De verdad puedes verlo con Eliza? Ella no lo aceptaría aunque él tuviera las pelotas para pedírselo.
—¡Mamá!
—Perdóname querida. Tienes toda la razón—. Respiró hondo y enderezó los hombros. —Aun así, no creo que ni siquiera la señora Bennet y la amenaza de la indigencia pudieran unir al señor Collins y a Eliza. Lo que nos lleva a Mary—. Mama recorrio la habitacion con la mirada.
No necesitaba molestarse. Lentas y pausadas notas les recordaban a todos que Mary tocaba el pianoforte.
—Mary es tu verdadera rival por él. Es una desventaja para ti que ella toque y estudie a Fordyce, ¡vaya! Es una aburrida espantosa, mientras que tú tienes una disposición encantadora y un sentido práctico que cualquier hombre valoraría.
—Haces que parezcamos mercancía en el estante de Harlow’s.
Mamá la fulminó con la mirada. Las palabras «en el estante» usadas en cualquier contexto la perturbaban. Probablemente habría pellizcado el brazo de Charlotte si no hubieran estado en una habitación llena de gente.
—Nuestra única esperanza es que la señora Bennet ignore a Mary como suele hacerlo, para que el señor Collins no recurra a ella cuando Eliza lo rechace.
—No puedo creer que estés planeando su elección de esposa a los pocos minutos de conocerlo, y mucho menos instruyéndome sobre cómo robarle un prospecto a mi mejor amiga.
Mamá apretó la mano y agitó su abanico un poco más rápido. —Ve a observar a tu amiga y lo verás tan claro como yo. Le harás un favor desviando sus atenciones lejos de ella. Es obvio que no las quiere. Vete, vete—. Ella hizo a un lado a Charlotte. —Señora Goulding, qué gusto verla esta noche…
Charlotte se escabulló y se arrimó al borde del salón, una posición que no le era del todo desconocida. La gente se agrupaba alrededor del salón, esperando a que empezara el juego de cartas, charlando y compartiendo bromas. Eliza, Lydia y Kitty conversaban con varios de los oficiales. Probablemente era lo mejor. No podía acercarse a Eliza y preguntarle su opinión. En eso, mamá tenía razón. Lo mejor que podía hacer era observar cuidadosamente y sacar sus propias conclusiones.
El señor Collins se acercó al grupo, aparentemente ansioso por unirse a la conversación. El semblante de Eliza perdió su brillo. Realmente debía aprender a no poner tanto los ojos en blanco. Tal vez se consideraba discreta, pero al menos para un observador dedicado, no lo era.
El señor Collins parecía ajeno a las divertidas reacciones que provocaba, no sólo en Eliza, sino en todos los que estaban a su alrededor. ¿Eran buenos modales o un nivel de inconsciencia raramente visto fuera de los muy jóvenes? Ambas cosas eran posibles.
La señorita Long ocupó el lugar de Mary en el pianoforte, y toda la compañía hizo una breve pausa para tomar nota, algunos parecían dispuestos a aplaudir.
Eliza se acercó, con las manos extendidas. —Oh, Charlotte, cómo he echado de menos tu compañía.
—¿Ah, sí? Parecías disfrutar mucho al menos de algunas de tus conversaciones.
Eliza miró por encima del hombro hacia el rincón donde el señor Wickham charlaba con Lydia y Kitty. —Algunas han sido bastante agradables. ¿Ya te han presentado a mi primo, el señor Collins?
—Nos presentaron cuando llegamos—. Charlotte inclinó la cabeza hacia la chimenea donde el señor Collins, la señora Bennet y la señora Phillips estaban reunidos, hablando en voz demasiado alta.
Así que ese particular manierismo no se limitaba a la rama Gardiner de la familia. A pesar de su propensión a juzgar las faltas al decoro, la familia del señor Bennet no estaba exenta de transgresores.
—Entonces, has oído hablar mucho de las maravillas de Kent, especialmente de Lady Catherine de Bourgh y su asombrosa propiedad, Rosings Park—. Eliza volvió a poner los ojos en blanco.
—Creo que él mencionó a su patrona y su establecimiento.
—Eres demasiado amable, Charlotte, demasiado amable.
—No me parece bien establecer tan rápidamente un prejuicio contra alguien a quien acabo de conocer.
—Después de dos días enteros en su compañía, y quiero decir dos días enteros. Creo que tengo motivos suficientes para declararlo un hombre único y peculiar.
