«El señor Darcy y la biblioteca encantada» Capítulo 24

Monica Fairview, Sarah Courtney, Victoria Kincaid, Lari Ann O’Dell, Melanie Rachel y Abigail Reynolds

Traducido al español por Cristina Huelsz

Traducción hecha sin fines de lucro y con permiso de las autoras

Capítulo 24

Monica Fairview

De algún modo, Galon sobrevivió al largo viaje desde Pemberley. Fue poco menos que un milagro, y pura voluntad por parte de Galon. Georgiana ayudó al príncipe Fae a desmontar, con el rostro tenso por la ansiedad. Se les estaba acabando el tiempo. Hespera voló hasta posarse en lo alto de la glorieta de vidrieras del centro del edificio. Darcy supuso que se estaba comunicando con Abraxas, pero eso no les ayudaría a entrar más rápido.

Tenían que seguir los procedimientos adecuados. Darcy dio gracias por saber en qué consistía el proceso, ya que Bickerstaffe le había enseñado lo que tenía que hacer. Aun sentía el resentimiento de la traición del Fae, pero al menos había demostrado ser útil en esta situación.

Mientras Darcy respondida a las preguntas, recordó su primer encuentro con Elizabeth en la Biblioteca y se sobresaltó. Había sido tan despectivo con ella, tan seguro de que su magia era débil. ¿Cómo había podido equivocarse tanto? Peor aún, ¿cómo había permitido que su tía lo envenenara contra ella? Le horrorizaba su arrogancia y su ciega aceptación del veredicto de las Patronas.

Pero no era el momento de pensar en el pasado. Necesitaba concentrarse en dar las respuestas correctas.

Georgiana andaba inquieta —¿No hay forma de acceder más rápido, William? Galon se está desvaneciendo rápidamente.

Galon se apoyaba pesadamente en su hombro, con la respiración entrecortada y superficial.

Su situación era como la de él la última vez que vino aquí, temiendo lo peor por Georgiana y esperando que le permitieran conocer a la Bibliotecaria. Entendía perfectamente por lo que ella estaba pasando.

—Desgraciadamente, no podemos precipitarnos en la Biblioteca. Debemos pasar cada uno de los obstáculos o nos arriesgamos a que nos nieguen la entrada. La Biblioteca no tiene favoritos—. Apretó el brazo de Georgiana para tranquilizarla. —Ten fe en tu hermano, Georgie. Sé lo que hago.

Ella asintió resignada y no discutió más.

Debió de decir todo lo correcto, porque los grandes grifos de piedra con sus amenazadoras espadas se apartaron para permitirle la entrada. A continuación, le tocó el turno al empleado con sombrero, que comprobaba minuciosamente una lista de artículos. Por fin estaban dentro, esperando en el patio a que Abraxas los llevara ante la Bibliotecaria.

Elizabeth. Ahora que habían pasado, podía permitirse pensar en ella. En unos minutos volvería a verla. El corazón de Darcy palpitaba con impaciencia. Era a la vez estimulante y aterrador.

El tiempo fue transcurriendo y la sensación de anticipación se convirtió en frustración. Las columnas clásicas eran elegantes y esbeltas, pero el patio le resultaba estrecho. Se sintió como un niño llamado al despacho del director. Pateó los bancos de mármol en lugar de sentarse, pasó la mano por la corteza de un olivo retorcido que no tenía por qué crecer en el frío clima inglés, y se paseó arriba y abajo. ¿Cuándo la vería?

—Me gustaría que te sentaras, William. Esto no ayuda a nadie.

Se encaramó al borde de un asiento de mármol. Estaba frío y húmedo. Se levantó de un salto y comenzó a merodear de nuevo por el patio. Pasó más tiempo. No tenía otra cosa que hacer que esperar. Miró a su alrededor buscando a Hespera, pero había desaparecido y no podía sentir su presencia.

¿Dónde estás?

No obtuvo respuesta.

Por fin, la gran puerta se abrió con un chirrido agudo. Un caballero con sombrero de copa salió de la biblioteca, blandiendo su bastón y pareciendo satisfecho de sí mismo. A Darcy le desagrado de inmediato. Parecía demasiado despreocupado para haber venido con un encargo urgente. ¿Por qué alguien como él iba a hacerle perder el tiempo a Elizabeth, cuando Georgiana y él la necesitaban con mucha más urgencia?

