
Caroline Bingley hace planes para el baile de Netherfield
Por Maria Grace
Traducido por Cristina Huelsz
Noviembre 17, 1811
Caroline hizo una reverencia. Elegante, pero apenas cortés. Y la mocosa ni siquiera sabía la diferencia. Menos mal que era bastante bonita para un pueblecito rural, o con esos modales, Lydia Bennet seguramente no tendría ninguna esperanza en el futuro.
Se pellizcó las sienes. ¡Qué atrevimiento tan maleducado! ¡Preguntando cuándo se enviarían las invitaciones! Y Charles no fue de ayuda. Cuando Nicholls haya hecho suficiente sopa blanca. ¿Qué clase de respuesta era ésa?
¿No lo había disuadido antes de esa broma en particular?
Gracias a Dios, Charles había aceptado acompañar a toda la comitiva de hermanas Bennet a casa, y ella se había librado de todas ellas de una vez.
Tal vez ahora pudiera seguir con sus asuntos. No había tiempo que perder en parloteos frívolos. Sacó su diario de tareas domésticas de su pequeño bolso. Al menos tenía una aliada en sus esfuerzos.
Nicholls había demostrado ser un tesoro. No sólo fue capaz de sugerir dónde se podría contratar ayuda adicional calificada -al menos dos sirvientas, dos empleadas de cocina, y un hombre más para ayudar a pulir la plata y atender la sala de descanso de los hombres, y un par de criadas para todo lo demás-, Nicholls también elaboró un menú muy adecuado para la noche: sesenta y tres platos. Además, identificó los mejores recursos locales para todo lo que requería el baile. Y la lista de requisitos era larga.
Y pensar que Charles se resistió al principio al salario que exigía el ama de llaves. Estaba dispuesto a pagar mucho dinero por su ayuda de cámara cuando podía contentarse con un hombre mucho más barato, pero nunca se escatimaba en un ama de llaves.
Y ésta valía su peso en azúcar, velas de cera de abeja y el hielo que sabía que quedaba en la nevera. Sin su ayuda y, mejor aún, sin su experiencia, el acontecimiento sería totalmente imposible. Sin duda, Nicholls era hasta la fecha la mejor ama de llaves que habían tenido.
Incluso conservaba la lista de invitados del baile organizado por los últimos inquilinos de Netherfield. Sin duda era de hacía dos años, pero era un buen punto de partida. Aquella previsión le ahorró a Caroline al menos dos horas de trabajo, dos horas que necesitaba desesperadamente.
Necesitaría al menos ese tiempo para contratar a los músicos que Nicholls le había recomendado y al artista que pintaría los pisos con tiza. Caroline hojeó la contraportada de su cuaderno. Gracias a Dios, el boceto que había hecho de barcos altos y cielos estrellados seguía en su sitio. Hecho por un artista de verdad, sería el complemento perfecto para un salón de baile iluminado con velas. Por no hablar de que serviría para tapar los arañazos y las manchas del suelo que nadie se había molestado en ver hasta que ella miró debajo de la alfombra. Ah, bueno, Nicholls no podía ser perfecta, ¿verdad?
¡Ah, el vendedor! Qué fastidio, casi se le había olvidado. Esa tienda estaba de camino a la casa del músico. Debería detenerse allí primero. Mejor asegurarse de que había suficientes velas de seis horas. Era muy posible que tuviera que recurrir a los servicios de un segundo vendedor de velas en aquel pueblecito soñoliento. ¿Quién podía predecir qué tipo de existencias habría aquí? Seguramente no sería habitual que atendieran pedidos muy grandes. Bailes como éste no podían darse más de una vez por temporada, si es que se daban a menudo.
Si al menos tuviera tiempo para ir a Londres…
Se pellizcó el puente de la nariz. Aquella conversación no había ido bien. Charles había sido tan agradable hasta ese momento. ¿Por qué se resistía a una sugerencia perfectamente razonable?
Aceptar había sido mortificante, pero permitirle cancelar el baile habría sido mucho peor. Su reputación nunca se recuperaría si eso ocurriera.
Al menos el señor Darcy había calmado a Charles cuando llegó la cuenta del vendedor de vino. ¿Con qué esperaba que hiciera ponche y negus*? ¿Qué sería de un baile sin un ponche helado servido para refrescar a los bailarines entre cada set?
El querido señor Darcy estaba de acuerdo con ella y convenció a Charles para que le concediera a ella con todo lo demás. ¿Qué sería de este baile sin que él convenciera a Charles de la desesperada necesidad de convertirlo en el acontecimiento de la temporada?
Porque sería poco diferente de aquella espantosa asamblea a la que asistían todos los tenderos y aprendices del país y en la que no siempre se podía distinguirlos de los caballeros. ¡Y pensar con quién había acordado bailar aquella noche! A los pobres dependientes no se les debe permitir que lleven trajes excelentes y se hagan pasar por más elegantes de lo que su ocupación les permite.
Y a Charles le pareció una broma estupenda, llegando incluso a sugerirle que tal vez quisiera invitarlo para volver a bailar con él.
Ni pensarlo. El baile de Netherfield sería todo lo que un baile privado debería ser. Excelente compañía, excelente música, excelente comida. Toda una muestra de moda y refinamiento.
Bueno, quizás no todos los invitados. Después de todo, había que invitar a los Bennet, a Sir William Lucas y a su familia.
No obstante, ésta sería su oportunidad de demostrarle a Hertfordshire -y al señor Darcy- lo que una señora de una casa como Dios manda podía hacer por Netherfield Park.
Hizo una pausa y respiró hondo. Ese era un pensamiento mucho más agradable en el que pensar. El señor Darcy, con su hermosa figura, sus excelentes modales y sus extensos terrenos. Si lograba impresionarlo, demostrarle que poseía todas las cualidades necesarias para ser la dueña de una gran propiedad, tal vez se interesaría más por ella.
Estaba claro que ésa era su intención. Las conversaciones que compartían, los comentarios sarcásticos que le ofrecía para que se divirtiera, debía de estar considerándola. Seguramente la preocupación por su aptitud para dirigir su casa había sido la razón por la que dudaba. Por muy torpe que Charles pudiera ser, el señor Darcy debía necesitar seguridades concretas de que ella sería una buena imagen para él en sociedad.
Y las tendría. El baile de Netherfield sería tan grandioso como si se celebrara en Londres. Ella le demostraría ser un orgullo para su hermano… y para cualquier hombre que la nombrara dueña de su propiedad.
Si, eso haría que todos estos inconvenientes y molestias merecieran total y completamente la pena.
Volvió a meter el diario en la cesta y entró en la tienda. Unas trescientas velas bastarían.
* Negus: bebida caliente de oporto, azucar, limón y especias.