
Caroline percibe el peligro
Por Shannon Winslow
Traducido por Cristina Hulesz
Noviembre 16, 1811
¡Esto significa la guerra!
Mientras ella tocaba las melodías italianas, que se sabía de memoria, Caroline también había estado observando al señor Darcy, que normalmente era una de sus ocupaciones favoritas. Sin embargo, en esta ocasión, había obtenido poco placer de ello. Pues le parecía que el caballero en cuestión, en lugar de escuchar la música que ella interpretaba hábilmente para él, había estado prestando mucha más atención a la señorita Bennet. Había intentado pasar desapercibido, fingiendo que miraba más allá de ella y apartaba la vista si Elizabeth se giraba en su dirección. Pero Caroline no se dejó engañar; lo conocía demasiado bien.
La situación fue de mal en peor cuando a continuación se lanzó a cantar un aire escocés, con la esperanza de redirigir la atención de Darcy hacia ella mediante la vivacidad de la melodía. Sin embargo, parecía que eso sólo lo había acercado más a Elizabeth. Ahora se estaba tomando la molestia de hablar con ella. Caroline no pudo oir el contenido de su conversación, pero pudo ver las maneras deportivas de la dama, aunque no estaba muy claro si su intención era provocar o coquetear. También pudo ver el desconcertado semblante de Darcy. El pobre hombre parecía realmente hechizado.
Caroline tropezó de manera inusual en su interpretación, haciendo sonar una discordante colección de notas demasiado altas para pasar desapercibidas. Por fin, el señor Darcy le prestó toda su atención, al igual que los demás.

―Lo lamento ―dijo a la sala en general. ―No puedo imaginarme cómo ha podido ocurrir. Debo haber tocado esta pieza cientos de veces sin cometer un error así.
Caroline reanudó su interpretación, tratando de estar más atenta a su cometido. Pero la distracción de Darcy conversando con Elizabeth -esta vez por voluntad propia y no por necesidad- persistía.
Aquí había peligro. Puede que el señor Darcy aún no lo vea, pero debería ser lo suficientemente evidente para sus verdaderos amigos. Por lo tanto, la señorita Bingley deseaba fervientemente la inmediata recuperación de la inválida. Separarse de Jane era un precio muy bajo a cambio de librarse también de Elizabeth.

Mientras tanto, los efectos hipnotizadores de la presuntuosa mujer debían contrarrestarse en la medida de lo posible, antes de permitir que las cosas avanzaran demasiado. Seguramente el hombre aún no se había librado de la influencia de la razón. Tal vez unas pocas palabras bien colocadas sobre las escasas conexiones de Elizabeth, unos cuantos retratos bien dibujados de como sería la vida de casado con una familia como esa, podrían despertar a Darcy de cualquier delirio que estuviera sufriendo en ese momento. Sería arriesgado, pero Caroline no veía otra alternativa.
Y después de todo, era por el bien de Darcy. Puede que Darcy se sintiera irritado con ella durante un tiempo, pero al final se lo agradecería, una vez que hubiera pasado el peligro y viera como ella lo había salvado de él. Caroline ya se lo podía imaginar. Él la tomaría en sus brazos, tal como ella se lo había imaginado mil veces, y le diría:
«Mi querida Caroline, ¿podrás perdonarme alguna vez por mirar a otra mujer? Has sido paciente como una santa, noble criatura. Estoy tan agradecido de que me mostraras el error de mi camino a tiempo. Nunca podría haber nadie más para mí que tú. ¿Quieres casarte conmigo?»
―¡Sí! ¡Oh, sí! ―exclamó ella, cerrando los ojos para recibir el beso de su amado.
―¿Que ha sido eso, Caroline? ―le preguntó el señor Bingley, devolviendola desagradablemente a la realidad. ―¿Te duele la cabeza o la luz es demasiado brillante?
Al darse cuenta de que todas las miradas se posaban de nuevo en ella, y no necesariamente con la admiración que ella pudiera desear, la señorita Bingley se agarró a la excusa ofrecida. ―Sí, un dolor de cabeza ―respondió, abandonando el pianoforte y levántandose con una mano en la frente. ―Tal vez ahora me vaya a la cama.
Su campana para debilitar a la señorita Elizabeth Bennet tendría que esperar hasta mañana.