Las historias jamás contadas, p. 9

Elizabeth reflexiona sobre la asamblea

Por Shannon Winslow

Traducido por Cristina Huelsz

Octubre 16, 1811

Las damas Bennet acababan de instalarse en su carruaje para emprender el corto viaje de regreso a casa despues de la asamblea de Meryton, cuando Lydia, evidentemente muy satisfecha de sí misma, estalló: ―¡Vaya baile! Es como si todo el asunto hubiera sido organizado especialmente para mi disfrute. ¿Se han dado cuenta? No me faltó pareja ni para un solo baile.

―¡Yo tampoco! ―replicó Kitty, no queriendo quedarse atrás. ―Pero pobre Mary. ¿Cómo pudo soportarlo? ¡Que no te lo pidieran ni una sola vez! Qué mortificante me habría parecido―. Kitty miró a Lydia, que se unió a ella para reírse a costa de Mary.

Mary, sentada en el asiento de enfrente, entre Jane y Elizabeth, no estaba acostumbrada a soportar esa clase de trato a manos de sus hermanas menores. Sin embargo, en este caso le resultaba imposible hacer oídos sordos. ―Esta es una prueba más de lo diferentes que somos ―replicó con considerable desdén. ―El que no me lo pidieran sólo me ahorraba la molestia de declinar, porque estoy segura de que no vi a nadie allí con quien me apeteciera estar. Andar por ahí con jóvenes tan frívolos como los que ustedes dos encontraron para bailar, parejas sin gracia y sin nada inteligente que decir en su favor… bueno, habría sido un castigo para mí pasar siquiera cinco minutos de una manera tan irracional. Hubiera preferido sentarme tranquilamente a escuchar la música.

Kitty y Lydia empezaron a protestar en voz alta contra estos comentarios hasta que su madre, aún más enérgica, puso fin a aquello diciendo: ―¡Niñas, niñas, basta ya! Su buen humor es comprensible, pues ambas han pasado la velada haciendo exactamente lo que deseaban. Y debemos darle a Mary lo que se merece, pues esta noche la señorita Bingley la ha mencionado con agrado como «la joven con mas talento del vecindario». Así que, como ven, ella también tiene sus derechos. Pero que Jane sea tan admirada por el señor Bingley, ¡ese es el verdadero triunfo!― La señora Bennet se volvió entonces hacia su hija mayor. ―Me atrevería a decir que el hombre ya está medio enamorado de ti, ¿y quién podría culparlo? Cualquiera podría ver que eres de lejos la más hermosa de la habitación.

―¡Mamá! ―protestó Jane. ―Me avergüenzas.

―Sé que eres demasiado modesta para decirlo, pero era tan evidente como la nariz de su cara lo mucho que te admiraba. Un buen comienzo. Sí, en general, estoy muy satisfecha con el éxito de esta noche, ¡muy satisfecha!

Elizabeth se guardó sus pensamientos. Confiaba en que habría tiempo más tarde para una conferencia privada con Jane, en la que ambas pudieran expresar sin inhibiciones sus ideas sobre el amable señor Bingley… y sobre su poco amable amigo y sus hermanas. A Jane le gustaba mucho el señor Bingley. Eso ya estaba claro por la forma en que se comportó en la asamblea y por la tímida sonrisa que aun ahora permanecía en sus labios. Con su reserva, las pistas eran sutiles, pero muy pocas escapaban a la atención de Elizabeth, sobre todo en lo que se refería a la felicidad de su querida hermana.

En cuanto a ella misma, Elizabeth se sorprendió al darse cuenta de que, por una vez, coincidía con su madre; la velada había sido totalmente satisfactoria. Aunque no podía presumir, como Jane, de estar casi enamorada por lo que había pasado aquella noche, tenía otras fuentes de placer. Había visto a Jane sinceramente admirada. Había disfrutado del agradable ejercicio de bailar con varios jóvenes de buen carácter. Y habia hablado y reido hasta saciarse, en gran parte gracias al odioso señor Darcy.

