Las historias jamás contadas, p. 8

Charlotte Lucas en la asamblea de Meryton

Por Abigail Reynolds

Traducido por Cristina Huelsz

Octubre 16, 1811

No hacía tantos años, Charlotte había odiado asistir a las asambleas. Ahora se contaban entre sus principales placeres, ya que disfrutaba de la música y de la oportunidad de visitar a sus amistades, pero cuando era más joven, era terriblemente consciente de que podría haber sido invisible para los caballeros que asistían. Sus ojos siempre se desviaban hacia las jóvenes más atractivas, y aunque cualquiera de ellos la habría descrito como una buena joven, rara vez la habían buscado como pareja de baile.

A medida que sus bellas amigas se convertían en esposas una tras otra, Charlotte se resignaba a su suerte. Siempre había deseado casarse y tener su propio hogar, pero la soltería no era tan mala, después de todo, no cuando tenía tres hermanos que la mantendrían después de la muerte de su padre. Estaba agradecida por no encontrarse en la precaria situación de su amiga Elizabeth Bennet; sin hermanos, Elizabeth acabaría enfrentándose a una vida de pobreza gentil si no se casaba, y aunque Elizabeth poseía la belleza de la que Charlotte carecía, su vivacidad solía ahuyentar a los posibles pretendientes.

Esta asamblea en particular había comenzado auspiciosamente. El señor Bingley, su encantador y adinerado nuevo vecino, la había invitado para el primer set y había demostrado ser una excelente bailarin. Charlotte era lo bastante sensata como para disfrutar del acto de bailar en lugar de perder el tiempo soñando con algo más, sabiendo que un caballero del calibre del señor Bingley no tendría ningún interés real en ella. Fiel a su costumbre, al principio del primer baile el señor Bingley vio a la encantadora Jane Bennet. Al parecer, se quedó prendado de ella e inmediatamente le preguntó a Charlotte quién era y le pidió que se la presentara. Sería una buena historia para que ella se la contara a Lizzy más tarde.

No fue ninguna sorpresa cuando el señor Bingley pidió a Jane Bennet que bailara con él el siguiente set, mientras que Charlotte, como de costumbre, no tenía pareja. Su padre aprovechó la oportunidad para presentarle al señor Robinson, un caballero de más o menos su misma edad que estaba haciendo una larga visita a su vecino más cercano, el señor Willoughby. Ella lo había visto en varias ocasiones anteriores, pero nunca le había prestado la menor atención. Ahora las maniobras de Sir William prácticamente obligaban al señor Robinson a pedirle el siguiente set. Pobre hombre; estaba segura de que él no deseaba hacer nada por el estilo. Los intentos de su padre, bienintencionados pero inútiles, de encontrar un esposo para ella habían puesto a muchos jóvenes inocentes en una situación embarazosa, pero el señor Robinson no sólo resultó ser amable, sino que pareció encontrar divertida su compañía, preguntándole por sus intereses. Si hubiera sido cualquier otra persona, habría pensado que en realidad estaba flirteando con ella, pero nadie flirteaba nunca con Charlotte, así que eso era imposible. Aun así, fue una media hora encantadora.

Después, el señor Robinson la devolvió con Sir William, que estaba conversando con el señor Bingley. Aunque se resistía a perder la compañía del señor Robinson, Charlotte decidió escabullirse antes de que su padre intentara avergonzar al señor Bingley para que volviera a bailar con ella. Estaba a sólo unos pasos cuando oyó al señor Robinson preguntar: ―Bueno, señor Bingley, ¿qué le parece la asamblea?

―¡Me agrada mucho! ―respondió el senor Bingley con firmeza.

―¿No somos afortunados de tener tantas mujeres bonitas en la sala? ¿Cuál le parece la más bonita?

―¡Oh! La mayor de las señoritas Bennet sin lugar a dudas, no puede haber dos opiniones al respecto ―respondió el señor Bingley de inmediato y con gran entusiasmo.

Esta información le dio a Charlotte una excelente razón para buscar a Lizzy Bennet, a quien le repitió la historia.