Pero entonces salió Abraxas, y Darcy saltó hacia delante. Hespera apareció, aterrizando frente a Abraxas, y los dos grifos se saludaron. Sólo entonces Abraxas se volvió hacia él.

—Pido disculpas por el retraso. La Bibliotecaria los recibirá ahora. Travinius los llevará adentro. Necesito consultar a Hespera.

El corazón de Darcy dio un vuelco. Ya sabía de qué hablarían los dos grifos. Pero no había tiempo para interrogarlos. Tenía asuntos más urgentes de los que ocuparse.

El hombre del sombrero, Travinius, les hizo un gesto para que lo siguieran.

Georgiana y Galon avanzaron lentamente. El príncipe Fae apenas podía avanzar. Cojeaba sobre unas piernas que ya no servían para caminar. Se había quitado los zapatos y ya tenía los pies totalmente palmeados.

—¿Puedo ayudarte? —Darcy se había ofrecido antes, pero Galon se había negado.

Galon meneó la cabeza. —Puedo arreglármelas.

El príncipe Fae era orgulloso y no le agradaba depender de nadie. Darcy sabía que a los Fae no les gustaba tener que devolver favores, pero Galon estaba ahora en el mundo de los mortales y esas reglas ya no se aplicaban.

—Georgiana, ¿me avisarás si me necesitas? —Su hermana sería más razonable.

—Por supuesto—. Su voz era seca y tensa, y Darcy pudo adivinar sus frenéticos pensamientos. ¿Y si no había ninguna solución? Los grifos pensaban que podría haber una, pero habían expresado incertidumbre sobre el resultado.

Siguieron al empleado al interior. Una vez más, a Darcy se le aceleró el pulso. Solamente echó un vistazo superficial a las altas ventanas arqueadas y a las estanterías que se alineaban en las paredes. Aquí se podía encontrar un mundo de sabiduría, pero él ya estaba buscando a Elizabeth. La última vez había elegido la puerta de la derecha de entre las tres posibles, pero esta vez Travinius los condujo a la de la izquierda.

Travinius se detuvo justo delante de la puerta abierta. —Esperen aquí. Tengo que informarle a Su Eminencia de su llegada.

Darcy se creía preparado para volver a verla, pero aun así sintió una sacudida cuando vio su familiar figura. Cerró los ojos brevemente, conteniendo la oleada de emociones, pero luego los abrió y se deleitó al verla. Estaba sentada en una plataforma elevada de tres peldaños, con el brazo apoyado en una silla tallada. La ligera y sinuosa escultura sobre la silla era exquisita, obra de artesanos Fae. Brillaba con una luz espeluznante, que le recordaba lo sobrenatural que se había vuelto Elizabeth. Era hermosa.

Fue interrumpido por un ruido de gorgoteo a su lado. Georgiana soltó una exclamación. Con un destello de culpabilidad por haberla descuidado, Darcy desvío su atención de Elizabeth y volvió a Galon, que estaba doblado. Su piel se estaba transformando en un gris moteado como la piedra. Estaba haciendo todo lo posible por conservar su forma de Fae, pero estaba perdiendo la batalla.

—Ayúdame —susurró Georgiana con ojos temerosos.

Darcy se puso rápidamente al otro lado de Galon y le rodeó el hombro con el brazo. Las piernas del Fae se estaban cerrando. Darcy sospechaba que ya se estaban transformando.

—¿Tienes mi piel, Georgiana? —carraspeó Galon.

Había hablado en voz alta en lugar de comunicarse mentalmente con ella como su familiar. Aquello no presagiaba nada bueno.

—La tengo —respondió ella en voz baja. —Intenta aguantar un poco más, mi amor.

A pesar de su ansiedad, Darcy supo el momento exacto en que Elizabeth se percató de su presencia. Se sentó derecha en la silla y lo buscó con la mirada. A través del amplio espacio que los separaba, sus ojos oscuros se encontraron con los suyos y a Darcy se le entrecortó la respiración.

—Ya pueden acercarse a Su Eminencia —entonó Travinius.

Darcy tuvo que separarse de Elizabeth para ayudar a Galon. En ese momento, Abraxas apareció a su lado, al parecer había terminado su conversación con Hespera. Darcy quería preguntarle al grifo de la Biblioteca por lo ocurrido, pero no era el momento.

