Las historias jamás contadas, p. 15

Lydia va a Meryton para coquetear con los oficiales

Por Diana Birchall

Traducido por Cristina Hulesz

Octubre 12, 1811

En Meryton, Lizzy dejó a sus hermanas menores cerca del alojamiento de una de las esposas de los oficiales, la señora Pratt, y cruzó la calle para caminar por los campos que conducían a Netherfield, donde Jane yacía enferma.

―¿No es una tontería ir ―dijo Lydia―, arrastrándose por el barro sólo para ver a Jane con un resfriado, que podría haber visto cualquier día en casa, si cualquiera de nosotras estuviera resfriada?

―Sí ―estuvo de acuerdo Kitty―, y para ir a Netherfield, donde es tan aburrido. No hay oficiales en Netherfield.

―No; nadie excepto esa espantosa, la señorita Bingley. Por nada del mundo hablaría con ella.

―¡Pero Jane está obligada, Lydia, si lo que desea casarse con el señor Bingley!

No creo que eso tenga ninguna gracia, él no tiene espíritu, o se alistaría en la milicia y llevaría un abrigo rojo ―declaró Lydia. ―Aquí está la puerta de la señora Pratt. ¡Ahora a gozar!

La señora Pratt era una joven y alegre esposa de no más edad que la de Kitty, y las hizo pasar al interior de la casa, con los ojos chispeantes de alegría.

―¡Oh, me alegro de que hayan venido! Y además a buena hora. ¿Qué opinan, chicas? ¡El capitán Carter está aquí!

Lydia y Kitty intercambiaron miradas significativas y entraron, donde había media docena de oficiales vestidos de rojo conversando y tomando una ligera libación.

―Ah, ahí está mi señorita Lydia ―exclamó el capitán Carter, un joven muy apuesto de veintidós años―, venga y siéntese en mis rodillas, y beberá un sorbo de mi sidra, ahora.

Lydia lanzó un largo y sonoro grito de placer. ―¡La! ¡Capitán Carter! Usted es bastante absurdo. No me sentaré en sus rodillas a menos que me prometa que no irá a Londres.

―Ya sabe que no puedo hacerlo, el deber me llama ―protestó. ―Pero volveré pronto, sólo tengo que llevar unos recados para el coronel, y entonces veremos si quiere sentarse en mis rodillas… o darme un beso.

―Oh, lo haré en cualquier momento ―respondió Lydia con frialdad―, no hay nada de malo en besar.

Esto levantó un aullido. ―¡Escúchenla! ―gritó otro oficial, el alférez Chamberlayne. ―Es una chica atrevida. ¡Salud por la señorita Liddy!

―Ahora, prefiero una chica tranquila ―observó un joven y sencillo señor Willis―, como ésta. ¿No quiere sentarse a mi lado, señorita Kitty?

―No en sus rodillas ―respondió ella, tratando de sonar pícara como Lydia.

―¡Pish! ¡Tush! Niñas ―gritó una joven que estaba entronizada sobre las rodillas del mismísimo coronel Forster. ―No hay nada malo en las rodillas, estoy segura. Y si persisten en sentarse en las mismas, podrían encontrarse con un esposo.

―¡O unos azotes! ―dijo hilarantemente el coronel Forster.

―¡Qué vergüenza! ―exclamó ella, y mucho más de esa naturaleza, y los dos comenzaron a zurrarse y a desarreglarse la ropa.

―¡Oh! Mira a Harriet, es tan afortunada ―suspiró Lydia con envidia. ―¿Qué apuestas a que ella atrapa al coronel?

―Parece que ya lo ha atrapado ―contestó Kitty, con los ojos críticos puestos en la pareja que estaba dando tumbos.

―Así es como hay que divertirse. Mira, voy a sentarme con el capitán Carter, tú siéntate con el señor Willis, y podemos atiborrarnos de esta rica fruta que nos darán los oficiales, ¿no?

El capitán Carter subió a Lydia a su regazo. ―¡Sí, siéntate aquí y te daré un plátano!

La hilaridad fue inmensa. Lydia se echó hacia atrás y lo miró tímidamente a la cara. ―¡Qué vergüenza, capitán Carter, dígame qué es un plátano!

―Oh, una fruta recién descubierta, de las Indias. Una impresión botánica estaba en el Quarterly. ¿No leyó al respecto?

―Lydia no lee nada ―le dijo Kitty.

Lydia sacudió la cabeza. ―Tengo mejores cosas que hacer.

