Las historias jamás contadas, p. 23

Wickham y Denny en Meryton

Por Jack Caldwell

Traducido por Cristina Huelsz

Noviembre 19, 1811

Wickham y Denny conocen a las hermanas Bennet en Meryton

El regreso de Londres por posta no fue desagradable para Archibald Denny, teniente de la milicia, pero su buen humor no se debía sólo a su compañero de viaje. George Wickham era un simpático bribón muy parecido a él, siempre dispuesto a disfrutar de una copa o de una camarera. Su animada conversación hizo que las horas en la atestada diligencia pasaran volando, y antes de que se diera cuenta, Denny estaba de vuelta en Meryton.

No, el buen humor de Denny se debía a dos razones diferentes. En primer lugar, sus contactos en la ciudad por fin habían dado fruto, y por fin tenía la oportunidad de conseguir los fondos que necesitaba para comprar un puesto de teniente en los Regulares. En segundo lugar, con su regreso a Hertfordshire, Denny esperaba seguir conociendo a la señorita Lydia Bennet, la bonita y animada hija de un caballero local.

―¿A qué clase de lugar me has traído, Denny? ―preguntó Wickham, mirando por la ventana cuando el carruaje se detuvo.

―Un pueblo encantador ―le aseguró Denny. ―Los compañeros del regimiento son un grupo alegre, y las chicas del lugar son atractivas y simpáticas.

Wickham sonrió. ―Alegres y atractivas… ¡mi tipo de gente favorita! ¡Guíanos, amigo mío!

Al salir del carruaje de posta, Denny dispuso que sus baules fueran entregados en el campamento de la milicia, pero en lugar de presentarse directamente ante el coronel Forster y finalizar el nombramiento de Wickham en el regimiento, Denny accedió a la petición de Wickham de ver primero algo más de Meryton. No habían caminado ni cinco minutos cuando Denny se alegró de haber accedido a la sugerencia de Wickham. Allí, al otro lado de la calle, estaba la señorita Lydia con tres de sus hermanas y un hombre alto y corpulento vestido con ropas de clérigo.

Denny se inclinó ante el saludo de la señorita Lydia, y oyó el ligero silbido de aprobación de Wickham. ―Bueno, tenías razón en lo de las damas atractivas, Denny ―dijo su amigo en voz baja.

Denny le sonrió. ―Ven, te las presentaré.

Cruzaron la calle y Denny se alisó inconscientemente la chaqueta del uniforme. Se dirigió directamente a los presentes y les pidió permiso para presentarles a su compañero, el señor Wickham. Wickham comenzó a conversar con la señorita Bennet y la señorita Elizabeth, lo que le brindó a Denny la oportunidad de hablar con la señorita Kitty y la señorita Lydia. Ambos oficiales ignoraron al primo de las damas, un tal señor Collins de Kent, tan fanfarrón como Denny jamás había conocido.

La señorita Kitty estaba nerviosa y tosía como de costumbre, pero para decepción de Denny, la señorita Lydia estaba más interesada en Wickham que en él mismo.

―¿Y dónde conoció al caballero? ―preguntó ella por segunda vez. Denny estaba a punto de responderle cuando dos caballeros se acercaron a caballo. De un vistazo, Denny reconoció al señor Bingley y a su invitado, el señor Darcy.

Los caballeros comenzaron con las acostumbradas cortesías; el señor Bingley fue el principal portavoz y la señorita Bennet el principal objetivo. Había estado, dijo, de camino a Longbourn con el proposito de preguntar por ella, declaración que el señor Darcy corroboró con una reverencia.

En ese momento, Wickham, que estaba frente a la señorita Elizabeth, de espaldas a los recien llegados, se giró y ocurrió algo extraordinario. Wickham cruzó su mirada con la del señor Darcy y ambos cambiaron de color; Wickham palideció, mientras que el caballero a caballo enrojeció. Al cabo de unos instantes, Wickham tocó el ala de su sombrero, saludo que el señor Darcy apenas se dignó a devolver.