—Asistiré a Su Alteza, mientras el señor Darcy hace su petición—. Inclinó la cabeza hacia Darcy y Georgiana y adelantó su extremidad con garras para que Galon se apoyara en ella.

Una vez que se ocupó de Galon, Darcy le ofreció el brazo a Georgiana. Se dirigieron rápidamente hacia la parte delantera del salón. Las botas Wellington de Darcy tamborileaban sobre el suelo de mármol, haciendo eco de los latidos desenfrenados de su corazón.

Cuando Darcy se acercó, Elizabeth se aclaró la garganta. Sus ojos brillaban como la superficie de un lago, oscuros y profundos e imposibles de descifrar.

Cuando llegó al final de los escalones, se detuvo, soltó a Georgiana y se inclinó.

—Su Eminencia.

Era imposible no distraerse con la presencia de Elizabeth. Era un tormento, estar aquí parado, incapaz de hacer nada cuando cada impulso lo llevaba a acercarse a ella. Reprendiéndose a sí mismo que la joven que estaba ante él era la Bibliotecaria y no Elizabeth, se concentró en la tarea que tenía entre manos. En ese momento, estaba aquí como un suplicante, y tenía que desempeñar ese papel para salvar el matrimonio de su hermana.

Respiró tranquilamente.

La tensión de sus manos sobre la silla fue el único indicio de que se había fijado en él. Por lo demás, estaba tan distante como un monarca, sus sentimientos cuidadosamente controlados. A él no se le escapó la ironía. Sus papeles se habían invertido por completo. Cuando se conocieron, ella era la animada y él el orgulloso y distante.

—Señor Darcy. Georgiana—. La Bibliotecaria no se levantó. —Dígame lo que desean saber, y haré lo que pueda para satisfacer su petición. ¿En qué puedo ayudarles?

Había un tono cantarín en su voz, y él podía oír la resonancia de otras voces detrás de ella.

—Estoy aquí en nombre de mi hermana Georgiana.

—Antes de que continúe —intervino Travinius —, permítame recordarle, señor Darcy, que toda criatura puede solicitar la ayuda de la Biblioteca un total de tres veces en su vida. Usted ya lo ha hecho una vez, en nombre de su hermana. Esta sería su segunda vez, también en nombre de su hermana. Esto significa que, sean cuales sean las circunstancias, sólo tendrá una oportunidad más. Me gustaría que considerara que ya ha hecho dos peticiones en el espacio de unos pocos meses.

A su lado, Georgiana emitió un sonido estrangulado. —Debe haber alguna manera de que yo haga la petición. O seguramente, el príncipe Galon, dadas las circunstancias…

—Ni usted ni el príncipe pueden presentar una petición—. La respuesta de Travinius fue inequívoca. —Galon no tiene derecho a apelar a su Eminencia. Ella es la cara mortal de la Biblioteca. Como Fae, si desea solicitar la ayuda de la Biblioteca, debe viajar a la Corte Fae, pero con el Muro cerrado, no hay garantía de que se le permita regresar. No obstante, en este caso en particular, no le serviría de nada. Georgiana y él están unidos por un voto mágico que no puede ser revocado. Sólo otra persona -alguien cuyo amor no esté motivado por el interés propio- puede pedir que se rompa su vínculo, e incluso entonces, la disolución del vínculo sólo puede concederse en circunstancias excepcionales.

Ahí estaba. Hespera ya se lo había dicho, pero Darcy esperaba que hubiera alguna forma de evitarlo.

Georgiana parecía derrotada.

Darcy se dirigió a Travinius. —Estoy más que feliz de renunciar a mi segunda petición.

—Su voluntad de sacrificar una de las peticiones que le quedan afirma el afecto que siente por su hermana—. Marcó una casilla de su lista y luego escribió algo con un garabato ininteligible. Las letras se movieron por la página y desaparecieron.

—Que así sea—. Travinius levantó la vista. —Lo he anotado en los registros. Una vez que haya hecho su petición formal a la Bibliotecaria, no podrá retirarla.

—Lo comprendo —Darcy le sonrió a Georgiana. —Haré lo que sea necesario para proteger a mis seres queridos.

