Las historias jamás contadas, p. 26

La resolución de Darcy

Traducido por Cristina Huelsz

Susan Mason-Milks escribió esta escena para el proyecto original P&P 200

Noviembre 23, 1811

Darcy despejó un espacio en el escritorio del estudio de Netherfield, maravillándose de cómo Bingley podía encontrar algo, y mucho menos trabajar, con papeles y correspondencia amontonados por todas partes de una manera tan descuidada. El desorden siempre limitaba la capacidad de Darcy para pensar con claridad. Su esperanza al retirarse al estudio era encontrar unos minutos de paz para escribir una carta para Georgiana. Tomando la pluma en la mano, hizo una pausa, sin saber lo que quería decir. Lo que tenía en mente no era probablemente algo que su hermana debiera leer. Sirviendose un poco del excelente brandy de Bingley, se dirigió para mirar por la ventana con la esperanza de que eso le despejara la mente. Mientras observaba las oscuras nubes que se abrían paso a través del cielo, sus pensamientos volvieron a cómo nada había vuelto a ser lo mismo desde que la señorita Elizabeth y su hermana se habían marchado de Netherfield. Toda conversación lo aburria, e incluso los placeres habituales de la lectura hacían poco por llenar el espacio que ella había dejado al partir.

Lo peor de todo era que la señorita Bingley había percibido algo, lo que despertó en ella una reacción primitiva. Como un depredador que sigue el rastro de su presa, comenzó a rastrearlo por toda la casa. Si él iba a la biblioteca a leer tranquilamente, se daba cuenta de que ella también necesitaba un nuevo libro. Como nunca estaba segura de qué leer, siempre le pedía sugerencias. Para cuando él la ayudaba a elegir un libro y volvía al suyo, normalmente ya se había olvidado de lo que había estado leyendo. De todos modos, daba igual, porque ella lo interrumpía continuamente haciéndole una pregunta cada pocos minutos. Cuando su incesante parloteo se hacía insoportable, él se levantaba y se iba a otra habitación. Inevitablemente, ella lo seguía al cabo de unos minutos, y así se repetía el ciclo. ¡Qué contraste con Elizabeth, que una vez se había sentado con él en la biblioteca durante más de media hora sin decir una sola palabra!

Tras una semana de su implacable persecución, afortunadamente Darcy recordó que a la señorita Bingley no le gustaban los caballos. Desde entonces, montar a caballo se había convertido en su ocupación favorita. Como su amigo Bingley no era madrugador, Darcy solía salir a solas por las mañanas. El ejercicio parecía renovarle el espíritu y ayudarle a pensar con más claridad. Por lo general, después de un enérgico paseo, llevaba a su caballo, Hector, a recorrer lentamente los senderos del vecindario. Al principio se decía a sí mismo que sólo estaba explorando, cuando en realidad tenía que admitir que secretamente esperaba descubrir adónde iba la señorita Elizabeth en sus paseos matutinos. Una vez, mientras paseaba, estuvo a punto de cruzarse con ella. Un ruido cercano lo alertó justo a tiempo para verla salir de una pequeña zona boscosa. Girando rápidamente a Hector por un sendero a su derecha, pudo desaparecer antes de que ella lo viera.

Por lo general, Darcy aprovechaba el agradable silencio de sus paseos para recordar y analizar cada palabra que se habían dirigido durante la estancia de Elizabeth en Netherfield. Al repasar sus interacciones, con frecuencia pensaba en algo que debería haber dicho que fuera mucho más ingenioso que su respuesta real. Otras veces, se vio atrapado imaginando conversaciones completamente nuevas. En esos casos, en lugar de quedarse callado, sabía exactamente qué decir para divertirla. Todo estaba tan claro en su mente que era casi como si pudiera oir la voz de la dama mientras se enzarzaban en un combate verbal. Cuando Darcy se imaginó haciendo un comentario tan ingenioso como para divertirla, estaba seguro de que podía oír su risa. Cuando cerraba los ojos para escuchar esa dulce música, el sólo pensar en ella le producía calor en el alma, y cuando ese calor comenzó a descender por su cuerpo, se inclinó sobre la silla de montar y gimió en voz alta. Maldiciendo, miró rápidamente a su alrededor para ver si alguien lo había oído, pero afortunadamente no había nadie cerca. Para no pensar en ella, aquel día dio un largo paseo a caballo, de modo que tanto él como Hector estaban agotados cuando regresaron a los establos.

