Las historias jamás contadas, p. 20

Las reflexiones de Darcy sobre la visita a Netherfield

Por Kara Louise

Traducido por Cristina Huelsz

Noviembre 17, 1811

¿Cuáles fueron los pensamientos de Darcy sobre la visita de Elizabeth a Netherfield?

El domingo, después del oficio matutino, tuvo lugar la separación, tan agradable para casi todos… Elizabeth se despidió de todo el grupo con el ánimo más animado. – Capítulo 12

Darcy y Bingley permanecieron en silencio, uno junto al otro, mientras observaban alejarse el carruaje que transportaba a Jane y Elizabeth Bennet. Los Hurst y la señorita Bingley regresaron rápidamente a la casa tras despedirse de las damas. Los ojos de los hombres permanecieron fijos en el remolino de tierra que levantaban las ruedas del carruaje cuando éste hizo un giro y pronto desapareció de su vista. Se dieron la vuelta y caminaron lentamente hacia la casa. Bingley soltó un largo suspiro. Darcy se guardó el suyo.

Los hombres se reunieron con los otros en el salón, donde Bingley se desplomó en una silla con una sonrisa melancólica. Su cabeza cayó hacia atrás y cruzó las manos sobre su regazo.

La señorita Bingley pasó su mirada de su hermano a Darcy. Levantó una ceja. ―Ciertamente espero que podamos soportar la ausencia de esas dos damas―. Le dedicó una sonrisa forzada al señor Darcy. ―Señor Darcy, usted ya no tendrá el beneficio de un par de hermosos ojos. ¿Los echará de menos? ¿Quizás los haya grabado en su memoria? ¿Son realmente tan bonitos que han borrado todo rastro de su censurable familia?

Darcy emitió un leve grunido, pero apretó la mandíbula para no decir nada. Durante los últimos días, los comentarios maliciosos de la señorita Bingley no habían cesado y Darcy lamentaba haberle confesado alguna vez que los ojos de la señorita Bennet le parecían bellos. Pero ¡oh, que bellos son!

Sin embargo, había algo más en ella que sus hermosos ojos. A cada minuto que pasaba en su presencia, le resultaba más y más difícil no deleitarse con su chispa de vivacidad e inteligencia, sus cálidas y frecuentes sonrisas, su risa musical y las réplicas que hacía con ella. El simple hecho de pensar en ella le aceleraba el pulso. Sofocó otro suspiro.

El silencio de Darcy parecía atenuar las críticas de la señorita Bingley, por lo cual estaba muy agradecido. Ya había tenido bastante de ella desde el primer día en que Elizabeth llegó.

Darcy tomó su libro, uno que había comenzado antes de que las hermanas Bennet llegaran a Netherfield. Por lo general, ya lo habría terminado, pero su mente estaba tan ocupada con la presencia de Elizabeth que apenas había podido concentrarse en una sola frase. Esperaba que al levantar el libro le indicara a la señorita Bingley que prefería no entablar conversacion en ese momento.

Afortunadamente, Darcy fue dejado solo. Bingley se mostraba inclinado a hablar de Jane con cualquiera que quisiera escucharlo. La señorita Bingley escuchó cortésmente como su hermano relataba los días que la señorita Bennet había estado allí, empezando por su preocupación por su enfermedad, pasando por estar encantado de poder ofrecerle unos cuidados excepcionales y, finalmente, que su salud había mejorado.

Mientras Darcy escuchaba disimuladamente, creyó que nunca había visto a su amigo mostrar tal intensidad de afecto por una dama. Lo había visto enamorado varias veces, pero esto era diferente. Muy diferente.

Aquella noche, Darcy se retiró temprano a sus aposentos. Despidió a su ayudante de cámara y se sentó en una silla, dejando caer la cabeza hacia atrás. ―¡Por fin se ha ido! ―susurro con voz ronca. ―¡Que así sea! Tal vez esto me devuelva la tranquilidad.

En la oscuridad de la habitación, iluminada por una sola vela, sintió de repente que un vacío se apoderaba de él. Cerró los ojos y se apretó las manos, tratando de librarse de esa inexplicable sensación. Soltó una bocanada de aire. ¡Ella no era para él!

Comenzó a sacudir lentamente la cabeza. ―¡Señorita Bennet, su posición relativa es considerablemente inferior a la mía! Se trata simplemente de un afecto fuera de lugar por mi parte. No me detendré más en esas cosas que encuentro tan… ―Darcy tomó aire y susurró: ―…que me resultan tan irresistibles.

De repente se sentó erguido y se aferró a los brazos de la silla. ―Usted hizo gala de sus insolentes modales campestres, señorita Elizabeth Bennet, caminando por campos embarrados y caminos anegados de agua. ¡Se burló de mí, alegando que carecía de esas locuras y tonterías que se prestan para las burlas! ¡Examíneme, señorita Elizabeth, y proclame todos mis defectos! Luego desafíe cada uno de mis pensamientos y opiniones, ¡incluso cuando le hago un cumplido!

Su comportamiento rígido y erguido empezó a derrumbarse poco a poco mientras se desplomaba en su silla. ―Rechace mi oferta de bailar un baile. Riase de mi intento de aplacar la incivilidad que le dirigen las hermanas de Bingley.

Se balanceó, como si cada fibra de su ser fuera un remolino de pensamientos y emociones contradictorias. ―¡Atrévase a debilitar mis defensas y mi determinacion con sus ojos brillantes y su encantadora sonrisa, incluso mientras se enfrenta a mí! Luego sorpréndame defendiéndome ante su madre cuando ella malinterprete lo que quiero decir. ¿Cómo voy a permanecer sereno en tu presencia cuando en un momento me defiendes y al siguiente me juzgas?

Echó la cabeza hacia atrás y clavó los ojos en el techo. La única vela chisporroteaba, enviando débiles destellos de luz por la habitación. ―Decepcióneme permaneciendo en silencio cuando tanto deseo oír su viva voz y sus opiniones inteligentes y sugerentes.

Dejó escapar un resoplido y se pasó bruscamente la mano por el cabello. ―¡Tortúreme con sus parentescos! ¿Cómo puede una ser tan adecuada para mí en tantos aspectos y al mismo tiempo ser tan completamente inadecuada por sus conexiones familiares?

―Cuando llegó con barro en el dobladillo del vestido, ¿por qué tenía un semblante tan resplandeciente? ¿Acaso sospechaba el efecto que tendría en mí? ¿Fue un empleo deliberado de sus artes para tenderme una trampa?

La llama de la vela se apagó por fin, envolviendo sus aposentos en la oscuridad. Sintió que una oleada de determinación lo consumía. En un susurro, declaró para sí mismo: ―Ahora que te has ido, Elizabeth, ¡por fin tendré algo de paz!

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