Georgiana miró hacia Galon. Darcy siguió su mirada. El Fae estaba sentado en el suelo, apoyado en el flanco de Abraxas. Estaba sudando profusamente y tenía los ojos cerrados.

No había tiempo que perder.

—He venido a la Biblioteca a pedir que el Príncipe Galon de la Corte de Invierno sea liberado de su papel de familiar de mi hermana Georgiana, y que se le conceda el derecho a permanecer en el reino mortal para vivir como esposo de mi hermana.

Deliberadamente no se detuvo hasta el final. Cuando terminó, contuvo la respiración. Técnicamente, eran dos peticiones distintas. Si la Biblioteca declaraba que había agotado todas sus peticiones, que así fuera. El pulso le retumbaba mientras esperaba a que Travinius irrumpiera y declarara que Darcy había agotado sus tres oportunidades.

Los ojos de Travinius se posaron en él. Eran ojos Fae, de colores cambiantes y emociones insondables. Darcy se quedó inmóvil, sin apenas atreverse a moverse, mientras el empleado lo evaluaba.

—Muy bien, señor Darcy—. Era Elizabeth, que hablaba con la voz de la Bibliotecaria. —La Biblioteca examinará ahora su solicitud.

Aún era posible que la Biblioteca proclamara que Darcy había pedido dos cosas, pero le animó el hecho de que Elizabeth hubiera dicho “solicitud”, no solicitudes. Comenzó a respirar de nuevo, permitiéndose tener esperanzas. Había mucho en juego, a muchos niveles.

Ya había visto antes a Elizabeth trabajar, así que sabía lo que le esperaba. Aun así, no pudo evitar contemplar con asombro cómo ella levantaba las manos en una elaborada danza, y la Biblioteca a su alrededor giraba y bailaba en respuesta. Estanterías repletas de libros aparecían y desaparecían, acercándose y alejándose, libros sobre libros, algunos antiguos y gastados, otros mucho más nuevos. ¿Cómo sería poder dominar tanto a través de su magia? ¿Tener tanto conocimiento al alcance de la mano? ¿Cómo pudo creer por un instante que su magia era débil?

El remolino se detuvo tan repentinamente como había empezado y Elizabeth extendió las manos para recibir un gran libro encuadernado en cuero. Delante de ella apareció un pequeño atril. Dejó el libro sobre él y empezó a pasar las páginas.

Mientras esperaba, él pudo oír ruidos jadeantes a sus espaldas. A Galon le costaba respirar. Pronto tendría que sumergirse en agua o moriría.

Hespera, necesitamos agua, un cubo de agua, rápido.

Me ocuparé de ello.

Volvió a prestar atención a Elizabeth. No podía permitirse que su atención se desviara. Todo dependía de la decisión de Elizabeth. Todo.

La luz ajena al mundo que parpadeaba alrededor de Elizabeth la hacía parecer casi angelical. Lo pensó y, una vez más, consideró la ironía. ¿Angelical? Elizabeth nunca había sido angelical.

Ella continuó pasando las páginas, leyendo a una velocidad que no debería ser posible, las hojas pasaban una tras otra mientras buscaba. Mientras tanto, Darcy memorizaba sus rasgos. La forma en que fruncia los labios en señal de concentración. La forma en que sus pestañas se agitaban como alas mientras leía. La forma en que su suave cabello se cernía sobre su frente hasta que ella lo empujaba hacia atrás con un dedo impaciente. Eran las pequeñas cosas que le aseguraban que seguía siendo la misma Elizabeth de siempre.

¿Qué pasaría si no encontraba la manera de lograrlo? ¿Estarían Georgiana y Galon condenados al mismo destino que él? ¿A la misma existencia vacía en la que él no era más que un fantasma de su antiguo yo?

Por favor, encuéntrala, le pidió. Tenía que haber una forma.

Entonces, bruscamente, ella cerró el libro y se puso en pie.

Elizabeth estaba inexpresiva, pero él podía sentir cómo bajaba la temperatura de la habitación. Sabía por experiencia que su tristeza provocaría una helada que podría congelarlo en cuestión de minutos. Se sintió aterrado.

—Hay una manera.

Los hombros de Darcy se hundieron con alivio. Existía una solución.

Por favor, que no fuera un poema. O una búsqueda. Galon no duraría lo suficiente.