Al principio, Darcy consideraba estas conversaciones imaginarias diarias con Elizabeth como una diversion inofensiva. Podía hablar con ella todo lo que quisiera mientras nadie lo supiera. No estaba dañando su reputación ni poniéndose a sí mismo en peligro, pero a medida que se centraba más y más en Elizabeth, empezó a darse cuenta de que estaba jugando con fuego. No estaba bien seguir así, y un día, en un paseo solitario, juró desterrar a Elizabeth de su mente para siempre.

Una vez de vuelta en casa tras el paseo de aquella mañana, Darcy se dio cuenta de que estaba desorientado e irritado con el mundo. Discutió con Jennings, su ayudante de cámara, por la forma en que llevaba anudado el cravat. Se quejó de que la temperatura del agua de su baño estaba demasiado fría y luego le pareció que le faltaba algo en el betún de sus botas. Más tarde, se sintió culpable por haber sido tan brusco. Como una disculpa directa no haría más que avergonzarlos a ambos, trató de hacerle saber a Jennings que lo sentía enviándolo a Meryton por la tarde a hacer un recado que ambos sabían que era inventado. Darcy pensó que al hombre le encantaría salir al aire libre con el agradable clima otoñal, para variar, e incluso le dio algo de dinero extra para que pudiera detenerse a comprar sidra caliente por el camino.

Cuando se dio cuenta de que intentar apartar por completo a Elizabeth de su mente sólo había conseguido volverlo descortés, decidió que se permitiría el placer de pensar en ella, pero sólo cuando estuviera cabalgando solo. Esta estrategia funcionó al principio, pero pronto Darcy descubrió que su preocupación se extendía a otras partes de su día. No tenía escapatoria. Las habitaciones de Netherfield estaban llenas de recuerdos de ella. La sala de estar le hacia recordar la mirada traviesa de ella cuando discutían sobre los méritos de una dama. En el comedor, pensaba en la gracia de su delgada mano cuando tomaba su copa de vino. Cada vez que iban a la sala de música, recordaba cómo sus ojos habían seguido la curva de su hombro hasta el hueco en la base de su cuello y cómo anhelaba tocar ese lugar con sus labios. Y como podría olvidar el bulto de su… ¡Oh, cielos, qué tenía esta mujer que parecía alejar todo pensamiento racional de su cabeza!

Una vez, mientras estaba ocupado, la señorita Bingley le hizo una pregunta. Para evitar tener que admitir que no estaba escuchando, murmuró que estaba de acuerdo y, para su disgusto, descubrió que ella le estaba preguntando si quería jugar a las cartas con ellos. Se vio obligado a pasar una miserable hora en la mesa hasta que pudo abandonar educadamente el juego y retirarse a sus habitaciones.

Cuando Darcy se dio cuenta de que, durante algunos momentos, había estado llamando a Elizabeth por su nombre de pila en sus pensamientos, supo que no podía permitir que aquello continuara. ¿Y si cometía un desliz y lo decía en voz alta? Abandonar Netherfield lo antes posible era su única alternativa. Desgraciadamente, estaba el baile que se avecinaba. Era un acontecimiento importante para Bingley y establecería firmemente el lugar de su amigo en el vecindario. Como Darcy sabía que debía brindarle su apoyo, se veía obligado a quedarse hasta después del baile. Al idear este plan, pensaba que, dado que se marcharía pronto, no habría nada de malo en permitirse seguir pensando en Elizabeth durante unos días más. Después de eso, estaría a salvo en Londres, donde sus caminos seguramente nunca se cruzarían.

Cuando sus pensamientos volvieron al presente, la lluvia amainó y pudo ver a lo lejos una pequeña mancha azul que prometía un clima mejor. Justo en ese momento, decidió que invitaría a Elizabeth para bailar en el baile. No estaba seguro de donde procedía ese impulso y, aunque sabía que debía resistirse, algo dentro de él le pedía a gritos una oportunidad más para mirarla a los ojos y tocarle la mano, aunque sólo fuera a través del guante. Darcy decidió que se permitiría admirarla, deleitarse con sus dulces encantos una vez más, y luego se marcharía. Sólo esperaba que permitirse ese capricho le permitiera exorcizarla de su mente de una vez por todas.

Una vez terminado el brandy y ordenados sus pensamientos, volvió al escritorio. Tomando la pluma, escribió una breve nota para Georgiana informándole de sus planes de regresar a Londres en una semana.

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