Las historias jamás contadas, p. 18

Darcy se adhiere a su libro

Por Abigail Reynolds

Traducido por Cristina Huelsz

Noviembre 16, 1811

¿Es Darcy tan indiferente como parece?

«Para el señor Darcy fue una buena noticia: Elizabeth ya había estado demasiado tiempo en Netherfield. Decidió sabiamente tener especial cuidado de que no se le escapara ninguna señal de admiración, nada que pudiera elevarla con la esperanza de influir en su felicidad; consciente de que si tal idea había sido sugerida, su comportamiento durante el último día debía tener un peso sustancial para confirmarla o desbaratarla. Firme en su propósito, apenas le dirigió diez palabras en todo el sábado, y aunque en una ocasión se quedaron solos durante media hora, se aferró concienzudamente a su libro y ni siquiera la miró.» – Orgullo y prejuicio

―Te dejare con tu libro, entonces―. Con estas palabras, Bingley salió del salón, dejando a Darcy y Elizabeth en su exclusiva posesión.

¡Dios santo! ¿Acaso no había sido bastante difícil evitar entablar conversación con Elizabeth durante toda la mañana, sin decir nada más allá de lo estrictamente necesario para ser cortés? ¿Cómo era posible que Bingley lo hubiera dejado a solas con Elizabeth? Darcy no estaba preparado para semejante eventualidad, pues estaba seguro de que la señorita Bingley no permitiría semejante tête-à-tête, pero ella estaba en alguna parte, sin duda regañando al ama de llaves por alguna falta imaginaria. Y allí estaba él, por fin a solas con la mujer que tanto lo había hechizado, sin nada más que su propia determinación para interponerse entre ellos.

Tuvo que recordarse a la fuerza la importancia de demostrarle a Elizabeth que no debía esperar nada de él; ya era bastante malo que Bingley anduviera constantemente detrás de su hermana. Por muy hermosa y educada que fuera la señorita Jane Bennet, no funcionaría como esposa para él. Bingley necesitaba una prometida de mejor clase social para mejorar su estatus; Georgiana, cuando fuera mayor de edad, podría ser una opción mucho mejor para él, y eso resolvería el propio dilema de Darcy de encontrar un esposo para ella que no la intimidara ni se aprovechara de su naturaleza gentil. Y Elizabeth Bennet sería una prometida aun menos adecuada para el amo de Pemberley.

¡No! No podía permitirse el lujo de considerar siquiera tal cosa; le traía visiones de Elizabeth más adecuadas para sus imaginaciones nocturnas privadas sobre ella. Necesitaba concentrarse en su libro y en parecer completamente indiferente a su presencia. ¡Qué fácil era decirlo! Ya había olvidado por completo lo que estaba leyendo, aunque la página seguía abierta delante de él.

El sonido de las hojas al pasar le indicó que Elizabeth también debía de haber tomado un libro, y respiró aliviado. No podía mirarla, pues eso arruinaría su propósito, pero seguramente no estaría de más dirigirle una breve mirada mientras leía.

Inmediatamente se arrepintió de su decisión. Otra mujer podría parecer poco interesante mientras leía, pero Elizabeth no. Tenía los labios entreabiertos en una sonrisa ante lo que estaba leyendo y, con la mano libre, jugueteaba inconscientemente con uno de los rizos oscuros que reposaban sobre la suave piel de su rostro. Aquello era lo peor de Elizabeth: sus manos se movían con tanta frecuencia que parecían enamoradas de explorar todas las sensaciones táctiles de su entorno, de modo que un hombre no podía pensar en otra cosa que en cómo podría tocarlo ella con la misma curiosidad sensual. Era una sutil traición a su naturaleza apasionada. Puede que ahora ella no fuera consciente de ello, pero el hombre adecuado sería capaz de despertarla, y toda esa pasión reprimida se derramaría sobre aquella alma afortunada. Dios, ¡odiaba pensar en ella con otro hombre que no fuera él! Que ella pudiera volver esos hermosos ojos hacia otro o que ese increíble fuego pudiera arder por otro hombre. Pero ella no era para él. No podía ser para él. Tenía deberes y responsabilidades, y debía recordarlo a toda costa.