—El vínculo puede romperse, pero sólo si no hay otras opciones disponibles. Y disolver el vínculo requiere un sacrificio de cada uno de los dos.

—Estoy dispuesta a renunciar a lo que sea necesario—. La voz de Georgiana sonó firme y fuerte.

La Bibliotecaria asintió y miró hacia Galon, que no respondió.

—El príncipe debe ser capaz de decir las palabras para sellar la magia. Si se convierte en su forma selkie y ya no puede hablar, no podrá hacerse. Debe darse prisa.

Elizabeth se giró hacia Abraxas, comunicándose en silencio con él. El grifo levantó una pata y dio tres golpecitos a Galon en la cabeza. Debía de ser un hechizo curativo, porque Galon se retorció y se incorporó, y sus redondos ojos de selkie cambiaron de color, de plateados a marrones. Georgiana corrió hacia él y le explicó rápidamente lo que tenía que suceder.

—Georgiana, debes tomar la mano del príncipe.

Tomó la mano de Galon. Estaba palmeada y llena de costras.

—Príncipe Galon, para permanecer en el mundo de los mortales, debes aceptar renunciar a todo derecho de regresar al mundo Fae mientras viva tu esposa. Rápido, dilo tres veces para sellar el trato—. La voz de Elizabeth era urgente.

La voz de Galon chirriaba como roca contra roca, pero de algún modo consiguió formar las palabras. Las repitió tres veces.

—Y tú, Georgiana, debes renunciar a toda posibilidad de tener un familiar.

Darcy jadeó. ¿Qué significaría eso para ella? ¿Seguiría siendo capaz de vivir en alta mar y participar en batallas?

Georgiana no lo dudó. Rápidamente asintió.

—¿Estás segura de que quieres hacer esto? —preguntó Darcy.

—No hay tiempo. Hay que hacerlo—. Georgiana se volvió hacia Elizabeth. —Acepto las condiciones—. Pronunció la frase tres veces.

Elizabeth escribió las palabras en el aire. Brillaron y luego desaparecieron. Una luz afilada, como la hoja de una espada, apareció en la mano de Elizabeth. Cortó el aire entre los recién casados, rompiendo el vínculo.

Galon lanzó un grito y cayó inconsciente. Georgiana se tambaleó y luego se enderezó.

—¿Te duele algo? —Darcy agarró el brazo de su hermana con preocupación.

—No es nada comparado con el dolor que experimente con la maldicion Escocesa—. Se enderezó y se dirigió a Elizabeth. —¿Está hecho, Eminencia?

—Está hecho.

—¿Galon se recuperará totalmente?

Abraxas agachó la cabeza y sondeó a Galon con el pico. —El príncipe está débil. Llevará tiempo. Pero se recuperará del todo.

—Gracias, Eminencia.

La voz de Georgiana resonó en la habitación. Darcy se maravilló de lo fuerte que se había vuelto su hermana menor.

Darcy miró hacia Elizabeth. Le debía tanto. ¿Qué le había dado él a cambio, sino dolor?

—Gracias —le dijo, con el corazón henchido. No podía expresar la profundidad de su gratitud con esas dos palabras.

—De nada, señor Darcy. Es nuestro deber.

Sintió un fuerte impulso de acercarse a ella, pero sabía que no debía hacerlo cuando aún estaba conectada a la Biblioteca.

Travinius se adelantó.

—Vayamos todos a otra sala para que la joven pareja pueda recuperarse de su terrible experiencia. He preparado una habitación. Puede que el príncipe Galon necesite dormir varias horas para recuperar sus fuerzas. Mientras tanto, puede disfrutar de la hospitalidad de la Biblioteca mientras espera, señor Darcy. Por aquí, por favor. La Bibliotecaria necesita reunirse con otros suplicantes.

—¡No! —La palabra salió de la boca de Darcy.

Elizabeth ya comenzaba a caminar de regreso a su silla, pero se dio vuelta al oírlo. —Señor Darcy. Soy la Bibliotecaria. Yo-

—No es lo que piensas. Sé que no puedes-

Respiró hondo, con el corazón tembloroso y la garganta seca. Eso era. Esto era lo que había estado esperando.

—Tengo una tercera petición que presentar a la Biblioteca.

Continuará…

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