—Pero la aprobación de su patrona no sugiere…
—Sí, supongo que es un caso excelente. Voy a permitir que sea un tipo tolerablemente bueno, con pocas probabilidades de causar un daño intencionado a nadie—. Eliza sonrió y dirigió su mirada hacia Maria. —Parece que tu hermana no ha perdido el tiempo familiarizándose con los oficiales.
—Creo que pocas jóvenes son inmunes a sus encantos.
—Desgraciadamente, eso es cierto no sólo para las jóvenes. Mi madre aún está entre ellas—. Eliza agitó la mano ante su cara en una asombrosa imitación de la señora Bennet. —En mis tiempos le tenía bastante cariño a un abrigo rojo.
Charlotte soltó una risita.
La señora Philips se acercó a ellas. —Nos falta un jugador para una mano de whist. ¿Puedo convencerte de que te unas a nosotros Lizzy?
Los ojos de Eliza se abrieron de par en par y recorrió la habitación como un animal atrapado.
—Creo que me encantaría jugar a las cartas—. Charlotte saludó a Eliza con la cabeza y se dirigió a la mesa de cartas donde papá y el señor Collins ya estaban charlando.
Eliza soltó un «gracias» y se fue mientras la señora Philips balbuceaba.
—¿Vas a unirte a nosotros para las cartas, Charlotte, querida? —preguntó papá. —No pensé que preferirías las cartas a una conversación con tus amigas.
—La señora Philips sugirió que a lo mejor necesitaban otro jugador para completar la mesa—. Se sentó. Mejor no reconocer la tensión que irradiaba de su anfitriona en ondas como el calor de un fogón.
—Así es—. La Señora Philips se sentó frente al señor Collins, rígida y correcta en su irritación, y le entregó a él una baraja de cartas.
Tenían el dorso blanco manchado y algunos bordes desgastados. Los Phillips no estaban tan cómodos como para producir barajas nuevas para cada reunión de cartas. El señor Collins barajó torpemente, pero al menos no dejó caer las cartas.
—Mi patrona, Lady Catherine de Bourgh, tiene la costumbre de abrir una baraja nueva para cada mesa de cartas que organiza. Es el alma de la generosidad.
La señora Philips sonrió con una expresión tensa que parecía reflejar más su paciencia que su buen humor. Eliza tenía a veces la misma expresión.
—Rosings Park, según tenemos entendido, es un lugar muy bonito —murmuró la señora Philips.
—Estoy seguro de que lo es, muy seguro—. Papá usó su voz de maestro de ceremonias, un tono de bienvenida oficial que era al mismo tiempo apropiado en todas las ocasiones, pero cómodo en ninguna.
—No pretendo hacer malas comparaciones con su excelente establecimiento. En absoluto. Me siento como si me hubieran recibido en la pequeña e intima sala de desayunos de Rosings. Lady Catherine prefiere ese salón en primavera y verano.
Las plumas de la señora Philips se erizaron, y se retorció como una gallina enfadada.
—Por favor, señora, debe comprender que sólo la chimenea de su salón favorito costó no menos de ochocientas libras. Su gusto es el más refinado y elegante de toda Inglaterra, sin duda. Es el mayor cumplido que puedo ofrecer si comparo algo favorablemente con Rosings. De hecho considero la mayor de las condescendencias que la propia Lady Catherine haya planeado todas las mejoras en mi humilde morada.
—Oh, ahora lo entiendo. Creo que había malinterpretado su intención, pero entiendo que no era en absoluto un desaire—. La tensión en los hombros de la señora Philips disminuyó.
El señor Collins no era del todo insensible a los sentimientos de los demás. ¿Lo había reconocido Eliza?
La señora Philips palmeó la mesa. —¿Quizás deberíamos jugar, señor Collins?
—Tal vez, pero me gustaría saber más sobre Rosings y su establecimiento allí—. Charlotte se inclinó un poco hacia delante.
Las cejas de la señora Philips se alzaron. —Señorita Lucas, es usted muy cortés y curiosa—. Aquello no era un cumplido, más bien una advertencia.
—Charlotte sí que sabe hacer que la gente se sienta bienvenida, la viva imagen de su madre, la anfitriona consumada—. El tono de papá perdió un poco de su calidez.
—Por favor, papá, no está bien hacer ese tipo de cumplidos, sobre todo en público—. A Charlotte le ardían las mejillas, pero al menos papá era todo amabilidad y afabilidad. A diferencia del señor Bennet.
—Su humildad la honra, señorita Lucas. Después de todo, es una de las principales virtudes de una mujer joven—. El señor Collins entregó la baraja mal barajada a la señora Philips.