Era mejor pensar que ella nunca se casaría y que pasaría toda su vida en el encantador estado no despierto que él presenciaba ahora. O tal vez su esposo fuera uno de esos que se interesan poco por su mujer, y nunca llegara a ver las posibilidades sensuales en el porte de Elizabeth e incluso en su forma de respirar. ¿Qué clase de hombre era él para desearle un esposo indiferente a esta mujer tan hechizante? Conocía demasiado bien la respuesta: era la clase de hombre que haría casi cualquier cosa por poseerla él mismo. Casi cualquier cosa. El honor y el deber de su familia debían tener prioridad incluso sobre su casi desesperada necesidad física.

Tal vez debería hablar con ella después de todo: sus chispeantes réplicas no podían ser más peligrosas para su autocontrol que sus pensamientos privados y, al menos en esos momentos de conversación, podía imaginarse que era el único hombre en su mundo. Pero no, debía protegerla a ella también de lo que se esperaba de él; era lo único honorable que podía hacer. ¡Maldito honor! ¿Por qué tenía que interponerse en su camino para tomar como suya a la única mujer de toda la creación que deseaba por encima de todas las demás?

Oyo pasar otra pagina y se dio cuenta con estupor de que él ya llevaba un cuarto de hora mirando a ciegas la misma página. Rápidamente pasó a la siguiente página y se obligó a escudriñar las líneas, aunque por su vida no pudo asimilar ni una palabra. Bien podría haber estado en chino, por todo el sentido que tenía para él. ¿Cómo podía pensar en otra cosa cuando Elizabeth estaba a sólo unos pasos de él? Dios santo, cómo su mera respiración iluminaba toda la habitación en aquel día nublado y lúgubre.

La risa suave y musical de Elizabeth llenó el ambiente y él se arriesgó a mirarla de nuevo, sólo para asegurarse de que era su libro y no él quien la divertía. Al menos esa era su excusa; la verdad era que no podia resistirse. Las damas de la alta sociedad nunca se rebajaban tanto como para reírse; no encajaba con la aburrida y lánguida personalidad que exigía el alto estilo. Elizabeth mostraba su diversión con frecuencia, como correspondía a una mujer tan vivaz, y no importaba lo mucho que él supiera que la despreciarían en los salones de baile londinenses por ello. Su cuerpo reaccionaba visceralmente cada vez que ella se reía, deseando volver a oír aquel encantador sonido al mismo tiempo que anhelaba detenerlo con sus propios labios. No era la primera vez que, durante la estancia de ella en Netherfield, él daba gracias al cielo misericordioso por la moda de los pantalones. Si los caballeros tuvieran todavía que llevar calzones ajustados, él habría tenido que pasar la mitad del tiempo escondido detrás de los muebles.

Estaba empezando a perder la batalla consigo mismo. Estaba demasiado desesperado por ella, demasiado desesperado por que ella dirigiera hacia él esos bellos ojos risueños, por despertar esa parte de su alma que había permanecido aletargada durante todos estos años en los que había permanecido impasible ante las damas más bellas de la alta sociedad. Necesitaba contemplarla hasta saciarse -¡como si eso pudiera ocurrir alguna vez!- y cruzar espadas verbales con ella una vez más antes de que se marchara de Netherfield. ¿Y si nunca volvía a verla, o sólo a través de una habitación abarrotada, nunca lo suficientemente cerca como para compartir una conversación con ella? Aquello era insoportable, tan insoportable como la idea de que él, Fitzwilliam Darcy, el amo de Pemberley, perdiera su presumido autocontrol ante cualquier mujer, y mucho menos ante una tan inadecuada e inquietantemente tentadora como Elizabeth Bennet.

En ese momento, la señorita Bingley entró en la habitación, salvándolo de sí mismo. ¡Si tan sólo pudiera agradecer la interrupción y no tener la sensación de haber perdido algo valioso por no poder seguir sentado en silencio a solas en una habitación con su propia Elizabeth!

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