Las historias jamás contadas, p. 5

El señor Bingley le regresa la visita al señor Bingley

Por Mary Lydon Simonsen

Traducido por Cristina Huelsz

Octubre 7, 1811

A los pocos días, el señor Bingley le devolvió la visita al señor Bennet y se sentó unos diez minutos con él en su biblioteca. – Orgullo y prejuicio

Habían pasado cinco días desde que el señor Bennet visitara al señor Bingley en Netherfield Park. El retraso en corresponder a la visita del caballero se debía a la cantidad de visitas que éste había recibido de sus vecinos. Al parecer, no habia hombre en el condado que no hubiera acudido al sendero de Bingley con el proposito de darle la bienvenida al vecindario. De hecho, eran tantas las visitas que fue necesario aplazar su viaje a Londres.

Por deferencia al rango, Bingley tuvo que hacer primero una visita a Sir William Lucas. Fue en Lucas Lodge, donde fue gentilmente recibido por el recién nombrado caballero y su esposa, donde Bingley comprendió la verdad de la afirmación del señor Bennet de que todas las madres con hijas elegibles ya lo estaban evaluando para su próxima boda. La absoluta determinación de Lucas de tenerlo como yerno provocó varios intercambios incómodos. Al enumerar todos los talentos que poseía la señorita Charlotte Lucas, Lady Lucas había conseguido avergonzar a su hija mayor, ya que había un atisbo de desesperación en la recitación de sus logros. Era un ejercicio que se había repetido en las casas del señor Long, que tenía dos sobrinas, y del señor Eaton, que tenía dos hijas y una sobrina. Aunque el señor Garvey no tenía ni hija ni sobrina, si tenía una prima que estaría deseosa de venir a Hertfordshire. El señor Bingley sólo tenía que pedirlo.

Tras varias visitas a las familias vecinas, Bingley estaba deseando visitar al señor Bennet en Longbourn, ya que sería un cambio agradable. Durante las visitas a sus vecinos, la gente lo trataba con una reverencia normalmente reservada a los miembros de la aristocracia, una actitud que le resultaba incómoda. Con el señor Bennet no habría necesidad de ceremonias.

Había otra razón para la visita a Longbourn. Debido a la ausencia de familiares y amigos, Bingley encontraba Netherfield Park tan aburrido como el discurso del rey ante el Parlamento. Por supuesto, las cosas mejorarían una vez que sus hermanas y Darcy llegaran de Londres. Mientras tanto, disfrutaría de la compañía de un hombre que soltaba comentarios bon mots con la misma facilidad con que un árbol se desprende de las hojas otoñales.

Una vez sentado en la biblioteca de Longbourn, Bingley no se sintió decepcionado. Desarmado por el ingenio y el encanto de Bennet, admitió que había esperado ver a las hijas de Bennet, ya que su mayordomo le había dicho que las hermanas Bennet eran particularmente hermosas, posiblemente las damas más hermosas del condado. A Bingley no le disgustaba estar rodeado de un monton de caras bonitas.

―En efecto, lo son ―respondió el señor Bennet sin avergonzarse y, al ver la sonrisa de Bingley, prosiguió: ―Usted cree que estoy presumiendo, señor Bingley, pero no es así. Mi Biblia me obliga a no esconder mi lampara debajo de un celemín.

―Me alegra saber que los informes son exactos.

―Sí, es de público conocimiento que mi esposa me regaló cinco hermosas hijas. Y como tal, tiene mi permiso para casarse con cualquiera de las chicas que elija. Sin embargo, debo señalar que Jane, como la mayor y la más bonita, merece su atención, pero mi segunda hija, Elizabeth, tiene algo más de agudeza que sus hermanas.

―Aparentemente, con respecto a su hija Elizabeth, la manzana no cae lejos del arbol.

El señor Bennet agradecio el cumplido con una sonrisa. ―En cuanto a las tres hermanas menores, Mary, Kitty y Lydia, para continuar con la metáfora de la manzana, necesitan permanecer en el árbol un poco más, un poco de madurez no les vendrá mal a ninguna de ellas. En cuanto a vislumbrar a mis hijas, cuando monte en su caballo, todo lo que tiene que hacer es mirar hacia las ventanas superiores, y verá cinco caras apretadas contra el cristal. Sienten tanta curiosidad por usted como usted por ellas.

Antes de despedirse, Bingley le explicó que los negocios lo llevarían a Londres durante varios días, pero que a su regreso lo acompañarían dos de sus hermanas, su cuñado y su amigo, el señor Darcy de Derbyshire.

―¿Está casado el señor Darcy?

―No, señor, y no da indicios de querer cambiar el título de soltero por el de esposo. Como es hijo de un destacado miembro de la alta burguesía y nieto de un conde, si tuviera que buscar esposa, sería entre las damas de su mismo rango.

―Por supuesto ―dijo el señor Bennet, reconociendo lo obvio. ―Después de todo, esto es Inglaterra. No podemos tener mezcla de clases, aunque me atreveria a decir que eso produciría una clase alta más inteligente si ocurriera.

Sin saber que responder, Bingley agregó rápidamente: ―Darcy es de naturaleza taciturna y puede resultar incómodo en compañía de desconocidos. Le advierto que puede parecer distante.

―Entonces que venga a la asamblea. Le daremos la bienvenida.

―Sir William Lucas ya ha extendido la invitación. Será mi trabajo asegurarme de que Darcy asista al baile. No será tarea fácil.

―Vea que lo haga, señor Bingley. En todos los bailes hay damas que necesitan pareja, y si él puede seguir el ritmo de la música, será una adición bienvenida a nuestra pequeña comunidad.

Ya fuera, el señor Bingley montó en su caballo y, al hacerlo, echó un vistazo a la ventana superior. Como estaba previsto, por lo menos cuatro rostros aparecían enmarcados en sus cristales, entre ellos el de una belleza de cabello rubio, lo que le arrancó una sonrisa. Sentía debilidad por las jóvenes de cabellos dorados.

Debe de ser la mayor de las señoritas Bennet, pensó Bingley y recordó que Buttons había sido particularmente generoso en sus elogios sobre la belleza y el temperamento de Jane Bennet. Al parecer, el mayordomo no exageraba.

Al girar su montura en dirección a la entrada, Bingley se tocó el ala del sombrero para reconocer que había visto a las hijas. Las damas, ahora riendo entre dientes, se apresuraron a alejarse de la ventana.

Un excelente comienzo para mi estancia en el campo. No faltarán parejas de baile ―reflexionó Bingley. Mientras se dirigia hacia Netherfield Park, se le ocurrio otro pensamiento: Si Darcy hubiera visto a las damas en la ventana, no lo habría aprobado.

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