El hecho de que el señor Darcy la menospreciara ante sus propios oídos le había dolido por un momento; eso no podía negarse. ¡Sólo tolerable! Pero no le costó más que ese momento de angustia. Elizabeth, que no estaba hecha para el disgusto, rápidamente le dio la vuelta al incidente a su favor, decidiendo que, por el contrario, había sido una cuestión de buena fortuna, que había empezado a darle buenos frutos casi de inmediato. ¿No había sido ya una buena fuente de humor y un incentivo para su vivo ingenio cuando contaba la historia con gran ánimo a sus amistades? Además, tenía la intención de sacarle el máximo partido durante el mayor tiempo posible. Después de todo, no todos los días se tropezaba con un motivo tan perfecto para bromear, un ejemplo tan bueno de lo ridículo como el que el señor Darcy había tenido la amabilidad de proporcionarle.

Ella se sentiría apenada por insultar a una persona inocente en aras de una broma, pero el señor Darcy no era inocente. Sus propias palabras y acciones lo habían condenado a los ojos de todo el mundo y, al mismo tiempo, habían sido un excelente forraje para la lengua juguetona de Elizabeth. Del mismo modo, el caballero le había ahorrado el esfuerzo de ser siempre cortés con él, y en adelante podría abusar de él tanto como quisiera sin ninguna tentación de arrepentimiento.

Mientras el carruaje avanzaba por el camino de grava hacia la casa de Longbourn, Elizabeth reflexionó que era una suerte que a su madre tampoco le gustaran los desagradables modales del señor Darcy. De lo contrario, con su hija mayor firmemente en la mira del señor Bingley, la señora Bennet seguramente estaría lanzando a su segunda hija mayor a su muy codiciado amigo cada vez que tuviera la oportunidad. De hecho, la rudeza del señor Darcy pudo haber sido lo único que lo salvó de ser igualmente abordado por todas las madres emprendedoras de una joven soltera de la vecindad, una vez que la magnitud de su fortuna se hizo pública.

El señor Darcy podía ser rico e incluso bastante apuesto, cosa que Elizabeth admitiría sólo si la presionaban, pero se halagaba a sí misma diciéndose que nunca se dejaría embaucar por atractivos tan superficiales. Después de todo, una cara bonita no podía ocultar un corazón de piedra, ni ninguna cantidad de dinero podía justificar un mal comportamiento. No, el señor Darcy era casi con toda seguridad el último hombre sobre la faz de la tierra que podría llegar a suscitar en ella un interés romántico. Como fuente de diversión, sin embargo, podría valer la pena conocerlo.

Una vez que estuvieron todas dentro, la señora Bennet se deleitó obsequiando a su esposo con una detallada descripción de todo lo que había sucedido en la asamblea, terminando con un relato de la insolencia del señor Darcy, ligeramente exagerado para lograr un efecto dramático.

―Pero te aseguro ―añadió para finalizar ―, que Lizzy no pierde mucho por no gustarle; pues es un hombre de lo más desagradable y horrible, al que no merece la pena complacer. ¡Tan elevado y engreído que no hay quien lo soporte! Andaba por aquí, andaba por allá, ¡creyéndose tan grande! ¡No era lo bastante atractiva para bailar con él! Ojalá hubieras estado allí, querido, para haberle dado una de tus reprimendas. Cómo detesto a ese hombre.

Elizabeth consideraba que la valoración de su madre sobre el carácter del señor Darcy era notablemente acertada, sobre todo viniendo de alguien a quien ella no solía considerar una experta en esas lides. Por supuesto, era razonable pensar que incluso una persona que normalmente se equivoca puede acertar accidentalmente en alguna ocasión. La ley de los promedios insistiría en que era así. Ésa debía de ser la explicación. Sin embargo, Elizabeth sintió un vago malestar por el hecho de que las opiniones de su madre y las suyas coincidieran tan perfectamente… ¡y dos veces en un mismo día! Qué extraño. Una cosa así no había ocurrido en un mes de domingos. ¿Qué podía significar todo aquello?

Deja un comentario