En su corazón surgió un sentimiento de calidez. Cumplidos como el suyo eran tan raros, ¿era ésta la forma en que uno respondía normalmente?
La señora Phillips repartió rápidamente las cartas.
—Lady Catherine ha sido tan generosa y solícita con mi bienestar, ya ve… es tan atenta a estas cosas. Ningún detalle de la casa parroquial pasa desapercibido para ella. Incluso se ocupó de equipar el armario con estanterías. Todo está dispuesto con la debida atención a mi posición, ni demasiado alto ni demasiado bajo. Imagínese mi alivio -porque soy soltero y sé poco de mantener un hogar- al saber que todo está en orden—. El señor Collins hinchó un poco el pecho y tomó las cartas que tenía ante sí.
Mientras jugaban, continuaron sus elogiosas descripciones del trabajo realizado en su casa y de la generosidad de su patrona.
Sin duda, cada palabra suya estaba rodeada de abundantes elementos ridículos. Pero a traves de ellas se percibia un matiz de satisfaccion, incluso de alegria, por la situacion de su vida.
Qué agradable es sentirse tan satisfecho tan pronto en la vida. Era afortunado de ser tan joven y estar ya bien establecido, en una situación tan agradable.
—El señor Collins, el palo es corazones. La señora Philips golpeó la carta sobre la mesa.
—Perdóneme, señora—. Pequeñas gotas de sudor salpicaron su labio superior. —Sé poco del juego en este momento, pero estaré encantado de mejorar para aprender más si usted me instruye.
Charlotte dobló la mano y la puso sobre la mesa. —Quizás deberíamos empezar de nuevo y cambiar de pareja. Papá es un excelente jugador, y yo no me opongo en absoluto a ayudar a un jugador menos experimentado en las partes más finas del juego.
La señora Philips se erizó, con los ojos brillando como una gallina a punto de picotear. —No hay necesidad…
—Qué oferta tan generosa y considerada. Odiaría ser una carga para la buena voluntad de nuestra generosa anfitriona—. El señor Collins se levantó.
Papá hizo lo mismo y se cambió de lugar con él. La señora Philips murmuró protestas pero papá recogió la vieja mano, barajó y volvió a repartir el juego.
Charlotte recogió sus nuevas cartas y le ofreció al señor Collins una sonrisa genuina.
Algo de la tensión de su rostro se alivió y se acomodó mejor en su asiento.
Ella jugó su primera carta, junto con un leve comentario sobre las reglas del juego.
La señora Philips resopló en voz baja y frunció el ceño. Si le hubieran dado voz, esa mirada habría sido severas palabras de advertencia.
Sin embargo, el señor Collins asintió con la cabeza, un poco demasiado enérgicamente, y en su siguiente turno, jugó muy bien.
Un poco de felicitación, un recordatorio de las reglas de vez en cuando y, ocasionalmente, una ceja levantada o un sutil golpecito en la mesa lo convirtieron en un jugador tolerable.
¿Era observador y dúctil por naturaleza, o tal vez estaba deseando que le dieran un ejemplo de buena conducta? No es que importara mucho, ambas eran, en realidad, cualidades agradables.
Al final de la partida, Mary Bennet se dirigió al piano del rincón. Lydia y Maria le exigieron que tocara una melodía para bailar.
—Creo que bailar, en una casa privada como ésta, en tan agradable compañía, es una ocupación muy apropiada para los jóvenes—. El señor Collins dijo, sin alcanzar a ver a Charlotte.
—Yo encuentro el baile muy agradable—. Charlotte se levantó.
El señor Collins observó la sala. Eliza ya estaba en fila con uno de los oficiales y Jane con el propio hermano de Charlotte.
La comisura de los ojos del señor Collins se inclinó un poco. El rechazo era duro, incluso cuando nunca lo habías pedido.
—Necesitamos otra pareja para el set—. Jane miró hacia ellos.
—¿Le gustaría bailar, señorita Lucas? —El señor Collins todavía estaba mirando a Eliza y Jane.
Si, Eliza y Jane eran las mujeres mas bonitas y codiciadas del vecindario, y eran las primas que sufrirían cuando él heredara Longbourn. Era totalmente correcto y apropiado que se fijara primero en ellas.
Pero a ellas no parecía gustarles y Charlotte… bueno, tal vez sí. Lo tomó del brazo de camino a la improvisada pista de baile. Eliza y Jane ciertamente eran las primeras en reclamar los intereses del señor Collins, pero si renunciaban a ellos… Mamá tenía razón. Podría ser una posibilidad muy agradable.