Las historias jamás contadas, p. 22

El señor Collins en Longbourn

Por Mary Lydon Simonsen

Traducido por Cristina Huelsz

Noviembre 18, 1811

El señor Collins fue puntual en su cita y fue recibido con gran cortesía por toda la familia. El señor Bennet habló muy poco, pero las damas se mostraron muy dispuestas a hablar, y el señor Collins no parecía necesitar que lo animasen, ni se sentía inclinado a guardar silencio. – Orgullo y prejuicio

Luego de volver a leer la carta del señor Collins, hijo del primo distanciado de su padre, Lizzy se sintió intranquila. Estaba de acuerdo con papá cuando describía al hombre como una mezcla de sumisión y prepotencia -una combinación inusual si las hay-, pero esa descripción era el único punto en el que estaban de acuerdo. Aunque su padre estaba dispuesto a dejarse entretener por su primo, se trataba del mismo hombre que tenía en sus manos el futuro de las mujeres Bennet. A la muerte de papá, y con poco preaviso, William Collins podría poner a toda la familia fuera de la casa y tomar posesión de Longbourn y su contenido. Su visita no debía ser tomada a la ligera.

Cuando se enteró de la inminente visita del párroco, Lizzy había esperado que el señor Collins fuese sensato, pero si su carta era un indicio, ese no era el caso. Como mínimo, era una rareza. ¿Y qué quería decir cuando escribió que le estaba ofreciendo a la familia Bennet una rama de olivo? ¿Qué forma tomaría tal gesto?

A su llegada, el recién ordenado señor Collins fue recibido con gran cortesía por todos, incluyendo a la señora Bennet, especialmente después de que él la felicitara por la belleza de sus hijas: «He oído hablar mucho de su belleza, pero, en este caso, la fama se ha quedado corta». En la mente de Lizzy, el elogio era excesivo y desconcertante. ¿De quién habría oído semejante informe? Por lo que Lizzy sabía, el párroco nunca había visitado Hertfordshire. Si algo estaba lejos de la verdad, era la aclamación del señor Collins. Durante la cena, mientras escuchaban al señor Collins pontificar sobre diversos temas, en especial sobre su estimada patrona, Lady Catherine de Bourgh, Lizzy ahogó una carcajada al pensar en varios viajeros discutiendo sobre la belleza de las hermanas Bennet en los caminos entre Hertfordshire y Kent. Con lo absurdo de aquella idea en mente, decidió seguir el consejo de su padre y disfrutar de la visita del párroco.

Aquella primera noche, mientras las dos hijas mayores de los Bennet se preparaban para dormir, Lizzy le preguntó a su hermana qué pensaba del señor Collins. Descubrió que Jane también estaba perpleja. ―Me pregunto qué querrá decir cuando afirma que su intención es admirarnos. ¿De qué manera lo logrará?

―Tal vez nos trate con la misma deferencia que emplea cuando está en compañía de Lady Catherine de Bourgh. Nos halagará con delicadeza sugiriendo elegantes cumplidos salpicados en los momentos apropiados.

―¿Por ejemplo?

Vaya señorita Bennet, me he dado cuenta de lo delicadamente que camina. Prácticamente se desliza.

―Lizzy, habla en serio.

Señorita Elizabeth, no he podido evitar fijarme en cómo corta la carne en pequeños bocados, de modo que encajan perfectamente en su tenedor y se deslizan con tanta elegancia en su boca.

Aunque Jane se rio, reprendió a su hermana por ser poco amable.

―Regáñame si quieres, pero ese hombre me parece ridículo. Aunque a papá le complace lo absurdo de sus declaraciones, el señor Collins es en realidad bastante tedioso. Ni siquiera lee novelas.

―Ciertamente no sería la única persona que despreciara a los que lo hacen.

―Creo que su falta de interés por todo lo que no sean tratados religiosos indica ausencia de imaginación e inteligencia.

Al asentir, Jane reconoció que ella también lo pensaba. «Sin embargo, debemos ser considerados. No sólo es primo de nuestro padre, sino también heredero de Longbourn. Me gustaría pensar que cuando papá muera, será amable con nosotras permitiéndonos permanecer en nuestra casa.»

Lizzy pudo ver que la tolerancia era el mejor enfoque para un hombre con buena educación pero poco comprensivo. ―Eres más sabia que yo, Jane. Soy demasiado rápida para decir lo que pienso sin tener en cuenta las repercusiones de lo que digo. Debería contener la respiración para enfriar mi avena.

―No creo que tengas que preocuparte demasiado por decir algo equivocado, ya que el señor Collins rara vez deja de hablar, y cuando lo hace, no escucha lo que se está diciendo.

―Ahora eres tú quien está siendo poco amable.

―No poco amable, sólo sincera ―dijo Jane mientras dejaba el cepillo sobre la mesa. Pero entonces una expresión de alarma cruzó su rostro. ―Lizzy, por favor dime que el señor Collins no vino a Longbourn con la intención de encontrar esposa.

La preocupación en el rostro de Lizzy coincidía con la de Jane, pero luego sonrió. ―Afortunadamente, siendo la segunda mayor y menos bendecida en lo que a belleza se refiere, no tengo nada de qué preocuparme. Sin embargo, tú…

―Ni se te ocurra terminar esa frase ―le advirtio Jane.

―Me pregunto si el señor Bingley supiera que tiene competencia por tu afecto, si te propondría matrimonio de inmediato.

―Y yo me pregunto cuando vas a contener la respiración para enfriar tu avena ―dijo Jane antes de apagar la vela. Mientras se metía en la cama, advirtió a su compañera: ―Ni una palabra más sobre el señor Collins y yo, Lizzy, o serás tú la que reciba las burlas. Le diré al señor Collins que padezco una enfermedad incurable y que debería convertirte en objeto de su atención.

―¿Qué es lo que estás diciendo, Jane? No puedo entenderte. Ya estoy medio dormida.

Deja un comentario