Elizabeth estuvo de acuerdo de todo corazón. ―El señor Bingley debe estar ya medio enamorado de ella. Le oí decirle a ese espantoso señor Darcy que era la criatura más hermosa que jamás había contemplado. Luego animó al señor Darcy a invitarme a bailar, a pesar de que se había negado a reconocer la existencia de otras damas aparte de las de su propio grupo. Afortunadamente para mí, el señor Darcy anunció que yo era tolerable, pero no lo bastante atractiva para tentarlo―. Se rio. ―¡Como si yo quisiera tentar a un hombre tan orgulloso y desagradable! Sería un castigo tener que bailar con él.

―¡Entonces es una suerte que el señor Bingley no intentara obligarlo a bailar conmigo, ya que si sólo eres tolerable, odio pensar en cómo me describiría el señor Darcy! ―dijo Charlotte.

Elizabeth dijo: ―Creo que has hecho una conquista diferente. El señor Robinson parece incapaz de apartar los ojos de ti.

Charlotte se rio de la tontería de Elizabeth. ―Si está mirando hacia aquí, es a ti a quien debe estar mirando―. Miró por encima del hombro y descubrió que su amiga tenía razón. Cuando los ojos del señor Robinson se encontraron con los suyos, esbozó una lenta sonrisa que la hizo sentirse un poco rara por dentro.

Ella le devolvió la sonrisa, lo que él pareció entender como una invitación a unirse a ellas. Mientras él le hablaba cálidamente, Charlotte descubrió que se ruborizaba, algo que creía haber dejado atrás hacía años. Entonces, en lugar de sacar a bailar a Elizabeth, como Charlotte había esperado, el señor Robinson dijo: ―Señorita Lucas, ¿me permite -o pido demasiado- solicitar el honor de bailar con usted el siguiente set?

Charlotte no recordaba haber sido invitada a bailar dos veces por el mismo hombre en una asamblea, pero logró mantener la calma y aceptó, ignorando la mirada divertida de Elizabeth.

Después de otro agradable set, el señor Robinson, al notar que ella estaba un poco sin aliento, se ofreció a traerle limonada. Charlotte aceptó, disfrutando de la novedad de que un caballero le trajera un trago. Jane Bennet siempre tenía un grupo de admiradores deseosos de servirla, pero Charlotte, al igual que Elizabeth, solía quedarse sola.

El señor Robinson regresó con dos vasos de limonada. Charlotte revisó al alza su opinión sobre él; todos los hombres de Meryton bebían algo mucho más fuerte. Ella le hizo sitio para que se sentara en el banco junto a ella. Se sentó más cerca de ella de lo que esperaba, lo suficiente como para que se sonrojara una vez más bajo su mirada. Agradeció que la multitud que los rodeaba la ocultara de la vista general; no quería ser blanco de las inevitables burlas por el mero hecho de que un hombre hubiera bailado con ella dos veces.

Se esforzó por encontrar un tema de conversación que la distrajera de pensamientos impropios. ―¿Cómo llegó a conocer al señor Willoughby? ―preguntó.

―¿Willoughby? Oh, nos conocimos en Cambridge, pero luego le perdí la pista hasta el año pasado, cuando volvimos a vernos en Londres. Un tipo estupendo, Willoughby.

―Desde luego ―dijo Charlotte sin compromiso. Se preguntaba hasta qué punto el señor Robinson conocía realmente al señor Willoughby, al que consideraban un gran tipo. Había hecho estragos entre la población femenina local, e incluso se fijó en Charlotte en una ocasión. Afortunadamente, ella había sido demasiado sensata para caer en las artimañas de Willoughby; sabía que él sólo quería una cosa de ella. Le sorprendía que un hombre tan respetable como el señor Robinson fuera su amigo, pero tal vez había más en la historia de lo que ella sabía.

―No sabe cuánto le agradezco su compañía, señorita Lucas. Me siento como un extraño aquí ―comentó el señor Robinson. ―No esperaba descubrir a una dama con la que fuera tan fácil hablar y además una excelente bailarina.

Si le hubiera hecho los cumplidos habituales sobre su belleza, Charlotte lo habría descartado por completo como un adulador que quería algo de ella, pero era una novedad descubrir a un caballero que se preocupaba por algo más que la apariencia de una dama. Nunca habría salido nada de aquello, pero se dijo a sí misma que no había nada malo en disfrutar de la compañía de un hombre durante unos minutos.

Nota de la autora: Esto empezó como una única viñeta, pero acabó inspirando una serie de historias conectadas de Charlotte que seguirán apareciendo a lo largo de este proyecto. ¡Esta no es la última vez que verás al señor Robinson!

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