Denny se quedó estupefacto. ¿Por qué George le temía al señor Darcy?

El señor Bingley siguió conversando con la señorita Bennet durante un minuto más, sin darse cuenta de lo que había sucedido entre los dos hombres. Luego, al percibir la inquietud de su amigo, se despidió y siguió cabalgando con el senor Darcy.

Denney no tuvo oportunidad de preguntar sobre el incidente, pues las damas anunciaron su intención de caminar hasta la casa de la señora Philips, y los dos hombres las acompañaron.

―¿No quiere entrar con nosotras? ―exclamó la señorita Lydia en la puerta de la casa, con los ojos más puestos en Wickham que en Denny.

―Lydia ―la señorita Bennet amonestó suavemente a la joven.

―No quisiéramos molestar ―dijo Wickham.

―¡Oh, no lo harán! ―replicó la joven. ―¡A nuestra tía le encanta tener compañía, especialmente de apuestos oficiales!

―¡Lydia! ―Ahora le tocaba a la señorita Elizabeth corregir a su hermana.

En ese momento, la ventana se abrió de golpe y una señora de aspecto matronil asomó la cabeza. ―¡Oh, ahí están, niñas! He estado esperando una eternidad, estoy segura―. La señora Philips miró a los caballeros. ―¡Oh, señores, son ustedes bienvenidos! Por favor, pasen. ¡Deben entrar!

Denny estuvo tentado, pero el deber era lo primero. ―Se lo agradezco, señora, pero debemos presentarnos en el cuartel general. Le ruego que nos perdone―. Insistieron y rechazaron las súplicas una última vez antes de que los oficiales se despidieran del grupo, pero sólo después de prometerle con mayor firmeza a la señorita Lydia que volverían a reunirse pronto.

Una vez que Denny y Wickham estuvieron a cierta distancia de la casa, Wickham lo fulminó con la mirada. ―¿Conoces a ese hombre alto y de cabello oscuro que nos encontramos hace un momento?

―¿A caballo? Era el invitado del señor Bingley, el señor Darcy, un caballero del norte. ¿Lo conoces?

Wickham sonrió con fuerza. ―Lo conozco. Dime, ¿qué piensa la gente de por aquí acerca de él?

―No mucho; sólo que es serio y callado, y muchos dicen que su orgullo lo coloca por encima de la gente común del campo.

―¡Orgullo! ―exclamó Wickham con una risa aliviada. ―¡Sí, yo diría que ese hombre es muy orgulloso!

―Suenas como si lo conocieras.

―Lo conozco, y muy bien. Me atrevería a decir que no hay nadie que lo conozca mejor―. Wickham sonrió. ―Crecimos juntos en la propiedad de su familia en Derbyshire. Su padre fue mi padrino.

―Eso me sorprende, pues me pareció que prácticamente te desconoció directamente en medio de la calle.

―No me sorprende, porque me odia.

―¿El ahijado de tu padre? ¡No puedes estar hablando en serio!

―Lo digo en serio―. Wickham miró a su alrededor. ―Hay demasiados oídos alrededor. Busquemos una taberna, y te contaré mi historia de desdicha.

Denny estuvo tentado, pero sabía que no era el momento. ―Más tarde, George. Debemos apresurarnos con el coronel Forster. Tenemos que llevarte para que jures y recibas tu equipo. Ahora estás al servicio del rey, y tu tiempo no es tuyo.

Wickham puso los ojos en blanco. ―Tienes razón, supongo. ¡Maldito sea ese Darcy! Estaba destinado a cosas mejores, pero todo eso ha quedado atrás. Soy un soldado, como dijiste. ¡Vamos a la tienda del coronel!

(Basado en Archibald Denny, de mi novela, The Three Colonels: Jane Austen’s Fighting Men).

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