El capitán Carter continuó. ―Los nativos se los comen. Son largos, y amarillos.

Los oficiales rugieron. ―Tal vez los cultivan en China ―gritó Chamberlayne. ―Pero tenemos valor británico y no necesitamos ninguna fruta amarilla y larga, ¿verdad, muchachos?

Apareció la casera, una mujer descolorida con expresión ansiosa. Necesitaba el dinero de los oficiales y sus damas, que estaban alojados en su casa, pero no dejaba de temer que sus juergas le causaran problemas y le hicieran perder a su clientela.

―Oficiales, señores, ¿podrían por favor no poner a una pobre anciana en dificultades con su ruido? Se los ruego.

―Está bien, Madre Barnes, sólo nos estamos divirtiendo un poco. Cuando echemos a las niñas tendrás suficiente silencio.

―Oh no, oh no, mi casa no debe perder su reputación ―empezó ella.

―No se preocupe, señora, sólo están bromeando y haré que se callen ―la tranquilizó la señora Pratt. ―Ahora, amigos, no debemos atormentar la vida de nuestra buena casera. ¿Cómo les gustaría pasar la tarde?

―Podríamos ir a visitar al tío de la señorita Lydia, el señor Philips ―sugirió Forster―, siempre hay buen humor en su casa.

―Sí, y responderé por ello que nos darán una buena cena ―anunció Lydia.

―Pero Lydia, no podemos quedarnos, mamá se preguntará por nosotros.

―¡Buu, Kitty! Mientras estemos con los oficiales no le importará. Le gusta que estemos con ellos. Y sabes que se alegrarán de vernos. Pero ¿dónde está el señor Denny? Debería estar aquí para completar el grupo.

―Denny se encuentra en Londres, pero volverá y entonces yo ocuparé su lugar con los despachos ―le contestó el capitán Carter.

―Pero ¿de qué se tratan?

―Ah mi querida jovencita, no puedo contarle asuntos del regimiento, usted debe saberlo ―se rio él.

Lydia hizo un mohín. ―Estoy segura de que no me importa. Lo que quiero ver es si hay sombreros nuevos en la sombrerería, y podemos pasar de camino a casa del tío Philips.

―Muy bien, entonces. Deme un beso para reponer fuerzas para el paseo.

Lydia cumplió con entusiasmo, y luego chilló: ―¡Oh! Capitán Carter, juro que es usted el mejor besador del regimiento.

―¿Oyeron eso, hombres? ―exclamó él. ―¿Y los ha probado todos, entonces, señorita?

―¡Dios mío, no! Qué historia―. Ella le susurró al oído: ―Estoy segura de que nunca besaría a un hombrecillo con cara de perro como ese señor Willis sentado junto a mi hermana. Espero que no piense tan mal de mí.

Él la tomó de la mano y la levantó del sofá. ―Bueno, entonces rescatemos a Kitty y vayamos a casa de los Philips. Sirven una mesa extraordinariamente buena.

―¡Vamos, compañeros, marchemos! ―declaró el coronel Forster, y el alegre grupo salió a retozar por las calles de Meryton, resonando sus gritos y risas de un extremo a otro del pueblo. La señora Philips tenía la ventana abierta y se asomó antes de que hubieran recorrido la mitad de la calle.

―¡Lydia! ¡Kitty! Traigan al coronel Forster y a todos los oficiales, tenemos un ragú muy bueno y cerveza, y después podrían bailar un poco.

―¡Ya vamos, tía! ―respondió Lydia, y se puso en camino, Kitty correteando tras ella.

―Oh, Kitty, lo pasamos mejor sin Jane y Lizzy, ¿verdad? ―le espetó por encima del hombro.

―¡Claro que sí!

―Vaya, ¿no son ellas jóvenes muy hermosas y de muy buen carácter? Yo creía que sí ―preguntó el coronel Forster.

―¡Oh! No. Odian cualquier cosa que sea mínimamente divertida. Las llamamos la señorita remilgada y la señorita melindrosa. Siempre regañando y sermoneando, cualquiera diría que son solteronas de treinta años. No le gustarían nada si las conociera mejor, coronel Forster.

―Tal vez no. Me agradan mis chicas jóvenes y tontas ―dijo, mirando a la bonita señorita Harriet, que colgaba de su brazo.

―Sí, sí, tía, no te preocupes. ¡He dicho que ya vamos! ―gritó Lydia con todas sus fuerzas.

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